jueves, 6 de agosto de 2015

La noche seguro que me alcanzará

 Fausto estaba re feliz porque vinieron a visitarlo su hermano con la familia. Este hermano le dio tres sobrinos hermosos, a cual más adorable, pompones saltarines de rulos morenos y con ese acento caribeño que dan ganas de grabarlos y usar sus risas de ringtone. De sus cinco hermanos, Fausto juntó diez sobrinos. Estos tres son los más pequeños y tenerlos de visita lo llenaba de amor.

A mí también me llenan de amor mis sobris. Los chicos de Mariana, Marcia, Lisa y Felipe. Y también las hijas de mi hermano. Creo que Fausto y yo entramos en esa franja de consumidores llamada “tíos profesionales sin hijos”, que les dan los gustos más caprichosos. ¿Para qué estamos si no?

Para aprovechar la visita, Fausto, sus sobrinos, las hijas de Mariana y yo fuimos la plaza. A Plaza Colombia, claro. Las dos nenas se reían con las palabras que no lograban entenderle a los tres mosqueteros. Enseguida el quinteto se puso a jugar como si se hubieran conocido de toda la vida, como si no hubieran habido miles de kilómetros entre sus vidas. Jugaban, corrían, gritaban, se peleaban y volvían a jugar. El más chico de los colombianos, Gael, se cayó y se lastimó la rodilla. Tuvimos que hacer el teatro del “no pasó nada, no pasó nada”, para que no se largara a llorar. ¡Pero los asustados éramos nosotros!

Mientras los chicos jugaban, Fausto y yo nos pusimos un poco al día. Fausto estuvo un poco desaparecido de todos lados, típico de alguien que está enamorado. Así que le conté del departamento nuevo y de las confusiones (?) con Facundo. De que yo creía que me había olvidado de Franco, pero que ni yéndome yo ni yéndose él, lograba distanciarme de eso que yo creía que era amor. Su respuesta fueron varias preguntas. “¿De verdad te habías confundido? ¿No será que eso era lo que tú querías? ¿Volverte a enamorar, colgarte del mundo de otro? ¿Por qué no descubres tu propio mundo? ¿De qué te estás escapando? ¡¿Por qué no te enamoras de tí misma, niña?!”.

Los chicos jugaron hasta cansarse y después los llevamos a casa, a tomar una deliciosa merienda argentinocolombiana. Cuando vinieron a buscar a las nenas y Fausto se llevó a sus sobrinos, ya se había hecho de noche y yo me quedé terriblemente acompañada por una pregunta inmensa. Como esas que hacen los niños en su edad más dulce.

lunes, 6 de julio de 2015

Hoy voy a beber del vino que me pone ciego

 Con Facundo estuvimos aprovechando los pocos pisos que nos separan y unas muy buenas excusas para cenar juntos. Al principio un poco parecíamos dos viuditas,él llorando por Isabella y yo, bueno, yo tratando de desprenderme la cabeza de Franco. Pero con el correr de las semanas, los encuentros fueron mutando y no sé qué pasó que medio como que nos empezamos a coquetear un poco. ¿O me parecerá a mí?

Entre esas buenas excusas estuvieron las de haber encontrado un vino excelente en oferta o el haber cocinado de más y no poder freezar el enorme resto que quedaba. Así que por una cosa o por otra, poco a poco, entre cena y cena, nos fuimos contando un poco nuestras vidas. No sé si me gusta Facundo. Aparte de que no me gustaría ser el clavo que saque otro clavo, no me cierra la idea de involucrarme con un amigo de Franco. Sobre todo porque si volviera el tiempo atrás y viajáramos al momento antes de que Franco se fuera a Londres, yo seguiría estando con él.

Después de una cena, con el cenicero sobre la mesa, Facundo me lo confirma: “Si no se hubiera ido, Franco seguiría estando con vos. Siempre me pregunta si te veo y en qué andás”, me cuenta Facundo. “Si hasta una vez hablamos de que si tenía que aceptar o no la beca esa, porque él estaba re enganchado con vos”. Yo no sé si creerle o llorar. En eso, el que se larga a llorar es él y me dice “¡Ojalá Isabella se hubiera enamorado así de mí!”. Y ahí caigo en la cuenta de que lo que yo creía coqueteo era un compartir un duelo. Y de que estaba presenciando el nacimiento de una nueva amistad. Y también, claro, de cierta miopía emocional.

Aunque un poco siento que estoy volviendo pasos para atrás, que yo creía que ya me había olvidado de Franco, me doy cuenta de que con unas copas de más lo tengo más que presente, por más lejos que esté. En eso, mensajes de Camila. ¿Camila? ¿A esta hora?

