domingo, 18 de julio de 2010

un acertijo en una lengua muerta

Últimamente Gonzalo me pregunta preguntas extrañas. Siempre cosas sobre los chicos; siempre raras, intrigantes. No sé si es el tono de su voz en el teléfono o si con los años nos perdimos las frecuencias, pero siempre me deja pensando un buen rato cuando me pregunta algo. Esta tarde, cuando le contaba que salimos a comer por el cumpleaños de la nena, me preguntó si hoy le había olido la cabeza y si el olor de su pelo era parecido al del hermano. Me dejó pensando, el hijo de puta. Y lo mejor de todo es que después la sigue como si no hubiese pasado nada. Y yo me acuerdo que cuando subimos al colectivo, nos dieron un asiento y yo la agarré a ella y ella supo acomodarse bien, comodidad x 2 asegurada, sus rodillas en el límite de mis piernas, asegurándose con fuerza, su brazo engarzado a mi cuello, casi distraída, casi para mí, y me acuerdo de su pelo haciendo un velcro con mi barba de dos días y me acuerdo de haberla olido hasta bajar del colectivo, pero no recordaba ese olor, y nunca lo había comparado con el del nene y nunca recuerdo el olor de las cabezas de mis hijos hasta que las vuelvo a oler, ahora-que-me-doy-cuenta, y entonces me resultan conocidas, pero hasta entonces no recordaba con quién tenía que encontrarme al olerlas. Y ¿cómo puede Gonzalo saber eso, preguntarlo para exponerlo y luego continuar con un así que en Buenos Aires hace mucho frío, leí en el diario. Lo más grave es que yo pestañeomiroaunladomiroalotropiensounsegundounsegundomedespienso y digo sí, mucho frío, no sabés lo que es. En la casa de Nora, me dijo hoy, que no le salía agua de las canillas, de lo congelada que estaba. Y decí que acá nosotros tenemos buena calefacción, que si no. Y a mí me llama la atención que me pregunte cosas raras. Sobretodo últimamente, que parece que le empieza a hacer ruido la campanita del número redondo. Si cada vez que hablo con la madre, me dice que todavía espera que le dé un nieto. Un nieto, le pide la madre. El otro no le da ni una novia y ella le pide un nieto. Sí, pero vio como es esto, él tiene una carrera con la música, y eso es un matrimonio artístico. ¿Matrimonio qué? Yo lo único que sé es que mis amigas de la Iglesia se juntan en la Plaza con sus nietitos todos los domingos y yo no voy porque me cansé de no llevar nunca un nietito. Encima, con lo que te mezquinan los nietos, las hijas de puta. Bueno, yo le voy a decir cuando se conecte, que usted le manda saludos. Y un nietito. Sí, un nietito también le voy a decir.

No, Gonzalo, son los dos diestros, ya te dije la otra vez. Emmmh, no preguntaron qué es la muerte todavía. No, nunca les dije nada. Ah, mirá vos. Me la voy a comprar, entonces, cómo dijiste que se llamaba? Enciclopedia sobre la Sexualidad, es algo como un manual? Bueno, pero la nena tiene 10 y el nene 9, no te parece que es un poco pronto. Ah, leíste eso. Bueno, gracias por el dato. ¿Eh? Ah. No, nunca vieron un oftalmólogo, pero están bien, ven bien. Te digo que ven bien. Pero dejate de joder, che, si no hay antecedentes de Daltonismo en la familia.

Gonzalo me parece que te pasa algo, mi viejo. Mirá, últimamente me preguntás todas cosas raras, loco. No puede ser. Daltonismo, me decís, que la tengo que revisar por si tiene Daltonismo. ¿Pero qué te pasa? No te parece que yo podría haberme dado cuenta ya si tiene Daltonismo, o si el nene es enano? Si está enferma de un mal incurable, de posibilidades de 1 en un millón; si son zurdos, si tienen una pasión oculta con el oboe, o si son potenciales conductores de Fórmula 1. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Tenés ganas de sentar cabeza? Si siempre dijiste que eso no era para vos. ¿Por qué tanta curiosidad de repente? ¿No estás haciendo la mosca con el bandoneón? Y entonces, ¿qué es? Pero claro que la vida no es fácil, a cada uno le toca un cachetazo más o menos fuerte para aprender a vivir. Bueno, sí, nosotros la peleamos y seguimos adelante. Sí, te escucho. No, no me acuerdo. Ah, sí. Sí, ella entró en 3º año, a mitad de año. Sí, que se hizo amiga de Ana María Terfi y Mariela Palacios. Sí. Ah, sí, vos tenías un metejonazo con esa flaca... Ah, no, no sabía que había pasado nada. !¿No me digas que te contactó? ¿Por Facebook? ¿En serio? ¿Está buena? ¡No te la puedo creer, después de tantos años! ¿Y qué te dijo? Ah, sí. Sí. Pará, ¿esto cuándo fue? ¡¿Hace tres meses?! Ah, te lo tenías bien guardado, eh. ¿Y qué te dijo? ¿Qué? ¿Eh? ¿Vos me estás hablando en serio? Y pero cuántos años tiene. bz0ch0y0ch0,bsmellevocu4tro. Ah, sí, dan los números. ¿Y cuándo venís a conocerlo? ¿Qué? ¡¡¿¿Pero vos sos pelotudo??!! Cómo no lo vas a querer conocer, boludo. Pero che, qué te pasa, decime vos estás loco. Un hijo es lo más grande que hay. No importa cómo, es el sentimiento más noble. Vas a abrazar a un pedazo de vos que ahora es otro! ¡Y todo un otro! Gonzalo, llama a esa flaca y decile que vas a venir a conocerlo. Ya mismo hacelo. Vení y yo te acompaño Gonzalo. Gonzalo, no, no va a ser daltónico. Y si es daltónico, vivió toda su vida así, y llegó hasta vos, no está nada mal ni tiene nada extraño. Al contrario. Bueno, pero suspendé una gira, pateala para más adelante y vení a conocerlo. Aunque sea hacelo por el pibe y después ves qué te pasa a vos con eso, pero vení a conocerlo, te digo, que es lo más grandioso que vas a experimentar. Gonzalo, vas a olerle la cabeza a un ser que alguna vez fue una gota de placer y ahora es una persona. Gonzalo, calmate. Yo te voy a acompañar, si querés te aguanto en la puerta, pero hacelo. Bueno, loco, yo siempre te entendí desde que eramos pibes y vos te fuiste a pasear por New York con el bandoneon y 200 dólares y me plantaste a mí cuando íbamos a hacer socio juntos. Vos me plantaste y yo me la banqué y me banqué tu sueño de la música y la bohemia, mientras yo pasaba el verano estudiando. Yo me banqué que no vinieras a mi casamiento porque los acontecimientos sociales que el sistema impone para que nos divirtamos obligatoriamente no van a contar nunca con tu presencia; yo me banqué que en lo mejor de nuestra amistad vos decidieras irte a Nueva Zelanda de gira con un grupo de teatro. ¡Con un grupo de teatro, Gonzalo! Yo estaba bautizando a la más grande y vos estabas haciendo la ser o no ser en Nueva Zelanda, Gonzalo. Y ahora me preguntás cómo es tener un hijo. Bueno, andá y tenelo. A ver qué se siente, a ver si así me podés entender, a ver si así me dejás de mirar desde arriba. Andá y tené un hijo. Y bancátelo si tiene fiebre, si te rompe la camisa cuando le hacés upa, porque se prende del bolsillo. Y bancátelo si un día viene y te dice que para qué lo trajiste al mundo. Andá, tené un hijo y a ver si alguna vez me traés un libro de diseño o de música copado, y no esas torreifél de metal, un souvenir de mierda que te los venden por dos pesos y es la mismísima mierda más adorable para quedar bien. Tené huevos, Gonzalo. Tené un hijo y a ver si así podés entender que Roma es un poroto al lado de verlo decirte "papá. Tené un hijo y despertate en el medio de la noche, con el pibe meado, a cambiarle las sábanas, cuando dos minutos te estabas cogiendo a la mina de tus sueños, en el medio del programa de televisión. No, no estoy enojado. Te estoy diciendo que asumas lo que hiciste: tuviste un hijo. Te enteraste tarde. Qué pena. Ahora, andá y tenelo todo lo que lo puedas tener. Y largá la caravana un poco, que hay otras cosas más profundas que bailar duro.

