sábado, 5 de abril de 2014

Té para seis

 Camila fue la última de nosotras en irse de la casa de sus padres. Todos la entendimos: sus viejos siempre fueron un amor y la bancaron hasta que terminó la quinta carrera que empezó. A esta altura ni siquiera su papá, un tano total, espera que se case y le traiga nietos los domingos. Con el título ya es suficiente. Así que la noticia de su mudanza nos llenó de alegría a mis amigas y a mí, un sexteto imbatible desde aquel 1º 3ª que fuimos en 1993.

No había mejor día para celebrarlo que el 8 de marzo, no porque fuera el Día de la Mujer sino porque es más bien difícil hacer que nuestras agendas coincidan. Así que Camila nos invitó a su casa en Castelar y pizzas de delivery para brindar.

La reunión me venía más que bien. Desde que Franco me anunció su viaje a Londres, estuve en blanco. Todos los colores que trajo su llegada se hicieron grises en cuanto me contó de su partida. Si fuera un partido de ajedrez creí que estaba conquistándolo y en realidad era un mate que puso en jaque mi corazón. ¿Qué mejor que para contrarrestar el efecto Franco que exorcizar las penas en una reunión de amigas?

Con las chicas siempre hablamos de todo y hablamos de nada y hablamos todas al mismo tiempo y también nos quedamos cómodas si de repente un silencio invade la mesa. No es necesario juntarnos seguido porque no importa cuánto tiempo haya pasado, siempre hablamos como si retomáramos la conversación en el punto en donde la dejamos, como una película en VHS que quedó en pause en ese mientras tanto al que nos someten nuestros horarios, nuestros trabajos; sus hijos, mis sobrinos del corazón; todas las cosas y las casas donde vivimos.

Todas sabían del asunto y todas se pusieron de acuerdo sin decirlo, claro, para no hablar del tema. Pero cuando la noche empezó a aclarar y ya habíamos hablado en contra y a favor de todo, y a la enésima vez que miré sin éxito el celular para ver si tenía novedades de Franco, me largué a llorar de la mano de un “¡¿por qué?!” sin respuesta alguna.

Al final, Franco fue como una ambulancia que pasa por la calle con la sirena encendida, a toda velocidad, que detiene el tránsito de todos los demás autos, que hace mucho ruido, todo se inquieta y después de que pasó, todo vuelve a ser como fue.