Sí, hace mucho que no publico nada. Sí.
Pero ahora vengo a anunciar algo muy imporrrrrrtanteeeeeeee.
Este fin de semana, 14 y 15 de diciembre, estaré participando de la FLIA, que se realizará en el Parque Lezama. Junto a mi novio Ignacio, estaremos desde después del mediodía ofreciendo nuestras obras: él sus libros de poesía y yo mis compilados de textos de este blog. Además, llevaré las láminas de la muestra de collages que hice en octubre y algunas otras cositas más.
Creatividad para el mundo! Regale arte y haga feliz a un artista!
Los espero!
lunes, 9 de diciembre de 2013
jueves, 5 de diciembre de 2013
Franca Navidad
Me puedo imaginar lo que estarán diciendo mi cuñada y mi mamá de mí, con un vittel thoné de por medio. Para cuándo los confites, un novio, casamiento, un hijo y que ese tercer ambiente de la casa que me estoy pagando expulse el escritorio y la máquina de caminar y reciba una cuna funcional. Pero son las 22.40 del 24 de diciembre y yo recién salgo de la oficina. Me quedé cerrando los números del mes, porque mañana me voy de vacaciones y mi jefa me pidió que antes de irme haga el balance. Como mi familia, ella cree que yo me quedo horas de más porque soy una adicta al trabajo. Y en realidad yo me quedo horas de más porque así puedo enganchar con un pibe con el que comparto la combi desde Independencia y 9 de Julio hasta Castelar. Ese chico es lo más parecido a una relación que tengo desde que corté con Justo, que se quedó en la casa que alquilábamos en Independencia y Defensa. De Justo sólo tenía el nombre. Entonces opté por comprarme una casa y comprometerme a 30 años con el banco. Abandoné San Telmo y volví al barrio donde crecí, cerca de mi familia. Fue mejor así. Todos los días vuelvo en combi. Encontrármelo a él, hablar del clima, del tránsito y después, ya en viaje, de la música que estamos escuchando o de libro que vamos leyendo es el cierre del día. No sé cómo se llama, pero ya me imagino que su apellido rima con el mío y eso es todo un avance, considerando que hasta hace un par de meses pensaba que si con Justo no iba más, se me acababa la vida. La vida se te va a acabar si seguís trabajando tanto, Natalia, me dijo el psicólogo, que me recomendó respirar más. Yo le hice caso y entonces vino la casa con ventanas grandes por donde llega el sol y un árbol de paltas en el fondo. Pero para pagarla, mucho trabajo. No me quejo, pero a esta hora yo quería comer vittel thoné. Pero salgo del trabajo, ningún taxi me lleva hasta Castelar y ahora mi plan será ir a Pirillo, comprarme unas porciones de pizza y comerlas en Plaza Defensa, brindar con algún otro solitario que se haya quedado varado en Buenos Aires y después ver si algún taxista me lleva. No me hago mucho problema por no pasar la Navidad en familia. Es una cena más y como siempre comemos juntos, estamos bien porque ya habrá otra oportunidad. Lo que sí me hubiese gustado, y como voy a no venir a trabajar por algunas semanas, es tomar la combi, preguntarle el nombre al pibe este y decirle que vacaciones hasta febrero, nos vemos en un mes. Pero no y entonces al localcito de Defensa e Independencia y Silvita, dos muzzas de parada y una Stella, por favor. Comparto la barra con un grupo de colombianos que cantan canciones muy alegres y yo brindo con una porción de esa fugazzeta insuperable, que era la pizza que comíamos con Justo cuando estábamos contentos o teníamos algo que festejar. Ahora estoy festejando sola la Navidad y el cierre de un año que fue bueno y fuerte y que lo hice yo sola y nadie podría quitarme esta alegría de haber hecho todo lo que yo quería. Me voy a brindar conmigo misma a Plaza Defensa y la plaza es una fiesta. Somos muchos solos y ahí parecemos todos juntos. En eso, en el medio de la multitud de ruidos y olores, de charlas y tambores, mis ojos se chocan con los ojos del pibe de la combi. Me quedé haciendo horas extras y ya no había más combis para volver a Castelar, me dice. A lo que yo le contesto ¿Cómo te llamás? Franco, me responde.
viernes, 4 de octubre de 2013
Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
Si nada es tan viejo como el diario de
ayer y el uso del papel se está extinguiendo, ¿por qué no unir
esos titulares, sacarlos de su contexto y convertirlos en poesía?
¿Por qué no eternizar esas ideas y transformarlas en un verso? Ese
juego de niños es una tarea que tiene un nombre resignificado: antes
de ser ctrl + C y ctrl +V, Cortar y Pegar sólo era cortar
revistas o diarios y adherirlas con pegamento.
