martes, 24 de agosto de 2010

hombre barbudo enfadado con dos mujeres y dos espectadores

Usted estará tan por encima que dará gusto
entonces yo sabré que el sistema ha funcionado
y empezaré a rehabilitarme furiosamente
pondré el despertador a las tres de la mañana
suspenderé mi vida conyugal
y las demás recaídas que conozco
para que, sólo queden las que no conozco
y a lo mejor poco a poco un día estaremos otra vez juntos tía
y será tan hermoso decir...
ahora nos vamos al centro y nos compramos un helado
el mío todo de frutilla
y el de usted con chocolate y un bizcochito.




tengo dos gotas de vino guardadas en 31 canciones. una foto mirando hacia abajo a punto de saltar. tengo de señalador un boleto de colectivo de un día triste. tengo el sonido del mar dentro de un violín. tengo una gotera que aprendí a amar. libros viejos, pero viejos de veras, con las hojas amarillas y olor a fotografía blanco y negro y jopo y gomina. tengo que aprender a atarme los cordones y a cortar la comida, a viajar en el micro escolar y a dormir la siesta cuando suena esa canción que es un embole, pero después viene la merienda y el atardecer desde la ventana y la tele para mí. ¿sabés cómo se dice mariposa en inglés? ¿y elefante? ¿sabés cómo se dice elefante en inglés? tengo una libreta llena de globos sueltos, como flecos coloridos que se escaparon de una bufanda de palabras. tengo un montón de mayúsculas guardadas en un cajón de madera, junto a una taza naranja, un cordón huérfano y tinta china guardada desde 1986. tengo una mesa que me bienviene por las noches y me echa por las mañanas. tengo una escalera que lleva al techo, pero del lado de adentro. un gato negro se subió ahí la otra noche y yo me estiré para sacarlo. tengo números de teléfono en una agenda de papel, a los que con gusto llamaré desde la bañera para ahogar mis penas. tengo un tren que tomar a rosario, santiago del estero o villa del parque. tengo medias blancas y medias de colores. tengo una visa vencida al país de la locura y la quiero renovar, pero esta vez que sea con menos derechos y obligaciones, por favor. tengo un encuentro en la torre eiffel un día nublado de octubre, con la persona que me enseñó cómo extrañar. tengo dos pares de anteojos que volaron desde el mar hacia mí en una maravillosa caja de colores, con un gallo, una botella del tamaño de mi mano, un tatuaje en las manos y un gato famélico. restos de un sueño que no me acuerdo pero desperté con el anillo en otro dedo. algo debo haber querido recordar y no sé qué habrá sido. qué es. qué será. qué sería. tengo ganas de escribirte una canción. tengo una llamada en espera. zapatillas de colores y un deseo navideño que olvidé en un cuaderno cuadriculado. tengo papel de regalo usado que será para volver a ser papel de regalo usado que será para volver a ser papel de regalo usado. un documental de cómo es mentira que el hombre viajó a la luna y con eso, se borrarían todos los testimonios de una generación entera que alucinó mirando el gran acontecimiento por la televisión. ¿sabés por qué lloro? le pregunté. sí, porque no nos vemos mucho, me contestó. ocho años después. tengo sal y agua y miel y cereza y vino y semillas de girasol. tengo el perfume de grasa que me recuerda a alguien a quien así recordé. eso me recuerda que tengo un recuerdo lindo olvidado con bronca. tengo quince años y el pelo recién cortado. tengo un caleidoscopio esdrújulo. tengo ganas de olvidarte casi mecánicamente me ocupo de ello todos los días desde que me levanto hasta que me acuesto. el desafío es a la hora de cerrar los ojos. tengo un perfume apoyado en dos lunares y huele a café con leche y películas en la cama. tengo un amigo distinto para cada necesidad, a los que abrazo democráticamente y sobre los que reposo con más alivio que de costumbre desde que me tropecé.

en realidad quería decirte que hoy se terminó nuestro romance. no podés ser tan bonito. no lo soporto más. hagamos la división de bienes de manera sencilla. yo me quedo con todo esto y más. y vos. vos quedate con el boleto de metró empapado en lágrimas, que te dejé ese lunes trece. me levanto la galera y te despido caminando hacia atrás, con el viento envolviéndome en mi cabello y en mi piloto violeta. aurevoir.

-En general me distraigo del vacío escribiendo lo que deseo perpetuable.

miércoles, 18 de agosto de 2010

así se siente, mirá

que iba a ir a ver esa peli que me hiciste ver y que se veía como la mierda, pero como llovió no pude ir
que en su lugar iba a ir a ver a Kapanga, pero me colgué y no fui
que voy por la mitad de la biografía de Charly García y estoy entendiendo esa vez que me pediste que te grabe Serú Girán. Cosa que en ese momento no pude entender.
que tuve una semana genial en la oficina. una semana entera.
que terminé otras 2 bufandas
que el trámite me cuesta 3000 pesos + 1400 pesos
que Belén se volvió a París
que vamos a hacer un libro juntas
que volví dos veces a la mañana a mi casa
que el fin de semana largo me lo pasé tomando vino
que me escribió Mariano, que está todo bien, que depende de mí
que mi vieja está haciendo aquagym
que tengo dos amigos nuevos
que quisiera tener 27 años
que se la quemé al flaco de la palta
que voy a empezar a hacer dibujo
que mi propio enano de jardín me volvió a escribir
que un dibujante miró mis fotos y me dijo que estaban buenas
que una vaca sale 2000 pesos
que tengo muchas ideas
que me escribió Land
que antes de ayer todos los caminos me llevan a Chile
que le pedí su teléfono a un flaco por la calle
y a qué flaco, te vas a morir
que me tenés que prestar unas Cazador
que fui a una fiesta
que fui a un boliche
que fui a un cumpleaños
que fui a una casa de familia
que fui a una casa de un estudiante de letras
que me crucé con una flaca por la calle
que fui a abrazar a Ken
que me llamaron a las dos de la tarde y no supe qué contestar
que fui Evita
que todavía no empecé a correr pero
que me entró mi pantalón vestido de novia
que mi hermano me dio un beso y un abrazo delante de otra gente
que qué vas a hacer para tu cumpleaños
que cómo me gustaría regalarte una kalimba
que por qué no le pregunto a Luján
que cuánto que te gusta que te quiera tanto
que cuándo vamos a ir a tomar un helado