martes, 6 de julio de 2010

tengo una lupa

tengo una lupa, es de plástico, viene dentro de una funda azul, casi tan ancho como una tarjeta de crédito, pero de similares medidas. es la primer lupa con la que tuve contacto. Lupa debe ser una de esas palabras que adornan a las letras en los abecedarios colgantes. Lo que es el xilofón a la equis debe ser lupa a la ele. Bueno, creo desde ahí tenía la idea de lo que una lupa era. este coso de plástico transparente y distorsionado que sale de una funda azul ha de ser una lupa, no hay duda

tengo una lupa y un disco primer disco. si yo hubiese visto casi famosos cuando tenía 13 años, todo hubiese sido más fácil. pero no, la miré a los 24. Diantres. este disco primer disco me lo regaló mi hermano, el del medio. Es el amor después del amor. Lo bueno que tenemos dentro es un brillante, es una luz que no dejaré escapar jamás. Eso dice la letra original. y como lo de casi famosos, me entero recién ahora. yo decía Lo bueno que tenemos dentro es humillante. Humillante. Un brillante. Touché. pero sigue siendo mi disco primer disco, que me regaló mi hermano

tengo una lupa, un disco y una profesora de historia, que vaya a saber yo por qué, siempre me traía recortes de los diarios con notas relacionadas al rock. no tengo ni idea dónde estará toda esa información ahora. pero estaba bueno empezar la clase y que ella me desplegara reversos quebrados que escondían notas de mi interés, dando así y con total impunidad, un auténtico acto de predilección de la que yo era benefactora. oh, la gloria de sus recortes era la miel de mi lectura, en una era memorable como lo será aquella en la que no había internet


tengo una lupa, un disco, una profesora de historia y un ex novio con una discoteca hermosa, que me hizo el amor con Led Zeppelin y Billie Holliday, con Manal, con Pappo, con Spinetta, con Gabo Ferro; que me leyó poesía de Miguel Abuelo, de Kerouac, de Michaux y Patti Smith, y me comentó notas de Radar; que me obligó a que conociera París. si no fuese porque en el medio me trató de puta, me dejó en los momentos en que más necesitaba de su apoyo y su compañía, hipotecó mis emociones durante casi dos años, y nuestras aspiraciones eran más bien distintas, todavía sería mi novio


tengo una lupa, un disco, una profesora de historia, un ex novio y una habilidad admirable para desoir la advertencia aterradora de que "no hay más entradas" para ver un show. que acompañado por un irrefrenable convencimiento en la causa del mundo de lo posible, me permiten presenciar espectáculos alucitrópicos, como ver a Divididos gratis o a Soda Stereo ligando una entrada de un transeúnte

tengo una lupa, un disco, una profesora de historia, un ex novio, una habilidad, y un boleto de metró parisino sin usar que saqué el mismo día que volvía a Buenos Aires, con la idea de que cuando volviera a ir a París, iba a tener un tiquét-de-metró para de vuelta ir a la tumba de Cortázar y mi hermano me va a decir que es una pelotudez grande como una casa y yo le voy a decir que yo sueño con vivir en el país donde él vive a partir de que él soñó con vivir ahí.

tengo una lupa, un disco, una profesora, un ex novio, una habilidad y un tiquet de metro para cuando vaya al país de mi hermano, mi hermano no el que me regaló el disco, mi hermano el que me hizo escuchar Rata Blanca a los 7 años, mi hermano al que le pertenece la lupa

miércoles, 30 de junio de 2010

esa necesidad imperiosa de cambiar los muebles de lugar

el silencio y la quietud
agarrar una bolsa de basura bien grande, sin saber qué es lo que va a terminar ahí,
(sabiendo que algunas de esas cosas van a provocar arrepentimiento después)
una reubicación en la sala de los días, con la meta de no perder más tiempo, ni un minuto
la sonrisa al amanecer, la sonrisa por la luna llena
el desvelo porque sí
las conversaciones acerca de la nada, las preguntas incidiosas
la repetición de un racconto, la conversión de los verbos
una expedición al cajón mental de los recuerdos, con una lupa en una mano y un mapa en la otra
películas y música nuevas
lápices de colores para pintar mandalas
el llanto inesperado, la angustia invasora
las voces del resto del mundo, con sus experiencias y sus consejos listos para ser traducidos
el amor en estado puro en forma de abrazo concreto y sincero
los días buenos y los días malos, la certeza de la inmutabilidad
la finitud inminente de la vida, con amigos hasta la madrugada
caminar hacia ningún lado y el escape sin movimiento
crecer

jueves, 6 de mayo de 2010

esto y segura

estoy segura de que no existe lugar más lindo que la almohada con el olor del pelo de mi mamá
y estoy segura de que no tengo un recuerdo más tierno que ir en bicicleta a visitar a mi primer enamorado, cuando tenía 15 años
y estoy segura que mi casa es un palacio esquizofrénico de estímulos visuales
y estoy segura de que mi gato me cree cuando le juro "hijo, algún día todo esto será tuyo"
y estoy segura que la televisión nos convence todo el tiempo de cómo tenemos que sentirnos cuando nos sentimos, para que no nos sintamos en ningún momento
y estoy segura de que lo que me angustia hoy, me causará una risa en diez años
y estoy segura que alegré a esa vendedora de cubanitos con dulce de leche cuando le compré el último paquete que le quedaba
y estoy segura que hay un país mejor con mejores posibilidades para todos mis paisanos
y estoy segura de que atarle los cordones a alguien es un acto de amor de belleza infinita
y estoy segura que quienes eligen ser padres nunca tuvieron una caja de lápices a los 25 años
y estoy segura que las fotos de las vacaciones son un engaño
y estoy segura del profundo amor que se gesta al regalar un calidoscopio
y estoy segura que no me acuerdo la primera vez que tomé un subte
y estoy segura que en este momento alguien encuentra tirada una alianza, con un nombre y una fecha grabados
y estoy segura que todos deberíamos cantar en voz alta, al menos una vez por día
y estoy segura que tomaré leche con cacao cuando tenga sesenta años
y estoy segura que alguna vez volveré a marcar un número en un teléfono de disco
y estoy segura que hay alguien que quiere saber de mí
y estoy segura que la tristeza es una basurita en el ojo
y estoy segura que esos besos fueron los más lindos que probé en toda mi vida
y estoy segura que mañana es mejor
y estoy segura que me gusta la sopa de arvejas
y estoy segura que la gente con pecas es sensacional
y estoy segura que mi torta de cumpleaños tendrá nueces con dulce de leche
y estoy segura que las historietas son un universo maravilloso
y estoy segura que la mediocridad tiene fin
y estoy segura que el sol no siempre viene desde el mismo punto a apoyarse a mi ventana
y estoy segura que me gusta la bocina de mi bicicleta
y estoy segura que alguna vez voy a tener una perra que se va a llamar Agosto

miércoles, 21 de abril de 2010

el día después de mi cumpleaños

no hubo cena
ni brindis
con tus mejores deseos
entre vos y yo
el día que cumplí 28 años

no hubo ni llamado a las doce
ni mi amor, que seas feliz
ni noche de hotel

no hubo dos vasos vacíos
con rastros de vino
al costado de tu cama
y nosotros dos
desnudos
abrazados
dopados
enamorados
hablando del tiempo

no hubo foto soplando velitas
de una torta que decoramos juntos
ni deseos de eternidad

no hubo ni paz ni silencio
ni sequía de lágrimas
el día que cumplí 28 años

hubo una avispa
picando en las certezas
llenando de manchas
mi vestido de cerezas

hubo un abismo
entre mis principios y los tuyos
entre mi tiempo y tu tiempo
entre mi martes y el tuyo

hubo un elástico
que se estiró hasta dar vuelta el sol
de un lado estabas vos y los conflictos
y del otro, yo con el hartazgo

hubo un feliz cumple tibio
a las once de la mañana
y un pedazo de torta
que te guardé con amor
para que comieras mientras
me seguías acusando de todo lo que no soy

hubo un montón de mensajes de mierda
que los celos y las mentiras
se encargaron de redactar
mientras yo caminaba por Congreso
el día que cumplí 28 años

y hoy
que es el día después
el día después de mi cumpleaños
no sé por qué estar más triste
si porque no te quiero más
o porque hoy ya no soy tan importante para el mundo

viernes, 19 de marzo de 2010

Call nine one one, now!

Siento que viene un estornudo, miro la luz, cierro los ojos y en el mismo momento que miles de partículas de mi saliva me salpican el codo, pienso que todo esto hubiese sido diferente si aquella vez que te enojaste porque no te llamé, te mandaba a la mierda por imbécil. Pero me doy cuenta que sin vos no hubiese conocido París, pero tampoco Hamburgo y creo que no hice peor desperdicio que estar sentada en un local de comida, escribiendo que tenía miedo de estar ahí porque las calles son todas irregulares y los alemanes no hablan inglés, pero en Berlín la cosa fue distinta porque encontramos estacionamiento y yo dejé cargando mi celular en el auto, pero cuando volví, noté que no servía de nada porque el auto estaba apagado. Y para cuando me llamaste fue un hola qué tal, me estoy por quedar sin batería porque en este continente los enchufes son distintos y yo me puedo meter el cargador ahí donde no me da el sol, hasta dentro de quince días cuando esté con mi hermano, en un supermercado, comprando un pijama y un conversor que un año y cinco meses después, estará en mi mesa de luz, dandole fuego a mi sueño de volver a ese continente.

Ahora, yo digo, Colette, ¿será tan feminista como dice esa postal de la Librería Edipo? Y si de feministas se habla, mientras escucho que abajo dos conductores se putean por alguna maniobra mal hecha y hoy me dijeron boluda por cruzar mal la calle y ayer en la 9 de Julio y Avenida de Mayo, un tipo le gritó a una mina que vaya a lavar los platos , mataría que le cuenten del asunto al coordinador de un museo perdido en el medio de la nada, cuyos habitantes describen el abandono del pueblo, el despoblamiento poblacional, en Salta y el tipo le calla la boca a la mina que trabaja con él. Y a mí me gustaría escribir sobre esas cosas que nos pasan a las mujeres. Pero no al estilo Cosmo (diez consejos para volverlo loco en la cama) o Para Tí (el último grito de la moda ¿a quién se le habrá ocurrido que había que escucharlo?) o alguna de esa mano (cómo bajar 20 kilos en 5 días, con la dieta del carpincho). Si no más bien al estilo Las 12 ( Nuevas presentaciones para despenalizar el aborto). Y ayer me dí cuenta que si tuviera que describirme, no, no soy una chica Cosmo. Soy una chica Suplemento Radar: cuando me deprimo, me compro libros. O discos. Ayer me compré cuatro. Animal, Carpo, Manal y Charly. Y lloré cuando sonó Rezo por vos, en la época Chipi-chipi y María Gabriela era tan bella y tengo el vago recuerdo de Catalina Dlugi diciendo cien veces "Charly está mejor". Y la otra vez tocó en el Luna y yo pensaba tantas cosas y había gente linda, pero llovía cuando estaba llegando y yo, sin mi paragüas y te escribí "Rezo por vos" y me contestaste "Gracias" y entendí que no entendías o que te hacías el que no entendía, pero al otro día entendí todo.