Pero Cortar y Pegar no propone
invitar a la nostalgia sino a visitar el hábito de jugar, a
reinventar oraciones, a coser palabras. A apreciar las noticias viejas convertidas en poesía visual.
Nacida en Merlo, provincia de Buenos Aires, Nadia Mansilla tiene
31 años y es periodista. Trabaja en el área de comunicación de la
Central de Trabajadores de la Argentina y es redactora en la revista Músicas del Mundo. Estudiante de traducción en lengua francesa, escribe ocasionalmente en su blog Flipareis. Cortar y pegar es
su segunda exposición individual. La primera fue Obra en Construcción,
en 2011 y se trataba de una serie de fotografías sobre el desarrollo de
un edificio frente a su casa.
Cortar y Pegar - Collages
por Nadia Mansilla
Inaugura: Vie 11OCT13 – 20 hs.
En El Emergente, Gallo 333 –
Abasto
Horario: Lunes a Domingo de 21 a 24
Cierre: Dom 20OCT13 – 20 hs.
Contacto:
sentadaenlasombra@gmail.com
Twitter: @conlaluzdelsol - Tumblr: conlaluzdelsol
DG: Heidi Jalkh
martes, 24 de septiembre de 2013
No siento los pies
Atravieso la ciudad en colectivo, desde el Parque Los Andes al Parque Ameghino, desde un actual cementerio a un antiguo cementerio, desde Chacarita a Parque Patricios. Apesto a transpiración y cigarrillo y tengo aliento a cerveza y frío. Y gracias a la providencia divina, después de haber saltado por más de una hora, en el show de Fermín Muguruza, pegué un asiento en el 65. El colectivo va lento y lleno, así que más lento. Tengo hambre y ganas de apagar la lámpara que está enchufada al lado de mi cama, ya. Pero me faltarán al menos cuarenta minutos hasta que pase eso. Un período de tiempo tibio, ni una hora ni media, ni siquiera cuarenta y cinco. De tan tibio es peligroso. Me puede dormir. Y no quisiera seguir en el 65 hasta Constitución, despertarme con el ruido del motor de la unidad, ese buznido que hace cuando llegan al corral. Es medianoche y Constitución es la selva con zombies que salen a patotear orgullos y pisotear corajes. Tengo que mantenerme despierta lo que me queda hasta llegar y no rendirme frente a este asiento calentito, dentro de un colectivo que me mece y que me recuerda que es otoño cuando alguno se baja y las puertas se abren para que suba un poco de frío. Ser chofer de colectivo en el turno noche merece un premio de vida. Yo no soy la única que va cabeceando y el chofer ahí, firme frente al volante. Los pasajeros pasan y el chofer queda. Ya son menos los que subimos en el mismo punto y ya nadie comenta lo que pasó en el recital. Cuando llega a la Avenida Rivadavia, recambio de visitantes, parada obligada siempre. Yo me debato entre mirar por la ventana y mirar la gente que viaja. Pero entre las dos, gana cabecear. Tengo mucho sueño y estoy cansada pero mayor es el miedo a quedarme dormida. Ya me pasó otras veces, despertarme borracha en Avellaneda, con el sol ya salido y que me hicieran propuestas indecentes, a las que contesté "¡ni en pedo!". "Boluda, si ya estás borracha", fue lo que obtuve de respuesta. En eso cruzamos Avenida San Juan, cuando La Plata se empieza a oscurecer, acercándose a Cobo y sube una mina por la puerta del medio, aprovechando que se abrió con la de atrás para que bajaran dos. Sube y nos reparte papelitos de diario, cortados prolijamente con los dedos. Y le agradece al chofer, con un gesto de bendición. Sacerdotisa de la calle, su pan es la basura y su agua bendita los charcos que se dibujan al borde del cordón. Sus zapatillas están desatadas y agujereadas y carga unas cuantas bolsas y bolsitas. El chofer la debe conocer, porque no le dice nada. Mi instinto de desconfianza se despierta y me despabila y veo cómo otros que estaban cabeceando como yo, también se paran derechos y la siguen con la mirada. Ella nos reparte papelitos y murmura cosas que nadie le entiende y todos tenemos miedo porque los locos nos dan miedo, porque no nos gustan los locos, sobre todo si no se bañan desde hace varios días y tienen las uñas largas y el pelo hecho una sóla mata de pelo. Y más aún si nos dan papelitos y nos piden plata. Ella pasa de vuelta a buscar sus papelitos, como si fuesen billetes los cuida y los junta con amor y con amor una vieja le da cinco pesos. Ella agarra los cinco pesos como si fuera un