que no te enfermes nunca más, Federico

domingo, 8 de agosto de 2010

el domingo es el primer día de la semana, no el último

Domingo. Es el Día del Niño y no tengo a nadie para saludar. ¿Hay algún niño en la sala que se preste para tal fin? Cobardes. Igual, a mí no me gustan los chicos. Hay un sol que se despertó tarde. Tal vez anoche se fue de parranda. Salió de su cuarto después del mediodía. Es domingo en Buenos Aires. Es lunes a la mañana mirado/desde/mi/lupa/interior en mi cabeza. El 9 es un micro escolar y hay gente y hay globos y tuppers envueltos en repasadores. Una embarazada conversa, lleva su recién nacido en brazos, envuelto en tres frazadas distintas: una rosa, una celeste y una blanca. ¿Qué clase de sexo tiene ese bebé? En Constitución el panorama es un jardín de juguetes de dudoso porvenir. Bajo del 9 en Moreno, camino hasta Belgrano, doblo y me encuentro a la embarazada. Touché. Las veredas de San Telmo están de fiesta: hoy van a hacer mucho ruidito con las rueditas de montón de bicicletas nuevas. Ttttrrrrrrrrr. Las bicicletas deben ser el regalo más regalado en el Día del Niño. A mí, mi primer bicicleta me la trajeron los Reyes. Y se la llevaron los cacos. Pero yo lo ví a mi papá cuando el 6 de enero a la tarde, bajaba esa bicicleta roja. Yo lo ví y nunca dije nada. Porque así era el juego. Me acuerdo que me parecía enorme. Es tan rara la noción de tamaño. A mí me parecía enorme. Y ahora me doy cuenta que era chiquitísima. Hoy ví bicicletas blancas, rojas, rosas, verdes, negras. Todas con las gomas llenas de esos pelitos que tienen las gomas nuevas. Los niños invaden muy sutilmente las calles. Nunca nadie los vio en ninguna reunión organizativa, pero ellos igual conquistan cualquier espacio, se adueñan del sonido. Hoy festejan su día porque es un día que después no se festeja. Y porque vivimos en un sistema que se encarga de imponernos festejos para que sigamos consumiendo y alimentemos con horas de nuestra vida el círculo vicioso en el que corremos con el único fin de seguir siendo explotados. Pero ese es otro tema. En Puerto Madero la gente se pasea como si el lugar les perteneciera. Nunca van a ser de aquí. Yo tampoco. Pero el sol nos pega en la cara y nos sentimos tan, tan aliviados. Todos toman gaseosa y tienen hijos y cargan mates. En la Reserva Ecológica, último bastión de la vida silvestre en Buenos Aires, el paisaje distiende. Algún deportista, un gringo en bicicleta, un par de enamorados que están vestidos para ir a comer a Pippo. Menos niños, gracias al cielo. Un matrimonio, un nene de seis y un bebé en un cochecito. Sobre este ripio, esas ruedas no llegan hasta Córdoba. Me duelen los pies pero sigo caminando. Para las almas sensibles, de Pez. Tres remeras, un pulóver y la campera; una calza abajo del pantalón, un par de polainas, dos pares de medias. Llego a la vera del Río. Los niños estaban todos acá. En bicicleta o a pie. Con pelota o raqueta. Están todos juntos acá. Yo, que venía por el camino de ripio, vislumbré el río como el que gritó "¡tierra!" desde el carajo; cuando llego a mi puerto, lo encuentro invadido por el enemigo. Me siento a mirar el montón de agua. Hay un barco enorme. Se aleja. Un negro, que debe ser africano. Su mirada le da al río un color que no conozco. Unos juntan piedras, otros las tiran al río. El aire es bello. El cielo está pelado. El piso es de casas rotas, de lugares que no existen, de gente que pasó; pedazos de piedra, ramas y botellas de plástico. El acto consiste en agacharse, agarrar una piedra y tirarla lo más lejos posible, hacia el agua. Verla hundirse, hasta siempre piedra. Una piedra que tocó mis dedos, se ahogó en el río de La Plata. Ese es el juego que juegan. Un nene se acerca a la orilla, camina con miedo, pisa las piedras con terror a caerse. Camina despacio. Agarra una piedra, la tira. Y la piedra sale volando hacia arriba, cayendo cerca suyo. El agua quedaba varios metros más para adelante. Dommage. Vuelve a intentar. Y cae más o menos igual. Cambia el lanzamiento y casi que pega en el agua. Se acerca, vuelve a tratar. Y la piedra golpea el agua. Lo festeja. Vuelve a hacerlo. Hay mucha torpeza en sus movimientos. Me apena, me aflije. Debería tener un padre que le indique tenés que poner la mano así, la idea es que vaya para adelante, ¿ves? Me pregunto quién le habrá enseñado a mi papá a afeitarse. Más allá un hombre marea una nena. La agarra de sus manos, la da vueltas y después la para. La nena flipa con el efecto mareo. Y quiere otra vez. Dale otra vez, no seas vigilante, que dentro de un rato va a tener 28 años y nadie que le haga eso. Yo me acuerdo la última vez que mi hermano me hizo eso. Y recuerdo haber pensado esto: esa fue la última vez que me hace marear. No lo recuerdo de la última vez que subí a un tobogán. Sí recuerdo la última vez que subí a una calesita. A las de sortija, digo. A mí me gustaba pilotear un avión, porque tenía dos bocinas distintas. El nene después agarra una bicicleta y se va. Parece estar solo. Por eso tiraba tan mal las piedras. Vuelvo a andar. Salgo. Vuelve el ruido de ripio y mis zapatillas. Más bicicletas. El barco se estaba acercando, no alejando. Está más grande. En realidad es enorme. La gente lo mira acercarse. Comentan las maniobras y todo. Salgo a Córdoba. Recorro la avenida Costanera. Acá se venía a ver el río y ahora se huelen los carritos. Bicicletas por todos lados. Y patines. Y niños. Más niños. Como me gustan los extremos, decido ir al cine. Salgo a la Casa Rosada, camino por enfrente a la Plaza. Paso por la Catedral. Justo terminó la misa y salen viejas que lavan sus culpas dejando un billete de cinco pesos a la señora que pide la limosna en la puerta. Me la imagino en el barrio, haciendo correr la voz de que trabaja en la Catedral. Las señoras la miran con desagrado, rezando porque no les vaya a tocar el abrigo. Le dejan el billete y no la miran a la cara. Huelen a plata las viejas con plata. Agarro la Avenida de Mayo. Pienso en un antes que ahora no vale la pena. Más gringos. Menos chicos. Llego al Gomón. Una para la de las 19.50. En la sala no hay niños. Bien. Funde a negro, vienen los títulos. Voy a tomar el colectivo. No se avizoran niños. Luego, sube una familia mamá+papá+nena. La nena tiene un tupper en la mano. ¿Es una costumbre nueva esa de pasear tuppers en el colectivo? Se bajan enseguida. Yo estoy en el umplugged de Charly García. Bajo del colectivo. De una casa sale un hombre que se acerca a un auto. Una nena lo acompaña a la vereda. Una mujer mira desde la puerta. La nena se acerca al hombre y le dice "Chau pá". El Día del Niño me pegó raro, sí.

jueves, 5 de agosto de 2010

recuerdo de tu paso por mí

vengo a descubrir un viejo ardid, una triquiñuela espantosa, una estrategia burda y sin embargo siniestra, de la que mucho se habló en conversaciones telefónicas y en canciones de desamor: la trampa de las cosas olvidadas en la casa de un ex

esta trampa, que requiere de una sutil habilidad por parte del cazador, no es más que la mismísima condena al tormento de un intento futil y anodino, reservado para víctimas proclives al masoquismo y cobardes de poca monta

cedés, libros de bukowski, pañuelos violetas, cualquier elemento de valor mínimo puede convertirse en guillotina camuflada, trampa de oso o áspera soga que en cuestión de minutos ahogará las posiblidades de un mañana feliz, un futuro mejor, una colección de teléfonos en los bolsillos de un jean, juntados un sábado a la noche en un boliche bailable, también llamado boite o una tarde de lectura en la paz de un banco de plaza, sin el suplicio del ruido mental

atención, mis queridos cofrades, que esta maña requiere que haya un cazador y haya alguien que quiera ser cazado. no hay que dejarse engañar por el teatro de la mente, ese que dentro nuestro nos quiere ver llorar y que se regodea del dolor sólo para buscar la panacea en un "te tengo que dar tus cosas", una frase terrible, terrible, que se disfraza de despedida para maquillar un vamos otra vez

