miércoles, 30 de junio de 2010
esa necesidad imperiosa de cambiar los muebles de lugar
agarrar una bolsa de basura bien grande, sin saber qué es lo que va a terminar ahí,
(sabiendo que algunas de esas cosas van a provocar arrepentimiento después)
una reubicación en la sala de los días, con la meta de no perder más tiempo, ni un minuto
la sonrisa al amanecer, la sonrisa por la luna llena
el desvelo porque sí
las conversaciones acerca de la nada, las preguntas incidiosas
la repetición de un racconto, la conversión de los verbos
una expedición al cajón mental de los recuerdos, con una lupa en una mano y un mapa en la otra
películas y música nuevas
lápices de colores para pintar mandalas
el llanto inesperado, la angustia invasora
las voces del resto del mundo, con sus experiencias y sus consejos listos para ser traducidos
el amor en estado puro en forma de abrazo concreto y sincero
los días buenos y los días malos, la certeza de la inmutabilidad
la finitud inminente de la vida, con amigos hasta la madrugada
caminar hacia ningún lado y el escape sin movimiento
crecer
jueves, 6 de mayo de 2010
esto y segura
y estoy segura de que no tengo un recuerdo más tierno que ir en bicicleta a visitar a mi primer enamorado, cuando tenía 15 años
y estoy segura que mi casa es un palacio esquizofrénico de estímulos visuales
y estoy segura de que mi gato me cree cuando le juro "hijo, algún día todo esto será tuyo"
y estoy segura que la televisión nos convence todo el tiempo de cómo tenemos que sentirnos cuando nos sentimos, para que no nos sintamos en ningún momento
y estoy segura de que lo que me angustia hoy, me causará una risa en diez años
y estoy segura que alegré a esa vendedora de cubanitos con dulce de leche cuando le compré el último paquete que le quedaba
y estoy segura que hay un país mejor con mejores posibilidades para todos mis paisanos
y estoy segura de que atarle los cordones a alguien es un acto de amor de belleza infinita
y estoy segura que quienes eligen ser padres nunca tuvieron una caja de lápices a los 25 años
y estoy segura que las fotos de las vacaciones son un engaño
y estoy segura del profundo amor que se gesta al regalar un calidoscopio
y estoy segura que no me acuerdo la primera vez que tomé un subte
y estoy segura que en este momento alguien encuentra tirada una alianza, con un nombre y una fecha grabados
y estoy segura que todos deberíamos cantar en voz alta, al menos una vez por día
y estoy segura que tomaré leche con cacao cuando tenga sesenta años
y estoy segura que alguna vez volveré a marcar un número en un teléfono de disco
y estoy segura que hay alguien que quiere saber de mí
y estoy segura que la tristeza es una basurita en el ojo
y estoy segura que esos besos fueron los más lindos que probé en toda mi vida
y estoy segura que mañana es mejor
y estoy segura que me gusta la sopa de arvejas
y estoy segura que la gente con pecas es sensacional
y estoy segura que mi torta de cumpleaños tendrá nueces con dulce de leche
y estoy segura que las historietas son un universo maravilloso
y estoy segura que la mediocridad tiene fin
y estoy segura que el sol no siempre viene desde el mismo punto a apoyarse a mi ventana
y estoy segura que me gusta la bocina de mi bicicleta
y estoy segura que alguna vez voy a tener una perra que se va a llamar Agosto
miércoles, 21 de abril de 2010
el día después de mi cumpleaños
ni brindis
con tus mejores deseos
entre vos y yo
el día que cumplí 28 años
no hubo ni llamado a las doce
ni mi amor, que seas feliz
ni noche de hotel
no hubo dos vasos vacíos
con rastros de vino
al costado de tu cama
y nosotros dos
desnudos
abrazados
dopados
enamorados
hablando del tiempo
no hubo foto soplando velitas
de una torta que decoramos juntos
ni deseos de eternidad
no hubo ni paz ni silencio
ni sequía de lágrimas
el día que cumplí 28 años
hubo una avispa
picando en las certezas
llenando de manchas
mi vestido de cerezas
hubo un abismo
entre mis principios y los tuyos
entre mi tiempo y tu tiempo
entre mi martes y el tuyo
hubo un elástico
que se estiró hasta dar vuelta el sol
de un lado estabas vos y los conflictos
y del otro, yo con el hartazgo
hubo un feliz cumple tibio
a las once de la mañana
y un pedazo de torta
que te guardé con amor
para que comieras mientras
me seguías acusando de todo lo que no soy
hubo un montón de mensajes de mierda
que los celos y las mentiras
se encargaron de redactar
mientras yo caminaba por Congreso
el día que cumplí 28 años
y hoy
que es el día después
el día después de mi cumpleaños
no sé por qué estar más triste
si porque no te quiero más
o porque hoy ya no soy tan importante para el mundo
viernes, 19 de marzo de 2010
Call nine one one, now!
