lunes, 6 de abril de 2015

Alta suciedad

 Yo no creo que los feriados nos lleven a la ruina como sociedad. Ni que tantos días libres detengan la industria ni la producción. Por ejemplo, el fin de semana largo de marzo decidí dedicárselo a limpiar mi casa. Puse música a todo lo que daba, total Alberto y Stella se habían ido a Mar del Plata y estaba sola en el piso, y tiré papeles, junté ropa para donar, me deshice de cosas que ya no necesitaba. Benito me ayudaba a decidir qué tirar y qué guardar, mientras investigaba mis cosas y las cosas de Facundo que quedaron ahí e invadía cajas, cajones y estantes.

No es que estuviera sucio, mugriento ni nada por el estilo. Te lo juro. Es que quería usar esos días libres extra para mover muebles en el monoambiente y en mi cabeza, reorganizarme las ideas y los libros, desprenderme de lo que ya era hora de soltar y de olvidar, tirar diarios, revistas y tickets de compras ¡Y escuchar mucha música! ¡Y bien alta! Así se me pasaron las horas, sacudiendo polvo, como Mafalda cuando limpiaba la tierra del mapamundi con los Beatles de fondo. Cuando paré al final de la tarde para tomar una merienda, vi que en el celular tenía mil mensajes de Whatsapp, dos llamadas perdidas y un mensaje de cada una grabado en el contestador. Pensé que sería mi mamá, pero no.

Una era de Fausto, el colombiano de Atención al Cliente. Que qué estaba haciendo que no respondía sus mensajes de Whatsapp, que tenía que contarme de alguien que había conocido el sábado a la noche y que iba a volver a ver esa noche; que iban a ir con otros colombianos a una fiesta en Palermo, que eran muy chéveres y que me lo iba a pasar muy bien. Que lo llame para decirle si iba o que fuera directamente a su casa, que se juntaban más temprano a comer arepas en su depa.

La otra era de Facundo. Que lamentaba decirme que necesitaba que le devolviera el departamento. Que se había separado de Isabella, que ella se iba a volver a Brasil y que él quería volver a Barracas y a Benito. Que había hablado con Franco y que me mandaba saludos.

Me bañé, me vestí de sábado a la noche, saludé a Benito, le avisé que volvía tarde y me tomé un 24 a la casa de Fausto.