papelito más y los papelitos van a parar todos a una de sus bolsitas. Va hasta atrás de todo y junta sus papelitos, billetes y papel de diario, y vuelve al medio a dejar en un rincón, ahí donde van las sillas de ruedas, todas sus bolsas y camina de adelante para atrás del colectivo, bendiciéndonos a todos. A todos nos incomoda su presencia y nos inquietan sus movimientos. A todos nos despertó del letargo, nos sacó de la mecedora. En eso toca el timbre con sus manos negras de mugre y de piel negra y cuando creemos que está a punto de bajar, se queda y grita, ahora en un castellano perfecto y entendible, que no siente los pies. "No siento los pies". Dice fuerte. "¡No siento los pies!", de nuevo, pero ahora grita. "¡¡¡No siento los pies!!!" y los mira y los miramos todos, en esas zapatillas hechas ojotas que se mueven pero ella no lo siente. Se pasea por todo el pasillo, gritando que no siente los pies. Nadie le responde, nadie le dice que si no los tuviera, no podría estar caminando. Nadie se anima a tranquilizarla. Ella sólo grita que no siente los pies y todos con cara de cámara oculta. Será por el frío o por algún delirio, o tal vez es un hábito y no lo sabemos, pero ella no siente los pies. No puedo imaginarme cuándo será la última vez que se cortó las uñas, que se bañó entera, que usó ropa limpia, que durmió en una cama con sábanas nuevas. No se puede saber cuándo fue la última vez que no tuvo este olor rancio, a toda su humanidad encima. ¿No siente los pies de tan sucios que están o de tanto que caminó hoy? ¿No siente los pies porque se está moviendo sin moverse o porque le aprietan las medias que no tiene? ¿O no los siente en su cabeza? ¿Qué cosas le habrán arruinado el raciocinio? ¿Qué tanto se puede sobrevivir viviendo en la calle? Ella gritando que no siente los pies y el colectivo sigue andando. Como cuando un chico llora y todos se molestan, pero este bebé está desprotegido y nadie se acerca a tocarla por miedo a contagiarse la locura. Yo llego a mi parada, despierta como necesitaba, y me quedo insomne en mi cama hasta la madrugada. ¿Habrá vuelto a sentir los pies?
martes, 30 de julio de 2013
TOS (Trastorno Obsesivo Soñador)
Si el inicio de esta historia
trascurriera en una película, ustedes supondrían que yo voy a morir
en la última escena, como señala Spregelbud en una Ted Talk. Tengo
mucha tos y la tos, como el amor, no puede disimularse. La tos es el
peor invento que se inventó desde que se regularizaron las
enfermedades. A la tos la debió haber inventariado un burócrata
desgraciado que ese día discutió con su mujer, quien, enojada
porque una gota de agua arruinó el lisado perfecto de su cabello, lo
mandó a hacer las compras y él, como buen burócrata y sobre todo
desgraciado, llevó cualquier cosa menos lo que le habían ordenado
comprar. Cuando volvió a la casa, le tiraron por la cabeza el jabón
en pan que llevó en lugar de la manteca y entonces el tipo, ¿qué
hizo? Inventó la tos.
Debería haber leído los términos y
condiciones (o, según las siglas en inglés TOS) de este estado
inmundo y tener en cuenta algunas actividades que me son vedadas. Ir
al cine, por ejemplo. Ni siquiera una película de argumento
hambriento y trama vomitiva podría tapar el sonido de mi tos. Pero
eso no es nada. Lo peor es no poder dormir. Para personas
narcolépticas como yo, de los que apenas apoyamos la cabeza en la
almohada, bajamos la persiana del día, la tos puede ser una enemiga
impiadosa. Esa espasmódica manifestación exacerbada de los
pulmones, puede representar un piquete insufrible en la autopista
hacia el descanso.
La tos, tos, tos. ¿Hay algo más
incómodo? Un estornudo o un bostezo pueden encubrirse, pero la tos
es como la risa y por más que trato de esconderla mi mamá, siempre
preocupándose por mi salud, la encuentra -como encontró mi diario
íntimo cuando tenía 11 años- y, dale, insiste en hacerme tomar un
jarabe. Y yo me mantengo firme en no comprarlo. No quiero gastar
plata en un brebaje de dudosa procedencia y efectos secundarios
indeseables. Para eso me tomo una Coca-Cola.
A la tos yo le presento batalla como la
Argentina le presentó batalla a Inglaterra en la guerra de Malvinas
de 1982: con artillería vetusta y un ejército de remedios caseros.