Ahora, yo digo, Colette, ¿será tan feminista como dice esa postal de la Librería Edipo? Y si de feministas se habla, mientras escucho que abajo dos conductores se putean por alguna maniobra mal hecha y hoy me dijeron boluda por cruzar mal la calle y ayer en la 9 de Julio y Avenida de Mayo, un tipo le gritó a una mina que vaya a lavar los platos , mataría que le cuenten del asunto al coordinador de un museo perdido en el medio de la nada, cuyos habitantes describen el abandono del pueblo, el despoblamiento poblacional, en Salta y el tipo le calla la boca a la mina que trabaja con él. Y a mí me gustaría escribir sobre esas cosas que nos pasan a las mujeres. Pero no al estilo Cosmo (diez consejos para volverlo loco en la cama) o Para Tí (el último grito de la moda ¿a quién se le habrá ocurrido que había que escucharlo?) o alguna de esa mano (cómo bajar 20 kilos en 5 días, con la dieta del carpincho). Si no más bien al estilo Las 12 ( Nuevas presentaciones para despenalizar el aborto). Y ayer me dí cuenta que si tuviera que describirme, no, no soy una chica Cosmo. Soy una chica Suplemento Radar: cuando me deprimo, me compro libros. O discos. Ayer me compré cuatro. Animal, Carpo, Manal y Charly. Y lloré cuando sonó Rezo por vos, en la época Chipi-chipi y María Gabriela era tan bella y tengo el vago recuerdo de Catalina Dlugi diciendo cien veces "Charly está mejor". Y la otra vez tocó en el Luna y yo pensaba tantas cosas y había gente linda, pero llovía cuando estaba llegando y yo, sin mi paragüas y te escribí "Rezo por vos" y me contestaste "Gracias" y entendí que no entendías o que te hacías el que no entendía, pero al otro día entendí todo.
Las diéresis me encantan.
Tenías un lugar en mi cuerpo. ¿Sabías? Queda en la intersección del tronco, arriba del pecho, y el brazo derecho. Estaba perfectamente diseñado para encajar con el costado izquierdo de tu cara. Y parecía que mi piel tenía el olor de una canción de cuna, porque bastaba que apoyaras tu mejilla para que tus ojos se cerraran y en cuestión de segundos cayeras en mis brazos, en el cuerpo de la pileta onírica. No hay nada que extrañe más que tenerte ahí. Y las caminatas por Buenos Aires, hablando de todo. Hablando de mucho. Hablando de más.
Yo ví que tenías un número de teléfono, sin nombre, en la libreta negra. Yo sabía que ahí estaban las dos entradas de uno de aquellos lunes en que íbamos caminando al cine. Y también sabía que si nos peléabamos, mis pantuflas rosadas iban a quedar en tu casa. Esta tarde paseé por Corrientes, mirando libros, con dos pesos en el monedero. Pero cuando ví al vendedor de garrapiñadas que todos los miércoles nos proveía de la llama de un fósforo, el invierno pasado, a vos con maní y a mí con semillas de girasol, me hice la distraída, como si no lo conociera. Como si no lo hubiese visto nunca. Pero encontré un Warhol for dummies, dibujado por Liniers y pregunté cuánto salía, y me pregunté si de haber estado conmigo ahí y entonces, me hubieses hecho el chiste de Liniers y el papel higiénico. El martes, tomé un colectivo, miré el boleto y mirá-vos-lo-que-son-las-cosas, que el número era el mismo que el de tu edificio.
Ahora, lo que más más me duele es pensar que cuando den las onceycuarentaycinco, no me vas a llamar. Y me duele que nunca hayamos ido a casarnos a Uruguay. Pero mejor, me tomo un antigripal, porque ya voy a estornudar de nuevo. Y sigo sin leer a Colette.
viernes, 5 de marzo de 2010
estúpida película
-¿Quién es?
-Angélica, soy yo, Laura.
Fue un instante. Apenas abrió la puerta, sin anestesia, sin prolegómenos y sin mostrar siquiera el fulgor de su espada, me dijo
-Te cortaste el pelo. Te queda lindo.
