viernes, 5 de diciembre de 2014

Nunca estuve tan lejos de mi mundo

 Era la Noche de los Museos y yo tenía una cita. ¡Alegría! El día se prestaba para cargarme de expectativas y me lo tomé para eso. Limpié mi casa, moví muebles de lugar, tiré papeles. Me encontré unas entradas de cine, de una vez que fuimos con... ¿cómo se llamaba? El salame ese que se fue a Londres. Chau, chau, muy lindo todo, chau. Me di un megatratamiento de belleza, más bien de masoquismo.

Divina como estaba, esperé a Luis Alberto. Luis Alberto se llama. Nombre de poeta tiene. Me propuso hacer un recorrido por los museos de su barrio y el mío. Él vive en San Telmo y yo, en Barracas. Así que caminamos y conocimos, hicimos colas, nos perdimos en calles que ni sabía que existían. La noche estuvo tan bella como el día. Pero Luis Alberto, ay, qué chasco.

Quiero decir... yo sabía de su novia en Italia y no me hice expectativas con él, sino con el hecho de tener una cita, un encuentro con alguien, una invitación a conocer el mundo de un otro. No me esperaba pasar la noche con él ni mucho menos. No me molestó que haya llegado tarde, no. Ni que no supiera hablar de otra cosa más que de él y de su novia italiana. Tampoco que se haya colado en filas, que haya salteado lugares por creerlos poco interesantes. No. Lo que me molestó fue que con nombre de poeta y todo, no hubiera nada en su mundo que me llamara la atención. Lo que me decepcionó fue encontrarme con un otro con el que no tenía nada, absolutamente nada que ver. Paseé toda la noche con una persona que podría no haber conocido jamás y mi vida hubiese continuado igual. Y a mí me gusta la gente que te mueve los muebles de lugar en la casa que es la vida.

Por mi trabajo hay una casa de comidas que en la pizarra donde ponen el menú del día, siempre escriben una frase. El lunes cuando fui a comprarme el almuerzo, estaba esta frase de Sartre escrita en tiza celeste: “Como todos los soñadores, confundí el desencanto con la verdad”.