jueves, 5 de marzo de 2015

Tengo un amigo nuevo. Pero no es más grande que Rúben Paz

Todos los viernes, mis compañeros de trabajo organizan un tour por bares para festejar la llegada del fin de semana y, si hay algún cumpleaños, también. Hacía mucho tiempo no me sumaba, porque desde que tengo más responsabilidades siempre los despedía sentadita en mi escritorio, pero ese viernes, terminé justo a tiempo para ir con ellos.

No tiene mucho de divertido salir del trabajo un viernes y seguir hablando del trabajo, pero era una linda forma de acercarme a aquellos con los que comparto tanto tiempo. Y con algunos que no conocía, porque en estos meses se sumaron muchos laburantes nuevos.

Como Fausto, que trabaja en el piso de abajo, en atención al cliente y lo bien que hace, porque caímos en un bar de San Telmo, en Defensa y Venezuela, en una mesa re larga y quedamos sentados uno al lado del otro. En estos tipos de encuentros de mucha gente, una no termina hablando con nadie, porque habla con todos al mismo tiempo. Pero con Fausto, terminamos siendo parte de una cita a ciegas, los dos sintonizamos enseguida y yo me enamoré de su tonada colombiana y de sus modales dulces con las mozas del bar.

Y todos hablaban y revisaban redes sociales en sus celulares y sacaban mil selfies en las que aparecí de distintos ángulos y con diferentes niveles de alcohol en sangre. Pero en todas, con Fausto al lado, hablando de todo y de tanto y de qué hacía él acá y qué hacía yo en mí.

Ya asomaba la luna y me había quedado sin cigarrillos. Con más ganas de irme a mi casa que a comprar, pasé por el baño y me encontré con otra de las chicas de atención al cliente, que durlock de por medio me preguntó si no lo conocía a Fausto de antes, que parecía que había tanta buena onda. No, le dije rápido, y apreté el botón para salir rápido de la situación. “Ah, entonces no sabés que Fausto…”. Y justo entraron otras chicas y me quedé con la intriga.

Volví a la mesa y ya habían pedido la cuenta. El aire acondicionado se había roto y los pibes querían seguir su recorrido. Yo estaba cansada y preferí bajarme del tren. Lamenté tener que dejar la conversación con Fausto, pero tenía sueño y hambre. Cuando me estaba yendo, saludé a todos y cuando le di un beso a Fausto, me dijo al oído: “Me encantan tus zapatos”. Fue el mejor piropo que pude haber recibido en varias semanas.