martes, 29 de diciembre de 2009
Momentos que voy a recordar en el momento mismo de mi muerte
viernes, 18 de diciembre de 2009
Mientras tanto en Buenos Aires
Azul espera cobrar la plata de una indemnización para comprar algo de ropa femenina y venderla en Venado Tuerto.
Alejo tiene en su habitación una foto con su hermana en Disney.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Se busca ortopedia para la renguera emocional.
Hola, ¿qué hacés? Sí, todo bien. Escuchame, te llamaba porque quiero pasar a buscar mis pantuflas. ¿Las tenés por ahí? ¿Esta tarde? Bueno, sí. Llevo un yogur y merendamos juntos, ¿dale?
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Mantra para (no) conciliar el sueño. (Ejercicio no sé cuánto.)
Nos despertamos, con la madrugada recién recibida de. Abrimos los ojos. Vemos por la ventana que es de noche. El reloj, nuestro fiel compañero de ojos rojos nos confirma la gravedad del asunto. No nos desesperamos, mantenemos la calma. Confiamos. Creemos en el retorno del sueño. Sentimos que será breve, que en cuestión de momentos volveremos a cruzar el puente hacia el universo onírico donde vos no eras vos, eras mi hermano. Reacomodamos la almohada. Revisamos el estado del cuerpo. Paseo por mis piernas, paseo por mi tronco, paseo por mis brazos. Todo se encuentra en su lugar. Pruebo boca abajo, cambio a boca arriba, intento de costado. Cada alternativa abre una posibilidad nueva. Tengo confianza en que descifraré el código de movimientos hacia una postura ideal. La encuentro y me regocijo. Ahora sólo es cuestión de esperar. El ruido del ascensor no me inquieta. Nada me perturba. Espero que vuelva el sueño, que la mente se calle, cierre su boca y sus ojos. Silencio. Frenamos el avance de la distracción. Si las cuentas todavía no están pagas, si cerré o no la puerta, lo discutiremos en otro momento. Aquí la dispersión es concentración. Vuelvo a mi centro. Necesito dormir, quiero dormir, voy a dormir. Las llaves del vecino son una canción de cuna. Si creemos necesario hacer pipí, nos levantamos, desnudos los pies, y vamos a ir al baño. Siempre con la luz apagada, para que no nos termine de despabilar un foquito de 60 watts. En el regreso, podemos probar con tomar un vaso de agua. Siempre agua de la canilla, no de la heladera, porque no queremos encender un faro en la cocina. Volvemos a la cama, que nos recibe tibia y lo intentamos de nuevo. Otra vez. No importa que ya hayan pasado varios minutos. El tiempo no me corre, conservo la calma. La tranquilidad me ayuda a volver al reposo. Abro las manos, relajo los pies. Espero. En un momento estaré de nuevo sumergida en un mundo irreal, donde puedo volar y ya no escucharé los gemidos de la novia del vecino. Evoco gratos momentos, me deshago de las preocupaciones inútiles. Por más que no me llame y que lo extrañe, no lo voy a llamar, qué se cree. Suspiro. Con el aire se van mis ideas hiladas con pensamientos concretos. Me imagino que llega el amanecer y yo estoy dormida, que me despierto recién cuando empiezan a trabajar los albañiles de la obra de enfrente. El canto de los pájaros es la voz de su ansiedad, no de la mía. Un par de medias puede ayudar. Abrigo mis pies como las estrellas abrigan la belleza de la noche. Me hubiese gustado tener una relación de odio y amor con un profesor universitario de apellido italiano que me apruebe los parciales pero me mande a final, pero eso no me tiene que preocupar ahora porque mi mamá quería que yo fuera abogada, pero no le hice caso y si hago la plancha en el mar de los mandatos, me voy a terminar durmiendo a las diez de la mañana y eso no va a suceder, no, porque cambio la orientación de mi cabeza y me pongo de costado, como duermen los actores en las telenovelas y nada me perturba, nada me inquieta, la tranquilidad llama al sueño y esto es un ratito nomás y ya vuelvo a dormirme. Es solo un ratito. No tengo ganas de ir al baño ni sed; no tengo frío ni hambre. A estos dos condenados se les da por ver una película justo ahora, pero no me importa, no me afecta porque todavía me pesan un poco los párpados y esta cama está más linda que nunca y voy a ponerme una frazada más sólo por si acaso a ver qué pasa y siento el abrazo tibio de la lana y rememoro la tarde de domingo en que la compré en una feria de Costanera Sur y me ofrecieron una verde y