martes, 30 de noviembre de 2010

no se bajar esto

cómo te quiero tanto, después de tanto tiempo, es algo que no voy a entender en la reputa vida, me dijo, mientras tomaba de su benjamin syrah, con un cubito jugando a la calesita dentro de la copa. diciembre amanecía y él me quería tanto. tanto, que se levantó para darle play a los bitel.

estamos transmitiendo en vivo desde una esquina ahumada. toda la casa, las cosas, todo huele a humo. no molesta, porque buenos aires es así de intensa. me gusta la música de buenos aires, me dice. ¿qué música? le pregunto. la música, me dice, como si yo tuviera que saber que lo que para él es música, para mí es el respirar insoportable de esta puta ciudad. hoy mi vieja me manda un mensaje, me pedía que le vaya a hacer un trámite. no, le digo, no puedo. y le mandé una foto de la casa rosada, me cuenta. yo le hablo de esa costumbre porteña de citar esquinas con precisión exquisita. quiere mostrarme unas fotos y prende mi computadora. cuando el incendio de hoy a la mañana, fue una de las tres cosas que agarré, le cuento otra vez. en eso, oh no, chusmea el Escritorio. es muy chusma, ya lo sé. ve el despelote de archivos con nombres extraños. ¿y este? no sé qué será, le digo. los guardo con lo primero que se me viene a los dedos. puede ser un número, una palabra porque sí, cualquier cosa. lo abre. es un block de notas que dice "Beaten Soul And Keith Thompson - Change (Spokenapella Mix)". i have no idea wtf is that. debe ser por eso que lo guardé bajo el nombre de "no se bajar esto", que más bien quiere decir "no sé, bajar esto". y yo pienso que cada vez que lo veo conecto con él, con los reportes que nos hacemos, con la edición de la información, lo que nos contamos y lo que no; de lo que hablamos y de lo que no. y también conecto conmigo, con lo que era de mí la última vez que lo ví.

el domingo le mandé un mensaje. ¿me querés?, le preguntaba. sí, me respondió. ¿y vos a mí?. un montón, le contesté. apenas llegamos, le mostré esas cartas que me escribió a los diecisiete años en la única manera que podíamos sostener nuestra relación a distancia: por carta. los permisos para salir con el auto, las profesoras insoportables de 5º año, el viaje de egresados. a diez años atrás, directo. ¿y a qué buzón habrá ido a parar la carta que le escribí en el verano? ¿se acordará de mí cada vez que escuche come togheter? qué bueno que estés acá ¿hacía cuánto que no nos veíamos? ¿por qué siempre hablamos de nuestras primeras veces y no de las últimas? la última fue hace como dos años. yo cumplía 26 y él estudiaba psicología. no sé cuándo lo quise más. si cuando casi se pierde el avión por quedarse conmigo andando en colectivo o cuando se asomó a despedirme desde la terminal, mientras mi micro arrancaba. ¿sabrá que hoy vino como un ángel, a hacerme bien?

caminamos por nueve de julio, abajo de la lluvia. nos sacamos una foto en el obelisco. ¿por qué una foto en el obelisco? ¿por qué semejante pecado? pues porque no teníamos una puta foto juntos. y vos viste mi asunto con las fotos y la gente querida. bueno, otro día te cuento.

¿sabés? me copa cuando dejo cosas despelotadas en mi casa, le cuento. el mouse en la mesada, abajo de un monedero y arriba de un libro, por supuesto. para mí es un arte eso, me dice. paulinho moska dibuja volutas de humo sonoras y ¿entonces? entonces esto funciona así: yo elijo de qué hablar, de qué no, qué digo primero, qué después. y como ahora es más apasionado porque me encanta que estés acá, me chupan un huevo las mayúsculas, le digo. prende un cigarrillo y se ríe. en este momento nada me hace más feliz que verlo reirse. (se ríe para atrás). y que escuchar esa voz que debo escuchar no sé, dos hermosas veces por año. ¿qué hacés? ¿cómo estás? qué bueno que estés acá.

tiene que irse. es la hora. lo acompaño hasta el taxi, lo abrazo fuerte. ¿cuándo nos volveremos a ver? le pregunto. cuando sea, me contesto. vení en el verano, me dice. bueno, voy a tratar, le miento. y me pide algo que yo le prometo (otra vez).

vuelvo a mi piso ahumado, me encuentro al vecino tratando de establecer contacto con un gato que yo nunca antes ví. quiere saber si es gato o gata, si es del edificio, cómo terminó acá y por qué se junta a charlar con su gato en la puerta de su departamento. cómo le contestará todo eso, no sé. me parece que es gata, dice él después de que me despido. sí, es una requete gata, le aseguro y me voy a dormir. mañana lo voy a extrañar mucho, es lo último que pienso antes de apagarme. diez minutos después, un mensaje suyo. Te había extrañado. y me duermo con el celular en la mano.

¿y no vas a poner nada de lo que te insisto para que hagas lo que sabés hacer?
no sé, sí, puede ser. tal vez al final.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Chacun cherche son chat

me dispongo a poner play y justo antes de terminar de sentarme, me doy cuenta que no agarré las agujas y las lanas para finiquitar la bufanda naranja que me estoy tejiendo. el asunto de la bufanda me inquieta bastante. pasé el invierno tejiendo para otros. amigos, gente querida. distintos colores. con flecos y sin flecos. montón. un puñado de míos. horas de quietud que pasaron por mis brazos rebelándose a tal paz. desde charlas con amigos, en mi casa o en las suyas hasta hora, hora y media en colectivo desde el sur porteño al conurbano bonaerense. y si algo amo de todo lo que odio de mi vestimenta sin perfume a Coquetería es que necesito llevar colores estridentes. y, ahora que lo pienso, creo que los adopté desde la vez que leí la palabra "estridente". Raeleá (raepuntoes) "estridente" y vas a ver que eso es lo que soy yo. entonces me estoy tejiendo una bufanda naranja. si fuera amarillo, sería amarillo patito. si fuera rosa, sería fucsia. si fuera celeste, sería turquesa. pero es naranja y es genial.
como garcía.
como el botón de "publicar entrada" de blogger