Las diéresis me encantan.

Tenías un lugar en mi cuerpo. ¿Sabías? Queda en la intersección del tronco, arriba del pecho, y el brazo derecho. Estaba perfectamente diseñado para encajar con el costado izquierdo de tu cara. Y parecía que mi piel tenía el olor de una canción de cuna, porque bastaba que apoyaras tu mejilla para que tus ojos se cerraran y en cuestión de segundos cayeras en mis brazos, en el cuerpo de la pileta onírica. No hay nada que extrañe más que tenerte ahí. Y las caminatas por Buenos Aires, hablando de todo. Hablando de mucho. Hablando de más.
Yo ví que tenías un número de teléfono, sin nombre, en la libreta negra. Yo sabía que ahí estaban las dos entradas de uno de aquellos lunes en que íbamos caminando al cine. Y también sabía que si nos peléabamos, mis pantuflas rosadas iban a quedar en tu casa. Esta tarde paseé por Corrientes, mirando libros, con dos pesos en el monedero. Pero cuando ví al vendedor de garrapiñadas que todos los miércoles nos proveía de la llama de un fósforo, el invierno pasado, a vos con maní y a mí con semillas de girasol, me hice la distraída, como si no lo conociera. Como si no lo hubiese visto nunca. Pero encontré un Warhol for dummies, dibujado por Liniers y pregunté cuánto salía, y me pregunté si de haber estado conmigo ahí y entonces, me hubieses hecho el chiste de Liniers y el papel higiénico. El martes, tomé un colectivo, miré el boleto y mirá-vos-lo-que-son-las-cosas, que el número era el mismo que el de tu edificio.
Ahora, lo que más más me duele es pensar que cuando den las onceycuarentaycinco, no me vas a llamar. Y me duele que nunca hayamos ido a casarnos a Uruguay. Pero mejor, me tomo un antigripal, porque ya voy a estornudar de nuevo. Y sigo sin leer a Colette.

viernes, 5 de marzo de 2010

estúpida película

Desde que empezó el mundial que estamos con este rito. Alquilar una película para mirar después del partido. Como terminan a la madrugada, terminamos desvelados en el sillón pulgoso que hay en la sala que vendría a ser un comedor, o lo más parecido a la normalidad en este caótico tugurio de Palermo. Me encanta el espíritu malevo de este barrio. Me encanta despertarme en el departamento que alquilo con dos casi desconocidos y desayunar abajo, en la casa tomada. Me encanta el almacén de José y me encanta cuando estamos trabajando todos juntos, cada uno en su obra y voy a comprar los siete sánguches de milanesa al Farolito de Salguero. Me encanta el pasillo largo que va a mi departamento, porque ahora vivo en un departamento. Y me encanta saludar a las mellizas de la encargada cuando las cruzo en la escalera, saludan a coro y con una sonrisa de maldición angelical. Y me encanta que hoy Mariano alquiló 1984. Y me encanta que comamos fideos fríos que flotan como pescados en una olla gigante. Y me encanta que seamos tan sudacas y estemos acá, cagados de hambre pero contentos. Y la odio a Angélica, pero me encanta que todas las mañanas mientras pinta, canta tangos. Y a mí el mundial me chupa un huevo. Lo único, la inaguración fue muy linda. Pero estos chinos son una cosa de no creer. Y no tendré trabajo pero tengo un marido. A Esteban tampoco le importa el mundial y a mí me encanta que no le importe. Y me encanta que me encante que no me importe el mundial. ¿Y la vieja dónde mirará el partido? ¿En la clínica? ¿Los dejarán mirar el partido? Igual, a la noche todos los pacientes están dormidos y ella siempre mira tele, entre ronda y ronda. Pero ya no la extraño. No. Y no quiero ir a mirar el partido. Suena Alas, de Cabezones y me mola encerrarme acá, a escuchar ese y el compilado, que tiene una versión de un tema de The Cure que me mata, me mata, and softer than shadow and quicker than flies his arms are all around me and his tongue in my eyes y me imagino en un video de Linkin Park, vestida de negro, con el pantalón de los bolsillos grandes, el que llevo siempre a Cemento, con las botas con plataforma negras y la cámara me enfoca y hay un asistente atrás de la cámara, siguiendo mi mirada con un ventilador y el pelo -largo, muy largo y negro- se me vuela. Si tan solo me creciera más rápido. Capáz que si le hago un corte, lo ayudo a creecer más rápido, por más de que ya lo tengo bastante corto, pero un poco más, le doy más forma, a ver ahí, o es mucho pelo, no, a ver cómo quedaría si me lo corto ahí, no, uh, uy, uy qué cagadón me hice. Qué cagada me hice en el pelo. Otra vez. Otra vez me corté el pelo. Otra vez me voy a tener que llenar de hebillas y mierdas para disfrazar esto. Otra vez, carajo, la última vez dije que nunca más. Otra vez con las vinchas y la puta madre. Puta puta puta madre. Hola, ah, ya empieza? Sí, sí Marian, ya bajo. Puta puta puta madre. Ahora qué carajo, qué carajo hago, otra vez con la cabeza hecha un desastre, soy un desastre, qué más tengo que hacer. A ver. Unos clips. No. Bueno. Bueno, ya fue todo. Voy así y a la mierda. Qué me van a decir. Si no me dice nada Esteban cuando llegue, ya está, zafé de comerme una gastada otra vez y listo. La última me largué a llorar como una idiota porque me trataron de limadita. Yo no creo que porque me ahorre los diez pesos que puede salirme un corte, sea una limadita. Pero capaz que ni se dan cuenta, porque voy a entrar por atrás y me voy a acomodar por ahí y seguro está todo apagado y con la luz de la tele, dibujándonos sombras en las caras, ni se va a notar. Sí. Ya está. Mañana me armo alguna vincha para pilotear esto y a la mierda. Uh, estos cerraron con llave. Carajo, voy a tener que tocar el timbre. Espero que no venga Angélica.
-¿Quién es?
-Angélica, soy yo, Laura.
Fue un instante. Apenas abrió la puerta, sin anestesia, sin prolegómenos y sin mostrar siquiera el fulgor de su espada, me dijo
-Te cortaste el pelo. Te queda lindo.
Y saqué la pierna que metí en la casa, pisé la vereda, y volví por el pasillo, totalmente convencida de que en algún otro momento, alquilaré 1984 y de que Angélica es una puta.

lunes, 4 de enero de 2010

Qué quiero hacer con esta habilidad - Ejercicio último

A ver, vamos por partes. Tratar de conquistar al mundo, eso lo dejaré en manos de Estados Unidos y su premio Nóbel a la guerra y su Presidente. Negro, pero presidente al fin. Demostrarle algo a mi madre, a esta altura del partido es una utopía. Y si alguna vez gano una fortuna con este talento al que (cada vez que me acuerdo) le saco punta, sería una paradoja que mi padre se acordara de mí. Mi hermano no puede robar la corona del “artista de la familia” y, en todo caso, nunca estuve de acuerdo con esa tiranía. Tampoco podría competir con Tinelli. Prometo darle pelea, pero tan solo durante algunas batallas. Alimentar el hábito de ubicar letras de manera entretenida en otras personas, sembrar el germen de la escritura, eso sí me gustaría. Escribir todos los días, durante ocho horas por día, eso me encantaría sobremanera y cuando llegue ahí, me daré por satisfecha. A propósito, ¿sabían que para simplificar la conjugación del verbo satisfacer hay que guiarse por la del verbo hacer?

También siento que este universo de letras y palabras, de puntos y comas y comas, de sujeto, verbo y predicado me da la bienvenida. Siempre fui una fundamentalista de la ortografía, de los verbos bien usados. Una especie de Eugenia de Chikoff (apreciaciones de clase aparte) de la lengua. Esta tontera me sonríe. Pocas cosas me alegran tanto como corregir a alguien cuando usa erróneamente un condicional. Y para pocas cosas tengo la memoria tan liberada. Si no, explicame vos cómo puede ser que me acuerde de las correcciones en un cuento que escribí cuando estaba en segundo grado. “Nadia, no uses tantas ‘y”, me puso la maestra. Yyyy, tomá, ahí tenés y. Ahora, si me preguntás qué vimos con Marchese en 5º año, ni idea. Es más, ahora que me acuerdo, ni siquiera estuvo Marchese en 5º año. Vino una recién recibida y con cara de recién recibida profesora de matemática. Ah, ese sería otro tema. Yo con esta habilidad quiero que mis profesores se acuerden de mí y digan “esa chica fue alumna mía”. En esa me anoto.

Bien, volviendo a esto de la habilidad con la lengua, llevado al plano escrito, a mí me aporta el equipamiento necesario para desarrollar una expedición. Estar provista para la operación de narrar con destreza pequeñas historias o grandes desastres, enciende mi deseo por hacerlo. Como si contara con una especie de garantía de compra. Cuento leíble o le devolvemos su dinero. Y de última, en estos términos, hasta el naufragio puede ser divertido. Eso es lo que yo quiero. Y quiero en el más sentido de desear y de amar.