yo dije, no no, la naranja y ahora sí va a venir el sueño. Me acomodo el pelo, me saco los anillos y no vuelvo a ver el reloj ni a mirar si esos dos metros con sesenta centímetros de cuadraditos de vidrio se llenan progresivamente de sol. El sueño va a volver a buscarme. Puedo sentirlo. Va a venir por mí. Porque nunca me dejó esperando a la salida de la escuela, siempre me pasó a buscar, siempre fue puntual al final de mis jornadas. Estas no son horas de ver una de acción y no me levanto a golpear la pared, porque eso me despabila. Me concentro en mi descanso, que mañana será un buen día y hace rato que no te lloro en el hombro, almohada, pero qué bien vendrían algunas lágrimas de somnífero. Descarto la leche tibia con miel. No va a ser necesario levantarme para eso, porque en un momento ya estaré completamente dormida. Pruebo mis reflejos con un mosquito como víctima. Su último vuelo fue un día antes de que se retirara, pero no me distrae, no me perturba. Ah, no es uno, son varios. Bien. No me molesta, porque en cuestión de segundos cambio una pastilla y qué rico es el perfume de la pastilla y eso seguramente me remitirá a los veranos en la casa de la tía Beba y nunca me dio tanto miedo el silencio como en la casa de la tía Beba por las noches y por las siestas. Al fin se les da por apagar la tele. Y ese olor me hará dormir. Un olor que viene de una palabra tan linda como Fuji esta hecho para llamar al sueño. Pero no pasé por el súper y tampoco compré jabón en polvo y mañana sin falta porque después ya no puedo, no tengo tiempo y así es como me entero que Denver está bastante lejos de New York como para ir a dedo, veo la furia de una traducción española para destruir una historia deliciosa, y escucho a los obreros hacerse bromas en guaraní.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Te dejé algo de flan en la heladera, cielo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
¿encontraría a Matías? / Allais-je rencontrer Matías?

Y mientras tanto yo veía las fotos de una muestra que estaba ahí, en la plaza. Y veía los turistas ver las fotos. Y los oía comentarlas en portugués y comentarlas en alemán. Y un empleado que a cualquiera que se acercara a la muestra, le daba un volante de la muestra. Persiguiendo espectadores de las enormes fotos desparramadas en torno al Monumento a San Martán, estaba el flaco a las corridas, como un chico corriendo patos. Y Matías, no llegaba. La Negra Vernaci entrevistaba a Adriana Varela por la radio, así que la espera, bien.
-¿Hola Matías?
-Nadia, ¿cómo estás? Estoy en el tren, yendo para Capital. Vos tenías que darme un paquete para Belén, ¿no?
-Sí, lo tengo conmigo. ¿Nos vemos hoy?
-Sí. Pero ¿te parece si nos encontramos en otro lugar?
-Sí, todo bien. ¿Retiro te queda bien?
-Dale, para mí es mejor.
-Para mí también. A las seis está bien?
-Seis y cuarto. Después te llamo y coordinamos bien, pero ahí en Retiro, Plaza San Martín en un rato, estamos.
-Hecho, nos vemos entonces.
-Hasta luego.
El martes antes de entrar al curso de francés, había pasado por lo de mi puestero amigo en el Parque Rivadavia. No tenía plata encima, así que me fió dos libros para Belén y dos para mí. El miércoles me vería con Matías y quería llevarle los libros envueltos y armados para que no sea complicado de llevar en la valija. El año pasado le había dado otros dos sueltos y en una bolsa de nylon. Y la gracia del envoltorio es la yapa de un regalo. Así que el martes a la noche, antes de dormir, le dí unas vueltas de papel madera a los dos libros que había elegido esta vez para Belén.
Una vez una amiga me dijo que un novio que ella tenía, sabía bastante de vinos y los fines de semana era parte de las tardes de los sábados el pararse frente a la góndola de los tintos a elegir los sabores para el pedazo de libertad que duraba hasta el lunes. Bien. Algo así me ocurre -y en esto no me voy a hacer la erudita, pero he leído una poca, puedo decir - cuando me paro frente al local de mi puestero amigo y empiezo a revisar esas hileras que tienen mis vinos favoritos. Y elijo. Y a veces me llevo una botella de poesía con la promesa de pagar la próxima. Yo soy alcohólica y el flaco es el dueño del bar. Y fuma que es un espanto, y siempre hablamos de cuándo dejar, y yo sigo sin fumar y yo no puedo largar, pero qué barbaridad, sí, viste vos.
