lunes, 5 de mayo de 2014

Primero hay que saber partir

 Nuestros encuentros la última semana antes de que Franco partiera a Londres fueron como la barrita larga que llega y ordena las piezas de una partida de tetris de tiempo. Entre despedida y despedida –la que le hacían los compañeros del Nacional Buenos Aires, la de los compañeros del trabajo, la de los compañeros de la facultad, la de la familia, la de los primos, la de sus amigos, la de los pibes con los que va a ver a Boca- nos veíamos un rato o un ratito o a veces lo acompañaba. Fue como seguirle la gira a alguien en algo que parecía la celebración de un cumpleaños repetidas veces o la despedida de sus seres queridos. Mucho amor, buenos deseos, regalos para el viaje, abrigos para el frío inglés, pero, sobre todo y más que nada, tiempo. Franco le dedicó un montón de tiempo a saludar, a abrazar, a recibir y a visitar a todos aquellos de los que iba a estar alejado un buen tiempo. En eso me enteré que la beca que se ganó era por un año, que no es mucho tiempo, pero que en sus planes desde hace mucho tiempo estaba que si le otorgaban la beca, iba a pasar más tiempo del que le asignaban, para aprovechar el viaje. Así que lo que en principio sería un almanaque entero, ahora tenía forma de puntitos suspensivos. Bien.

No nos quedó muy en claro en calidad de qué lo acompañaba yo y tartamudeábamos un poco los dos a la hora de presentarme. Así y todo, para mí fue divertido vagar con él por Barracas, su barrio de la infancia, y dedicarle tiempo yo también. Como sea, quedamos en mensajes y skype y tomarnos un tiempo: ni la mentira romántica de un amor a la distancia, ni la despiadada verdad de que cada cual haría lo que le venga en gana. Sólo dejar que la cosa fluya y sea como pueda ser, es decir, darle su tiempo.

La noche anterior al día del viaje, la pasamos juntos en la casa de Facundo, el dueño del departamento de Barracas donde habíamos dormido la noche de Navidad, donde empezó nuestra historia y donde vivía Benito el gato. Su vuelo salía de Ezeiza a mediodía y a las diez de la mañana yo entro a trabajar en Puerto Madero, así que nuestra despedida sería en la vereda de Montes de Oca. Cuando bajó a abrirme, miré el reloj y le di un beso rápido, como si fuera un hasta luego. “Se me hace tarde –le dije- son las nueve y media”. Él miró el suyo y me dijo “En el mío son las nueve y cuarto. ¿Tu reloj está adelantado o el mío está atrasado?”.

Qué pregunta más oportuna.