Yo quiero hablar sobre los mensajes de texto que le leo a quienes viajan en el mismo colectivo que yo. Que un accidente del azar encienda la llama para contar una historia es algo que me fascina. Me fascina a tal punto que no entiendo cómo no lo hace todo el mundo. Hoy al mediodía, por ejemplo, una señora gorda le mandó un mensaje a una tal Noe que decía “Lavate los dientes y los pies”. ¡“Lavate los dientes y los pies”! ¿Pero qué clase de consejo es ese? ¿Qué mensaje subliminal esconde? ¿Qué relación tiene la señora y Noe? ¿Y por qué los pies y los dientes? Para mí, eso es el mismísimo paraíso. Sí. Mi paraíso tiene 29 caracteres (con espacio). “Lavate los dientes y los pies”.

Con esto no me refiero únicamente al hecho de contar algo, por contarlo y nada más. Lo que a mí me gusta es contar episodios que escapan del ordinario transcurrir de los días; del introducción, nudo y desenlace de la vida. Me seduce la idea de limar un poco la cotidianeidad, reprender lo establecido, llevar a neón lo impuesto en braile. Como cuando en una Navidad, a Lucho, una amiga de su madre con quien compartieron la cena de Nochebuena, Marta, le regaló un vino traído de Mendoza. Un rato después de la entrega, en el fondo de la bolsa de papel que lo contenía, Luis encontró una nota que decía “Marta, muchas felicidades en este día tan especial. Carmen”. Bueno, a mí ese episodio, me llevó a imaginarme por cuántas manos habría pasado ese vino. Hasta donde sabemos, solo por las de Carmen, las de Marta y las de Luis. Pero ¿Y si a Carmen también se lo habían regalado? ¿Y si en realidad ese vino en otra vida habría sido un sanguinario romano que reencarnó en un vino que nadie quería? ¿Y si Luis había hecho lo mismo cuando fue el cumpleaños de un compañerito de 3er grado? ¿Y si ese compañerito nunca había superado aquel episodio donde invitó a su fiesta a un compañero sólo porque su padre se lo pidió, y este compañero le trajo un regalo regalado? Y una vez fui de colada al cumpleaños de un amiguito de mis primos y la tía del cumpleañero le preguntó a la madre quién era yo y la madre le contestó “no, ella es una colada”. Y nunca pude superarlo.

Pero sinceramente, lo que yo más quiero hacer con esta habilidad es obtener la impunidad para hacer comentarios de cualquier índole sin temor a que sean rechazados. Mis comentarios tienen sentimientos, maldita sea. Lo que yo más quiero es poder coquetear con la locura y que nadie me rompa el affaire. Lo que yo más quiero es cerrarle el orto a los que no saben entenderme, autografiándoles mi nuevo libro. Y que sea porque ellos se lo hayan comprado, porque no pienso regalárselos. Lo que yo más quiero es reivindicar a los mambeaditos. Lo que yo más quiero es romper la monotonía de la humanidad sistemática. Lo que yo más quiero es peinar un puma. Lo que yo más quiero es mi nombre junto a otros nombres de buenas escritoras. Lo que yo más quiero es escribir bien. Ahora, si me preguntás qué quiero hacer con esta habilidad, no sé. Pero si tenés ganas, te invito un helado.


Nota: este fue el último ejercicio realizado dentro de las actividades del taller de escritura creativa dictado por Esteban Schmidt. Flipareis y Carlos Sacaan lo recomiendan!


martes, 29 de diciembre de 2009

Momentos que voy a recordar en el momento mismo de mi muerte

Cuando me despertaron de la siesta y me sacaron una foto en bombacha, con cara de enojada. Tres años y ya me enojaba. Cuando ví por primera vez la Torre Eiffel. El primer día de clases en la escuela secundaria. Cuando jugábamos en la pelopincho de mis primos, esperando que las nubes se fueran, gritando por que salga el sol. Cuando aprobé economía y terminé el CBC. Cuando mi hermano me hizo reír con un muñeco de Alf. Cuando mi otro hermano me llevó a upa a un cumpleaños, aún a pesar de la lluvia. Cuando llegué a la tumba de Cortázar luego de una travesía por París. Cuando estaba enamorada por primera vez y sonaba el teléfono y no era él. Cuando escuchaba Los Piojos en mi habitación. Cuando mi mamá me dejaba cocinar arroz con azúcar y harina con yerba. Cuando a los 16 años me dormía escuchando la radio. Cuando me bajé del micro escolar y me encontré con mi familia completa, esperándome para festejar mi 5º cumpleaños. Cuando con Juan escuchábamos Viejas Locas en el mp3, por las rutas de Neuquén. Cuando por su cumpleaños le regalé un esmalte para uñas de color rojo a mi madre con mis primeros dineros. Cuando me comí una naranja que pelé con mis propios dedos, en un recreo en segundo grado. Cuando Sebastián me dio el primer beso. Cuando corrí y corrí para tomar un micro a Rosario. Cuando llegamos a Cannes. Cuando llegué sola a París y me quedé dos horas en el aeropuerto porque tenía miedo de salir a la calle. Cuando me rencontré con mi hermano luego de 8 años sin verlo. Cuando terminé de pagar el préstamo para viajar a Francia. Cuando bailábamos con mis primos, jugando con mi cámara de video. Cuando escuché por primera vez Pez. Cuando mi hermano me acompañó a mi primer recital. Cuando me regaló un cuadro suyo. Cuando de niña andábamos en bicicleta con dos amiguitas por terrenos desconocidos. Cuando lo escuché reir a mi sobrino por primera vez. Cuando Gulli me dio un beso en la mejilla. Cuando lo ví venir caminando, por Parque Rivadavia. Cuando dormía en la cama de mi madre, con su perfume en la almohada. Cuando perdí mi soga de saltar en su trabajo. La primer noche que dormí en mi casa de sola. Cuando tuve la entrevista de trabajo de mi trabajo. Cuando me regalaron una bicicleta a mis 22 años. Cuando ví que Alejandra tenía una remera de los Rolling Stones. Cuando retomé francés. Cuando me tomé sola un colectivo por primera vez. Cuando me reencontré con un antiguo amor al que había amado hasta el abismo y no me movilizó nada. Cuando mirábamos el mar desde la ventana con Carina y Sabrina. Cuando ví mi firma en una nota de Página 12. Cuando conocí el cielo de Villa La Angostura. Cuando mi madre me festejó los 10 años. Cuando tomábamos cerveza con mis amigos de la escuela en la puerta de mi casa. Cuando trasnochábamos hablando de miles de cosas. Cuando por primera vez leí un trabajo del curso de periodismo de rock. Cuando terminé un ejercicio de escritura que me llevó cinco meses. Cuando volví de haber ido caminando a Luján con Pamela y Romina. Cada abrazo de la gente que amo. El olor del cuello de Gulli. La voz de mi madre. Los gestos de mi hermano. Los llamados de mi otro hermano. Las noches en el baño de Alejandra. Las cartas de Hernán. Las paredes de mi cuarto adolescente. La caminata de noche por Hamburgo. Aquel amanecer en la terraza, a los siete años. Mi gata Marsha subiéndose a mi falda. Mi perra Lisa volviendo cuando le chiflaba. El corte de pelo de los 15 años. El retorno de Jujuy. La caminata por la estación de Lyon a medianoche, con Belén buscando a Linda. Cuando escuché de un tirón todos los discos de Sumo. Cuando Alejandra me regaló "Historias de Cronopios y de Famas". Cuando usaba un jean oxford con plataformas. Cuando conocí Uruguay. Cuando tomé vino por primera vez. Cuando estaba trepada a los rayos del sol de enero, encima de un ciruelo de la casa de la abuela de una amiga. Cuando hablé con mi profesora de historia, luego de 7 años de haberme recibido, para agradecerle por todo lo que me dió. Cuando caminé bajo la lluvia con mi paraguas transparente. Cuando tomábamos mate cocido con Fede en el kiosko. Cuando iba caminando, miré para atrás y lo ví a Martín, en un recital de Los Piojos. Cuando Sebastián me esperaba en Retiro. Cuando me saqué a pasear por Palermo. Cuando me vestí elegante para pedir un crédito en el banco. Cuando lo terminé de pagar. Cuando firmé mi contrato de alquiler. Cuando Estefanía y Maxi me ayudaron con la mudanza, subiendo mis 24 años de existencia cuatro pisos por escalera. Cuando hablábamos de amores con Maru, en la terraza de mi edificio. Cuando a Vanina y a mí nos agarró la lluvia en un show del Cosquín Rock. Cuando aprendí a tejer. Todas esas veces que me quise. Todas esas veces que me perdoné. Todas esas veces que cumplí con lo que me prometí. Todas esas veces que soñé.

viernes, 18 de diciembre de 2009

Mientras tanto en Buenos Aires

Eva llora por su violín. Su papá lo pisó al entrar a oscuras a su cuarto.
Azul espera cobrar la plata de una indemnización para comprar algo de ropa femenina y venderla en Venado Tuerto.
Alejo tiene en su habitación una foto con su hermana en Disney.

jueves, 10 de diciembre de 2009

Se busca ortopedia para la renguera emocional.

