sábado, 6 de junio de 2015

Cuando no alcanza pintar la pared

 Fue una minimudanza, sí, pero mudanza al fin. El departamento nuevo es igual al anterior pero dos pisos más cerca de la tierra. Igual, yo siempre ando por las nubes. Como sea, tuve que reordenar mis pertenencias y sacar de las cajas mis cosas y encajar mi cabeza en un espacio nuevo. Benito también estaba medio desorientado, en su nuevo rol de gato mío y ya no prestado.

Desarmé y rearmé todo y, como si fuera una mudanza de mayor distancia, también perdí cosas. Una media, una bolsita con pulseritas y collares y colitas de pelo. Pero lo que más lamenté fue un sacacorchos que me había traído de unas vacaciones de Mendoza. No solamente por el recuerdo de esas vacaciones con mi hermano, mi cuñada y ese novio que...

Me lamenté porque en el momento mismo en que terminé de desarmar todo, tenía ganas de invitar a las chicas y no tenía mi destapador favorito y ¿cómo descorchar así? Me quedé con la botella en la mano, esperando a mis amigas. Me senté en el suelo, las chicas estaban en camino, Benito se acostó al lado mío, me puse a mirar la casa. Entre la cocina y el living hay una pared enorme, alta, que quedó blanca y radiante. Me dieron ganas de pintarle un mural, un cartel, algo y agarré una cajita de tizas, que me había olvidado que tenía y me puse a dibujarle encima.

Con las tizas en la mano, pensé en las cosas que se pierden y las que se reencuentran con las mudanzas y mientras las tizas se gastaban, me imaginé pegarle un vinílico de esos que se usan ahora. Pero en vez de un dibujo, mandar a imprimir un cartel enorme, de esos motivacionales que hay un montón en Pinterest, que diga “¿Qué vas a hacer hoy?”.

Para cuando vinieron las chicas, yo seguía con el vino encorchado. Subí a mi antiguo departamento a pedirle un destapador a Facundo. Y ya que estaba, lo invité a celebrar nuestras mudanzas.