el fraude astuto que encierra un "te tengo que dar tus cosas" sólo puede ser anulado por el poder infinito del "mis cosas me importan un huevo, no quiero verte nunca más en mi vida". no hay otra piedra que anule esa tijera; no hay otra respuesta para escapar de semejante engaño, por más que "tus cosas" involucre un ejemplar de los evangelios apócrifos, firmado por Borges, dedicado a una tal M Kodama; por más que se trate de un último ejemplar en vinilo de Artaud, con las puntas enteras de su tapa; por más que de una piedra del Muro de Berlín estemos hablando; por más que sea el mismísimo Grito de Munch, nada vale tanto como la sed de libertad y el hastío cansado de ser hastío, que grita desde el fondo de un colectivo que iba a ninguna parte, "no, por favor, otra vez no"

asimismo, esto es aplicable también en el sentido inverso, en cuanto a cosas de un ex, olvidadas en la casa propia. por ejemplo, uno puede adueñarse de ropa interior del sexo opuesto (o no), que bien podría servir como trapito para limpiar las suelas de esas zapatillas traviesas que osan pasar por encima de soretes de perro; uno puede quedarse con esos libros de colección y usarlos para nivelar una mesa renga; o puede cortar bizcochuelos recién horneados con esos cedés que alguna vez fueron un préstamo y hoy sufren una reubicación en sus tareas, etc. y además, de paso realiza el ejercicio creativo de darle nuevos usos a objetos de poco afecto personal, que muy contentos estarán de que no sean el arma que ejecute una pena tal como la reincidencia misma

viernes, 30 de julio de 2010

declaración de amor eterno o alguna pelotudez semejante

no sé por qué amo mi casa, yo creo que todo el mundo ama su casa, le gusta, le pone la lechucita que le regaló el tío antonio, traída de Bahía Blanca, el cuadro de cuando el sobrino debutó en el club del barrio, le compra tazas de boca y un sillón violeta, que va a ir con esa lámpara naranja que mamá dejó en la casa de la abuela
no, yo amo mi casa y no tiene nada de eso
mi casa es un parque de estímulos visuales, tengo una virgencita del tiempo, un cubo rubik, un sticker de una tortuga en la cocina, una bola 8 mágica, un paraguas chino, es una locura, esa casa, por dios, no te puedo explicar lo que es, te volves loco, te volves loco
no, yo amo eso, sí, pero no debo ser la única que llenó de chirimbolos el bulín para que sea una tienda kitch, lo sé, esto es ser parte de una logia bastarda que sólo unos pocos saben apreciar
no, en realida, yo creo que amo que mi casa esté en una calle empedrada
por ejemplo
porque resbala las gomas los días de lluvia y acompaña con un murmuro cada paso de un auto
amo el sonido de las uñas de los perros cuando pasan por la noche

o, me gusta cuando bajo del colectivo, camino esas dos cuadras y siempre el mismo panorama, ellos están ahí, con un grabador re pulenta, escuchando cumbia o rocanrol
eso, sí,
amo que tenga una esquina con pibes fumando
las esquinas con pibes fumando son espacios en extinción y alguien debería hacer algo
porque no hablo de la legalización
hablo de la pérdida del hábito, la anulación del ritual compartido
entre la generación de mi hermano y la mía, las sociedades artísticas nunca superan el miembro
hace diez años, él estuvo en un proyecto colectivo que incluía unas 15 personas de distintas disciplinas
hoy ¿cuántos buses de cargan ideas? ¿cuántos troles llevan ideas en conjunto?

amo que esté en el piso más alto, porque puedo ver más cielo
porque mi cama apunta al sur, y mi luna y mis nubes son las mismas que miran en Avellaneda, Quilmes, quien te dice La Plata.
porque veo pasar aviones y yo me acuerdo que quiero estar en uno

amo que sea tan chota, que las cosas se rompan y me las tenga que ingeniar
porque no sé para qué demonios me compré un destornillador phillips, pero el día que me toque usarlo, voy a estar muy orgullosa de mí
porque no tengo gas y me cago de frío y hasta hace poco no tenía ascensor ni portero eléctrico, pero te juro que es la cueva más linda que ví en mi vida
con la canilla que hay que apretar fuerte; con la luz de la cocina que no anda
la amo así como es

amo que tenga una ventana enorme
y amo ver la lucha increíble de la luz, que no cesa la pelea contra la capa de mugre que envuelve mis vidrios

amo que mi casa tenga un gato
o un gato tenga a mi casa
porque ¿quién era que hablaba de las cosas que no es que uno las tenga
si no que las tienen ellos a usted? creo que era Cortázar, en Cronopios y Famas, sí
(para mis adentros pienso que alguien un día va a leer eso último y va a ir al puesto 96 del parque rivadavia, o cualquiera similar dentro de cincuenta años y va a preguntar si tienen "Cronopios y Famas" de Cortázar y el tipo le va a decir que no. O va a ver que se vende sólo en Rosario, como me pasó a mí con Reunión en el Restaurante Nostalgia, que lo recomienda este flaco, el de Alta Fidelidad, pero en 31 canciones, Hornby. "No, Cronopios y Famas, no".
y no es que yo tengo un gato
ni tengo un gato en mi casa
el gato me tiene a mí y a mi casa
eso es lo que me fascina
cómo algo tan chiquito, puede poseer tanto
al mismo tiempo, que, claro, elucubro la manera en la que el gato me pague una parte del alquiler,
como sea, amo mi casa porque tiene un gato

amo mi casa porque me enseñó a caminar sola, a arreglar y cerrar y firmar, y acordar
y a pagar un alquiler en tiempo y forma
con una taza de té en una mano y una masita seca en la otra


amo mi casa porque tiene una salamandra


amo mi casa porque me quiso siempre,
de fiesta, o triste,
rota o arreglada
mi casa me quiso dormida y amargada
y parada y sentada
apurada y tarada, tarada, tarada
mi casa me quiso con lágrimas, con sangre, con sudor, con sexo,
con amor, con bronca,
siempre me esperó, para cagarnos de frío juntas

amo mi casa porque es mi casa, y la amo porque es mía y la alquilo, pero es mía
por eso la amo, porque mi casa ya no es más la casa de alguien más también,
es mí casa, por eso la amo, sí