“Hola Nat. Tengo algo que contarte. ¿Te acordás el pibe ese que te dije que me gustaba, el que era compañero mío en uno de los colegios donde doy clase? Bueno. Resulta que lo conoce a Franco y a Facundo. Dice que cuando ustedes quieran, salimos los cuatro, al cine o a tomar mate al Parque Lezama”.

¿El mundo es chico o qué?

sábado, 6 de junio de 2015

Cuando no alcanza pintar la pared

 Fue una minimudanza, sí, pero mudanza al fin. El departamento nuevo es igual al anterior pero dos pisos más cerca de la tierra. Igual, yo siempre ando por las nubes. Como sea, tuve que reordenar mis pertenencias y sacar de las cajas mis cosas y encajar mi cabeza en un espacio nuevo. Benito también estaba medio desorientado, en su nuevo rol de gato mío y ya no prestado.

Desarmé y rearmé todo y, como si fuera una mudanza de mayor distancia, también perdí cosas. Una media, una bolsita con pulseritas y collares y colitas de pelo. Pero lo que más lamenté fue un sacacorchos que me había traído de unas vacaciones de Mendoza. No solamente por el recuerdo de esas vacaciones con mi hermano, mi cuñada y ese novio que...

Me lamenté porque en el momento mismo en que terminé de desarmar todo, tenía ganas de invitar a las chicas y no tenía mi destapador favorito y ¿cómo descorchar así? Me quedé con la botella en la mano, esperando a mis amigas. Me senté en el suelo, las chicas estaban en camino, Benito se acostó al lado mío, me puse a mirar la casa. Entre la cocina y el living hay una pared enorme, alta, que quedó blanca y radiante. Me dieron ganas de pintarle un mural, un cartel, algo y agarré una cajita de tizas, que me había olvidado que tenía y me puse a dibujarle encima.

Con las tizas en la mano, pensé en las cosas que se pierden y las que se reencuentran con las mudanzas y mientras las tizas se gastaban, me imaginé pegarle un vinílico de esos que se usan ahora. Pero en vez de un dibujo, mandar a imprimir un cartel enorme, de esos motivacionales que hay un montón en Pinterest, que diga “¿Qué vas a hacer hoy?”.

Para cuando vinieron las chicas, yo seguía con el vino encorchado. Subí a mi antiguo departamento a pedirle un destapador a Facundo. Y ya que estaba, lo invité a celebrar nuestras mudanzas.

miércoles, 6 de mayo de 2015

Vuelta por el universo

Así como le dediqué un fin de semana a tirar cosas y limpiar el departamento, le dediqué el siguiente a limpiarlo más aún y embalar mis petates. Después del aviso de Facundo sobre su regreso al monoambiente, le había dedicado todos los ratos libres que tenía en el trabajo a la búsqueda de una nueva casa.

Durante cuatro semanas vi y visité todo tipo de casas, departamentos, ph. Con luz, sin luz, mínimos y apretados, enormes y arruinados. También aprendí a leer avisos inmobiliarios y a interpretar lo relativo de las distancias. Seis cuadras hasta el subte puede ser “cerca del subte” y “amplio y confortable” puede ser oscuro y con manchas de humedad. Sin hablar de citas a ciegas con los vendedores que te muestran una casa como si fuera la suya y como si fuera un suegro apurando al yerno a que se case rápido con la nena, que el tiempo pasa. Ay, qué agotador es buscar.

Ya por vencida, opté por pedirle albergue a mi mamá. Sabía que no me lo iba a negar y además, la que era mi habitación, sigue con posters de los Caballeros de la Quema pero en donde estaba la cama hay una máquina de caminar y donde estaba el escritorio hay una máquina de coser. Las dos, llenas de polvo. Iba a extrañar mucho Barracas, pero si seguía buscando me iba a volver loca. Y Facundo ya estaba listo para volver a su casa. Y a su gato, mi Benito temporal.

Con todas mis cosas embaladas, con Facundo trayendo las suyas y esperando que viniera el flete para volver a Castelar, pasé a despedirme de Alberto y Stella. Habían sido tan amorosos conmigo siempre que me pareció que debía saludarlos. “¿Cómo que te vas? ¿A dónde te vas? ¿Pero cómo no nos dijiste antes? Nosotros tenemos un departamento en el segundo piso. Todavía no lo alquilamos porque no dimos con nadie y no queremos hacerlo por inmobiliaria. ¿No querés quedarte acá en el edificio?”. Como si fuera un regalo del cielo. Me largué a llorar ahí en el mismo pasillo. Benito vino a darme vueltas por las piernas. En eso sale Facundo. “¿Te vas a quedar acá? ¿No querés llevarte el gato? Era de mi hermana, se lo regaló un novio que después la dejó. Nunca nos llevamos bien y parece que te quiere más a vos que a mí”.