Y en la parte de atrás, con un fibrón negro le dibujé un Obelisco y una Torre Eiffel. Y le escribí "Buenos Aires-París Vía Matías Airlaines".
Todavía estaba en el colectivo cuando me llegó un mensaje suyo. Yo maldije porque me cortaba la inspiración. Ahora estoy trabajando en un cuaderno lila. No, no soy feminista, solamente me gusta el color. Y estaba anotando lo siguiente:
Cómo enterarse de una vida triste por Cadena Nacional.
La Negra Vernaci, una mujer que admiro, se queja de otra mujer que admiro: la Presidenta. Porque otra vez cadena nacional y la puta que los parió. Esta vez es para anunciar la implementación de unos nuevos documentos de identidad. Antes de informar sobre los beneficios de los nuevos deeneis, a mí me dicen deeneis y me acuerdo de cuando vine a la gran ciudad a hacerme el deeneí. Y allá en el campo te daban los deeneís como seis meses más tarde. Pero yo, señores, me había venido a la gran ciudad a hacerme el deeneí yo solita y vamos a hacer entrega de una mención especial o algo así, un nombre pomposo, de esos, bueno, de esos a no me acuerdo quién, un trabajador del Registro Nacional de las personas que trabaja ahí desde 1948 y hoy lo sigue haciendo, a los 81 años, de manera desinteresada. Y yo dije for god sake. Sí, casi en voz alta, lo dije. Me importó un huevo si alguien del colectivo se daba vuelta a mirarme después de haberme oído exclamar for god sake. Desde 1948, for god sake. Y el tipo está jubilado y sigue yendo. ¿Va porque quiere? ¿Va porque si tuviera que vivir su jubilación en su casa se moriría de angustia? ¿qué pasaría si tomara un curso de, no sé, pintura? ¿estaba casado? ¿viudo, tal vez? Y sea como fuere, ¿cómo le van a dar una mención a un tipo que a pesar de estar jubilado, sigue yendo a trabajar?
-Ya estoy.
-Yo llego en un ratico. Dónde estás, más precisamente?
Y una vez finalizado el acto la Presidenta aclara que pagó su DNI. Y cierra con un "gracias" con acento a Seinfeld, esa mano, onda tono de remate de serie del Sony. Y me bajé del colectivo.
Tal vez sea el único momento en el que es linda la Plaza San Martín. Será que se crea una burbuja de alivio y felicidad, con tanta gente saliendo de trabajar. Matías no aparecía, pero no era problema. Decidí darle una vuelta al Monumento a San Martín, hasta que Matías me dijera dónde estaba.
Las fotos eran de niños en distintas situaciones de infancia. O sea, niños cartoneros y niños jugando con témpera. Niños con mocos secos y niños con juguetes. Lo mismo de siempre, digamos. Esas acciones que buscan concientizar y esa mano, pero en realidad están evadiendo impuestos o no sé, algo por el estilo. Because we care. Bullshit. Me habían dado ganas de un helado, por más que a la sombra hacía frío. Ya había visto las fotos de ida y vuelta y había seguido al cazador de patos. Matías, sin novedades.
-Estoy como por el Monumento a San Martín. Tengo una campera negra y un jean azul, por si no me recordás.
Sin respuesta, justo cuando pensaba sentarme al sol del atardecer, con lo mezquino que un sol puede ser en un atardecer porteño, me crucé con una de esas miradas de "hey, qué hacés?". Y entonces procedimos a dar pie al saludo de rigor para situaciones como esta.
-¡Matías! ¿cómo estás?
-¡Hola! ¿Qué tal Nadia?
-Bien, muy bien. ¿Te llegaron mis mensajes?
-Sí, pero me quedé sin crédito.
-Me imaginé. Bueno, ¿cómo estás?, ¿qué tal te trata Buenos Aires?
-Uff. No he parado un momento.