Y saqué la pierna que metí en la casa, pisé la vereda, y volví por el pasillo, totalmente convencida de que en algún otro momento, alquilaré 1984 y de que Angélica es una puta.
lunes, 4 de enero de 2010
Qué quiero hacer con esta habilidad - Ejercicio último
También siento que este universo de letras y palabras, de puntos y comas y comas, de sujeto, verbo y predicado me da la bienvenida. Siempre fui una fundamentalista de la ortografía, de los verbos bien usados. Una especie de Eugenia de Chikoff (apreciaciones de clase aparte) de la lengua. Esta tontera me sonríe. Pocas cosas me alegran tanto como corregir a alguien cuando usa erróneamente un condicional. Y para pocas cosas tengo la memoria tan liberada. Si no, explicame vos cómo puede ser que me acuerde de las correcciones en un cuento que escribí cuando estaba en segundo grado. “Nadia, no uses tantas ‘y”, me puso la maestra. Yyyy, tomá, ahí tenés y. Ahora, si me preguntás qué vimos con Marchese en 5º año, ni idea. Es más, ahora que me acuerdo, ni siquiera estuvo Marchese en 5º año. Vino una recién recibida y con cara de recién recibida profesora de matemática. Ah, ese sería otro tema. Yo con esta habilidad quiero que mis profesores se acuerden de mí y digan “esa chica fue alumna mía”. En esa me anoto.
Bien, volviendo a esto de la habilidad con la lengua, llevado al plano escrito, a mí me aporta el equipamiento necesario para desarrollar una expedición. Estar provista para la operación de narrar con destreza pequeñas historias o grandes desastres, enciende mi deseo por hacerlo. Como si contara con una especie de garantía de compra. Cuento leíble o le devolvemos su dinero. Y de última, en estos términos, hasta el naufragio puede ser divertido. Eso es lo que yo quiero. Y quiero en el más sentido de desear y de amar.
Yo quiero hablar sobre los mensajes de texto que le leo a quienes viajan en el mismo colectivo que yo. Que un accidente del azar encienda la llama para contar una historia es algo que me fascina. Me fascina a tal punto que no entiendo cómo no lo hace todo el mundo. Hoy al mediodía, por ejemplo, una señora gorda le mandó un mensaje a una tal Noe que decía “Lavate los dientes y los pies”. ¡“Lavate los dientes y los pies”! ¿Pero qué clase de consejo es ese? ¿Qué mensaje subliminal esconde? ¿Qué relación tiene la señora y Noe? ¿Y por qué los pies y los dientes? Para mí, eso es el mismísimo paraíso. Sí. Mi paraíso tiene 29 caracteres (con espacio). “Lavate los dientes y los pies”.
Con esto no me refiero únicamente al hecho de contar algo, por contarlo y nada más. Lo que a mí me gusta es contar episodios que escapan del ordinario transcurrir de los días; del introducción, nudo y desenlace de la vida. Me seduce la idea de limar un poco la cotidianeidad, reprender lo establecido, llevar a neón lo impuesto en braile. Como cuando en una Navidad, a Lucho, una amiga de su madre con quien compartieron la cena de Nochebuena, Marta, le regaló un vino traído de Mendoza. Un rato después de la entrega, en el fondo de la bolsa de papel que lo contenía, Luis encontró una nota que decía “Marta, muchas felicidades en este día tan especial. Carmen”. Bueno, a mí ese episodio, me llevó a imaginarme por cuántas manos habría pasado ese vino. Hasta donde sabemos, solo por las de Carmen, las de Marta y las de Luis. Pero ¿Y si a Carmen también se lo habían regalado? ¿Y si en realidad ese vino en otra vida habría sido un sanguinario romano que reencarnó en un vino que nadie quería? ¿Y si Luis había hecho lo mismo cuando fue el cumpleaños de un compañerito de 3er grado? ¿Y si ese compañerito nunca había superado aquel episodio donde invitó a su fiesta a un compañero sólo porque su padre se lo pidió, y este compañero le trajo un regalo regalado? Y una vez fui de colada al cumpleaños de un amiguito de mis primos y la tía del cumpleañero le preguntó a la madre quién era yo y la madre le contestó “no, ella es una colada”. Y nunca pude superarlo.