bueno, ahora le voy a armar los flecos.
más o menos los mido y empiezo a cortar cada uno de los treinta flecos que necesito.
aprendí a tejer hace poco más de un año. soy el as de las dos agujas, no sabés. bueno, no, en realidad no. no todavía. pero me enseñó una amiga y eso es mágico.
entonces ya sé hacer los flecos. sí, sí, yo solita.
tomo un trozo de lana naranja. es áspera y es fina y se parece a la hija de una cinta de esas que son para embalar. ¿cómo se llamaban? corto una tira, la uso de referencia para la segunda. vuelvo a medir, vuelvo a cortar. la dejo. tomo otro trozo de lana. mido. corto.

¿te conté de las veces que me cortaba el pelo? de puro adolescente conflictuadita, por supuesto. vuelvo a medir y vuelvo a cortar. ¿y de las veces que me corté la ropa? arruiné montón de remeras de rock (en realidad son de las únicas que tengo) cortándoles el cuello de maneras imposibles. mido otra y me faltan diez. corto. una vez me corté la mano lavando un vaso que había quedado en la pileta de un departamento que compartía con dos roñosos del demonio. estaba abajo de una sartén y una olla. y me corté. me dejó una cicatriz espectacular para mirar con alguien en la cama, una mañana, y contarle cómo me salió. vuelvo a cortar otro trozo más de lana. me encanta cortar pronto cuando hablo por teléfono. puedo hablar durante horas, pero el momento del adiós, me urge que sea rápido. rápido. ejemplo: bueno, chau. tu tu tu. ah, cierto que los celulares nos robaron el sonido ese. qué pena. vuelvo a medir, solo dos más y con una aguja de crochet voy a meter este montón de lineas de lana entre los puntos del tejido y a llenarme la bufanda de alegres flecos que le den soltura y a arreglarle los puntos, esconder los restos de cirugía. bueno, a mí también un poco, ya que estamos. y qué bueno estuvo tejerla, porque me quedó divina y mientras la película estaba por la mitad, yo estaba cerrando los puntos. y cuando llegaba a su fin, yo estaba terminando de cortar los flecos. qué bueno es tejer. eso de armar algo con los dedos, de crear con las manos y con paciencia. qué terapéutico, me dice todo el mundo. mmh. ¿por qué será? y ahora que lo pienso. lo mejor de tejer no es tejer. lo mejor de tejer es cortar.