Hola. ¿Qué hacés? Te traje tus cosas. Acá están tus llaves. No, nomás me pareció que ya no tengo que tener las llaves de tu casa. Sí. También está la ropa tuya que quedó en mi casa. Y los libros de Bukowski y de Fogwill, también. No, el de Samalea me lo regalaste. Acordate. No. Es como si yo te pidiera los dos compilados de Mandioca que te regalé en octubre. No, no tiene nada que ver. Bueno, no la compliquemos tanto. ¿Me grabaste el cd que te pedí? El de las fotos. Ah. Y, ¿podrías grabármelo ahora? Te espero, no tengo apuro. No, dale. ¿Después cuándo? Si no va a haber un después. Sabés que esta va a ser la última vez que nos veamos. Ya vimos que esto no da para más. Vos y yo no podemos estar juntos, asumámoslo. Dale, espero. Sí, por favor. Tengo una sed. No, agua está bien. Viste que la gaseosa no es lo mejor cuando tenés sed y con este calor, me tomo una coca y me fundo. Dicen que va a llover todo el fin de semana, ¿viste? ¿Qué pulover? Yo no tenía ningún pulover tuyo. Ah, sí, el verde oscuro. Ah, no, pero ese lo uso para abrazarlo cuando me duermo. ¿Me lo regalás? Pasa que la almohada ya perdió tu olor y al pulover todavía le queda un poco. No, no te extraño. Solamente me gusta tu olor. Bien, muy bien. Poco trabajo pero esta semana fue agitada, pasaron mil cosas y están todos re locos. Encima, con el fin de año, viste que todo el mundo se agita. Sí, ví en la tele. Qué terrible. ¿Vos decís? No sé, a mí hay algo que no me cierra. Como cuando me mentiste la otra vez y te descubrí. No, no es un reproche, solamente te estoy graficando. Bueno. Ah, mirá qué bien. Y ¿qué hicieron?. Ah, qué linda. No, no me meto más en tu página. Llego a ver una foto tuya con otra mina y me pego un tiro. Bueno, pero esa vez yo te revisé el correo porque quería estar segura de que no me estuvieras engañando. Y yo qué sé si no estuviste con otra mina. Si yo te digo que no estuve con nadie más y vos tampoco me crees. Bueno, yo también te amo y no quiero conocer a nadie, pero a mí me parece que vos sos distinto. No, vos no entendés. Bueno, sí, siempre la culpa de todo es mía, ¿no? Y vos, ¿cuándo te vas a hacer cargo de algo? No, yo no tuve nada que ver con eso. No, no, yo no estoy con nadie. Vos sos el amor de mi vida, la persona en este mundo para mí y estoy segura de que yo nací para amarte. Así que la única persona con la que quería estar era con vos y mirá lo que estamos haciendo. Yo vine a traerte tus cosas y vos me estás grabando un cd con fotos de momentos lindos. No, no, esto lo decidiste vos. Hacete cargo. Vos quisiste que fuera así, así que bancátela. No, ¿qué tengo que ver yo con lo que vos elegís? No, yo no te trato mal. Bueno, pero eso fue porque estaba pasando por una situación estresante. Sí, siempre son situaciones estresantes. A mí nadie me regaló el manual de uso de la vida. Vos decidiste dejarme. ¿Que yo no te cuidé? ¿Cómo podés decir eso? Lo que más quise fue cuidarte. Ya te dije que no quise decirte eso. Bueno, pero reacciono así porque ya no sé qué hacer. No, no sé qué hacer ni con vos ni conmigo. Bueno, perfecto. ¿Sabés qué? Estoy cansada de llorar por vos. Bueno, yo tampoco te quiero más. Y no quiero saber más nada de vos. Nunca más. Esto se terminó. Vos no sabés quererme. ¿Qué decís? Yo sí sé quererte. Yo me jugué por esto. Me entregué entera. Cambié todo lo que pude. Bueno, hice hasta donde pude. No, vos no. Eso no es cambiar. Yo sí. Vos no. No, vos no. Entonces explicame por qué, después de todo lo que nos pasó, vos no me querés más. Pero si me querés, intentémoslo otra vez. Sí, pero yo te banqué un millón de cosas a vos. ¿Pero por qué no me escuchás cuando te hablo? No, no me digas que te estoy quemando la cabeza, porque no es así. Yo te estoy diciendo las cosas como las veo yo. Sí, pero vos no tenés razón. Vos tampoco me escuchás. No tiene sentido lo que estás diciendo. Bueno basta, no me acuses más. Vos también sos responsable de que todo se haya ido a la mierda. Hacete cargo de algo, alguna vez en la vida. Ah, claro, pero vos no estuviste cuando yo te necesité. Sí, pero por más que yo te haya mandado a la mierda, vos tendrías que haber estado. Y bueno, bancátela. Sí, pero si me fui a la mierda fue porque no quería seguir participando de la escena, no quería ser más tu partenaire en la mentira que vos montaste. Porque no quería hablar con vos, por eso apagué el celular. No fueron cuatro días, fueron tres. Podríar haber vuelto a llamarme y no lo hiciste. ¿Qué? ¿Cómo te podés acordar de eso? ¿Cómo podés traer eso a ahora? Pasó hace mil meses. Ya fue eso. No podés seguir atado al pasado. No, yo no soy rencorosa. Nomás me acuerdo de las cosas que me hiciste. Para que no me las vuelvas a hacer. Bueno, listo. Entonces tenés razón, esto no funciona. Andate a la mierda. No te quiero ver nunca más en la re puta vida. El cd, metételo en el orto.


Hola, ¿qué hacés? Sí, todo bien. Escuchame, te llamaba porque quiero pasar a buscar mis pantuflas. ¿Las tenés por ahí? ¿Esta tarde? Bueno, sí. Llevo un yogur y merendamos juntos, ¿dale?

miércoles, 2 de diciembre de 2009

Mantra para (no) conciliar el sueño. (Ejercicio no sé cuánto.)

Nos despertamos, con la madrugada recién recibida de. Abrimos los ojos. Vemos por la ventana que es de noche. El reloj, nuestro fiel compañero de ojos rojos nos confirma la gravedad del asunto. No nos desesperamos, mantenemos la calma. Confiamos. Creemos en el retorno del sueño. Sentimos que será breve, que en cuestión de momentos volveremos a cruzar el puente hacia el universo onírico donde vos no eras vos, eras mi hermano. Reacomodamos la almohada. Revisamos el estado del cuerpo. Paseo por mis piernas, paseo por mi tronco, paseo por mis brazos. Todo se encuentra en su lugar. Pruebo boca abajo, cambio a boca arriba, intento de costado. Cada alternativa abre una posibilidad nueva. Tengo confianza en que descifraré el código de movimientos hacia una postura ideal. La encuentro y me regocijo. Ahora sólo es cuestión de esperar. El ruido del ascensor no me inquieta. Nada me perturba. Espero que vuelva el sueño, que la mente se calle, cierre su boca y sus ojos. Silencio. Frenamos el avance de la distracción. Si las cuentas todavía no están pagas, si cerré o no la puerta, lo discutiremos en otro momento. Aquí la dispersión es concentración. Vuelvo a mi centro. Necesito dormir, quiero dormir, voy a dormir. Las llaves del vecino son una canción de cuna. Si creemos necesario hacer pipí, nos levantamos, desnudos los pies, y vamos a ir al baño. Siempre con la luz apagada, para que no nos termine de despabilar un foquito de 60 watts. En el regreso, podemos probar con tomar un vaso de agua. Siempre agua de la canilla, no de la heladera, porque no queremos encender un faro en la cocina. Volvemos a la cama, que nos recibe tibia y lo intentamos de nuevo. Otra vez. No importa que ya hayan pasado varios minutos. El tiempo no me corre, conservo la calma. La tranquilidad me ayuda a volver al reposo. Abro las manos, relajo los pies. Espero. En un momento estaré de nuevo sumergida en un mundo irreal, donde puedo volar y ya no escucharé los gemidos de la novia del vecino. Evoco gratos momentos, me deshago de las preocupaciones inútiles. Por más que no me llame y que lo extrañe, no lo voy a llamar, qué se cree. Suspiro. Con el aire se van mis ideas hiladas con pensamientos concretos. Me imagino que llega el amanecer y yo estoy dormida, que me despierto recién cuando empiezan a trabajar los albañiles de la obra de enfrente. El canto de los pájaros es la voz de su ansiedad, no de la mía. Un par de medias puede ayudar. Abrigo mis pies como las estrellas abrigan la belleza de la noche. Me hubiese gustado tener una relación de odio y amor con un profesor universitario de apellido italiano que me apruebe los parciales pero me mande a final, pero eso no me tiene que preocupar ahora porque mi mamá quería que yo fuera abogada, pero no le hice caso y si hago la plancha en el mar de los mandatos, me voy a terminar durmiendo a las diez de la mañana y eso no va a suceder, no, porque cambio la orientación de mi cabeza y me pongo de costado, como duermen los actores en las telenovelas y nada me perturba, nada me inquieta, la tranquilidad llama al sueño y esto es un ratito nomás y ya vuelvo a dormirme. Es solo un ratito. No tengo ganas de ir al baño ni sed; no tengo frío ni hambre. A estos dos condenados se les da por ver una película justo ahora, pero no me importa, no me afecta porque todavía me pesan un poco los párpados y esta cama está más linda que nunca y voy a ponerme una frazada más sólo por si acaso a ver qué pasa y siento el abrazo tibio de la lana y rememoro la tarde de domingo en que la compré en una feria de Costanera Sur y me ofrecieron una verde y yo dije, no no, la naranja y ahora sí va a venir el sueño. Me acomodo el pelo, me saco los anillos y no vuelvo a ver el reloj ni a mirar si esos dos metros con sesenta centímetros de cuadraditos de vidrio se llenan progresivamente de sol. El sueño va a volver a buscarme. Puedo sentirlo. Va a venir por mí. Porque nunca me dejó esperando a la salida de la escuela, siempre me pasó a buscar, siempre fue puntual al final de mis jornadas. Estas no son horas de ver una de acción y no me levanto a golpear la pared, porque eso me despabila. Me concentro en mi descanso, que mañana será un buen día y hace rato que no te lloro en el hombro, almohada, pero qué bien vendrían algunas lágrimas de somnífero. Descarto la leche tibia con miel. No va a ser necesario levantarme para eso, porque en un momento ya estaré completamente dormida. Pruebo mis reflejos con un mosquito como víctima. Su último vuelo fue un día antes de que se retirara, pero no me distrae, no me perturba. Ah, no es uno, son varios. Bien. No me molesta, porque en cuestión de segundos cambio una pastilla y qué rico es el perfume de la pastilla y eso seguramente me remitirá a los veranos en la casa de la tía Beba y nunca me dio tanto miedo el silencio como en la casa de la tía Beba por las noches y por las siestas. Al fin se les da por apagar la tele. Y ese olor me hará dormir. Un olor que viene de una palabra tan linda como Fuji esta hecho para llamar al sueño. Pero no pasé por el súper y tampoco compré jabón en polvo y mañana sin falta porque después ya no puedo, no tengo tiempo y así es como me entero que Denver está bastante lejos de New York como para ir a dedo, veo la furia de una traducción española para destruir una historia deliciosa, y escucho a los obreros hacerse bromas en guaraní.

domingo, 22 de noviembre de 2009

Te dejé algo de flan en la heladera, cielo.