jueves, 29 de julio de 2010

un nuevo acorde

Cómo me gusta cuando abre la puerta y entra. Se me llena la casa de ella. Cuando empiezo a escuchar su llavero, me convierto en un gato, que espera su llegada, que espera su caricia, su presencia. Y cómo me gusta que haga siempre lo mismo. Su ritual habitual es mi delicia. Siempre el mismo mecanismo. Varía el vestuario, pero los diálogos y el escenario, son siempre igual. Llega, abre la puerta sin vacilar, porque apenas sale del ascensor ya tiene la llave preparada. No es como yo, que me atormento en la puerta, lidiando con la certeza de que perdí las llaves, hasta el momento mismo en que abro la puerta. No. Ella las trae en la mano y abre directamente, de un solo intento. Ganaría un viaje a Bariloche en Feliz Domingo, sin ningún problema. Abre, dice "hola amor", cierra y sube las escaleras. Abre la puerta, da su buenavenida. "Hola amor". No me llama, no pregunta si estoy y nunca cambia el tono en su anuncio. ¿Sabrá que estoy cuando dice "hola amor? ¿O será que dice "hola amor" porque esta es la casa en la que nos amamos? ¿saludará igual si no estoy? Entonces cierra y sube las escaleras. Y sube de un saque. No hay dudas en esa subida. No hay pesadez en sus pasos. Sube como un rayo. Y sacude las llaves en su mano cuando sube las escaleras. Las tuvo presas entre sus dedos antes de abrir, las libera en su mano mientras sube la escalera. Y ahí, cuando yo la puedo ver, antes de venir a mí, siempre hace eso que me vuelve loco. No sé si es el orden o la sensualidad de sus movimientos, pero me vuelve loco. Deja las llaves, se saca los zapatos y se saca el saco, siempre de abajo para arriba. Creo que eso es lo que me inquieta. Que se desprenda los botones de abajo para arriba. Cuando se saca las camisas hace lo mismo. Desactiva los botones de abajo para arriba. Tal vez porque su mejor secreto son esos lunares en el pecho, entonces los preserva lo más posible. Nunca los desnuda primero. No. Hace rogar esos lunares. Siempre desenlaza los botones de abajo para arriba. Y lo hace como si no lo hiciera. Me pregunta qué hacía y yo no puedo contestar esa pregunta ni ninguna otra mientras ella está desabrochando esa prisión que encierra su piel, de abajo para arriba. O es el pelo largo, siempre suelto, siempre ordenado. Ese pelo parece un ejército de niños bien disciplinados, que juegan en el recreo sin correr, que saben que en breve harán fila para volver al salón. Sí, debe ser el pelo. Siempre que vamos caminando, me gusta ver cómo esos hilos se mecen como en una hamaca paraguaya vertical, al son de su taconeo. Es el pelo, es el pelo y yo creo que son los botones. O es la manera que desabrocha su saco de pana gris, o la forma en la que se libera de la bufanda y yo creo que es el pelo. Toda su presencia es una distracción. Tal vez no sea ni el pelo ni los botones. Tal vez sea el perfume que me deja cada mañana cuando se va. Ese perfume que pondría celosa a cualquier mujer, si ella fuera mi amante. Ella estuvo acá, y encima hace poco, pero estuvo acá, puedo sentirlo, puedo sentirla todavía. Ella no se va hasta que no se va su perfume y encima, cuando su perfume se está yendo, ella taconea desde el pasillo, con la llave en la mano y abre la puerta y dice "hola amor". Sube las escaleras, se desabrocha el saco de abajo para arriba. De-abajo-para-arriba. Y me pregunta cómo estoy, qué estaba haciendo. Y yo qué sé qué estaba haciendo, si ahora no puedo más que hacer lo que pueda, con vos invadiendo mi casa, tirando tus zapatos, soltándote de una bufanda. Y yo qué sé qué estaba haciendo si ahora lo único que puedo hacer es pensarte desnuda en mi cama, y que me sonrías. Porque si algo tiene de bello es lo auténtica que es para hacer el amor. Ella no aprendió a hacer el amor mirando películas porno. Ella no pone cara de actriz de película porno cuando hace el amor. Ella sonríe cuando me hace el amor. Creo que la primer noche que pasamos juntos, supe que iba a estar con ella toda la vida porque no gemía como gimen todas las mujeres con las que hice el amor. Ella sonreía y se reía y me acariciaba y se movía como un gato, como un gato jugando con un ovillo de lana, se estiraba, se balanceaba, se mecía. Y sonreía. Y me pregunta cómo estoy y yo quiero verla desnuda, ya, pronto, la quiero con sus lunares a punto de tirotearme y sonriendo. Quiero cubrirla de besos, quiero morderle el cuello, quiero apretar su cuerpo contra el mío, quiero arañarle la espalda y que ella me la arañe a mí, me muerda, me tire del pelo. Ahora, ya, es urgente. Y así llega a mi casa, con tal impunidad. Yo me olvidé qué estaba haciendo cada vez que la ví llegar. Su llegada me cura del espanto, de la soledad. Para mí el tormento es escuchar el ascensor, que llega hasta mi piso y que no sea ella. Eso es el tormento. Es tal el dolor que cuando siento que es ella que abre la puerta con la llave certera, siento que descansan todas mis defensas. Esa misma noche, después de verla sonreír, después de que me abrazara para dormirse, cuando despertamos y yo subí la persiana, miré por la ventana, completamente conmigo, y me dí vuelta y encontré sus ojos buscando los míos, supe que ella me había venido a buscar. No había más alternativas. Ella me había venido a salvar. Supe que ella era y estaba para mí. Y que ya no iba a sentir más pena, porque estaba ella. Ella, sus lunares y sus botones. Ella y sus zapatos. Sus anillos y sus aros, su perfume y sus libros de economía, ella y su encanto por los jazmines; ella y su odio a los subtes; ella y su risa; ella y sus estornudos estertóreos. Ella y su gata venían por mí. Ya no tendría que esperar más por nada ni por nadie, porque ahora estaba ella, que todas las noches me esperaba con una sonrisa en la penumbra y con su piel y su perfume preguntando por mí. Y ahora abre la puerta, mirala, es ella, es tan linda, tan mía, tan pura, tan ella. Sube las escaleras, viene hacia mí. "Hola amor". Ahí está su perfume. Se estaba escapando y ella lo volvió a encerrar en mi casa. Cerró la puerta y sube las escaleras de un sacudón, no arrastra los pies ni sube de a poco. Por más cansada que esté. Sube de un saque. Hace lo mismo cuando las baja. No las baja de a poco, las baja de un tirón. Sube rápido, deja las llaves, y la delicia de sus dedos bailando un tango con sus botones. Me clava esos ojos, con su perfume como un cuchillo para mi cuerpo y yo no sé más nada del mundo.

-Hola amor. ¿Y? ¿Novedades? ¿Qué tal te fue con el médico?

domingo, 18 de julio de 2010

un acertijo en una lengua muerta

Últimamente Gonzalo me pregunta preguntas extrañas. Siempre cosas sobre los chicos; siempre raras, intrigantes. No sé si es el tono de su voz en el teléfono o si con los años nos perdimos las frecuencias, pero siempre me deja pensando un buen rato cuando me pregunta algo. Esta tarde, cuando le contaba que salimos a comer por el cumpleaños de la nena, me preguntó si hoy le había olido la cabeza y si el olor de su pelo era parecido al del hermano. Me dejó pensando, el hijo de puta. Y lo mejor de todo es que después la sigue como si no hubiese pasado nada. Y yo me acuerdo que cuando subimos al colectivo, nos dieron un asiento y yo la agarré a ella y ella supo acomodarse bien, comodidad x 2 asegurada, sus rodillas en el límite de mis piernas, asegurándose con fuerza, su brazo engarzado a mi cuello, casi distraída, casi para mí, y me acuerdo de su pelo haciendo un velcro con mi barba de dos días y me acuerdo de haberla olido hasta bajar del colectivo, pero no recordaba ese olor, y nunca lo había comparado con el del nene y nunca recuerdo el olor de las cabezas de mis hijos hasta que las vuelvo a oler, ahora-que-me-doy-cuenta, y entonces me resultan conocidas, pero hasta entonces no recordaba con quién tenía que encontrarme al olerlas. Y ¿cómo puede Gonzalo saber eso, preguntarlo para exponerlo y luego continuar con un así que en Buenos Aires hace mucho frío, leí en el diario. Lo más grave es que yo pestañeomiroaunladomiroalotropiensounsegundounsegundomedespienso y digo sí, mucho frío, no sabés lo que es. En la casa de Nora, me dijo hoy, que no le salía agua de las canillas, de lo congelada que estaba. Y decí que acá nosotros tenemos buena calefacción, que si no. Y a mí me llama la atención que me pregunte cosas raras. Sobretodo últimamente, que parece que le empieza a hacer ruido la campanita del número redondo. Si cada vez que hablo con la madre, me dice que todavía espera que le dé un nieto. Un nieto, le pide la madre. El otro no le da ni una novia y ella le pide un nieto. Sí, pero vio como es esto, él tiene una carrera con la música, y eso es un matrimonio artístico. ¿Matrimonio qué? Yo lo único que sé es que mis amigas de la Iglesia se juntan en la Plaza con sus nietitos todos los domingos y yo no voy porque me cansé de no llevar nunca un nietito. Encima, con lo que te mezquinan los nietos, las hijas de puta. Bueno, yo le voy a decir cuando se conecte, que usted le manda saludos. Y un nietito. Sí, un nietito también le voy a decir.