sábado, 30 de octubre de 2010

viernes, 22 de octubre de 2010

no podrás cenar sin tu noticiero

En el medio del bullicio un plato se cae y todos los comensales buscan al culpable, en un repentino operativo de silencio y miradas de sospecha. Hasta que la pista del sonido de vidrios arrastrándose lleva al responsable y entonces todos vuelven a sus puestos. Entra en escena un flaco de rulos, alto muy alto. Lleva una remera naranja muy naranja. Me pregunto si se trata de una redundancia, eso de llamar la atención dos veces. Como un gato negro que sabe tocar jazz. Todos lo miran. Lo miramos. Sus ojos y los míos se trenzan tenso durante unos cuantos segundos mientras pasa por mi mesa y el encanto dura hasta que sale de mi campo de visión. Un matrimonio de adultos muy adultos, un matrimonio de esos que ya festejaron bodas de algún metal noble, con olor a rutina y costumbre y espanto, de esos en los que uno de ellos apaga la televisión sin preguntarle al otro si ya es hora de ir a dormir, un matrimonio rancio, paga la cuenta por separado. Ella está muy enojada pero el saco que cuelga del respaldo de su silla es tan caro que no puede permitirse un escándalo. Se lo pone tan rápido como su cuerpo se lo permite y se va caminando sola y casi apurada hacia la puerta. Él, en cambio, se ocupa de ordenar los billetes en su billetera de cuero marrón, tatuada con una jota y una eme. Los ordena y acomoda para que estén todas las fotografías mirando hacia el mismo lado, en fila. Y recién cuando terminó de acomodarlos, de lustrar los vidrios de sus anteojos y de pasarse la mano por las mechas que le quedan de pelo en resistencia, se marcha. El mozo va a recoger los restos de la guerra que quedaron en el campo de batalla y junta los dos platos, los dos pares de cubiertos, las servilletas, la panera, los vasos con restos del vino de la casa, la discusión, la cena con resistencia, la tarde en que se conocieron y esa amiga que los presentó, la boda en la Iglesia por más que él fuera ateo, la fiesta en la casa de la tía Beba, la compra del terreno y la casa terminada, la llegada del primer hijo en una tarde de calor insoportable y muy poco recomendada para la ocasión, la primera vez que lo tuvieron que llevar a un hospital, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una iglesia, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una escuela, las fotos que se perdieron en la mudanza, las discusiones por las miraditas que le tiraba la cuñada en el cumpleaños de su hermano, las navidades en la casa de mi familia, los años nuevos en la casa de la tuya, el accidente de autos, las vacaciones en las sierras cordobesas todos los putos veranos y los escarbadientes usados en una bandeja . Entonces entra un niño con una camiseta larga. Le llega hasta por las rodillas. Y las mangas me recuerdan una tira de Mafalda en la que maldice porque su madre le compra un guardapolvo varios talles más grandes. El mozo casi lo taclea apenas se acerca a una mesa en la que están dos chicos y dos chicas. Muy incordialmente lo invita a retirarse. Prácticamente lo barre hasta la vereda. Vuelvo la mirada hacia la mesa de los dos pares. Están sentados una frente al otro y uno frente a la otra. No puedo determinar si son amigos, compañeros de la secundaria, colegas de trabajo o se trata de una de esas asquerosas y repugnantes salidas de parejas. Entre las chicas no hay miradas cómplices ni risas a coro. En eso se miran, una de ellas mira a los dos chicos para luego bajar la mirada, limpiarse la boca con una de las servilletas bordó y levantarse para ir al baño. La sigo con los ojos hasta que desaparecen sus pies cuando sube el último escalón que está a mi vista. En la mesa, entre los tres que quedan le revisan la cartera. Uno de ellos vigila y los otros escarban entre cigarrillos, monedero y brillo labial sabor frutilla. Creo que no encontraron nada o tal vez no buscaban nada en particular y se trataba de revisar por gusto. Yo le revisaba la cartera a mi mamá y la muy turra siempre tenía algún caramelo escondido que yo le robaba (con su connivencia). Entonces la chica vuelve, pero ahora tiene el pelo suelto y lo enrosca como se lo enroscaba Susana Gimenez cuando desglosaba qué tenía puesto, quién la había maquillado y peinado y las medias son de Silvana, por supuesto. Todos hacen como si la escena anterior no hubiese existido y yo me muero de ganas de decirle a la chica de pelo enroscado que en su ausencia le revisaron la cartera, pero me hipnotiza el mozo hipnotizado frente a la televisión. La mira con la boca abierta, como si fuera una aborigen viendo llegar inmensos barcos a la costa de la playa en donde vivió toda su vida, en el mismo agua donde parió a sus hijos. Entonces el cajero le clava la mirada y lo devuelve a su realidad. La del oficio que aprendió hace varias décadas y el que le dió de comer y con el que se pagó las vacaciones en las Cataratas del Iguazú y la moto para cuando el nene cumplió los 18. Entonces se acerca a una mesa que recién abandonaron y retira su propina con el mantel de cuna. Juna unas monedas y mira con bronca hacia la puerta, como si pudiera hacer viajar una puteada a través del espacio hasta la oreja de los que recién se fueron. Miro hacia la ventana y veo pasar del brazo al matrimonio que hace un rato salió separado. Pienso en las tumbas de grandes amores de la historia que deciden ser enterrados juntos. Compartir la putrefacción. Eso es amor. Bajan las luces y traen una torta con una velita encendida. No es de las tipo bengala, el terror de los miedosos; ni tiene número y hasta se parece demasiado a esas velas malditas que nunca están cuando se corta la luz. La torta va acompañada por un otro mozo (un otro mozo) que la lleva hacia una mesa redonda donde una viejita muy viejita la recibe levantando las cejas. Está con gente tanto más viejita como ella, otros un poco menos y otros que ni siquiera clasifican. Luego de la canción pertinente, sopla después de pensar -mirando fijo la llama, claro- los que tal vez sean sus últimos deseos. Y alguien vuelve a encenderla con un zippo para que una nena de pelo largo, vestido rojo y verde, con voladitos en las medias y zapatitos rojos la apague. La viejita se molesta y las cejas se le arrugan arriba de la nariz. El dueño del zippo se levanta, le da un beso desganado a la viejita; se levanta una mujer de rulos y minifalda blanca, le pone un saquito rojo a la nena y la nena, que se tomó de un saque lo que le quedaba de fanta en el vaso, se va con ellos, mirando para atrás. Este será un recuerdo imborrable. Mientras tanto, la viejita ya empezó a cortar la torta y a repartirla entre los comenzales que quedaron en la mesa. Más acá, una pareja come en el más absoluto de los silencios. Ni siquiera se piden la sal que los haga reaccionar. De nada sirve escaparse de uno mismo. Entra un hombre. Es bastante bajito y lleva un traje de lo más ordinario, con un enorme prendedor en la solapa de su saco marrón que en mayúsculas, a los gritos, dice que puede ayudarme a bajar de peso y ustedeándome, me ordena a que le pregunte cómo. Qué tipo inoportuno, pienso, uno ya no puede comer ni un plato de fideos con pesto en paz. El señor mira para todos los wines, como si fuera a cometer algún crimen, y escurridizo marcha a paso veloz hacia el baño, sin pedir permiso ni preguntar dónde queda. Cuando vuelve el cajero lo mira como si fuera a ladrarle. El acusado se va agradeciendo el uso del escusado. Nomás le falta un sombrero para levantar. Cuando pasa rápido por al lado de mi mesa, escucho la goma de sus zapatos chistarle al suelo, siento el olor a naftalina de su ropa y le perdono todo. Al acercarse a la puerta de entrada, baila un vals durante algunos segundos con una morocha artificial, artificiales son sus pechos, sus labios, aunque los cabellos que cuelgan de sus cabellos, parecen ser naturales. Los dos hacia la derecha, los dos hacia la izquierda, los dos hacia la derecha. Al final es ella quien se queda en la derecha cuando él se va a la izquierda y logra liberarse hacia la calle. Atrás de la morocha viene un flaco rubio, joven y esbelto. Esbelto. Son tal para cual. Para mí que cual es ella y tal es él. Se sientan frente a frente y apenas sentados, se agarran la mano. Se frotan los pulgares y sin mirar la carta, él pide por los dos. Al rato, el acto de amor de sus dedos se desvanece cuando llega a su mesa una regia parrillada para dos. Y entonces, si te visto no me acuerdo.