Por un momento estuve tentada de bajar a jugar al quini. Pero justo llegaron los del flete y les pedí que me ayudaran a mudarme al 2º piso.

lunes, 6 de abril de 2015

Alta suciedad

 Yo no creo que los feriados nos lleven a la ruina como sociedad. Ni que tantos días libres detengan la industria ni la producción. Por ejemplo, el fin de semana largo de marzo decidí dedicárselo a limpiar mi casa. Puse música a todo lo que daba, total Alberto y Stella se habían ido a Mar del Plata y estaba sola en el piso, y tiré papeles, junté ropa para donar, me deshice de cosas que ya no necesitaba. Benito me ayudaba a decidir qué tirar y qué guardar, mientras investigaba mis cosas y las cosas de Facundo que quedaron ahí e invadía cajas, cajones y estantes.

No es que estuviera sucio, mugriento ni nada por el estilo. Te lo juro. Es que quería usar esos días libres extra para mover muebles en el monoambiente y en mi cabeza, reorganizarme las ideas y los libros, desprenderme de lo que ya era hora de soltar y de olvidar, tirar diarios, revistas y tickets de compras ¡Y escuchar mucha música! ¡Y bien alta! Así se me pasaron las horas, sacudiendo polvo, como Mafalda cuando limpiaba la tierra del mapamundi con los Beatles de fondo. Cuando paré al final de la tarde para tomar una merienda, vi que en el celular tenía mil mensajes de Whatsapp, dos llamadas perdidas y un mensaje de cada una grabado en el contestador. Pensé que sería mi mamá, pero no.

Una era de Fausto, el colombiano de Atención al Cliente. Que qué estaba haciendo que no respondía sus mensajes de Whatsapp, que tenía que contarme de alguien que había conocido el sábado a la noche y que iba a volver a ver esa noche; que iban a ir con otros colombianos a una fiesta en Palermo, que eran muy chéveres y que me lo iba a pasar muy bien. Que lo llame para decirle si iba o que fuera directamente a su casa, que se juntaban más temprano a comer arepas en su depa.

La otra era de Facundo. Que lamentaba decirme que necesitaba que le devolviera el departamento. Que se había separado de Isabella, que ella se iba a volver a Brasil y que él quería volver a Barracas y a Benito. Que había hablado con Franco y que me mandaba saludos.

Me bañé, me vestí de sábado a la noche, saludé a Benito, le avisé que volvía tarde y me tomé un 24 a la casa de Fausto.

jueves, 5 de marzo de 2015

Tengo un amigo nuevo. Pero no es más grande que Rúben Paz

Todos los viernes, mis compañeros de trabajo organizan un tour por bares para festejar la llegada del fin de semana y, si hay algún cumpleaños, también. Hacía mucho tiempo no me sumaba, porque desde que tengo más responsabilidades siempre los despedía sentadita en mi escritorio, pero ese viernes, terminé justo a tiempo para ir con ellos.

No tiene mucho de divertido salir del trabajo un viernes y seguir hablando del trabajo, pero era una linda forma de acercarme a aquellos con los que comparto tanto tiempo. Y con algunos que no conocía, porque en estos meses se sumaron muchos laburantes nuevos.

Como Fausto, que trabaja en el piso de abajo, en atención al cliente y lo bien que hace, porque caímos en un bar de San Telmo, en Defensa y Venezuela, en una mesa re larga y quedamos sentados uno al lado del otro. En estos tipos de encuentros de mucha gente, una no termina hablando con nadie, porque habla con todos al mismo tiempo. Pero con Fausto, terminamos siendo parte de una cita a ciegas, los dos sintonizamos enseguida y yo me enamoré de su tonada colombiana y de sus modales dulces con las mozas del bar.

Y todos hablaban y revisaban redes sociales en sus celulares y sacaban mil selfies en las que aparecí de distintos ángulos y con diferentes niveles de alcohol en sangre. Pero en todas, con Fausto al lado, hablando de todo y de tanto y de qué hacía él acá y qué hacía yo en mí.

Ya asomaba la luna y me había quedado sin cigarrillos. Con más ganas de irme a mi casa que a comprar, pasé por el baño y me encontré con otra de las chicas de atención al cliente, que durlock de por medio me preguntó si no lo conocía a Fausto de antes, que parecía que había tanta buena onda. No, le dije rápido, y apreté el botón para salir rápido de la situación. “Ah, entonces no sabés que Fausto…”. Y justo entraron otras chicas y me quedé con la intriga.