Y en ese "no he parado un momento" sentí el perfume de los libros viejos que están en la feria a orillas del Sena, el olor a fritos de los locales de shawarma en el Qartier Latin. En ese "no he parado un momento" no hay apuro, porque si se te escapó el 12 direction Port La Chapelle para ir a Marx Dormoy, tranquilo, en dos minutos 10 segundos vendrá el próximo. En ese "no he parado un momento" hay dos años en París. Y en ese "no he parado un momento" estaba un yeite que yo conocía bien, de oído, pero bien: el de la visita al pago. Llegás, te saluda la familia, que te estaba esperando con la casa recién pintada, asado, amigos, llegué, voy a estar hasta tal día. No, mañana no puedo, voy a ver a mi tía. Pasado. Llamame después y arreglamos. Pelea con la familia. Hoy cena con los pibes del colegio. La vecina me dijo que pasara a verla. Sí. Funciona así.
-¿Vamos a tomar un café?
-Yo tengo ganas de tomar un helado.
-Ah, mirá. Yo no, pero vamos.
Y caminamos por Lavalle. Y cómo encontrás Buenos Aires, y qué tal la familia, y estás comiendo mucha carne, ¿no? Por suerte, sorteamos el tema del clima y hablamos un poco más.
¿Y vos qué estás haciendo?
Bueno, yo estoy escribiendo bastante. Estoy haciendo un taller de escritura que me tiene enganchada. De tanto en tanto cuelgo algunas cosas en un blog que tengo y estoy escribiendo bastante en distintos cuadernos, sobre diferentes cosas. ¿Vos? ¿Qué tal va el bandoneón?
Yo acá estoy tocando bastante. Hacía siete meses que no tocaba. Y por suerte acá surgieron algunos laburos. Ahora estoy muy contento porque toqué con la orquesta de Leopoldo Federico. Fue genial. Surgió todo a último momento y salió re bien. Perfecto. Allá es difícil. A los franceses no les copa un bandoneonista formado en Buenos Aires. Su tango es una copia de una fotocopia, pero prefieren eso a un bandoneonista formado en Buenos Aires. Entonces se hace difícil. Mientras tanto hago otras cosas. Fui a dar un seminario a Berlín, y tomé uno en Praga. El año pasado viajé más. Este, muy poco. El año pasado hasta fui a Tel-Aviv a tocar.
Ah, mirá vos.
Matías miraba la gente y las vidrieras. Me hablaba de lo contenta que está Belén con la casa nueva, que se mudaron un día antes que el viajara a Buenos Aires, que con todo aún embalado, recién mudados, hicieron una reunión en la nueva casa. Que a la casa nueva le da el sol y no tienen a un nigeriano a medio metro, enfrente a la ventana y hay un dormitorio que es dormitorio y un baño grande, no como en el departamento que vos conociste, que era tan chiquito. Y no pude evitar recordar una grabación de Cortázar leyendo un capítulo de su Rayuela, donde habla de la monomanía parisina con el espacio. Y esas erres que eran gés. Y París. Y con qué ganas yo alquilaría ya mismo el minimonoapartamento que ustedes dejaron. Y a la inauguración fue el dueño del departamento que dejamos, un amigo de los dos. Fue con Eric, su novio perfumista, que llevó un vino de 1992. Qué refinado. Y noté que Matías estaba vestido tan elegantemente. Caballero de fina estampa, de zapatillas y jean. Y hoy voy a verme con un amigo. Voy a comer comida india. Ah, qué bien. Sí, para variar un poco, porque desde que llegué estoy comiendo mucho asado.
Y viste que Lavalle está llena de turistas. A veces se me acercan y me dicen "leather jackets" en un inglés bastante parecido al marroquí. Y yo creo que los contrataron y les dijeron tenés que decir esto, repetilo hasta memorizarlo. Y si te ven con pinta de gringo, te atacan al grito de letershaquets?, letershaquets? Pero son muy caras. Sí, son a precio turista. Y qué tal la crisis. Acá cerraron muchos comercios. Por la gripe porcina, ¿no? Sí. Y también por la crisis.
-¿Querés que vamos por Corrientes?
-Dale, ahí me tomo el subte para encontrarme con mi amigo.
-Comida india, qué rico.
-Sí, muy bueno. Esa peli, ¿sabés qué tal está?
-¿Cuál? ¿El secreto de sus ojos? No, no la ví. Pero ví Boogie El Aceitoso.
-¿Y qué tal?
-A mí me gustó. Me gustan las historietas, pero nunca lo leí. Un compañero de trabajo que sí lo leía, dice que está bastante floja. A mí me gustó. Me parece que le faltó un poco de sal a la musicalización, pero en líneas generales está buena. Tiene una buena animación.