Cuando hablan de buchones cobardes, la imagen que acompaña esa definición en mi diccionario interno es la foto de mi hermano. Desde que le contó a mi vieja que a mí me gustaba Martín de quinto grado, la relación con él nunca fue la misma. Aquí iba a citar a un escritor inglés, pero ese cliché, como el cliché de desenmascarar clichés, me dio picazón. Como esa vez que le escribí un correo hermoso a un novio y me contestó “qué lindo, besos”. Hay una escena de Corazón Salvaje, genial. “Fuck me, fuckme, just say it”, le dice el malo. “Fuck me”, accede ella. “Not right now, baby, I got to go”, o algo así le contesta él, y se va de la habitación. Me gusta ese actor. También está en Spider Man. Cuando salió Spider Man, fui dos veces a verla al cine. Tengo otra película a la que vi diez veces, mínimo. Entonces dejé de contar. Es divertido repetir una palabra, hasta que pierde sentido. Sí, lo sabemos. No estoy desnudando nada. Todo un caso es el que se da cuando alguien estornuda varias veces. En situaciones como esa, me veo en el terrible dilema de decirle “Salud!” por cada vez que estornuda o cuando termina. A Tebi le daba alergia al despertarse y a la vez número siete que le dije salud, le avisé que ya no se lo diría nunca más. Algunos meses más tarde dejé de verlo. El año pasado me enteré que fue abuelo. ¿Yo seré abuela? Todo el mundo se queda en el debate en la maternidad o no. La abuelidad es algo tanto más terrible. Nieto mío, todo esto será tuyo algún día. Pero nunca me verá en batón, sentada en la vereda, esperando a su madre. Eso lo puedo asegurar. Lo inesperado de hoy: ver caminar a un desconocido, con andar parecido a un conocido, con un pantalón descocido. Ah, no, a mí con crucigramas no. A mí me gustan las sopas de letras. Tienen algo de resuelto que me aporta tranquilidad. Porque si hay algo que no soporto es no encontrar algo que busco. No hablo del futuro, no hablo del porvenir: a mí lo peor que me podría pasar es que sean las seis menos cuarto de un domingo electoral y no saber dónde está mi DNI. Por eso, cuando era chica quería ser de esos famosos que dicen que cuando eran chicos querían ser astronautas. La televisión nos hizo mierda. No hubo pétalos de rosas en mi primera vez y eso fue algo terrible. Peor aún es que en el verano nunca voy a una casa en la ribera. Gol de Boca. Mi madre cuelga una bandera en la terraza. Al rato pasa un colectivo con hinchas de River. Esa fue la primera vez que tuve miedo. Fui es el pasado de ser y de haber ido. Me gustan esos shortcuts del idioma. Como encontrar, que es una palabra de doble mano. Quien lo programó debe haber sido un psicópata. Limpia, fija y da esplendor. Había. Hubieron. Habemos. Ya conocí dos Papas y recuerdo cada mundial desde el del 90 para acá. Bien. Pero alguien que nació en el 2000 ya va a la escuela, mira tele y se ata las zapatillas by him self. ¿Quien dibujará las manos de las instrucciones de uso? Ya estoy grande como para aprender a manejar. Cecilia dice que se duerme siempre que ve una película. Y si no fuese por las posibilidades tecnológicas actuales, tranquilamente su vida podría titularse “la triste historia de la chica condenada a no conocer los finales” y su vida sería un interrogante eterno. Jamás leeré un artículo periodístico que en su titular contenga la palabra “esperanza” o verbos en gerundio. Imberbes. Insultos eran los de antes. Algo así debiera ocurrírseme en pequeñas contiendas fútiles que atravieso frecuentemente. Contestataria será tu hermana, imbécil. Mire, anoté esta frase suya que me encantó: “mi alegría mayor es ver vacío el canasto de la ropa sucia”. Una amiga tiene un libro mío desde abril. Todavía no me contestó el mail que le mandé pidiéndoselo. Dentro de algunas semanas, esto me inquietará en el momento justo en el que estoy por dormirme. Tome dos días de litro por agua. No tengo una foto con mi familia, alrededor de una torta de cumpleaños, levantando una copa y sonriendo a la cámara. Pfff es sin duda mi onomatopeya preferida. “El movimiento se demuestra andando”, con la voz de Lalo Mir, y yo tenía mi bolsita del jardín de infantes. ¿Entonces, los enanos vendrían a ser los actores de la representación del jardín de infantes? Mi primer amigo se llamaba Eloy. Era rubio y de ojos celestes, pero tenía pinta de preso portorriqueño en una cárcel norteamericana. Siempre me llamó la atención por qué en las películas, los manicomializados siempre se excitan al pensar en el acceso a sus informes profesionales. A veces creo que le caigo bien a mi psicóloga. A mí ella me cae bien porque es la primera vez que tengo una con nombre de hija. Las anteriores tenían nombre de madre. Para mí el mundo se divide entre los que tienen nombre de hijos y los que llevan nombre de padre. Nadia nunca podría ser madre. Nélida nunca podría ser hija. Quiero que mi nombre sea esa palabra que nunca te acordás. Así cuando te viene, tenés esa sensación tan de chasquido de dedos. Algarabía. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. La televisión francesa es insoportablemente educada. Qué raro se sienten los besos en la mejilla izquierda. Quiero hacerme habitué de la oficina de correo de mi barrio. Me encanta responderle “Nueva Zelanda”, cuando la empleada me pregunta a dónde va mi carta. De todas las faunas humanas, las de los estudiantes de psicología, los aspirantes a actores y las madres a tiempo completo deberían extinguirse pronto. ¿Qué hora es a todo esto? A cada fiesta que eran invitados, Federico y Nicolás llegaban primero y eran los últimos en irse. Federico expuso sus obras en el Centro Cultural Recoleta. El pan relleno nació en Plaza Francia, a fines del siglo XX, contarán los historiadores culinarios dentro de muchos lustros. Me encanta la de porquerías que venden de manera ilegal, en el suelo de la calle Florida. Por ahí anduvimos en patines con Cintia, cuando todavía éramos compañeras en la secundaria. Anoche soñé que andaba en patines. Como Juan, que tenía un perro que se llamaba Pirata. La gente que le pone nombres predecibles a sus mascotas, merece el apedreo público en la Plaza Mayor. ¿Quién te has creído, Michel, para sacarnos ese gusto? Patines o bicicleta, subte o colectivo, escaleras o ascensor. Dicotomías en el mundo del transporte. Tengo ganas de cantarle el felíz cumpleaños a alguien y por lo pronto no tengo a nadie agendado. Los integrantes de comunidades de compra venta por Internet me resultan extrañamente parecidos a los seguidores de programas nocturnos de radio AM. No soportaría vivir en este mundo con un apellido común. Tampoco si tuviera que deletrearlo cada vez que lo pronunciara. O si cuando dijera de dónde soy, me comentaran que conocen a alguien de ahí, que se llama tal, que capaz lo conozco. En los manuales de un buen hablador por teléfono, debiera indicarse que quien llama es quien debe identificarse. No quien es llamado. Por mucho menos, puedo borrarle la dentadura a alguien. Bueno, exagero. Tal vez le pegue un pisotón a propósito y actúe un “fue sin querer”. Oui, je sais, laisse tomber.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

¿encontraría a Matías? / Allais-je rencontrer Matías?


Hacía un año lo había visto por primera y única vez. Y es sabido que la memoria de rostros no es mi fuerte. El segundo día que fui a la secundaria, tuve que esforzarme bastante en recordar el rostro de mi compañera de banco. ¿Me acordaría de su cara, de su presencia? Si una vez, una única vez hablamos por teléfono. Hola, Matías? Sí, ¿quién habla? Nadia. Ah, ya te paso con Belén. Eso había sido todo lo que habíamos hablado. Y me acuerdo que era antes de mi cumpleaños. Pero ahí estaba, en Plaza San Martín, y el sol y qué bello se pone este rinconcito de Retiro a las seis de la tarde de noviembre. Y los jóvenes empleados que caminan de traje y mochila, y las secretarias ejecutivas, paseando en tacos, con su tarjetita colgando de la cintura. Y Buenos Aires es tan linda en noviembre. Si yo fuera un mes, gustaría de llamarme noviembre. Una vez festejé mi cumpleaños en noviembre. Y yo los cumplo en abril, pero como siempre me cayó mejor noviembre, me dije qué va.