viernes, 15 de octubre de 2010

it's oh so quiet

tengo algo que contarte. pero es un secreto. y por eso, no lo divulgues, porque sólo te lo voy a contar a vos. tenés que darme tu palabra de honor. sos buena en la cama y sabés guardar un secreto hasta quebrar tu cuerpo. algo así, claro. pero más contundente. más de silencio. más de amanecer en un lugar desconocido, sin saber cómo se llama el dueño de la pierna que tenés encima. y nunca confesar tal desvarío, habrase visto, toda esa educación en escuela de monjas para terminar enredada en sábanas desconocidas. o más bien, silencio de colegiales, balvanera o montserrat a la madrugada de día de semana. sí, ese tipo de silencio. porque esas calles deben guardar muchos secretos. sobre todo las que tienen ventanas. debe ser raro vivir en un departamento en planta baja, con ventana a la calle, ¿no? los secretos de esas familias se deben escurrir a la hora de la siesta, como agua por abajo de una puerta sin burletes. entonces, ¿me prometés que lo vas a saber guardar bien? no, en serio te hablo. necesito de tu palabra. bueno, en realidad eso es relativo. lo sé. poca coherencia tiene en sus actos aquel que se dice militante de la justicia y la verdad pero que no cumple con sus compromisos, por mínimos que sean. así que por aquellas veces que me prometiste que ibas a hacer algo que luego no hiciste, se me hace más dificil confiar en vos. bueno, en serio, ¿me vas a prometer que no vas a decir nada? de nada sirve esa promesa. si me cagás una vez es culpa tuya, si me cagás dos veces, es culpa mía. bueno, puede ser, sí, se trata de otra cosa, ok, está bien, pero acá hay muchas cosas en juego. esto es serio. es información confidencial. como cualquier secreto, claro. igual, yo nunca entendí a la gente que los dice, a la espera de que no sean divulgados. es como jugar a la lotería y esperar perder. la gracia de un secreto es cómo va saltando, de boca en boca, de voz en voz como un creativo trabajo en cadena, en el que cada operario le añade su propio color. ¿alguna vez te volvió un secreto que lanzaste? ¿estaba muy distinto a cuando pasó por tus labios? ¿y qué hiciste? ¿pusiste tu mejor cara de yo no fui? si hay algo que admiro de la cultura en la que vivo es esa pasión hermosa en la tarea de hacer se el boludo. ahora, yo te puedo jurar que siempre cumplí mi palabra y cada vez que me dijeron que guardara un secreto, así lo hice. los tengo todos en un arcón de madera, con un código de seguridad de ocho dígitos. será por eso que espero que los demás conserven el mismo código. bueno, ahora que lo pienso, en realidad una vez abrí la boca. pero tenía ganas de cometer una picardía y ahí fue cuando rompí años de confianza depositados en un dime y un direte. qué buen término ese. ese y correveydile. tendría que haber un manual de lo "eso no se hace" donde figuren esas mínimas contravenciones. divulgar un secreto no merece una pena capital, pero es un tipo de traición, sí. bueno, sí, volviendo al tema. ¿me prometés que vas a sellar tus labios? no te creo. no tenés palabra. ¿y si mejor te los sello yo de un beso?

miércoles, 13 de octubre de 2010

tazas de te chino

hoy tengo una entrevista con una psicóloga. primera vez. obra social. setentasietecatorce. me quedé demasiado tiempo en la cama y ahora hago todo diciendo "mierda, mierda, mierda; llego tarde, llego tarde, llego tarde". no encuentro qué ponerme, si ir vestida seria o vestida de mí misma, agarro lo principal, una bombacha y un par de medias, vuelvo a la cocina a buscar un trago del té con leche que trago mientras regreso hacia la cajonera a ver qué pantalón tengo limpio para ponerme, y en eso me acuerdo que tengo poca carga en el celular y mientras robo otro sorbo del té con leche, lo enchufo y vuelvo a ver qué me pongo además del pantalón.

me tomo el b, qué subte aburrido el b. porque el a tiene la sabiduría que otorga la madurez; la h tiene la energía de la juventud; la d es sofisticación dandy. el b es un embole. y cometí un acto de torpeza y la comodidad de este asiento no me va a servir de nada porque adentro de mi cartuchera no tengo ni el lápiz delineador ni la máscara de pestañas con las que me iba a pintar los ojos durante el viaje, tal como lo pensé cuando terminé de bañarme. y qué será de mis ojos sin maquillaje, si llego a llorar mucho en la sesión. y en esta gente que va buenos aires arriba tan despreocupada, hay una rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle, está un poco grande o la ropa le queda chica, aunque quién soy yo para juzgarlo y después de todo, está transitando una segunda preadolescencia: es demasiado señora para ser chica y demasiado chica para ser señora. pasa una vendedora de pañuelos que dice ser ciega, pero se detuvo al lado del flaco que tengo adelante, en cuanto él atinó a abrir un bolsillo de su mochila deportiva y pienso por qué será que los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia. si, por ejemplo, los estudiantes no están siempre vestidos de estudiantes; los médicos no están siempre vestidos de médicos; los empleados públicos no están siempre vestidos de empleados públicos, ¿por qué extraña razón los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia? y esa pregunta ya debe haber existido millones de veces pero me chupa un huevo porque me decido a levantarme para ir hacia la puerta, la que viene ya es Medrano y de repente la rubia salta como si la alarma de "bajarse del subte" se le hubiese encendido con un poco de delay, y se baja del subte. transito el último tramo que me queda al mismo tiempo que observo que nadie en este vagón está tan bien vestido como estaba ella.

es raro esperar a alguien en un palier, a.k.a. zaguán. porque ¿qué hacer? posar como para una foto, hacerse el distraído, mirar fijamente que del otro lado del vidrio se vea alguien más que el propio reflejo? esos minutos entre que uno se presenta en voz alta delante de una placa de bronce en la que un portero despuntó su monomanía laboral esta mañana, hasta que finalmente la puerta es abierta, esos minutos han de ser motivo de angustia. además de tener que prepararme para enfrentar mi imagen mental de cómo puede llegar a lucir esta mina con su imagen verdadera, tengo que prepararme para tolerar esa sensación de estar en un laberinto de película cada vez que voy a un departamento que no conozco. y luego de ensayar distintas poses, entre las que destaco "mujer mirando preocupada a la vereda", "leyendo un libro de la colección de página doce" y "apoyome sobre el mármol frío, una pierna extendida, la otra flexionada", cae la muy descocada, con una polera turquesa, pantalón de jean y botas de lo más regulares.
a ver, a ver, ¿qué pasó? para empezar, el turquesa fue el color de moda hace diez años y esas botas son propias de una zapatería para viejas. y yo me habré olvidado el delineador y el rimmel pero vos bien que te podrías haber puesto un poco de brillo en los labios aunque sea, ¿no?