-Ahí hace la voz este flaco, Pablo Echarri, ¿no?
-Sí. Está bueno porque no parece que fuera él. Y concuerda bastante con el personaje, que es un dolor de huevos de chabón. Pero la voz es una de esas voces que si escuchás de espaldas, te das vuelta aun que sea para ver si podés acordarte de la cara del chabón que te va a pegar.
-Está bueno.
-¿Ustedes son de ir al cine?
-No. Miramos películas por internet.
-Ah.
-Igual, ahora estamos a una cuadra del cine. Capaz que nos sacamos un abono que hay, que es por mes, ilimitado, a 35 euros.
-Bien. A mí la otra vez me cobraron 23 pesos una entrada.
-Es carísimo.
-Ni hablar.
Caminamos un poco más por Corrientes.
Esa avenida pasó la tarde jugando en el jardín, embarrada, a la noche se puso a cazar luciérnagas y de repente la bañaron, le peinaron el jopo y le pidieron que sonría para una foto.
¿No te resulta chocante ver los culos en las revistas? Porque como vos lo ves una vez por año, capaz que te choca más, que para mí que es más gradual, pero de un año a otro cada vez muestran más el mismisimo agujero del orto.
-Sí, un poco sí. Antes era un poco más...
-...sí. Nunca fueron sutiles, pero qué se yo. No era tan zarpado pasar por un kiosko de revista.
-Y son un montón, encima.
-Sí, viste.
Y seguimos hablando de las revistas y de los giles que compran revistas con camisas de 1500 pesos, cuando ellos ganan esa guita por mes. Con suerte. Y de las compras del último día de regreso, de la valija llena de saquitos de mate cocido, algún vino, alfajores y dulce de leche, de cuánto pagó por su pasaje de avión, de una escala en San Pablo de la que se enteró en San Pablo, de los precios de los cigarrillos en Buenos Aires, de los precios de los cigarrillos en París. De Belén. De Belén y la casa nueva. De Belén y el Máster. De Belén y Vous etes admise en M1. De Belén y su flequillo. De Belén y su clases de español. De Belén y la mudanza. Y todo lo que me contaba eran novedades, porque hacía un buen rato que yo no hablaba con Belén. Verán, Belén llama desde París y puede estar hablando una hora entera sobre la vida, la gata, la casa, el clima, la facultad, los alumnos de español, pues tiene un plan de free para llamadas a teléfonos fijos en nuestro país. Elemento indispensable en la migración 2.0. Además de colarse en los subtes parisinos, cuando llega de trabajar, Belén gusta de hablar a Buenos Aires durante horas con su familia y amigos.
Bueno, Nadia, me tengo que ir.
Bueno Matías. Voilá el regalo para Belén. Lo envolví bien para que no se rompiera. Son dos libros.
Buenísimo, sí, están muy bien embalados.
Buenísimo. Y no pesan tanto.
Bueno, un gusto haberte visto.
Lo mismo. Gracias por haberte venido hasta acá Matías.
Dentro mío, al despedirlo, al chocar nuestras mejillas en un porteño aurevoir, pensé que ojalá que la próxima vez que lo viera, sea en París, conociendo la casa nueva. Y cuando lo ví irse, ví esos dos libros que con tanto cariño había elegido. Veía cómo empezaban a gatear el camino Buenos Aires-París. Podía ver esas dos dedicatorias que le firmé a Belén, con lo que me gusta regalar libros ajenos con palabras mías, iniciándose en su travesía. Los esperaban unos días más en Buenos Aires, una valija, atravesar los rayos x en el aeropuerto, viajar en camioncito hasta el avión, volar hasta el depósito en manos de los estibadores, atravesar el océano, superar el desafío de las escalas, llegar a destino. Chau Matías. Chau libros. Espero que Belén no los haya leído todavía.
Volví a mi casa embriagada con tanta lembranza parisina. Tomé el colectivo. Une vingt, s'il vous plait. Y cuánto pasará hasta que vuelva a París. Y Buenos Aires me mata, pero París... París me resucita. Y sin saber qué iba a cenar, prendí la compu. Conecté, revisé lo de siempre. Entre los mails, tenía uno de Matías. "Nadia. Perdoná que te dejé colgada. Perdí el celular en el tren y te busqué por Retiro pero como no te encontré, me fui. Arreglemos por acá para vernos otro día. Un abrazo y mil disculpas. Matías".
viernes, 23 de octubre de 2009
Desde la trinchera. (Ejercicio I)
miércoles, 14 de octubre de 2009
Iglesias inglesas ilesas
domingo, 4 de octubre de 2009
Suena un dvd de un hombre vestido de jean y remera azul
domingo, 27 de septiembre de 2009
Domingo
Y entonces, domingo.