Algunos vahos con menta, jugo de naranja y limón, un par de medias
de más y listo. No me gusta la tos, pero mucho menos me gusta
aportar en el engranaje comercial farmacéutico que tiene al invierno
como principal factoría. Si la tos quiere venir, que venga. Le
presentaré batalla.
Debatiéndome sobre si más vahos o no,
atiendo un llamado de mi madre, sabiendo de su insistencia sobre el
jarabe para la tos. Aprovecho la desgracia de un ataque espasmódico
y le digo que no puedo hablar, que me llame después. Mágicamente,
la tos desaparece cuando corto la conversación y sigo mi ritmo
habitual. Pero en ese ritmo habitual está incluida la insistencia de
mi madre, que subraya que es necesario medicar. Ya hablé de que mi
mamá es enfermera y ¡ay! las profesiones de los padres, cuánto que
nos afectan a los hijos. Entonces, si de salud se trata, ahí está
mi madre, firme junto al pueblo, sea jarabe, inyección o
comprimidos, a mi mamá le gusta eso de estar.
Al rato, mi mamá viene de sorpresa a
mi casa, con algunas bolsas de supermercado. Un paquete de galletitas
de agua, calditos, jabón para la cara y, como menú principal,
jarabe para la tos. Y yo la recibo en pantuflas y con bufanda. En mi
casa hace frío y mi mamá llega con todo su amor de madre y una
cajita de cartón, con un envase de vidrio y una tapita medidora de
plástico. Me marca hasta dónde me tengo que servir y me anota las
horas en que deberé tomarlo. 23. 07. 15. Y yo, bueno.
Hablamos algunas boludeces y se va,
dándome algunas recomendaciones para la vida. Yo bajo a abrirle y en
eso me acuerdo que me quedé sin naranjas y que me gustaría seguir
probando con mis recetas caseras, de juguito natural. Así que vuelvo
a subir y a media máquina como estoy vuelvo a bajar para ir a la
verdulería.
En la verdulería a la que voy siempre,
siempre me divierto. La atiende una familia compuesta por los padres
y los hijos, que son dos hermanos grandes, uno muy serio y el otro
muy distraído, y una nena de dos años, que juega a desordenar todas
las verduras todo el tiempo. ¿Qué voy a llevar? Pomelo, naranja,
limón. Me atiende el serio. Mientras el distraído, que suele
tomarse mucho tiempo para despachar a los clientes, le pregunta a una
señora de changuito si va a llevar manzanas blancas o negras.
Yo ya lo he visto hablarle a las
lechugas mientras las riega y partirle pedacitos a las remolachas
hacer dibujos violetas en la pared y lo escuché describir el sabor
de las ananás y narrar sus aventuras en el Mercado Central. A veces
le pregunta al perro del local cuál papa es mejor y si una vieja no
le cae bien, enseguida le da la orden de ataque, que el perro por
supuesto no acata. Cuando me atiende él, vuelvo a mi casa con cosas
que no estaban en la lista y de la lista, casi nada. Su torpeza es
hermosa y soportable y sólo a alguien como él podría perdonársele
el pedirle un kilo de pomelo y dos de naranja, para después poner en
la heladera un kilo de mandarina y uno de limón. Al fin y al cabo el
pomelo no me gustaba tanto.
El padre y el hermano lo retan a cada
rato. Mientras el serio me prepara un paquete de acelga, el
distraído, mi preferido, le regala unas bananas a un cartonero que
pasa con un carro enorme. En voz baja, el serio me cuenta que hace un
rato en vez de medio repollo, le metió un kilo de kiwis a una señora
y que yo me cago de la risa, pero la señora estaba que se la llevaba
el diablo. “Pasa que de chico no tomaba las medicinas. Ni el jarabe
para la tos cuando estaba enfermo, tomaba. Nada. Así quedó”.
El serio me hace la cuenta y el
distraído ni se da cuenta que yo estuve y que me estoy yendo. Pero
cuando salgo, la bolsa con los dos kilos de naranjas se vence y las
pelotas salen rodando por toda la vereda. El serio sigue atendiendo y
el distraído me ayuda a agarrarlas antes de que lleguen al cordón.
Me trae una bolsa nueva y me reemplaza una naranja que se partió. Se
la queda, la termina de abrir, le saca las semillas con los dedos y
las guarda en el bolsillo de su delantal. “Hay que guardar semillas
por si viene el fin del mundo”, me dice.