No, Gonzalo, son los dos diestros, ya te dije la otra vez. Emmmh, no preguntaron qué es la muerte todavía. No, nunca les dije nada. Ah, mirá vos. Me la voy a comprar, entonces, cómo dijiste que se llamaba? Enciclopedia sobre la Sexualidad, es algo como un manual? Bueno, pero la nena tiene 10 y el nene 9, no te parece que es un poco pronto. Ah, leíste eso. Bueno, gracias por el dato. ¿Eh? Ah. No, nunca vieron un oftalmólogo, pero están bien, ven bien. Te digo que ven bien. Pero dejate de joder, che, si no hay antecedentes de Daltonismo en la familia.

Gonzalo me parece que te pasa algo, mi viejo. Mirá, últimamente me preguntás todas cosas raras, loco. No puede ser. Daltonismo, me decís, que la tengo que revisar por si tiene Daltonismo. ¿Pero qué te pasa? No te parece que yo podría haberme dado cuenta ya si tiene Daltonismo, o si el nene es enano? Si está enferma de un mal incurable, de posibilidades de 1 en un millón; si son zurdos, si tienen una pasión oculta con el oboe, o si son potenciales conductores de Fórmula 1. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Tenés ganas de sentar cabeza? Si siempre dijiste que eso no era para vos. ¿Por qué tanta curiosidad de repente? ¿No estás haciendo la mosca con el bandoneón? Y entonces, ¿qué es? Pero claro que la vida no es fácil, a cada uno le toca un cachetazo más o menos fuerte para aprender a vivir. Bueno, sí, nosotros la peleamos y seguimos adelante. Sí, te escucho. No, no me acuerdo. Ah, sí. Sí, ella entró en 3º año, a mitad de año. Sí, que se hizo amiga de Ana María Terfi y Mariela Palacios. Sí. Ah, sí, vos tenías un metejonazo con esa flaca... Ah, no, no sabía que había pasado nada. !¿No me digas que te contactó? ¿Por Facebook? ¿En serio? ¿Está buena? ¡No te la puedo creer, después de tantos años! ¿Y qué te dijo? Ah, sí. Sí. Pará, ¿esto cuándo fue? ¡¿Hace tres meses?! Ah, te lo tenías bien guardado, eh. ¿Y qué te dijo? ¿Qué? ¿Eh? ¿Vos me estás hablando en serio? Y pero cuántos años tiene. bz0ch0y0ch0,bsmellevocu4tro. Ah, sí, dan los números. ¿Y cuándo venís a conocerlo? ¿Qué? ¡¡¿¿Pero vos sos pelotudo??!! Cómo no lo vas a querer conocer, boludo. Pero che, qué te pasa, decime vos estás loco. Un hijo es lo más grande que hay. No importa cómo, es el sentimiento más noble. Vas a abrazar a un pedazo de vos que ahora es otro! ¡Y todo un otro! Gonzalo, llama a esa flaca y decile que vas a venir a conocerlo. Ya mismo hacelo. Vení y yo te acompaño Gonzalo. Gonzalo, no, no va a ser daltónico. Y si es daltónico, vivió toda su vida así, y llegó hasta vos, no está nada mal ni tiene nada extraño. Al contrario. Bueno, pero suspendé una gira, pateala para más adelante y vení a conocerlo. Aunque sea hacelo por el pibe y después ves qué te pasa a vos con eso, pero vení a conocerlo, te digo, que es lo más grandioso que vas a experimentar. Gonzalo, vas a olerle la cabeza a un ser que alguna vez fue una gota de placer y ahora es una persona. Gonzalo, calmate. Yo te voy a acompañar, si querés te aguanto en la puerta, pero hacelo. Bueno, loco, yo siempre te entendí desde que eramos pibes y vos te fuiste a pasear por New York con el bandoneon y 200 dólares y me plantaste a mí cuando íbamos a hacer socio juntos. Vos me plantaste y yo me la banqué y me banqué tu sueño de la música y la bohemia, mientras yo pasaba el verano estudiando. Yo me banqué que no vinieras a mi casamiento porque los acontecimientos sociales que el sistema impone para que nos divirtamos obligatoriamente no van a contar nunca con tu presencia; yo me banqué que en lo mejor de nuestra amistad vos decidieras irte a Nueva Zelanda de gira con un grupo de teatro. ¡Con un grupo de teatro, Gonzalo! Yo estaba bautizando a la más grande y vos estabas haciendo la ser o no ser en Nueva Zelanda, Gonzalo. Y ahora me preguntás cómo es tener un hijo. Bueno, andá y tenelo. A ver qué se siente, a ver si así me podés entender, a ver si así me dejás de mirar desde arriba. Andá y tené un hijo. Y bancátelo si tiene fiebre, si te rompe la camisa cuando le hacés upa, porque se prende del bolsillo. Y bancátelo si un día viene y te dice que para qué lo trajiste al mundo. Andá, tené un hijo y a ver si alguna vez me traés un libro de diseño o de música copado, y no esas torreifél de metal, un souvenir de mierda que te los venden por dos pesos y es la mismísima mierda más adorable para quedar bien. Tené huevos, Gonzalo. Tené un hijo y a ver si así podés entender que Roma es un poroto al lado de verlo decirte "papá. Tené un hijo y despertate en el medio de la noche, con el pibe meado, a cambiarle las sábanas, cuando dos minutos te estabas cogiendo a la mina de tus sueños, en el medio del programa de televisión. No, no estoy enojado. Te estoy diciendo que asumas lo que hiciste: tuviste un hijo. Te enteraste tarde. Qué pena. Ahora, andá y tenelo todo lo que lo puedas tener. Y largá la caravana un poco, que hay otras cosas más profundas que bailar duro.

martes, 6 de julio de 2010

tengo una lupa

tengo una lupa, es de plástico, viene dentro de una funda azul, casi tan ancho como una tarjeta de crédito, pero de similares medidas. es la primer lupa con la que tuve contacto. Lupa debe ser una de esas palabras que adornan a las letras en los abecedarios colgantes. Lo que es el xilofón a la equis debe ser lupa a la ele. Bueno, creo desde ahí tenía la idea de lo que una lupa era. este coso de plástico transparente y distorsionado que sale de una funda azul ha de ser una lupa, no hay duda

tengo una lupa y un disco primer disco. si yo hubiese visto casi famosos cuando tenía 13 años, todo hubiese sido más fácil. pero no, la miré a los 24. Diantres. este disco primer disco me lo regaló mi hermano, el del medio. Es el amor después del amor. Lo bueno que tenemos dentro es un brillante, es una luz que no dejaré escapar jamás. Eso dice la letra original. y como lo de casi famosos, me entero recién ahora. yo decía Lo bueno que tenemos dentro es humillante. Humillante. Un brillante. Touché. pero sigue siendo mi disco primer disco, que me regaló mi hermano