Domingo es domingo acá y en cualquier lugar.
Un domingo es un domingo en todo el mundo.
No porque sea nombre de peluquero, si no porque es un día universal.
Uno puede ser un miércoles en París y otro muy distinto en Buenos Aires.
Pero un domingo es un domingo en el Quartier Latin y en Parque Patricios, soberanamente domingo. Y no hay subtes que no le tenga miedo al domingo.
No hay delivery que ose faltarle el respeto al domingo.
No hay plancha que no espere el domingo. No hay cama ni casa ni uñas que no deseen que sea domingo para estar acompañadas.
No hay domingo que pueda pasar desapercibido.
Algunos se deprimen los domingos y yo creo que es porque el domingo tiene tanta fuerza que conecta con lo más débil de cada uno y eso se traduce en lágrimas de pulseada perdida.
Un martes puede ser tan insípido como un jueves.
Pero un domingo es un domingo y levántese la galera para nombrarlo.
Y el domingo este domingo es de lluvia, así se le antojó a último momento.
Y el domingo es amor y el domingo de lluvia es más amor y hacer cucharita y leer el diario, comer cosas ricas, ¡y paseos! y mirar películas y hablar de nada y desenchufar la máquina.
Y si de lunes-a-viernes (y sostengo que eso debería ser una palabra sola) estás con el triciclo de acá para allá, que patatín, patatán, y le regalás un domingo a alguien, ese alguien debería sentirse... Debería sentirse domingo.
Pues bien, hay gente que podría sentirse domingo y elige sentirse, no sé, miércoles.
domingo, 13 de septiembre de 2009
Lágrimas
Al principio, bueno, era tan solo un hallazgo. Encontré una lágrima en mi almohada cuando me desperté. Estamos, dije, esto es así. Esa vez no fue tan grave, era sólo una lágrima. Pero al rato encontré otra en el baño, mientras me bañaba y nadie me miraba sentado en el inodoro, por no poder bañarse conmigo a causa de las diferencias en la elección de la temperatura de la ducha. Casi la confundo con una gota de agua, pero su resistencia era tan fuerte que enseguida la pude distinguir. Al otro rato, encontré otra. Esta vez yendo a la planta baja por ascensor y no por la escalera. Más luego, otra. Ahí fue cuando me empezó a llamar la atención: estaba en el colectivo, a punto de cruzar la autopista.
El transcurso del trabajo, lo mismo de siempre. Patatín, patatán. Y cuando me estaba olvidando del tema, pumba, apareció otra lágrima. Yo estaba en el 29, pasando por atrás de la Casa Rosada, ahí donde está la frontera arquitectónica entre el pasado y el futuro. Me empecé a preguntar de dónde salían, cómo llegaban hasta mí. Pero sin demasiada profundidad, porque hasta entonces, eran tan sólo unas lágrimas encontradas al azar.
Más luego, conmigo distraída en ocupaciones domésticas, encontré otra mientras lavaba los dos platos, los dos vasos, los dos pares de cubiertos que dejamos la otra vez. Por poco y le paso la esponja con detergente. Ese día me fui a dormir temprano, con la radio prendida toda la noche. No sé si fue por eso, pero mi sueño se vio interrumpido varias veces. Unas cuatro, mínimo. Y en cada corte, una lágrima me atravesaba la sien. Y me provocaba el mismo efecto que una bala. Digo yo una bala, porque creo que una bala también provocaría un desangramiento, el mismísimo freno del tiempo y los ojos en blanco. Unas cuatro en una noche. Ahí ya fue mucho.
Pero lo que siguió, ya me descolocó. Empecé a encontrar montoncitos de lágrimas por todos lados. Había algunas acurrucadas en el borde de mi ventana. Por un momento pensé que sería nieve, pero estaba soleado y, vamos, es septiembre. Ahí vi que estaban justo en el cuadrante que muestra la Torre de la cancha de Huracán. Otras dos, arriba de la jirafa que tengo pegada en el vidrio. Luego, otras más, en el puesto de diarios donde compramos los diarios esos domingos que ensayamos un ritual. Otras, en la calle donde está la feria de los jueves. Otras más, entre arriba del disco de Samalea, o encima del libro de Bukowski. Había un par en las noticias de hoy, en la nota que dice que Jeff Bridges va a volver a trabajar con los hermanos Coen. Otras, un poco menos, entre mi ropa, donde tengo ese enorme pulóver azul. Y donde más hallé fue en ese árbol donde fuimos a reposar mientras desayunábamos, esas mañanas de julio.