Pero sinceramente, lo que yo más quiero hacer con esta habilidad es obtener la impunidad para hacer comentarios de cualquier índole sin temor a que sean rechazados. Mis comentarios tienen sentimientos, maldita sea. Lo que yo más quiero es poder coquetear con la locura y que nadie me rompa el affaire. Lo que yo más quiero es cerrarle el orto a los que no saben entenderme, autografiándoles mi nuevo libro. Y que sea porque ellos se lo hayan comprado, porque no pienso regalárselos. Lo que yo más quiero es reivindicar a los mambeaditos. Lo que yo más quiero es romper la monotonía de la humanidad sistemática. Lo que yo más quiero es peinar un puma. Lo que yo más quiero es mi nombre junto a otros nombres de buenas escritoras. Lo que yo más quiero es escribir bien. Ahora, si me preguntás qué quiero hacer con esta habilidad, no sé. Pero si tenés ganas, te invito un helado.
Nota: este fue el último ejercicio realizado dentro de las actividades del taller de escritura creativa dictado por Esteban Schmidt. Flipareis y Carlos Sacaan lo recomiendan!
martes, 29 de diciembre de 2009
Momentos que voy a recordar en el momento mismo de mi muerte
viernes, 18 de diciembre de 2009
Mientras tanto en Buenos Aires
Azul espera cobrar la plata de una indemnización para comprar algo de ropa femenina y venderla en Venado Tuerto.
Alejo tiene en su habitación una foto con su hermana en Disney.
jueves, 10 de diciembre de 2009
Se busca ortopedia para la renguera emocional.
Hola, ¿qué hacés? Sí, todo bien. Escuchame, te llamaba porque quiero pasar a buscar mis pantuflas. ¿Las tenés por ahí? ¿Esta tarde? Bueno, sí. Llevo un yogur y merendamos juntos, ¿dale?
miércoles, 2 de diciembre de 2009
Mantra para (no) conciliar el sueño. (Ejercicio no sé cuánto.)
Nos despertamos, con la madrugada recién recibida de. Abrimos los ojos. Vemos por la ventana que es de noche. El reloj, nuestro fiel compañero de ojos rojos nos confirma la gravedad del asunto. No nos desesperamos, mantenemos la calma. Confiamos. Creemos en el retorno del sueño. Sentimos que será breve, que en cuestión de momentos volveremos a cruzar el puente hacia el universo onírico donde vos no eras vos, eras mi hermano. Reacomodamos la almohada. Revisamos el estado del cuerpo. Paseo por mis piernas, paseo por mi tronco, paseo por mis brazos. Todo se encuentra en su lugar. Pruebo boca abajo, cambio a boca arriba, intento de costado. Cada alternativa abre una posibilidad nueva. Tengo confianza en que descifraré el código de movimientos hacia una postura ideal. La encuentro y me regocijo. Ahora sólo es cuestión de esperar. El ruido del ascensor no me inquieta. Nada me perturba. Espero que vuelva el sueño, que la mente se calle, cierre su boca y sus ojos. Silencio. Frenamos el avance de la distracción. Si las cuentas todavía no están pagas, si cerré o no la puerta, lo discutiremos en otro momento. Aquí la dispersión es concentración. Vuelvo a mi centro. Necesito dormir, quiero dormir, voy a dormir. Las llaves del vecino son una canción de cuna. Si creemos necesario hacer pipí, nos levantamos, desnudos los pies, y vamos a ir al baño. Siempre con la luz apagada, para que no nos termine de despabilar un foquito de 60 watts. En el regreso, podemos probar con tomar un vaso de agua. Siempre agua de la canilla, no de la heladera, porque no queremos encender un faro en la cocina. Volvemos a la cama, que nos recibe tibia y lo intentamos de nuevo. Otra vez. No importa que ya hayan pasado varios minutos. El tiempo no me corre, conservo la calma. La tranquilidad me ayuda a volver al reposo. Abro las manos, relajo los pies. Espero. En un momento estaré de nuevo sumergida en un mundo irreal, donde puedo volar y ya no escucharé los gemidos de la novia del vecino. Evoco gratos momentos, me deshago de las preocupaciones inútiles. Por más que no me llame y que lo extrañe, no lo voy a llamar, qué se cree. Suspiro. Con el aire se van mis ideas hiladas con pensamientos concretos. Me imagino que llega el amanecer y yo estoy dormida, que me despierto recién cuando empiezan a trabajar los albañiles de la obra de enfrente. El canto de los pájaros es la voz de su ansiedad, no de la mía. Un par de medias puede ayudar. Abrigo mis pies como las estrellas abrigan la belleza de la noche. Me hubiese gustado tener una relación de odio y amor con un profesor universitario de apellido italiano que me apruebe los parciales pero me mande a final, pero eso no me tiene que