tengo una lupa, un disco y una profesora de historia, que vaya a saber yo por qué, siempre me traía recortes de los diarios con notas relacionadas al rock. no tengo ni idea dónde estará toda esa información ahora. pero estaba bueno empezar la clase y que ella me desplegara reversos quebrados que escondían notas de mi interés, dando así y con total impunidad, un auténtico acto de predilección de la que yo era benefactora. oh, la gloria de sus recortes era la miel de mi lectura, en una era memorable como lo será aquella en la que no había internet


tengo una lupa, un disco, una profesora de historia y un ex novio con una discoteca hermosa, que me hizo el amor con Led Zeppelin y Billie Holliday, con Manal, con Pappo, con Spinetta, con Gabo Ferro; que me leyó poesía de Miguel Abuelo, de Kerouac, de Michaux y Patti Smith, y me comentó notas de Radar; que me obligó a que conociera París. si no fuese porque en el medio me trató de puta, me dejó en los momentos en que más necesitaba de su apoyo y su compañía, hipotecó mis emociones durante casi dos años, y nuestras aspiraciones eran más bien distintas, todavía sería mi novio


tengo una lupa, un disco, una profesora de historia, un ex novio y una habilidad admirable para desoir la advertencia aterradora de que "no hay más entradas" para ver un show. que acompañado por un irrefrenable convencimiento en la causa del mundo de lo posible, me permiten presenciar espectáculos alucitrópicos, como ver a Divididos gratis o a Soda Stereo ligando una entrada de un transeúnte

tengo una lupa, un disco, una profesora de historia, un ex novio, una habilidad, y un boleto de metró parisino sin usar que saqué el mismo día que volvía a Buenos Aires, con la idea de que cuando volviera a ir a París, iba a tener un tiquét-de-metró para de vuelta ir a la tumba de Cortázar y mi hermano me va a decir que es una pelotudez grande como una casa y yo le voy a decir que yo sueño con vivir en el país donde él vive a partir de que él soñó con vivir ahí.

tengo una lupa, un disco, una profesora, un ex novio, una habilidad y un tiquet de metro para cuando vaya al país de mi hermano, mi hermano no el que me regaló el disco, mi hermano el que me hizo escuchar Rata Blanca a los 7 años, mi hermano al que le pertenece la lupa

miércoles, 30 de junio de 2010

esa necesidad imperiosa de cambiar los muebles de lugar

el silencio y la quietud
agarrar una bolsa de basura bien grande, sin saber qué es lo que va a terminar ahí,
(sabiendo que algunas de esas cosas van a provocar arrepentimiento después)
una reubicación en la sala de los días, con la meta de no perder más tiempo, ni un minuto
la sonrisa al amanecer, la sonrisa por la luna llena
el desvelo porque sí
las conversaciones acerca de la nada, las preguntas incidiosas
la repetición de un racconto, la conversión de los verbos
una expedición al cajón mental de los recuerdos, con una lupa en una mano y un mapa en la otra
películas y música nuevas
lápices de colores para pintar mandalas
el llanto inesperado, la angustia invasora
las voces del resto del mundo, con sus experiencias y sus consejos listos para ser traducidos
el amor en estado puro en forma de abrazo concreto y sincero
los días buenos y los días malos, la certeza de la inmutabilidad
la finitud inminente de la vida, con amigos hasta la madrugada
caminar hacia ningún lado y el escape sin movimiento
crecer

jueves, 6 de mayo de 2010

esto y segura

estoy segura de que no existe lugar más lindo que la almohada con el olor del pelo de mi mamá
y estoy segura de que no tengo un recuerdo más tierno que ir en bicicleta a visitar a mi primer enamorado, cuando tenía 15 años
y estoy segura que mi casa es un palacio esquizofrénico de estímulos visuales
y estoy segura de que mi gato me cree cuando le juro "hijo, algún día todo esto será tuyo"
y estoy segura que la televisión nos convence todo el tiempo de cómo tenemos que sentirnos cuando nos sentimos, para que no nos sintamos en ningún momento
y estoy segura de que lo que me angustia hoy, me causará una risa en diez años
y estoy segura que alegré a esa vendedora de cubanitos con dulce de leche cuando le compré el último paquete que le quedaba
y estoy segura que hay un país mejor con mejores posibilidades para todos mis paisanos
y estoy segura de que atarle los cordones a alguien es un acto de amor de belleza infinita
y estoy segura que quienes eligen ser padres nunca tuvieron una caja de lápices a los 25 años
y estoy segura que las fotos de las vacaciones son un engaño
y estoy segura del profundo amor que se gesta al regalar un calidoscopio
y estoy segura que no me acuerdo la primera vez que tomé un subte
y estoy segura que en este momento alguien encuentra tirada una alianza, con un nombre y una fecha grabados
y estoy segura que todos deberíamos cantar en voz alta, al menos una vez por día
y estoy segura que tomaré leche con cacao cuando tenga sesenta años
y estoy segura que alguna vez volveré a marcar un número en un teléfono de disco
y estoy segura que hay alguien que quiere saber de mí
y estoy segura que la tristeza es una basurita en el ojo
y estoy segura que esos besos fueron los más lindos que probé en toda mi vida
y estoy segura que mañana es mejor
y estoy segura que me gusta la sopa de arvejas
y estoy segura que la gente con pecas es sensacional
y estoy segura que mi torta de cumpleaños tendrá nueces con dulce de leche
y estoy segura que las historietas son un universo maravilloso
y estoy segura que la mediocridad tiene fin
y estoy segura que el sol no siempre viene desde el mismo punto a apoyarse a mi ventana
y estoy segura que me gusta la bocina de mi bicicleta
y estoy segura que alguna vez voy a tener una perra que se va a llamar Agosto

miércoles, 21 de abril de 2010

el día después de mi cumpleaños

no hubo cena
ni brindis
con tus mejores deseos
entre vos y yo
el día que cumplí 28 años

no hubo ni llamado a las doce
ni mi amor, que seas feliz
ni noche de hotel

no hubo dos vasos vacíos
con rastros de vino
al costado de tu cama
y nosotros dos
desnudos
abrazados
dopados
enamorados
hablando del tiempo

no hubo foto soplando velitas
de una torta que decoramos juntos
ni deseos de eternidad

no hubo ni paz ni silencio
ni sequía de lágrimas
el día que cumplí 28 años

hubo una avispa
picando en las certezas
llenando de manchas
mi vestido de cerezas

hubo un abismo
entre mis principios y los tuyos
entre mi tiempo y tu tiempo
entre mi martes y el tuyo

hubo un elástico
que se estiró hasta dar vuelta el sol
de un lado estabas vos y los conflictos
y del otro, yo con el hartazgo

hubo un feliz cumple tibio
a las once de la mañana
y un pedazo de torta
que te guardé con amor
para que comieras mientras
me seguías acusando de todo lo que no soy

hubo un montón de mensajes de mierda
que los celos y las mentiras
se encargaron de redactar
mientras yo caminaba por Congreso
el día que cumplí 28 años

y hoy
que es el día después
el día después de mi cumpleaños
no sé por qué estar más triste
si porque no te quiero más
o porque hoy ya no soy tan importante para el mundo

viernes, 19 de marzo de 2010

Call nine one one, now!