Entro a mi casa, me
recibe mi gato. Dejo las bolsas encima de la mesa y agarro la
cajita con el jarabe para la tos. La abro, saco el frasco de la caja,
saco la tapita medidora del frasco, lo abro y tiro el jarabe por la
pileta. Como un borracho en recuperación, miro el jarabe correr
hacia la rejilla. Yo quiero inmunizarme de la insensibilidad
inoculada.
martes, 12 de febrero de 2013
Oda a mi lancha
Con algo que me acompañará
-un largo rato en lo sucesivo-
enredado en mis pensamientos
subo al ascensor para bajar en ese recorrido vertical
que hasta ayer hice sentada en la bicicleta y ahora hago apoyada en mis dos pies.
El ascensor es grande, entran once personas pero soy yo y mi tormento
hasta el piso de abajo, que sube la mujer del encargado.
Nos saludamos con un beso, porque es una mujer atenta, una vecina buena
y a mí me agrada compartir el ascensor con ella.
Me pregunta qué tal ando y sin vueltas le cuento
que anoche me robaron la bicicleta, así que ahora a andar a pura pata.
Lourdes se golpea las piernas a la altura de sus brazos colgados
¿cómo puede ser? se pregunta y se re pregunta ¿cómo puede ser?
esto es cualquier cosa, ya no sé a dónde vamos a ir a parar,
pronuncia sin esfuerzo esa melodía de indignación.
Sus comentarios de titular son como males de muchos, pero saben consuelar.
Me pregunta cómo fue y le cuento. Que fui al cine en Congreso, que la dejé atada en la puerta
que cuando salí, ya no estaba. Que encontré medio eslabón de la cadena tirado en el suelo.
Que la tenía desde que cumplí 22 años, que me la habían regalado amigos, mi hermano y un exnovio
al que quiero como un amigo y un hermano.
Que la quería mucho, que le había tejido un pulover, que la usaba todos los días.
Que le había cambiado el cono y el asiento hacía poco, que estaba andando re linda.
Mientras pensaba en todas estas noches en que volví agitada
y todas esas mañanas en que fui a trabajar apurada
cantando los discos de Pez a los que les daba play
en el altavoz del celular
y en los videos de Loco Pro y el de Una Vela,
llegamos a la planta baja.
Lourdes intenta animarme
Madrecita, te compadezco. Aunque yo no sé andar en bicicleta, te compadezco.
Me dice justo antes que separemos nuestros rumbos
en la vereda del edificio.
Con mucho pesar
y después de tanto tiempo
voy hacia la parada de colectivo.
No, yo me compadezco de ella.
-un largo rato en lo sucesivo-
enredado en mis pensamientos
subo al ascensor para bajar en ese recorrido vertical
que hasta ayer hice sentada en la bicicleta y ahora hago apoyada en mis dos pies.
El ascensor es grande, entran once personas pero soy yo y mi tormento
hasta el piso de abajo, que sube la mujer del encargado.
Nos saludamos con un beso, porque es una mujer atenta, una vecina buena
y a mí me agrada compartir el ascensor con ella.
Me pregunta qué tal ando y sin vueltas le cuento
que anoche me robaron la bicicleta, así que ahora a andar a pura pata.
Lourdes se golpea las piernas a la altura de sus brazos colgados
¿cómo puede ser? se pregunta y se re pregunta ¿cómo puede ser?
esto es cualquier cosa, ya no sé a dónde vamos a ir a parar,
pronuncia sin esfuerzo esa melodía de indignación.
Sus comentarios de titular son como males de muchos, pero saben consuelar.
Me pregunta cómo fue y le cuento. Que fui al cine en Congreso, que la dejé atada en la puerta
que cuando salí, ya no estaba. Que encontré medio eslabón de la cadena tirado en el suelo.
Que la tenía desde que cumplí 22 años, que me la habían regalado amigos, mi hermano y un exnovio
al que quiero como un amigo y un hermano.
Que la quería mucho, que le había tejido un pulover, que la usaba todos los días.
Que le había cambiado el cono y el asiento hacía poco, que estaba andando re linda.
Mientras pensaba en todas estas noches en que volví agitada
y todas esas mañanas en que fui a trabajar apurada
cantando los discos de Pez a los que les daba play
en el altavoz del celular
y en los videos de Loco Pro y el de Una Vela,
llegamos a la planta baja.
Lourdes intenta animarme
Madrecita, te compadezco. Aunque yo no sé andar en bicicleta, te compadezco.
Me dice justo antes que separemos nuestros rumbos
en la vereda del edificio.
Con mucho pesar
y después de tanto tiempo
voy hacia la parada de colectivo.
No, yo me compadezco de ella.
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