martes, 5 de agosto de 2014

Mil horas, como un perro

 Benito es amoroso conmigo. Me espera en la puerta, duerme a mis pies, se acomoda en mi falda. Y eso que ni siquiera soy su dueña y de hecho estoy ocupando su casa. Es un segundo piso por escalera, en un edificio de la aristocrática avenida Montes de Oca y el día que empiecen a cobrar las expensas por belleza edilicia, estoy frita. La ventana al cielo y los ronroneos por kilo tampoco están incluidos en pago mensual. Los vecinos, divinos. La otra noche, Benito, por acariciarse con la puerta, que no abre desde afuera, la cerró justo cuando salí a sacar la basura, sin la llave en la mano. Yo estaba muy de pijama y rodete, y aunque no me conocían me recibieron con un vaso de soda de sifón y mientras esperábamos que viniera el cerrajero, que tardó mil horas, me presenté y les conté de Facundo e Isabella y que estoy a cargo de Benito por el momento. Son un matrimonio que calculé que tendrían más de cuatro décadas de casados, hijos de mi edad y nietos como los que quisiera mi mamá que yo le dé. Alberto y Stella. De hecho, me contaron de un festival que se haría en la Plaza Colombia por el día del Niño. El Batacazo del Arte, me dijeron que se llama, y que ahí iban a llevar a sus nietitos, que lo hacen todos los años y que hay talleres y shows de payasos. Me vino genial el dato, para llevar a mis sobrinos, les dije.

Mientras me hablaban, yo pensaba que siempre que veo un matrimonio así, me muero de ganas de preguntarles cuál es el secreto, dónde está la clave, cómo se hace para que los años pasen y el amor quede. Si es verdad lo del amor eterno, si se puede aceptar el compromiso de estar juntos para siempre y mantenerlo. Si es real esa sensación de conocer a alguien y creer que es LA persona para compartir toda la vida. Muero de amor cuando veo un par de viejitos caminando de la mano por la calle ¡y acá en Barracas hay muchas parejas así!

Momentos antes de que llegara el cerrajero, junté coraje y les pregunté hacía cuánto estaban juntos y no pude más de la sorpresa cuando me dijeron que hacía dos años que se habían casado y tres que se habían conocido en un tour de 15 días por Europa. Les llama la atención, me dijeron, que siempre vivieron cerca. “A veces uno está en la misma ciudad y no se cruza a nadie y estás a miles de kilómetros de distancia y te encontrás con el amor”, me dijo Alberto justo antes de separarnos en el pasillo, acompañados por el cerrajero. En cinco minutos el asunto de la puerta estuvo arreglado y yo sentí unas ganas enormes de salir a caminar. Esta vez con la llave en la mano.