miércoles, 5 de febrero de 2014

Calaveras y diablitos

 Franco se estaba quedando en el departamento de su amigo, cuidándole un gato y unas plantas. Y también le estaba cuidando los discos, que regamos con cervezas compartidas en el monoambiente de Barracas, siempre y cuando hubiera luz. El monoambiente es luminoso, debía decir el anuncio de venta, que escondía que con la luz entra el calor y no nos quedaba más remedio que sacarnos la ropa apenas cruzábamos la puerta. Y besarnos. Besarnos mucho, como si fuera verano y estuviéramos en una playa. Por cierto, ¿yo no me tenía que ir de vacaciones?

Después de debatírmelo profundamente opté por seguir con mi planeado viaje a Las Grutas. Ya tenía las reservas y los pasajes y no iba a dejar de ir por pasarme los días en un monoambiente con un pibe con el que recién empezaba algo, ¿no? No, ¿no?

Dos días duré en Las Grutas. Dos días. Antes de conocerlo a Franco, de una semana de frenesí adolescente, de calor, de cervezas descalzos con Benito saltándonos entre las piernas -Benito es el gato del amigo de Franco- antes de todo eso, tenía planeado pasarme diez días en Las Grutas.

Las Grutas es hermoso. Es una playa rionegrina a la que íbamos con mi familia cuando yo era chica. No sé cómo la descubrió mi papá, contador como yo, pero la amamos todos y ahí íbamos, a ser felices, a jugar, a comer y a reírnos. Después de un 2013 agitado, creí que lo mejor era volver a mí, volver ahí, conectar con esa nena que quería ser bailarina y bailaba en la arena mientras su mamá le sacaba fotos. Quería el agua caliente del mar, la playa desierta, el viento sureño, la arena en los pies. Quería todo eso de vuelta, antes de que Franco aterrizara en mi vida manchada de gris.

Pero cuando llegué a Las Grutas, Dios, qué horror. La ciudad que yo recordaba quedó enterrada entre los puestos de lo-que-se-te-ocurra y gente, mucha gente, por todos lados gente. Yo quería silencio. O mejor dicho, la yo antes de Franco quería la ciudad que era Las Grutas antes del turismo. Y soporté el ruido dos días. Tres, si contamos dos medios días. Chats de por medio, hablábamos todo el tiempo con Franco, nos mandábamos videos, fotos y besos por celular. Dos días. Y me volví a Barracas.

Benito me hizo fiesta cuando llegué y a una de las plantas se notaba que le faltaba un poco de riego.