preocupar ahora porque mi mamá quería que yo fuera abogada, pero no le hice caso y si hago la plancha en el mar de los mandatos, me voy a terminar durmiendo a las diez de la mañana y eso no va a suceder, no, porque cambio la orientación de mi cabeza y me pongo de costado, como duermen los actores en las telenovelas y nada me perturba, nada me inquieta, la tranquilidad llama al sueño y esto es un ratito nomás y ya vuelvo a dormirme. Es solo un ratito. No tengo ganas de ir al baño ni sed; no tengo frío ni hambre. A estos dos condenados se les da por ver una película justo ahora, pero no me importa, no me afecta porque todavía me pesan un poco los párpados y esta cama está más linda que nunca y voy a ponerme una frazada más sólo por si acaso a ver qué pasa y siento el abrazo tibio de la lana y rememoro la tarde de domingo en que la compré en una feria de Costanera Sur y me ofrecieron una verde y yo dije, no no, la naranja y ahora sí va a venir el sueño. Me acomodo el pelo, me saco los anillos y no vuelvo a ver el reloj ni a mirar si esos dos metros con sesenta centímetros de cuadraditos de vidrio se llenan progresivamente de sol. El sueño va a volver a buscarme. Puedo sentirlo. Va a venir por mí. Porque nunca me dejó esperando a la salida de la escuela, siempre me pasó a buscar, siempre fue puntual al final de mis jornadas. Estas no son horas de ver una de acción y no me levanto a golpear la pared, porque eso me despabila. Me concentro en mi descanso, que mañana será un buen día y hace rato que no te lloro en el hombro, almohada, pero qué bien vendrían algunas lágrimas de somnífero. Descarto la leche tibia con miel. No va a ser necesario levantarme para eso, porque en un momento ya estaré completamente dormida. Pruebo mis reflejos con un mosquito como víctima. Su último vuelo fue un día antes de que se retirara, pero no me distrae, no me perturba. Ah, no es uno, son varios. Bien. No me molesta, porque en cuestión de segundos cambio una pastilla y qué rico es el perfume de la pastilla y eso seguramente me remitirá a los veranos en la casa de la tía Beba y nunca me dio tanto miedo el silencio como en la casa de la tía Beba por las noches y por las siestas. Al fin se les da por apagar la tele. Y ese olor me hará dormir. Un olor que viene de una palabra tan linda como Fuji esta hecho para llamar al sueño. Pero no pasé por el súper y tampoco compré jabón en polvo y mañana sin falta porque después ya no puedo, no tengo tiempo y así es como me entero que Denver está bastante lejos de New York como para ir a dedo, veo la furia de una traducción española para destruir una historia deliciosa, y escucho a los obreros hacerse bromas en guaraní.
domingo, 22 de noviembre de 2009
Te dejé algo de flan en la heladera, cielo.
miércoles, 4 de noviembre de 2009
¿encontraría a Matías? / Allais-je rencontrer Matías?

Y mientras tanto yo veía las fotos de una muestra que estaba ahí, en la plaza. Y veía los turistas ver las fotos. Y los oía comentarlas en portugués y comentarlas en alemán. Y un empleado que a cualquiera que se acercara a la muestra, le daba un volante de la muestra. Persiguiendo espectadores de las enormes fotos desparramadas en torno al Monumento a San Martán, estaba el flaco a las corridas, como un chico corriendo patos. Y Matías, no llegaba. La Negra Vernaci entrevistaba a Adriana Varela por la radio, así que la espera, bien.
-¿Hola Matías?
-Nadia, ¿cómo estás? Estoy en el tren, yendo para Capital. Vos tenías que darme un paquete para Belén, ¿no?
-Sí, lo tengo conmigo. ¿Nos vemos hoy?
-Sí. Pero ¿te parece si nos encontramos en otro lugar?
-Sí, todo bien. ¿Retiro te queda bien?
-Dale, para mí es mejor.
-Para mí también. A las seis está bien?
-Seis y cuarto. Después te llamo y coordinamos bien, pero ahí en Retiro, Plaza San Martín en un rato, estamos.
-Hecho, nos vemos entonces.
-Hasta luego.
El martes antes de entrar al curso de francés, había pasado por lo de mi puestero amigo en el Parque Rivadavia. No tenía plata encima, así que me fió dos libros para Belén y dos para mí. El miércoles me vería con Matías y quería llevarle los libros envueltos y armados para que no sea complicado de llevar en la valija. El año pasado le había dado otros dos sueltos y en una bolsa de nylon. Y la gracia del envoltorio es la yapa de un regalo. Así que el martes a la noche, antes de dormir, le dí unas vueltas de papel madera a los dos libros que había elegido esta vez para Belén.