Volví a la mesa y ya habían pedido la cuenta. El aire acondicionado se había roto y los pibes querían seguir su recorrido. Yo estaba cansada y preferí bajarme del tren. Lamenté tener que dejar la conversación con Fausto, pero tenía sueño y hambre. Cuando me estaba yendo, saludé a todos y cuando le di un beso a Fausto, me dijo al oído: “Me encantan tus zapatos”. Fue el mejor piropo que pude haber recibido en varias semanas.

viernes, 6 de febrero de 2015

Más o menos bien

 Revisité los lugares que había conocido con Franco y no estuvo nada mal volver. Volver a esos lugares, volver a hablarnos, volver a verlo. Me dijo que no me avisó que venía porque pensó que estaba muy enojada. Bueno, no sé cómo esperaba que me yo tome el temita de que estaba saliendo con alguien en Londres. Bueno, no sé qué debí esperar.

El asunto es que salimos, paseamos, hablamos. Me contó lo que hizo en Londres, y en otras ciudades, porque aprovechó la estadía y la beca para pasear por Europa y conocer varias ciudades. Fantástico. Me contó que es muy lindo todo, que hay muchas cosas para hacer, pero que la gente es muy fría y que algunas veces le parecía mejor inversión de tiempo juntarse con otros argentinos -y argentinas- que intentar acercarse a los gringos. Yo lo escuché, escuché sus aventuras y miré las fotos que tenía en el celular. Pero ya no era el Franco que me había dado vuelta mi mundo. Era otro que estaba dando vueltas en su propia órbita. Me invitó a ir a visitarlo cuando quiera y yo me pregunté si era visitarlo en Londres o visitarlo en su planeta, donde cuidaba de su rosa caprichosa, o esa idea de hacer carrera estudiando en el exterior.

No tenía planes para irme de vacaciones, más que la pileta de los padres de Flavia, o pasear en bicicleta por el barrio, o leer en el departamento, con Benito amasándome la panza. La visita de Franco puso en jaque todos mis planes. Por un momento me ilusioné con que pasaríamos un fin de semana en el Tigre o no sé, algo así. Pero eso no pasó. Franco se volvió y yo me quedé con una sensación de vacío, como cuando salís del cine y la película no te gustó nada.

En ningún momento Franco me preguntó cómo andaba, en qué anduve, si conocí a alguien o qué tal iba el departamento. No es que tuviera algo especial para contarle, sino que todo eran sus andanzas. Andar, llegar. Ir, venir. Después de despedirnos, él ya se iba y yo me pregunté a mí misma qué tal me iba. Y la verdad es que me va más o menos bien.

Franco se fue en avión a su vida en Londres y yo me fui en 17 a Barracas.

lunes, 5 de enero de 2015

Mañana es mejor

 Pasé Navidad con mi familia, sin detenerme en que hace exactamente un año estaba en Plaza Defensa tocando tambores y tomando cerveza del pico con Franco. Ni lo pensé, ni me acordé. Año Nuevo, no. Año nuevo fue para compartir la cena con las chicas, sus maridovios y sus hijos.

Salvo Camila y yo, todas están enfamiliadas. Más bien, Camila y yo somos las únicas que enfrentamos la resistencia al mandato social de consolidar un proyecto de a dos. O en realidad, sólo no conseguimos un novio para llevar a los encuentros de este tipo.

Después de los fuegos artificiales y que a los grandes nos agarrara el noni antes que a los chicos, nos fuimos a dormir todos con la panza llena y el corazón contento, en la casa de los padres de Flavia, que tiene quincho y pileta y es la casa en la que pasamos casi todos los veranos durante nuestra adolescencia. Con colchones desparramados por toda la casa, los matamosquitos compartían enchufes con los celulares y Camila y yo compartimos habitación. Como cuando éramos chicas, nos quedamos hablando bajito, sacándole el cuero al marido de Belén y festejando cómo creció Felipe.

Resistiéndole al sueño las dos, todavía hablábamos cuando Camila acomodó su almohada y suspiró “Lo único que le pido al 2015, es que mañana haya sol, así podemos empezar el año en la pileta”. Y su deseo me sacudió el sueño. ¿Cuáles eran mis New Year Resolutions? ¿Cuál era mi lista de deseos? ¿Cuáles eran mis objetivos para el año nuevo? ¿Qué iba a hacer con ese año todito nuevo para mí?

Cuando estoy a punto de entregarme al sueño, mensaje de texto en el celular. ¿Será un saludo de fin de año que llegó tarde? Era de Franco. “Hola! Feliz año nuevo. Estoy en Buenos Aires. Si querés nos vemos. Un beso.”

Mi deseo para empezar el 2015 era conseguir un remis hacia Barracas.