viernes, 5 de septiembre de 2014

Romance de suelas y suelos

 Cada vez que Camila cumple años, se le da por hacer unas fiestas estrambólicas. Fiesta de disfraces, temáticas, pelotero para grandes, cosas así. No sé de dónde las saca pero sus ideas son geniales. Y esta vez nos invitó a celebrarlo en una milonga en La Boca para aprender a bailar tango. Estábamos todas y algunos de sus amigos nuevos, más primos y familia, y nos sumamos a la clase en banda. Casi ninguno habíamos bailado jamás y a mí me había enganchado la idea porque Franco me contó que estaba yendo a aprender a un bar en Londres.

Así que en una de esas noches que hubo, que parecía primavera cuando todavía invierno, estábamos en un salón enorme y caluroso, con olor a humedad, unas ventanas gigantes y piso de madera, paso atrás, paso al costado, cruzo los pies, retrocedo. Y vuelvo a empezar. No era la descripción de mi vida sino de los movimientos básicos de esta danza del amor. Aprendimos lo elemental y después de hora y media de práctica en solitario, se abrió el telón para dar inicio a la milonga, vino más gente, gringos y baqueanos, empezaron a correr los vasos y a bailar en el sentido contrario a las agujas del reloj se ha dicho.

En eso, cortamos el baile para que hubiera torta, velitas y que los cumplas feliz. Ese momento hermoso en que todos miramos al que cumple años mientras piensa en tres cosas que desea mucho. Ya quisiera yo cumplir años ahora mismo y pedir tres deseos, pero más que nada quisiera que se me cumplan. Aunque… si se cumplieran enseguida ¡¿qué haría?!

Aprovecho la marea de los que se vuelven al oeste y me prendo en la despedida. Taxi y ganas de aterrizar en la cama. Abro la puerta del auto y abro el correo. Hay uno largo de Franco, que decido leer cuando esté acostada. Saludo a Benito, me lavo los dientes y pongo a cargar el celu. Enchufado, leo el mail de Franco. Empieza con “espero que no te enojes”, sigue con un “conocí a una chica en la milonga” y termina con “te mando mil besos”, entre muchas otras palabras.