Una vez una amiga me dijo que un novio que ella tenía, sabía bastante de vinos y los fines de semana era parte de las tardes de los sábados el pararse frente a la góndola de los tintos a elegir los sabores para el pedazo de libertad que duraba hasta el lunes. Bien. Algo así me ocurre -y en esto no me voy a hacer la erudita, pero he leído una poca, puedo decir - cuando me paro frente al local de mi puestero amigo y empiezo a revisar esas hileras que tienen mis vinos favoritos. Y elijo. Y a veces me llevo una botella de poesía con la promesa de pagar la próxima. Yo soy alcohólica y el flaco es el dueño del bar. Y fuma que es un espanto, y siempre hablamos de cuándo dejar, y yo sigo sin fumar y yo no puedo largar, pero qué barbaridad, sí, viste vos.
Y en la parte de atrás, con un fibrón negro le dibujé un Obelisco y una Torre Eiffel. Y le escribí "Buenos Aires-París Vía Matías Airlaines".
Todavía estaba en el colectivo cuando me llegó un mensaje suyo. Yo maldije porque me cortaba la inspiración. Ahora estoy trabajando en un cuaderno lila. No, no soy feminista, solamente me gusta el color. Y estaba anotando lo siguiente:
Cómo enterarse de una vida triste por Cadena Nacional.
La Negra Vernaci, una mujer que admiro, se queja de otra mujer que admiro: la Presidenta. Porque otra vez cadena nacional y la puta que los parió. Esta vez es para anunciar la implementación de unos nuevos documentos de identidad. Antes de informar sobre los beneficios de los nuevos deeneis, a mí me dicen deeneis y me acuerdo de cuando vine a la gran ciudad a hacerme el deeneí. Y allá en el campo te daban los deeneís como seis meses más tarde. Pero yo, señores, me había venido a la gran ciudad a hacerme el deeneí yo solita y vamos a hacer entrega de una mención especial o algo así, un nombre pomposo, de esos, bueno, de esos a no me acuerdo quién, un trabajador del Registro Nacional de las personas que trabaja ahí desde 1948 y hoy lo sigue haciendo, a los 81 años, de manera desinteresada. Y yo dije for god sake. Sí, casi en voz alta, lo dije. Me importó un huevo si alguien del colectivo se daba vuelta a mirarme después de haberme oído exclamar for god sake. Desde 1948, for god sake. Y el tipo está jubilado y sigue yendo. ¿Va porque quiere? ¿Va porque si tuviera que vivir su jubilación en su casa se moriría de angustia? ¿qué pasaría si tomara un curso de, no sé, pintura? ¿estaba casado? ¿viudo, tal vez? Y sea como fuere, ¿cómo le van a dar una mención a un tipo que a pesar de estar jubilado, sigue yendo a trabajar?
-Ya estoy.
-Yo llego en un ratico. Dónde estás, más precisamente?
Y una vez finalizado el acto la Presidenta aclara que pagó su DNI. Y cierra con un "gracias" con acento a Seinfeld, esa mano, onda tono de remate de serie del Sony. Y me bajé del colectivo.
Tal vez sea el único momento en el que es linda la Plaza San Martín. Será que se crea una burbuja de alivio y felicidad, con tanta gente saliendo de trabajar. Matías no aparecía, pero no era problema. Decidí darle una vuelta al Monumento a San Martín, hasta que Matías me dijera dónde estaba.
Las fotos eran de niños en distintas situaciones de infancia. O sea, niños cartoneros y niños jugando con témpera. Niños con mocos secos y niños con juguetes. Lo mismo de siempre, digamos. Esas acciones que buscan concientizar y esa mano, pero en realidad están evadiendo impuestos o no sé, algo por el estilo. Because we care. Bullshit. Me habían dado ganas de un helado, por más que a la sombra hacía frío. Ya había visto las fotos de ida y vuelta y había seguido al cazador de patos. Matías, sin novedades.
-Estoy como por el Monumento a San Martín. Tengo una campera negra y un jean azul, por si no me recordás.
Sin respuesta, justo cuando pensaba sentarme al sol del atardecer, con lo mezquino que un sol puede ser en un atardecer porteño, me crucé con una de esas miradas de "hey, qué hacés?". Y entonces procedimos a dar pie al saludo de rigor para situaciones como esta.
-¡Matías! ¿cómo estás?
-¡Hola! ¿Qué tal Nadia?
-Bien, muy bien. ¿Te llegaron mis mensajes?
-Sí, pero me quedé sin crédito.
-Me imaginé. Bueno, ¿cómo estás?, ¿qué tal te trata Buenos Aires?
-Uff. No he parado un momento.