Siento que viene un estornudo, miro la luz, cierro los ojos y en el mismo momento que miles de partículas de mi saliva me salpican el codo, pienso que todo esto hubiese sido diferente si aquella vez que te enojaste porque no te llamé, te mandaba a la mierda por imbécil. Pero me doy cuenta que sin vos no hubiese conocido París, pero tampoco Hamburgo y creo que no hice peor desperdicio que estar sentada en un local de comida, escribiendo que tenía miedo de estar ahí porque las calles son todas irregulares y los alemanes no hablan inglés, pero en Berlín la cosa fue distinta porque encontramos estacionamiento y yo dejé cargando mi celular en el auto, pero cuando volví, noté que no servía de nada porque el auto estaba apagado. Y para cuando me llamaste fue un hola qué tal, me estoy por quedar sin batería porque en este continente los enchufes son distintos y yo me puedo meter el cargador ahí donde no me da el sol, hasta dentro de quince días cuando esté con mi hermano, en un supermercado, comprando un pijama y un conversor que un año y cinco meses después, estará en mi mesa de luz, dandole fuego a mi sueño de volver a ese continente.

Ahora, yo digo, Colette, ¿será tan feminista como dice esa postal de la Librería Edipo? Y si de feministas se habla, mientras escucho que abajo dos conductores se putean por alguna maniobra mal hecha y hoy me dijeron boluda por cruzar mal la calle y ayer en la 9 de Julio y Avenida de Mayo, un tipo le gritó a una mina que vaya a lavar los platos , mataría que le cuenten del asunto al coordinador de un museo perdido en el medio de la nada, cuyos habitantes describen el abandono del pueblo, el despoblamiento poblacional, en Salta y el tipo le calla la boca a la mina que trabaja con él. Y a mí me gustaría escribir sobre esas cosas que nos pasan a las mujeres. Pero no al estilo Cosmo (diez consejos para volverlo loco en la cama) o Para Tí (el último grito de la moda ¿a quién se le habrá ocurrido que había que escucharlo?) o alguna de esa mano (cómo bajar 20 kilos en 5 días, con la dieta del carpincho). Si no más bien al estilo Las 12 ( Nuevas presentaciones para despenalizar el aborto). Y ayer me dí cuenta que si tuviera que describirme, no, no soy una chica Cosmo. Soy una chica Suplemento Radar: cuando me deprimo, me compro libros. O discos. Ayer me compré cuatro. Animal, Carpo, Manal y Charly. Y lloré cuando sonó Rezo por vos, en la época Chipi-chipi y María Gabriela era tan bella y tengo el vago recuerdo de Catalina Dlugi diciendo cien veces "Charly está mejor". Y la otra vez tocó en el Luna y yo pensaba tantas cosas y había gente linda, pero llovía cuando estaba llegando y yo, sin mi paragüas y te escribí "Rezo por vos" y me contestaste "Gracias" y entendí que no entendías o que te hacías el que no entendía, pero al otro día entendí todo.

Las diéresis me encantan.

Tenías un lugar en mi cuerpo. ¿Sabías? Queda en la intersección del tronco, arriba del pecho, y el brazo derecho. Estaba perfectamente diseñado para encajar con el costado izquierdo de tu cara. Y parecía que mi piel tenía el olor de una canción de cuna, porque bastaba que apoyaras tu mejilla para que tus ojos se cerraran y en cuestión de segundos cayeras en mis brazos, en el cuerpo de la pileta onírica. No hay nada que extrañe más que tenerte ahí. Y las caminatas por Buenos Aires, hablando de todo. Hablando de mucho. Hablando de más.
Yo ví que tenías un número de teléfono, sin nombre, en la libreta negra. Yo sabía que ahí estaban las dos entradas de uno de aquellos lunes en que íbamos caminando al cine. Y también sabía que si nos peléabamos, mis pantuflas rosadas iban a quedar en tu casa. Esta tarde paseé por Corrientes, mirando libros, con dos pesos en el monedero. Pero cuando ví al vendedor de garrapiñadas que todos los miércoles nos proveía de la llama de un fósforo, el invierno pasado, a vos con maní y a mí con semillas de girasol, me hice la distraída, como si no lo conociera. Como si no lo hubiese visto nunca. Pero encontré un Warhol for dummies, dibujado por Liniers y pregunté cuánto salía, y me pregunté si de haber estado conmigo ahí y entonces, me hubieses hecho el chiste de Liniers y el papel higiénico. El martes, tomé un colectivo, miré el boleto y mirá-vos-lo-que-son-las-cosas, que el número era el mismo que el de tu edificio.
Ahora, lo que más más me duele es pensar que cuando den las onceycuarentaycinco, no me vas a llamar. Y me duele que nunca hayamos ido a casarnos a Uruguay. Pero mejor, me tomo un antigripal, porque ya voy a estornudar de nuevo. Y sigo sin leer a Colette.

viernes, 5 de marzo de 2010

estúpida película

Desde que empezó el mundial que estamos con este rito. Alquilar una película para mirar después del partido. Como terminan a la madrugada, terminamos desvelados en el sillón pulgoso que hay en la sala que vendría a ser un comedor, o lo más parecido a la normalidad en este caótico tugurio de Palermo. Me encanta el espíritu malevo de este barrio. Me encanta despertarme en el departamento que alquilo con dos casi desconocidos y desayunar abajo, en la casa tomada. Me encanta el almacén de José y me encanta cuando estamos trabajando todos juntos, cada uno en su obra y voy a comprar los siete sánguches de milanesa al Farolito de Salguero. Me encanta el pasillo largo que va a mi departamento, porque ahora vivo en un departamento. Y me encanta saludar a las mellizas de la encargada cuando las cruzo en la escalera, saludan a coro y con una sonrisa de maldición angelical. Y me encanta que hoy Mariano alquiló 1984. Y me encanta que comamos fideos fríos que flotan como pescados en una olla gigante. Y me encanta que seamos tan sudacas y estemos acá, cagados de hambre pero contentos. Y la odio a Angélica, pero me encanta que todas las mañanas mientras pinta, canta tangos. Y a mí el mundial me chupa un huevo. Lo único, la inaguración fue muy linda. Pero estos chinos son una cosa de no creer. Y no tendré trabajo pero tengo un marido. A Esteban tampoco le importa el mundial y a mí me encanta que no le importe. Y me encanta que me encante que no me importe el mundial. ¿Y la vieja dónde mirará el partido? ¿En la clínica? ¿Los dejarán mirar el partido? Igual, a la noche todos los pacientes están dormidos y ella siempre mira tele, entre ronda y ronda. Pero ya no la extraño. No. Y no quiero ir a mirar el partido. Suena Alas, de Cabezones y me mola encerrarme acá, a escuchar ese y el compilado, que tiene una versión de un tema de The Cure que me mata, me mata, and softer than shadow and quicker than flies his arms are all around me and his tongue in my eyes y me imagino en un video de Linkin Park, vestida de negro, con el pantalón de los bolsillos grandes, el que llevo siempre a Cemento, con las botas con plataforma negras y la cámara me enfoca y hay un asistente atrás de la cámara, siguiendo mi mirada con un ventilador y el pelo -largo, muy largo y negro- se me vuela. Si tan solo me creciera más rápido. Capáz que si le hago un corte, lo ayudo a creecer más rápido, por más de que ya lo tengo bastante corto, pero un poco más, le doy más forma, a ver ahí, o es mucho pelo, no, a ver cómo quedaría si me lo corto ahí, no, uh, uy, uy qué cagadón me hice. Qué cagada me hice en el pelo. Otra vez. Otra vez me corté el pelo. Otra vez me voy a tener que llenar de hebillas y mierdas para disfrazar esto. Otra vez, carajo, la última vez dije que nunca más. Otra vez con las vinchas y la puta madre. Puta puta puta madre. Hola, ah, ya empieza? Sí, sí Marian, ya bajo. Puta puta puta madre. Ahora qué carajo, qué carajo hago, otra vez con la cabeza hecha un desastre, soy un desastre, qué más tengo que hacer. A ver. Unos clips. No. Bueno. Bueno, ya fue todo. Voy así y a la mierda. Qué me van a decir. Si no me dice nada Esteban cuando llegue, ya está, zafé de comerme una gastada otra vez y listo. La última me largué a llorar como una idiota porque me trataron de limadita. Yo no creo que porque me ahorre los diez pesos que puede salirme un corte, sea una limadita. Pero capaz que ni se dan cuenta, porque voy a entrar por atrás y me voy a acomodar por ahí y seguro está todo apagado y con la luz de la tele, dibujándonos sombras en las caras, ni se va a notar. Sí. Ya está. Mañana me armo alguna vincha para pilotear esto y a la mierda. Uh, estos cerraron con llave. Carajo, voy a tener que tocar el timbre. Espero que no venga Angélica.
-¿Quién es?
-Angélica, soy yo, Laura.
Fue un instante. Apenas abrió la puerta, sin anestesia, sin prolegómenos y sin mostrar siquiera el fulgor de su espada, me dijo
-Te cortaste el pelo. Te queda lindo.
Y saqué la pierna que metí en la casa, pisé la vereda, y volví por el pasillo, totalmente convencida de que en algún otro momento, alquilaré 1984 y de que Angélica es una puta.