Y mientras tanto yo veía las fotos de una muestra que estaba ahí, en la plaza. Y veía los turistas ver las fotos. Y los oía comentarlas en portugués y comentarlas en alemán. Y un empleado que a cualquiera que se acercara a la muestra, le daba un volante de la muestra. Persiguiendo espectadores de las enormes fotos desparramadas en torno al Monumento a San Martán, estaba el flaco a las corridas, como un chico corriendo patos. Y Matías, no llegaba. La Negra Vernaci entrevistaba a Adriana Varela por la radio, así que la espera, bien.

-¿Hola Matías?
-Nadia, ¿cómo estás? Estoy en el tren, yendo para Capital. Vos tenías que darme un paquete para Belén, ¿no?
-Sí, lo tengo conmigo. ¿Nos vemos hoy?
-Sí. Pero ¿te parece si nos encontramos en otro lugar?
-Sí, todo bien. ¿Retiro te queda bien?
-Dale, para mí es mejor.
-Para mí también. A las seis está bien?
-Seis y cuarto. Después te llamo y coordinamos bien, pero ahí en Retiro, Plaza San Martín en un rato, estamos.
-Hecho, nos vemos entonces.
-Hasta luego.

El martes antes de entrar al curso de francés, había pasado por lo de mi puestero amigo en el Parque Rivadavia. No tenía plata encima, así que me fió dos libros para Belén y dos para mí. El miércoles me vería con Matías y quería llevarle los libros envueltos y armados para que no sea complicado de llevar en la valija. El año pasado le había dado otros dos sueltos y en una bolsa de nylon. Y la gracia del envoltorio es la yapa de un regalo. Así que el martes a la noche, antes de dormir, le dí unas vueltas de papel madera a los dos libros que había elegido esta vez para Belén.

Una vez una amiga me dijo que un novio que ella tenía, sabía bastante de vinos y los fines de semana era parte de las tardes de los sábados el pararse frente a la góndola de los tintos a elegir los sabores para el pedazo de libertad que duraba hasta el lunes. Bien. Algo así me ocurre -y en esto no me voy a hacer la erudita, pero he leído una poca, puedo decir - cuando me paro frente al local de mi puestero amigo y empiezo a revisar esas hileras que tienen mis vinos favoritos. Y elijo. Y a veces me llevo una botella de poesía con la promesa de pagar la próxima. Yo soy alcohólica y el flaco es el dueño del bar. Y fuma que es un espanto, y siempre hablamos de cuándo dejar, y yo sigo sin fumar y yo no puedo largar, pero qué barbaridad, sí, viste vos.

Y en la parte de atrás, con un fibrón negro le dibujé un Obelisco y una Torre Eiffel. Y le escribí "Buenos Aires-París Vía Matías Airlaines".


Todavía estaba en el colectivo cuando me llegó un mensaje suyo. Yo maldije porque me cortaba la inspiración. Ahora estoy trabajando en un cuaderno lila. No, no soy feminista, solamente me gusta el color. Y estaba anotando lo siguiente:

Cómo enterarse de una vida triste por Cadena Nacional.
La Negra Vernaci, una mujer que admiro, se queja de otra mujer que admiro: la Presidenta. Porque otra vez cadena nacional y la puta que los parió. Esta vez es para anunciar la implementación de unos nuevos documentos de identidad. Antes de informar sobre los beneficios de los nuevos deeneis, a mí me dicen deeneis y me acuerdo de cuando vine a la gran ciudad a hacerme el deeneí. Y allá en el campo te daban los deeneís como seis meses más tarde. Pero yo, señores, me había venido a la gran ciudad a hacerme el deeneí yo solita y vamos a hacer entrega de una mención especial o algo así, un nombre pomposo, de esos, bueno, de esos a no me acuerdo quién, un trabajador del Registro Nacional de las personas que trabaja ahí desde 1948 y hoy lo sigue haciendo, a los 81 años, de manera desinteresada. Y yo dije for god sake. Sí, casi en voz alta, lo dije. Me importó un huevo si alguien del colectivo se daba vuelta a mirarme después de haberme oído exclamar for god sake. Desde 1948, for god sake. Y el tipo está jubilado y sigue yendo. ¿Va porque quiere? ¿Va porque si tuviera que vivir su jubilación en su casa se moriría de angustia? ¿qué pasaría si tomara un curso de, no sé, pintura? ¿estaba casado? ¿viudo, tal vez? Y sea como fuere, ¿cómo le van a dar una mención a un tipo que a pesar de estar jubilado, sigue yendo a trabajar?

-Ya estoy.

-Yo llego en un ratico. Dónde estás, más precisamente?

Y una vez finalizado el acto la Presidenta aclara que pagó su DNI. Y cierra con un "gracias" con acento a Seinfeld, esa mano, onda tono de remate de serie del Sony. Y me bajé del colectivo.

Tal vez sea el único momento en el que es linda la Plaza San Martín. Será que se crea una burbuja de alivio y felicidad, con tanta gente saliendo de trabajar. Matías no aparecía, pero no era problema. Decidí darle una vuelta al Monumento a San Martín, hasta que Matías me dijera dónde estaba.

Las fotos eran de niños en distintas situaciones de infancia. O sea, niños cartoneros y niños jugando con témpera. Niños con mocos secos y niños con juguetes. Lo mismo de siempre, digamos. Esas acciones que buscan concientizar y esa mano, pero en realidad están evadiendo impuestos o no sé, algo por el estilo. Because we care. Bullshit. Me habían dado ganas de un helado, por más que a la sombra hacía frío. Ya había visto las fotos de ida y vuelta y había seguido al cazador de patos. Matías, sin novedades.

-Estoy como por el Monumento a San Martín. Tengo una campera negra y un jean azul, por si no me recordás.

Sin respuesta, justo cuando pensaba sentarme al sol del atardecer, con lo mezquino que un sol puede ser en un atardecer porteño, me crucé con una de esas miradas de "hey, qué hacés?". Y entonces procedimos a dar pie al saludo de rigor para situaciones como esta.

-¡Matías! ¿cómo estás?
-¡Hola! ¿Qué tal Nadia?
-Bien, muy bien. ¿Te llegaron mis mensajes?
-Sí, pero me quedé sin crédito.
-Me imaginé. Bueno, ¿cómo estás?, ¿qué tal te trata Buenos Aires?
-Uff. No he parado un momento.

Y en ese "no he parado un momento" sentí el perfume de los libros viejos que están en la feria a orillas del Sena, el olor a fritos de los locales de shawarma en el Qartier Latin. En ese "no he parado un momento" no hay apuro, porque si se te escapó el 12 direction Port La Chapelle para ir a Marx Dormoy, tranquilo, en dos minutos 10 segundos vendrá el próximo. En ese "no he parado un momento" hay dos años en París. Y en ese "no he parado un momento" estaba un yeite que yo conocía bien, de oído, pero bien: el de la visita al pago. Llegás, te saluda la familia, que te estaba esperando con la casa recién pintada, asado, amigos, llegué, voy a estar hasta tal día. No, mañana no puedo, voy a ver a mi tía. Pasado. Llamame después y arreglamos. Pelea con la familia. Hoy cena con los pibes del colegio. La vecina me dijo que pasara a verla. Sí. Funciona así.

-¿Vamos a tomar un café?
-Yo tengo ganas de tomar un helado.
-Ah, mirá. Yo no, pero vamos.

Y caminamos por Lavalle. Y cómo encontrás Buenos Aires, y qué tal la familia, y estás comiendo mucha carne, ¿no? Por suerte, sorteamos el tema del clima y hablamos un poco más.
¿Y vos qué estás haciendo?
Bueno, yo estoy escribiendo bastante. Estoy haciendo un taller de escritura que me tiene enganchada. De tanto en tanto cuelgo algunas cosas en un blog que tengo y estoy escribiendo bastante en distintos cuadernos, sobre diferentes cosas. ¿Vos? ¿Qué tal va el bandoneón?

Yo acá estoy tocando bastante. Hacía siete meses que no tocaba. Y por suerte acá surgieron algunos laburos. Ahora estoy muy contento porque toqué con la orquesta de Leopoldo Federico. Fue genial. Surgió todo a último momento y salió re bien. Perfecto. Allá es difícil. A los franceses no les copa un bandoneonista formado en Buenos Aires. Su tango es una copia de una fotocopia, pero prefieren eso a un bandoneonista formado en Buenos Aires. Entonces se hace difícil. Mientras tanto hago otras cosas. Fui a dar un seminario a Berlín, y tomé uno en Praga. El año pasado viajé más. Este, muy poco. El año pasado hasta fui a Tel-Aviv a tocar.

Ah, mirá vos.

Matías miraba la gente y las vidrieras. Me hablaba de lo contenta que está Belén con la casa nueva, que se mudaron un día antes que el viajara a Buenos Aires, que con todo aún embalado, recién mudados, hicieron una reunión en la nueva casa. Que a la casa nueva le da el sol y no tienen a un nigeriano a medio metro, enfrente a la ventana y hay un dormitorio que es dormitorio y un baño grande, no como en el departamento que vos conociste, que era tan chiquito. Y no pude evitar recordar una grabación de Cortázar leyendo un capítulo de su Rayuela, donde habla de la monomanía parisina con el espacio. Y esas erres que eran gés. Y París. Y con qué ganas yo alquilaría ya mismo el minimonoapartamento que ustedes dejaron. Y a la inauguración fue el dueño del departamento que dejamos, un amigo de los dos. Fue con Eric, su novio perfumista, que llevó un vino de 1992. Qué refinado. Y noté que Matías estaba vestido tan elegantemente. Caballero de fina estampa, de zapatillas y jean. Y hoy voy a verme con un amigo. Voy a comer comida india. Ah, qué bien. Sí, para variar un poco, porque desde que llegué estoy comiendo mucho asado.