Y en ese "no he parado un momento" sentí el perfume de los libros viejos que están en la feria a orillas del Sena, el olor a fritos de los locales de shawarma en el Qartier Latin. En ese "no he parado un momento" no hay apuro, porque si se te escapó el 12 direction Port La Chapelle para ir a Marx Dormoy, tranquilo, en dos minutos 10 segundos vendrá el próximo. En ese "no he parado un momento" hay dos años en París. Y en ese "no he parado un momento" estaba un yeite que yo conocía bien, de oído, pero bien: el de la visita al pago. Llegás, te saluda la familia, que te estaba esperando con la casa recién pintada, asado, amigos, llegué, voy a estar hasta tal día. No, mañana no puedo, voy a ver a mi tía. Pasado. Llamame después y arreglamos. Pelea con la familia. Hoy cena con los pibes del colegio. La vecina me dijo que pasara a verla. Sí. Funciona así.
-¿Vamos a tomar un café?
-Yo tengo ganas de tomar un helado.
-Ah, mirá. Yo no, pero vamos.
Y caminamos por Lavalle. Y cómo encontrás Buenos Aires, y qué tal la familia, y estás comiendo mucha carne, ¿no? Por suerte, sorteamos el tema del clima y hablamos un poco más.
¿Y vos qué estás haciendo?
Bueno, yo estoy escribiendo bastante. Estoy haciendo un taller de escritura que me tiene enganchada. De tanto en tanto cuelgo algunas cosas en un blog que tengo y estoy escribiendo bastante en distintos cuadernos, sobre diferentes cosas. ¿Vos? ¿Qué tal va el bandoneón?
Yo acá estoy tocando bastante. Hacía siete meses que no tocaba. Y por suerte acá surgieron algunos laburos. Ahora estoy muy contento porque toqué con la orquesta de Leopoldo Federico. Fue genial. Surgió todo a último momento y salió re bien. Perfecto. Allá es difícil. A los franceses no les copa un bandoneonista formado en Buenos Aires. Su tango es una copia de una fotocopia, pero prefieren eso a un bandoneonista formado en Buenos Aires. Entonces se hace difícil. Mientras tanto hago otras cosas. Fui a dar un seminario a Berlín, y tomé uno en Praga. El año pasado viajé más. Este, muy poco. El año pasado hasta fui a Tel-Aviv a tocar.
Ah, mirá vos.
Matías miraba la gente y las vidrieras. Me hablaba de lo contenta que está Belén con la casa nueva, que se mudaron un día antes que el viajara a Buenos Aires, que con todo aún embalado, recién mudados, hicieron una reunión en la nueva casa. Que a la casa nueva le da el sol y no tienen a un nigeriano a medio metro, enfrente a la ventana y hay un dormitorio que es dormitorio y un baño grande, no como en el departamento que vos conociste, que era tan chiquito. Y no pude evitar recordar una grabación de Cortázar leyendo un capítulo de su Rayuela, donde habla de la monomanía parisina con el espacio. Y esas erres que eran gés. Y París. Y con qué ganas yo alquilaría ya mismo el minimonoapartamento que ustedes dejaron. Y a la inauguración fue el dueño del departamento que dejamos, un amigo de los dos. Fue con Eric, su novio perfumista, que llevó un vino de 1992. Qué refinado. Y noté que Matías estaba vestido tan elegantemente. Caballero de fina estampa, de zapatillas y jean. Y hoy voy a verme con un amigo. Voy a comer comida india. Ah, qué bien. Sí, para variar un poco, porque desde que llegué estoy comiendo mucho asado.
Y viste que Lavalle está llena de turistas. A veces se me acercan y me dicen "leather jackets" en un inglés bastante parecido al marroquí. Y yo creo que los contrataron y les dijeron tenés que decir esto, repetilo hasta memorizarlo. Y si te ven con pinta de gringo, te atacan al grito de letershaquets?, letershaquets? Pero son muy caras. Sí, son a precio turista. Y qué tal la crisis. Acá cerraron muchos comercios. Por la gripe porcina, ¿no? Sí. Y también por la crisis.
-¿Querés que vamos por Corrientes?
-Dale, ahí me tomo el subte para encontrarme con mi amigo.
-Comida india, qué rico.
-Sí, muy bueno. Esa peli, ¿sabés qué tal está?
-¿Cuál? ¿El secreto de sus ojos? No, no la ví. Pero ví Boogie El Aceitoso.
-¿Y qué tal?