y doce pisos...más tarde, el consultorio es una meca de la simpleza insípida. al entrar hay una mesa de vidrio y cuatro sillas rojas, las paredes blancas como las cortinas y ni un puto cuadro a la vista. unas meninas, un miró, ni un afiche pop art, aunque sea. por el amor de dios, cuánto blanco ¡y todo junto! y adelante, me dice. adelante. adelante a dónde si todo este blanco no me deja ver nada, pienso. entramos en una habitación con un sillón de dos cuerpos color té con leche, con tres almohadones que van en degradé del té con leche al té rojo, casi al mismo rojo del sillón de un cuerpo donde se va a sentar ella. aquí también las paredes están vírgenes y la única interrupción del blanco la comete un título que la corona como licenciada en psicología.

bueno nos conocemos, me dice. ¿bueno, nos conocemos? ¿qué clase de afirmación es esa? ¿nos conocemos de antes? ¿nos conocemos ahora? ¿nos conocimos? ¿conozcámonos? ah, conozcámonos querés decir, le digo. sí, eso mismo, conozcámonos. y en ese mismo momento me doy cuenta que entre esta psicóloga y yo hay un abismo, "¡muerte al salvaje cambiador de verbos; viva el fundamentalismo de la conjugación!", ni perdón. y procedo a retirarme sabiendo que no la voy a volver a ver nunca más en la vida, por más que hayamos quedado te parece bien, como hoy, el miércoles a las once. sí, dale, macanudo.

me meto en un ¿y aquí debería decir la verdad o disfrazarla con cultura? podría decir que me metí en algún notable bar pero no, voy a ser honesta, tengo la mentira prohibida y lo cierto es que me metí a por un café con leche en el mac donalds de medrano y corrientes. sí. y qué? mientras pienso que la mejor manera para revertir esta mañana es caminando hasta el trabajo, espero mi pedido y no deseo agrandarlo y pido un vaso de soda. en eso veo que una estudiante de medicina está vestida de estudiante de medicina y me da tirria. tomo mi café con leche y en vez de ponerme la radio, recaigo con el umplugged de Charly García. juego a las miradas esquivas con un flaco que desayuna en una mesa próxima hasta que me voy volando a caminar.

paso por locales de ropa, una ferretería llena de cosas que no entiendo, una mueblería que pintó un liquidación de tiza en su frente de vidrio, un hotel lujoso y un hotel de mala muerte, un local de comida peruana; paso por charcos de películas pirateadas, por dos kilos de frutillas diez pesos, por un negro con un paraguas mojado de oro; paso por el kiosco en el que compramos con belén una coca, la vez que fuimos al taller de ana; por el edificio donde vive mi antigua psicóloga, (¿sería mi ex?) y pienso seriamente en tocarle el timbre "hola, ¿me atendés un ratico?", le diría, te lo juro. y sigo caminando y entro en un bar. no. y sigo caminando, no más. y en eso pienso que el once por corrientes puede llegar a enloquecerme, así que al llegar al abasto, elijo (elijo) bajar al subte y montarme en él hasta pasteur. dos estaciones. lo que se dice, un rapidito.

paso el molinete luego de apoyar el frente de mi mochila rosa con enormes círculos verdes, a la altura del bolsillo donde guardo mi tarjeta monedero, me río de los obsoletos que todavía pierden tiempo haciendo la cola, me pregunto si ese tiempo que me ahorro me lo usaré para algo mejor que pagar un plazo fijo en la cama desde que me despierto hasta que me levanto. o algo así. y veo cómo nos tomamos la invasión de esa tarjeta as if y un día de estos terminaremos con chips metidos en las yemas de nuestros dedos y mi infancia, oh, fue tan bonita sin computadoras y con cospeles

en el andén, qué linda palabra andén, me hace acordar al nombre de mi hermano, en el andén veo que el ventilador no funciona, miro un mural que hicieron los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22 en 1985 y pienso que seguramente alguno de ellos se cruzó con luca, tal vez hasta se tomó una ginebra con él y creo que se me va a hacer un poco tarde, cuando veo pasar a la misma rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle. lleva, además, tres bolsas de papel, de distintas tiendas de ropa. de esa ropa que huele bien hasta después que fue lavada seis veces. de esa ropa que vale varias de mis ropas. la rubia con la que hace poco más de una hora fui desde diagonal norte hasta que ella se bajó de repente en el abasto, es la rubia que pasa caminando delante mío mientras estoy apoyada en los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22, en 1985. pero no es la misma, en realidad, porque ok, sí, esta lleva un bolsito rosa chicle pero también carga tres bolsas de papel, y poco más de una hora desfilando en un shopping, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, música funcional y gente germinando esperando el sol. esa rubia y yo volvemos hacia el mismo lado desde donde vinimos juntas. coincidimos dos veces en un subte, en un mismo día. esa rubia, sus botas de esta temporada y mis zapatillas gastadas. su camisa blanca bordada y mi remera de cortázar teñida de rosa en mi casa con anilina colibrí. su jean de encaje perfecto y el mío con la entrepierna ya gastada. y pienso que qué loco, cuando llega el subte y ella se sube al vagón siguiente, la muy cobarde. y caigo en la cuenta que hace un año que no me compro ropa, que a diferencia de la mayor parte de las mujeres, no hay tarea que me excite menos que comprarme ropa, que nunca tengo ninguna prenda de la temporada actual cuando llego a la conclusión de que la psicóloga de la entrevista parece una tienda china de ropa para mujeres. y no hay otra manera mejor para describirla