Y viste que Lavalle está llena de turistas. A veces se me acercan y me dicen "leather jackets" en un inglés bastante parecido al marroquí. Y yo creo que los contrataron y les dijeron tenés que decir esto, repetilo hasta memorizarlo. Y si te ven con pinta de gringo, te atacan al grito de letershaquets?, letershaquets? Pero son muy caras. Sí, son a precio turista. Y qué tal la crisis. Acá cerraron muchos comercios. Por la gripe porcina, ¿no? Sí. Y también por la crisis.

-¿Querés que vamos por Corrientes?
-Dale, ahí me tomo el subte para encontrarme con mi amigo.
-Comida india, qué rico.
-Sí, muy bueno. Esa peli, ¿sabés qué tal está?
-¿Cuál? ¿El secreto de sus ojos? No, no la ví. Pero ví Boogie El Aceitoso.
-¿Y qué tal?
-A mí me gustó. Me gustan las historietas, pero nunca lo leí. Un compañero de trabajo que sí lo leía, dice que está bastante floja. A mí me gustó. Me parece que le faltó un poco de sal a la musicalización, pero en líneas generales está buena. Tiene una buena animación.
-Ahí hace la voz este flaco, Pablo Echarri, ¿no?
-Sí. Está bueno porque no parece que fuera él. Y concuerda bastante con el personaje, que es un dolor de huevos de chabón. Pero la voz es una de esas voces que si escuchás de espaldas, te das vuelta aun que sea para ver si podés acordarte de la cara del chabón que te va a pegar.
-Está bueno.
-¿Ustedes son de ir al cine?
-No. Miramos películas por internet.
-Ah.
-Igual, ahora estamos a una cuadra del cine. Capaz que nos sacamos un abono que hay, que es por mes, ilimitado, a 35 euros.
-Bien. A mí la otra vez me cobraron 23 pesos una entrada.
-Es carísimo.
-Ni hablar.

Caminamos un poco más por Corrientes.
Esa avenida pasó la tarde jugando en el jardín, embarrada, a la noche se puso a cazar luciérnagas y de repente la bañaron, le peinaron el jopo y le pidieron que sonría para una foto.
¿No te resulta chocante ver los culos en las revistas? Porque como vos lo ves una vez por año, capaz que te choca más, que para mí que es más gradual, pero de un año a otro cada vez muestran más el mismisimo agujero del orto.
-Sí, un poco sí. Antes era un poco más...
-...sí. Nunca fueron sutiles, pero qué se yo. No era tan zarpado pasar por un kiosko de revista.
-Y son un montón, encima.
-Sí, viste.

Y seguimos hablando de las revistas y de los giles que compran revistas con camisas de 1500 pesos, cuando ellos ganan esa guita por mes. Con suerte. Y de las compras del último día de regreso, de la valija llena de saquitos de mate cocido, algún vino, alfajores y dulce de leche, de cuánto pagó por su pasaje de avión, de una escala en San Pablo de la que se enteró en San Pablo, de los precios de los cigarrillos en Buenos Aires, de los precios de los cigarrillos en París. De Belén. De Belén y la casa nueva. De Belén y el Máster. De Belén y Vous etes admise en M1. De Belén y su flequillo. De Belén y su clases de español. De Belén y la mudanza. Y todo lo que me contaba eran novedades, porque hacía un buen rato que yo no hablaba con Belén. Verán, Belén llama desde París y puede estar hablando una hora entera sobre la vida, la gata, la casa, el clima, la facultad, los alumnos de español, pues tiene un plan de free para llamadas a teléfonos fijos en nuestro país. Elemento indispensable en la migración 2.0. Además de colarse en los subtes parisinos, cuando llega de trabajar, Belén gusta de hablar a Buenos Aires durante horas con su familia y amigos.

Bueno, Nadia, me tengo que ir.
Bueno Matías. Voilá el regalo para Belén. Lo envolví bien para que no se rompiera. Son dos libros.
Buenísimo, sí, están muy bien embalados.
Buenísimo. Y no pesan tanto.
Bueno, un gusto haberte visto.
Lo mismo. Gracias por haberte venido hasta acá Matías.


Dentro mío, al despedirlo, al chocar nuestras mejillas en un porteño aurevoir, pensé que ojalá que la próxima vez que lo viera, sea en París, conociendo la casa nueva. Y cuando lo ví irse, ví esos dos libros que con tanto cariño había elegido. Veía cómo empezaban a gatear el camino Buenos Aires-París. Podía ver esas dos dedicatorias que le firmé a Belén, con lo que me gusta regalar libros ajenos con palabras mías, iniciándose en su travesía. Los esperaban unos días más en Buenos Aires, una valija, atravesar los rayos x en el aeropuerto, viajar en camioncito hasta el avión, volar hasta el depósito en manos de los estibadores, atravesar el océano, superar el desafío de las escalas, llegar a destino. Chau Matías. Chau libros. Espero que Belén no los haya leído todavía.

Volví a mi casa embriagada con tanta lembranza parisina. Tomé el colectivo. Une vingt, s'il vous plait. Y cuánto pasará hasta que vuelva a París. Y Buenos Aires me mata, pero París... París me resucita. Y sin saber qué iba a cenar, prendí la compu. Conecté, revisé lo de siempre. Entre los mails, tenía uno de Matías. "Nadia. Perdoná que te dejé colgada. Perdí el celular en el tren y te busqué por Retiro pero como no te encontré, me fui. Arreglemos por acá para vernos otro día. Un abrazo y mil disculpas. Matías".

viernes, 23 de octubre de 2009

Desde la trinchera. (Ejercicio I)

Yo no debía estar acá y si escribo esto es porque espero que alguien llegue a leerlo, y sienta este miedo, esta desolación y este dolor y que pueda percibir el sabor de la muerte inminente tal como yo lo estoy sufriendo ahora, porque nunca entendí bien lo del número bajo, pero yo estoy acá, con las botas agujereadas y el barro entrándome en los pies y las manos lastimadas y la espalda cansada, cargando un uniforme que me queda enorme, una mochila con elementos de supervivencia elegidos por un asesino, seguramente, no sé, y pienso que si alguien llegara a leer esto y pudiera decirle a mi vieja que no llore, que no la pase mal, que el destino de cada uno está escrito y que por más que yo ahora, a esta hora, debería estar entrenando en mi bici, o tal vez tomando unos mates en mi casa y el barro de mis pies debería ser el barro de las calles de mi barrio, por más que todo eso, estoy acá, en una trinchera, cagado de frío, cagado de miedo, cagado de hambre y cagado encima, porque el panorama no es ni siquiera simpático y si tal vez no hubiese sorteado, estaría jugando otra batalla, una que tenga que ver con mi futuro, no con este escenario y ya me imagino mi foto congelada en el tiempo, entre un montón de otras fotos de pibes que se murieron y así me van a recordar, mientras yo en realidad lo que quería era que me recordaran no sé, en un podio, ganándome el oro en alguna olimpíada, o recibiendo una bici de alguna fábrica suiza, o firmando un contrato para una publicidad de una afeitadora, o no sé, entrando en el Guiness por ser el primer argentino en ganar el tour de france o alguna pelotudez así, y no. Estoy acá y mi entrenamiento diario es soportar los misiles estallando desde el océano, andar durante kilómetros peleando una batalla que no elegí pelear, levantando una bandera que seguramente envolverá mi cadáver y llorar como un puto, a escondidas, porque mi vieja ni se debe imaginar todo lo que estoy pasando y todo lo que la extraño a ella y a mis hermanos. No voy a recorrer el mundo con mi bicicleta y eso es lo que más me duele, porque me ilusioné con eso desde que el día en que el viejo me empezó a entrenar y ahora todos esos sueños van a quedar enterrados acá, al menos hasta que encuentren mi cuerpo, con los ojos abiertos, tirado encima de una mezcla de barro y sangre. Y mis amigos van a llorar y van a decir que era tan bueno y la puta que lo parió, son todos putos que no se animan a decir que siempre fui un hijo de puta, que me cagué en todos ellos, porque lo único que quería era entrenar como un pelotudo, que nunca me prendí para salir de kurda con ellos, que nunca me copé con fumar porro con ellos y que mientras se comían un asado un domingo, yo les decía que no podía porque tenía que entrenar y de mí sólo tienen una vaga idea, que tiene más que ver con quien era yo cuando era chico que con quien soy ahora, o mejor dicho quien habré sido, a como están las cosas ahora, que estoy más cerca del pasado que del futuro y me hubiese gustado darle unos besos a Laura antes de despedirme, pegarle una cogida, capaz, y si me estuvo esperando, si de veras me estuvo esperando, como me dijo en la última carta, ojalá Dios quiera que encuentre a alguien que la ame y la sepa cuidar y le dé todo lo que se merece y si hay algo del otro lado, capaz yo la pueda cuidar desde ahí también, no sé ahora que todo es nada, que aquí voy a morir, quiero desprenderme de todo rencor, pero me da por las pelotas pensar que el zurdo Iturraspe termine teniendo el sponsor que iba a ser para mí, o que mi bici termine en un galpón, oxidándose. Igual, más oxidada quedará mi foto.