Otras más hay entre esos libros regalados y encima de ese arcón que no es mío, pero que está conmigo. Hay otras más entre mi casa, amontonadas en los rincones del baño y de la cocina. Encontré dos en un sueño, donde iba a una librería y vendían libros que eran suyos. Esas eran tres, dos zurdas y una diestra. A esta altura ya las puedo diferenciar. Ahora mismo, en el aire hay una flotando, abrazada por la música de Joni Mitchell. Esta mañana hubo una mientras limpiaba.
Y yo ya no sé qué hacer con tantas lágrimas. Si ignorarlas; ponerme un negocio y empezar a venderlas, o coleccionarlas. Si las colecciono, sería ordenándolas por fecha del hallazgo, lugar y origen. Creo que voy a hacer eso. No sé.
viernes, 11 de septiembre de 2009
Balloon heart shaped
miércoles, 9 de septiembre de 2009
ya
ya no creo
ya no rezo
ya no sueño
ya no abrazo
ya no río
ya no corro
ya no guardo
ya no duermo
ya no muerdo
ya no rompo
ya no quiebro
ya no pego
ya no siento
ya no duelo
ya no araño
ya no pienso
ya no suspiro
ya no adoro
ya no espero
ya no lloro
ya no aprieto
ya no te quiero
miércoles, 22 de julio de 2009
God bless twitter
estábamos de viaje y mi mochila pesaba mucho
y yo te dije que era mejor pelar manzanas verdes que rojas, porque si te cortabas, era más fácil distinguir la sangre
y vos me decías que la sangre era la mejor tinta para escribir en la arena
y yo te decía que no teníamos nada para escribir
y vos sacabas un papel de tus zapatillas y me decías que podíamos escribir una lista de supermercado con las cosas que jamás compraríamos
y después aparecíamos en la facultad y vos no eras vos, eras tu hermana y tenías el pelo largo, largo, con rulos
y te peinabas los rulos y tenías un vestido, y me hablabas de marx y del anarquismo y de Rusia y del capitalismo
y yo te preguntaba dónde paraba el 65
y vos sacabas una banana de tu morral y mientras te la comías, atendías tu celular diciendo "susana, te estoy llamando desde bariloche!!!!"
y al final yo me iba caminando y terminaba en constitución, y un travesti desmaquillado, con olor a amanecer dominical, me preguntó la hora
martes, 14 de julio de 2009
vos y yo
de firmas
de pactos
de paz
vos y yo nos debemos una charla
donde no nos recriminemos nada
ni nos reprochemos lo que no hicimos
lo que quedó por hacer
lo que hicimos mal
vos y yo tendríamos que vernos las caras
que las volutas de humo nos salpiquen los ojos
revolver un café
recién azucarado
y apoyar la cucharita sobre el plato
y los brazos sobre un mantel a cuadros
y llorarnos todo lo que no nos lloramos
y acariciarnos las manos
como pidiéndonos perdón
como otorgándonos misericordia
como aceptando el derecho del error
vos y yo nunca más nos hablamos
y yo sé que te amaron
y vos sabés que a mí me amaron
y yo sé que vos amaste
mejor de lo que me amaste a mí
que escribiste poesía
y vos sabés que yo amé
mejor de lo que te amé a vos
y que escribí poesía
entonces
deberíamos hablar de acuerdos
yo existo en tu pasado
vos en el mío
pero yo ya no soy esa
y vos ya no sos quien eras
y espero que seamos felices
miércoles, 10 de junio de 2009
Juan
Luego fue a trabajar. Era su obligación de todos los días para a fin de mes obtener el dinero con el que mantenerse.
Tomó el subte, sin duda la vía más rápida y sencilla para llegar a su trabajo.
Allí realizó lo de siempre: algunos menesteres que le ordenó su jefe, llamados, formularios. Ese era su trabajo.
Finalizada la jornada, retornó a su casa, como casi todos los días.