lunes, 4 de enero de 2010

Qué quiero hacer con esta habilidad - Ejercicio último

A ver, vamos por partes. Tratar de conquistar al mundo, eso lo dejaré en manos de Estados Unidos y su premio Nóbel a la guerra y su Presidente. Negro, pero presidente al fin. Demostrarle algo a mi madre, a esta altura del partido es una utopía. Y si alguna vez gano una fortuna con este talento al que (cada vez que me acuerdo) le saco punta, sería una paradoja que mi padre se acordara de mí. Mi hermano no puede robar la corona del “artista de la familia” y, en todo caso, nunca estuve de acuerdo con esa tiranía. Tampoco podría competir con Tinelli. Prometo darle pelea, pero tan solo durante algunas batallas. Alimentar el hábito de ubicar letras de manera entretenida en otras personas, sembrar el germen de la escritura, eso sí me gustaría. Escribir todos los días, durante ocho horas por día, eso me encantaría sobremanera y cuando llegue ahí, me daré por satisfecha. A propósito, ¿sabían que para simplificar la conjugación del verbo satisfacer hay que guiarse por la del verbo hacer?

También siento que este universo de letras y palabras, de puntos y comas y comas, de sujeto, verbo y predicado me da la bienvenida. Siempre fui una fundamentalista de la ortografía, de los verbos bien usados. Una especie de Eugenia de Chikoff (apreciaciones de clase aparte) de la lengua. Esta tontera me sonríe. Pocas cosas me alegran tanto como corregir a alguien cuando usa erróneamente un condicional. Y para pocas cosas tengo la memoria tan liberada. Si no, explicame vos cómo puede ser que me acuerde de las correcciones en un cuento que escribí cuando estaba en segundo grado. “Nadia, no uses tantas ‘y”, me puso la maestra. Yyyy, tomá, ahí tenés y. Ahora, si me preguntás qué vimos con Marchese en 5º año, ni idea. Es más, ahora que me acuerdo, ni siquiera estuvo Marchese en 5º año. Vino una recién recibida y con cara de recién recibida profesora de matemática. Ah, ese sería otro tema. Yo con esta habilidad quiero que mis profesores se acuerden de mí y digan “esa chica fue alumna mía”. En esa me anoto.

Bien, volviendo a esto de la habilidad con la lengua, llevado al plano escrito, a mí me aporta el equipamiento necesario para desarrollar una expedición. Estar provista para la operación de narrar con destreza pequeñas historias o grandes desastres, enciende mi deseo por hacerlo. Como si contara con una especie de garantía de compra. Cuento leíble o le devolvemos su dinero. Y de última, en estos términos, hasta el naufragio puede ser divertido. Eso es lo que yo quiero. Y quiero en el más sentido de desear y de amar.

Yo quiero hablar sobre los mensajes de texto que le leo a quienes viajan en el mismo colectivo que yo. Que un accidente del azar encienda la llama para contar una historia es algo que me fascina. Me fascina a tal punto que no entiendo cómo no lo hace todo el mundo. Hoy al mediodía, por ejemplo, una señora gorda le mandó un mensaje a una tal Noe que decía “Lavate los dientes y los pies”. ¡“Lavate los dientes y los pies”! ¿Pero qué clase de consejo es ese? ¿Qué mensaje subliminal esconde? ¿Qué relación tiene la señora y Noe? ¿Y por qué los pies y los dientes? Para mí, eso es el mismísimo paraíso. Sí. Mi paraíso tiene 29 caracteres (con espacio). “Lavate los dientes y los pies”.

Con esto no me refiero únicamente al hecho de contar algo, por contarlo y nada más. Lo que a mí me gusta es contar episodios que escapan del ordinario transcurrir de los días; del introducción, nudo y desenlace de la vida. Me seduce la idea de limar un poco la cotidianeidad, reprender lo establecido, llevar a neón lo impuesto en braile. Como cuando en una Navidad, a Lucho, una amiga de su madre con quien compartieron la cena de Nochebuena, Marta, le regaló un vino traído de Mendoza. Un rato después de la entrega, en el fondo de la bolsa de papel que lo contenía, Luis encontró una nota que decía “Marta, muchas felicidades en este día tan especial. Carmen”. Bueno, a mí ese episodio, me llevó a imaginarme por cuántas manos habría pasado ese vino. Hasta donde sabemos, solo por las de Carmen, las de Marta y las de Luis. Pero ¿Y si a Carmen también se lo habían regalado? ¿Y si en realidad ese vino en otra vida habría sido un sanguinario romano que reencarnó en un vino que nadie quería? ¿Y si Luis había hecho lo mismo cuando fue el cumpleaños de un compañerito de 3er grado? ¿Y si ese compañerito nunca había superado aquel episodio donde invitó a su fiesta a un compañero sólo porque su padre se lo pidió, y este compañero le trajo un regalo regalado? Y una vez fui de colada al cumpleaños de un amiguito de mis primos y la tía del cumpleañero le preguntó a la madre quién era yo y la madre le contestó “no, ella es una colada”. Y nunca pude superarlo.

Pero sinceramente, lo que yo más quiero hacer con esta habilidad es obtener la impunidad para hacer comentarios de cualquier índole sin temor a que sean rechazados. Mis comentarios tienen sentimientos, maldita sea. Lo que yo más quiero es poder coquetear con la locura y que nadie me rompa el affaire. Lo que yo más quiero es cerrarle el orto a los que no saben entenderme, autografiándoles mi nuevo libro. Y que sea porque ellos se lo hayan comprado, porque no pienso regalárselos. Lo que yo más quiero es reivindicar a los mambeaditos. Lo que yo más quiero es romper la monotonía de la humanidad sistemática. Lo que yo más quiero es peinar un puma. Lo que yo más quiero es mi nombre junto a otros nombres de buenas escritoras. Lo que yo más quiero es escribir bien. Ahora, si me preguntás qué quiero hacer con esta habilidad, no sé. Pero si tenés ganas, te invito un helado.


Nota: este fue el último ejercicio realizado dentro de las actividades del taller de escritura creativa dictado por Esteban Schmidt. Flipareis y Carlos Sacaan lo recomiendan!