domingo, 10 de octubre de 2010

las sábanas, testigo de tu cuerpo desnudo

hago la cama
no me levanté recién
más bien hace unas cinco horas
es domingo y los domingos me gusta hacer la cama
no apenas salgo de ella
eso jamás
jamás

pongo los bitel
sgt pepper
orden + música
el ritual que aprendí cuando pasaba las tardes
después del colegio
escuchando fito páez
y pasando un trapo por el piso de mosaico
o cerámica
nunca entendí la diferencia
verde

abro las ventanas
retiro el acolchado amarillo
que me regaló mi madre apenas me mudé a esta casa
los regalos institucionalizados de mi madre
son todo un tema de conversación
como el secaplatos que nos compró cuando me casé
o las zapatillas cuando cumplí 18
lo sacudo y retiro la frazada naranja
esa que me regaló J
un domingo soleado como este,
pero en ese entonces estaba enamorada

retiro las sábanas lilas
las primeras que lavé en mi casa
las primeras sobre las que lloré por amor
las que más me gusta usar
las primeras que tuve en mi vida de soltera
si esas sábanas hablaran
contarían lo pajera que soy

sacudo los almohadones
son de pluma
como el de Quiroga
pero los míos guardan entre sus plumas, mi sueño de escribir
ok, eso último fue malísimo
debo estar leyendo mucho... bueno, no importa
son cómodos y los amo
un amante que tengo me los hizo conocer

veo que el gato estuvo despuntando
su vicio instintivo
de afilar sus uñas en el borde del colchón
y pienso que maravilloso dejavu
me separé porque sus gatos eran insoportables
y ahora, yo tengo uno by my own


tiendo la cama y pienso
en la vez que me hice pis
y mis papás me hicieron la cama
mientras yo me dormía parada
y por más que yo me sentía en falta
supieron no retarme

tiendo la cama y me acuerdo
de la cama de mi mamá y
del olor de su pelo en la almohada
de jugar de mano con mis hermanos hasta desarmarla
de las luces de la tele reflejándose en su cara dormida
de esa noche de febrero en que me recibí de mujer
(y no estoy hablando de sexo)
de las inyecciones en esa cama
de mi mamá haciéndola conmigo de fiebre
de las fotos con mis juguetes en esa cama

tiendo la cama y me acuerdo
de las noches hablando con Alejandra
y Donna dándonos vuelta todo alrededor de nuestros cuerpos acostados
de las charlas sobre su frazada roja
compartiendo un cenicero
las volutas de humo interceptaban polillas
y nosotras planeábamos cambiar el mundo

hago la cama
porque tal vez hoy reciba visitas
pero la tiendo desprolijo
así no creo que la tiendo porque viene alguien
latiendo

la tiendo porque me gusta tenderla

martes, 28 de septiembre de 2010

caminamos una calle sin hablar

Colombres me vió triste. Colombres me vio alegre. Colombres me vio ausente. Me vio llorando. Colombres me vio rubia, colorada, morocha; con el pelo corto y el pelo largo. Colombres me vio cachorra, niña, adolescente y mujer. Colombres me vio dando mis primeros pasos y corriendo maratones. Colombres me vio irme y me vio llegar. Colombres me vio volver. Colombres me vio hambrienta y me vio satisfecha. Colombres me vio preocupada por mi nuevo trabajo. Colombres me vio precupada por irme de ahí pronto. Colombres me oyó suspirar por al menos tres amores distintos. Colombres me vio borracha y drogada. Colombres me vio manifestarme en contra de cualquier forma de evasión mental. Colombres me vio sin un cobre en los bolsillos y me vio despedirme de Buenos Aires por 23 días. Colombres me dio picazón con sus árboles de plátano de semillas invasoras. Colombres me vio de noche y de día. De mañana, mañana temprano, amanecer, madrugada, noche; de tarde anocheciendo, de tarde merendando, de tarde con ruido a siesta, al mediodía y a media mañana. Colombres vio cómo construía un hogar. Colombres vió cómo destruía un hogar. Colombres me vio de novia, desilusionada, casada, soltera y enamorada. Colombres me recibió más veces de las que me despidió. Colombres me despertó con bocinazos del 160, el 128, el 127 y el 88. Colombres me dio otoños con hojas prêt à pisar; verano con veredas llenas de cartuchos usados de bombuchas; inviernos con lluvia y taxis huidizos y primaveras con el sol aterrizando en el balcón. Colombres me dio fotos de su cara durante nueve años. Sé cuál era el frente que hoy es otro frente como lo supo ser antes. Colombres me empujó y me abrazó. Colombres me dio una casa con numeración capicúa, con escaleras, un montón de escaleras y con una bañera. Colombres me dio una casa para pintar, revocar, baldear, amoblar y abandonar. Colombres es la calle que eligiría como mejor testigo de mi vida adulta.

domingo, 26 de septiembre de 2010

horses

corren, patean
corren y gritan
gritan y patean
dan portazos
cantan
escupen
se burlan
aplauden
galopan
se empujan, se pelean
se mezquinan
se arrastran
vuelven a correr
se gritan auxilio en castellano neutro
escriben con tiza la pared
se asignan roles que después no cumplen
se levantan la mano
se dan la palabra
se piden pido
vuelven a correr
vuelven a gritar
se encierran
se juran odio
salen de vuelta
abren la puerta, la cierran a golpes
se cantan amor
se niegan
se aceptan
se vuelven a odiar
se lloran
se gritan
se abrazan
cantan una canción inventada
inventan un nuevo juego
para volver a correr
y gritar

esos caballos corriendo con furia
en un establo perimetrado por paredes de departamentos
son los niños del piso
en la libertad del pasillo
a la hora de la siesta

84 - Los sueños son más importantes que dormir.