-A mí me gustó. Me gustan las historietas, pero nunca lo leí. Un compañero de trabajo que sí lo leía, dice que está bastante floja. A mí me gustó. Me parece que le faltó un poco de sal a la musicalización, pero en líneas generales está buena. Tiene una buena animación.
-Ahí hace la voz este flaco, Pablo Echarri, ¿no?
-Sí. Está bueno porque no parece que fuera él. Y concuerda bastante con el personaje, que es un dolor de huevos de chabón. Pero la voz es una de esas voces que si escuchás de espaldas, te das vuelta aun que sea para ver si podés acordarte de la cara del chabón que te va a pegar.
-Está bueno.
-¿Ustedes son de ir al cine?
-No. Miramos películas por internet.
-Ah.
-Igual, ahora estamos a una cuadra del cine. Capaz que nos sacamos un abono que hay, que es por mes, ilimitado, a 35 euros.
-Bien. A mí la otra vez me cobraron 23 pesos una entrada.
-Es carísimo.
-Ni hablar.
Caminamos un poco más por Corrientes.
Esa avenida pasó la tarde jugando en el jardín, embarrada, a la noche se puso a cazar luciérnagas y de repente la bañaron, le peinaron el jopo y le pidieron que sonría para una foto.
¿No te resulta chocante ver los culos en las revistas? Porque como vos lo ves una vez por año, capaz que te choca más, que para mí que es más gradual, pero de un año a otro cada vez muestran más el mismisimo agujero del orto.
-Sí, un poco sí. Antes era un poco más...
-...sí. Nunca fueron sutiles, pero qué se yo. No era tan zarpado pasar por un kiosko de revista.
-Y son un montón, encima.
-Sí, viste.
Y seguimos hablando de las revistas y de los giles que compran revistas con camisas de 1500 pesos, cuando ellos ganan esa guita por mes. Con suerte. Y de las compras del último día de regreso, de la valija llena de saquitos de mate cocido, algún vino, alfajores y dulce de leche, de cuánto pagó por su pasaje de avión, de una escala en San Pablo de la que se enteró en San Pablo, de los precios de los cigarrillos en Buenos Aires, de los precios de los cigarrillos en París. De Belén. De Belén y la casa nueva. De Belén y el Máster. De Belén y Vous etes admise en M1. De Belén y su flequillo. De Belén y su clases de español. De Belén y la mudanza. Y todo lo que me contaba eran novedades, porque hacía un buen rato que yo no hablaba con Belén. Verán, Belén llama desde París y puede estar hablando una hora entera sobre la vida, la gata, la casa, el clima, la facultad, los alumnos de español, pues tiene un plan de free para llamadas a teléfonos fijos en nuestro país. Elemento indispensable en la migración 2.0. Además de colarse en los subtes parisinos, cuando llega de trabajar, Belén gusta de hablar a Buenos Aires durante horas con su familia y amigos.
Bueno, Nadia, me tengo que ir.
Bueno Matías. Voilá el regalo para Belén. Lo envolví bien para que no se rompiera. Son dos libros.
Buenísimo, sí, están muy bien embalados.
Buenísimo. Y no pesan tanto.
Bueno, un gusto haberte visto.
Lo mismo. Gracias por haberte venido hasta acá Matías.
Dentro mío, al despedirlo, al chocar nuestras mejillas en un porteño aurevoir, pensé que ojalá que la próxima vez que lo viera, sea en París, conociendo la casa nueva. Y cuando lo ví irse, ví esos dos libros que con tanto cariño había elegido. Veía cómo empezaban a gatear el camino Buenos Aires-París. Podía ver esas dos dedicatorias que le firmé a Belén, con lo que me gusta regalar libros ajenos con palabras mías, iniciándose en su travesía. Los esperaban unos días más en Buenos Aires, una valija, atravesar los rayos x en el aeropuerto, viajar en camioncito hasta el avión, volar hasta el depósito en manos de los estibadores, atravesar el océano, superar el desafío de las escalas, llegar a destino. Chau Matías. Chau libros. Espero que Belén no los haya leído todavía.
Volví a mi casa embriagada con tanta lembranza parisina. Tomé el colectivo. Une vingt, s'il vous plait. Y cuánto pasará hasta que vuelva a París. Y Buenos Aires me mata, pero París... París me resucita. Y sin saber qué iba a cenar, prendí la compu. Conecté, revisé lo de siempre. Entre los mails, tenía uno de Matías. "Nadia. Perdoná que te dejé colgada. Perdí el celular en el tren y te busqué por Retiro pero como no te encontré, me fui. Arreglemos por acá para vernos otro día. Un abrazo y mil disculpas. Matías".