Volvió a tomar el subte. Mientras lo esperaba, compró una revista porque le gustó, en un kiosko de revistas en la estación. Llegó a su casa. Le dolían los pies, así que se sacó los zapatos. Leyó la revista. Se hizo de noche y se preparó la cena. Tenía hambre, así que comió rápido.
Miró un poco de tele, porque estaba aburrido.
Se acostó en la cama. Estaba cansado.
Y todo perdió sentido cuando empezó a soñar.
Mis noches
Pero no he venido a contarles de mi pasado si no de mi presente.
lunes, 1 de junio de 2009
un panadero y un cactus

un panadero y un cactus son muy amigos y van a aprender a bailar catala juntos/ ahí comprenden que tienen muchas cosas en común y se ponen de novios y son felices para siempre/ panadero y cactus/ y escriben sus nombres en un corazón en un árbol del parque lezama/ después se compran una torta y la comen caminando y mas luego juegan al elástico/ hasta que cae el sol y cada uno se tiene que ir a su casa/ no van a dormir juntos/ no sea cosa que/ quién sabe
martes, 26 de mayo de 2009
Querido Diario
Hoy escribo con mucha dificultad. Mi casa es un desastre sin turistas. Y tal desorden me aturde hasta ensordecerme. Esta mañana, cuando desperté, encontré mi casa llena de animales. De hecho fue un conejo blanco lo primero que ví al abrir los párpados. Pensé que sería un pedazo de sueño que se me había incrustado en los ojos, pero no. Porque no muy lejos estaba una jirafa, que se entretuvo con la lámpara de papel rojo que tengo hace poco tiempo. También un puma estaba sentado en mi cama. No muy hambriento. O un puma muy educado. Un puma hace de un conejo un pickle y de un humano, un pancho. Pero este no fue el caso. Del mismo modo, unas ovejas que revisaron mis discos, que es lo que tenían a la altura de sus ojos. Y unos toros se fumaron unos puros mientras hablaban de historia con unos pingüinos. Los pingüinos, comentaron que se sentían afortunados por portar diéresis. Y los flamencos volcaron café y no se dignaron a limpiarlo.
Esto es un terrible.
Nada peor que tener un gran número de invitados inquietos, revisando y preguntando por el origen de los objetos. Y ni hablar si los invitados son animales. Y si esos animales preguntan todo y no responden nada, ni le cuento.
Hace un rato llegó un hipopótamo y me pidió que pusiera música de Los Beatles. Yo no sé si para ellos es un himno o solo les gusta mucho, pero se quedaron todos callados cuando sonó Come Togheter. El reloj del puma marcó las doce y en la heladera había montañas de botones. Los hicimos sopa y ya nada fue igual.
De todas maneras les agradecí la visita.
lunes, 4 de mayo de 2009
algunas cosas para hacer si el cielo tiene nubes rosadas
-Entrar desnudo a un banco.
-Ir a la Reserva Ecológica, en horario de verano, y armar una casa con los escombros de la orilla del río.
-Enseñarle a hablar a un pato.
-Coleccionar frascos con agua de diferentes lugares.
-Llorar en la tumba de un desconocido.
-Responderle "Salud!" a alguno que estornude por la calle.
-Caminar por el cordón de la vereda, un domingo por la mañana.
-Comprar el diario y regalárselo a un perro.
-Pintarse las uñas de un color distinto en cada dedo.
-Dejarse restos de pasta dental al borde de la boca, a modo de tatuaje rudimentario.
-Escribir "lalala" con tiza por las calles de San Telmo.
-Olvidar un libro en un banco de plaza.
-Llevar a pasear artículos de un supermercado para que puedan conocer otras góndolas.
-Regalarle un disco de Los Beatles a un niño o niña de 7 años.
-Pintar remeras.
-Dibujar una planta.
-Cantar en el ascensor.
-Andar en bicicleta sin manos.
-Darle los buenos días a una araña.
miércoles, 28 de enero de 2009
La tarde del 31
Y encima, entre los pibes, los veterando de guerra, los que venden turrones y los pungas, no sé cómo voy a hgacer para vender estos putos petardos. Cinco pesos lo que valen. Cordobés y la concha de tu puta madre. No le vuelvo a comprar más nada. Virgencita, dame una mano, dale? Ayudame a vender estos petardos y yo te prometo que no me mamo más. Lo único que quiero es comerme un asado de veras con la Naty y los chicos. Con morcilla y chorizo.