Yo estaba anidada en su cama, desnuda. Acostada contra la pared, con la cabeza en su cuello. Ese colchón de una plaza donde sus sueños estaban tatuados. Podía sentir la pared fría sobre mi espalda y el olor a vainilla del perfume con el que rociaba su piel. Estaba con un brazo suyo enterrado en mi cintura, con la mano arriba del abajo de mi espalda. Y el otro tapándome, encerrándome en su cuerpo como jaula. Enfrentados los dos. Cara a cara. Horizontales. Yo, apoyada sobre un costado de mi cuerpo, acariciaba su pecho con la mano que estaba libre. Desenredaba los pelos enrulados que habían estaban ahí desde una adolescencia que desconocí. Despuntaba el encanto por deslizar mi muñeca en el centro de su tronco, de deslizar la palma de mi mano y abrir los dedos como un árbol sobre su piel llena de pecas, entre sus pezones y ese detalle de piel que no toma partido por ningún bando. Con mis pies acariciaba sus pies. No había música, sólo su respiración fuerte y el sonido de sus labios besando mi frente. Sus ojos cerrados. Nuestras pieles transpiradas. Promesas de eternidad. Sentí, lamenté que se me desprendiera para prepararse para salir. Salir a la calle, dejar atrás el escenario al que nos subimos desnudos los dos para interpretar un uno de intensidad infinita. Nada más doloroso que decirnos adiós luego de tanto deleite. Sentí hambre. "¿Vamos?" alcancé a escuchar que me decía, al mismo tiempo que desfilaba por la habitación en búsqueda del cinturón que, cómplice mío, un gran aliado, siempre se escondía. Yo seguía acostada, moldeada esperando su retorno a mí. Se agachó para hablarme, se sentó al borde de la cama. Vió mi piel erizada. Me tapó. Me destapé y le pedí que vuelva a la cama. Me dijo que no, que se tenía que ir. Lloré. "Volvé, dale", rogué con insistencia. "Volvé vos", me respondió. Entonces, un globo rojo con forma de corazón me estalló en la cara. ¡Plop! Sonó el teléfono. "¿Estabas soñando lo mismo que yo?".

lunes, 20 de septiembre de 2010

un zoom anatómico

dije adiós. salgo media hora tarde. y cargo con un poco de sueño, como si recién saliera de un tenedor libre de modorra. la llegada del colectivo se ve opacada por el paso de un camión de bomberos. a todo vapor, luces y sirena. mitad alarma, mitad aspamento. en el colectivo encuentro cinco centavos. brillantes y acostados con el cinco boca arriba. me siento en el fondo. dos veces. sí, una redundancia. una mujer negra está sentada en la otra punta de la hilera de asientos que nos separa y nos une. se acomoda las tiritas de sus zapatos con meticuloso esmero. un gordo con pinta de recién salido de trabajar escucha el gol de un partido de fútbol con la radio apoyada en la oreja. bien old school. la música parece de domingo a la tarde, pero es viernes a la noche. yo miro por la ventana y detenidos en un semáforo alcanzo a ver una heladera en la cocina de un primer piso. está sola. tiene algunos imanes desordenados encima. también puedo ver un termo apoyado en una mesa. silencio visual. de repente entra en escena un flaco de pelo largo. el actor principal de la pequeña obra de teatro de la que soy única espectadora. está fumando. agarra el termo y se sirve un mate. lo toma apoyado en el marco de la ventana. en una mano un mate, en otra el cigarrillo. cogotea hacia la noche. no me mira. no me ve. se da vueltas, se pone de espaldas. cuando está a punto de abrir la heladera, el colectivo arranca. ya nunca sabré qué tenía ahí, de qué materiales estaba compuesta la cara interna de esa puerta. pienso en esa escena en un tercer piso. en el silencio de una madrugada, en el olor de la noche a cigarrillo y yerba mojada. abro la libreta para anotar el haiku que me acaban de leer solo a mí. busco la primer hoja en blanco disponible. encuentro lo último que escribí: "el amor es tres cuartas partes curiosidad. casanova".

miércoles, 15 de septiembre de 2010

A mí me es fácil olvidar

Escucho la tecla de la luz de la cocina y me despierto. Me doy cuenta que estoy despierto porque se esfuma de mis manos las rayitas de goma del manubrio de la bicicleta del vecino. Es una bicicleta negra, con asiento banana y manubrio tipo chopper. Marcos me la presta para ir de esquina a esquina, sin que me aleje de su campo de visión. Y por un ratito. Después me la pide de vuelta. Él cree que yo voy a su casa por la bicicleta y se abusa un poco de eso. Pero en realidad yo voy a ver a su hermana Flavia, que siempre usa pantalones ajustados y remeras cortas que le dejan la panza al aire. Flavia va a mi escuela, pero a otra división. En la escuela no me dá ni pelota y además siempre me las ingenio para quedar como un tarado delante suyo. Como sea, la bicicleta está buenísima. Y el olor a goma me hace alucinar. Estaba soñando que andaba en esa bicicleta por todo el centro, solo, sin que Marcos me estuviera mirando. Eso, hasta que la luz de la cocina se reflejó en mi cama y entonces los pasos de las chinelas de mamá, y el magiclick y la hornalla abierta y la canilla y la pava con agua sobre el fuego. Quiero seguir durmiendo. No es la primera vez que mamá se levanta en el medio de la noche. Son como las cinco de la mañana y en poco más de dos horas tengo que entrar al colegio. No quiero despertarme ahora. Pero escucho que está inquieta. De más chico tenía un libro de cuentos que se llamaba "El ruido que hace alguien cuando no quiere hacer ruido". O algo así. No sé dónde habrá quedado y si todavía lo tengo conmigo. Y en el fondo siento que quisiera que me levante para ir con ella. Estoy en calzoncillos, así que me pongo el pantalón de la escuela para salir de la cama. Ya no puedo estar en calzoncillos delante suyo como antes. Me da mucha vergüenza. No sé por qué. Voy a la cocina y con la música de un bostezo le pregunto qué está haciendo. Nada, me dice. Pienso si otra vez vamos a darle con el cómo que no estás haciendo nada, nada, te dije que no estoy haciendo nada, volvé a la cama, que no puedo volver a dormir, ya me despertaste, qué hacés y te dije que nada. Así que mejor me lo ahorro y abro la heladera para prepararme una leche con cacao. Me dice que vuelva a la cama. Y yo no solo que no le contesto, si no que me siento en la mesa, con una taza, una cuchara, el cacao y el cartón de leche, dispuesto a ser testigo de lo que sea que esté haciendo. Está de espaldas, revisando el armario de la cocina. Cuando se da vuelta y logro verle la cara, me doy cuenta que hacía rato estaba despierta. No tiene los ojos colorados como cuando recién los abre. Y ya van varias veces que se desvela así.

Estoy buscando las cosas para armar el arbolito. Pero si estamos en septiembre. ¿Y qué tiene que ver? ¿O vos hacés las cosas solo cuando te dicen que hay que hacerlas? Si fuese así, ¿por qué no ordenás tu cuarto cuando te digo que lo ordenes? Mamá, para qué querés armar el arbolito ahora. No importa para qué. Quiero armar el arbolito. Si te molesta, volvé a tu cama. Pero para eso ya estoy explotando las burbujas de cacao que quedaron en el fondo de la taza. No sé qué hacer con mi mamá. La otra vez tiró una caja con todos mis muñecos porque decía que había que renovarnos. Por qué no tiró esas bombachas todas rotas que tiene, si había que renovarnos. Esos muñecos, yo los quería mucho. Pero cada vez que puede, mamá tira todo a la basura. Sospecho que esto del arbolito es para tirar las bolas doradas y las guirnaldas y en diciembre preguntarse a dónde estarán las cosas del arbolito que no las encuentra por ningún lado. Con lo nerviosa que se pone cada vez que pierde algo. Parece que va a quemarte con la mirada, cada vez que pierde algo. Tenés que ponerte a buscar vos también, cada vez que pierde algo. Aunque no sepas qué o aunque sepas que lo tiró a la basura, hacé como que también estás buscando, porque si no te juro que te puede fusilar. Pero no. Una vez que dio con la caja correcta, empieza a sacar bolas y estrellitas y guirnaldas y lluvias. Desenreda una madeja de luces y las enchufa con cuidado, para probarlas. Está encandilada por la musiquita y las lucecitas que, todavía un poco enredadas, ensayan un baile delante de sus ojos. Yo la miro y mientras tanto, abro un paquete de galletitas Ópera. Voy por la segunda taza. Ya no me voy a volver a dormir y me imagino que a las once, en la hora de historia, voy a cabecear más que de costumbre. Las lucecitas sobre la cara de mi mamá la iluminan dos veces. Una por el reflejo de sus colores y otra por la alegría que le dan.
Hace un montón que no veo a mi mamá alegre. Siempre está cagándome a pedos por cualquier cosa. Así que la ayudo a desenredar las lucecitas, mientras ella abre los brazos verdes del arbolito y lo para en la mesa. Es chiquito este arbolito. Antes teníamos uno grandote, más lindo, que ya se pueden imaginar dónde fue a parar. Antes de terminar de abrir todas las ramas de plástico, le empieza a colgar todos los adornos. Tengo ganas de que hagamos un viaje, me dice. ¿A dónde te gustaría ir?, me pregunta. Como sé que siempre dibuja castillos en el aire, no le digo nada. Enchufo de vuelta las luces, esta vez extendidas en el respaldo de las sillas. Algunas se rompieron, veo. Algunas se rompieron, dice. Y saca las lluvias y las guirnaldas. Las acomoda sobre el árbol. Vuelan algunas esquirlas brillantes y mi mamá me las sopla en la cara. ¿Qué hacés?, le digo. Ay, che, es una broma, me dice. Una broma es armar el arbolito en septiembre. Esto es una broma. Pero, che, vos siempre tan cabrón. Y vos siempre tan ridícula. Agarro la taza, la dejo en la pileta. Pensaba lavarla, pero sé que le molesta que deje la taza en la pileta y más si tiene cacao. Y me vuelvo a la cama. No sé para qué, porque ya escucho a los pajaritos y los colectivos que andan más seguido y eso significa que en breve me voy a ir a la escuela.
Me quedé con sueño y no puedo faltar. Hoy el gordo Matías iba a traer unas revistas porno de su hermano. Robadas, por supuesto. Como todo lo que tiene siempre el gordo Matías. El pelotudo se cree que se puede ser menos gordo si se es más chorro. Pero al lado del gordo me siento menos tarado y estoy entrando casi tarde cuando en la puerta veo que tengo desatado el cordón del zapato. Me agacho para atármelo, aunque sé que es al pedo. Se me desatan todo el tiempo. Estuve desde marzo hasta acá atándome los cordones con un promedio de tres veces por mañana. Y en eso llega Flavia. Lleva las manos agarradas en las correas de su mochila, a la altura de los hombros. Yo terminé de atarme los cordones, pero no me levanto. Estoy a la altura de su pollera y nunca estuve tan cerca de esas piernas. ¿Qué hacés?, me increpa. Encima me increpa. Nada, le digo yo. Pero no me levanto. No puedo. Me pasa la mano por la cabeza. Nunca sentí algo tan lindo. Me peina con sus dedos. Tenés el pelo lleno de tiritas brillantes, como las de las guirnaldas del arbolito, me dice. ¿Estuviste armando el arbolito esta mañana? Mirá que estamos en septiembre. Y se va corriendo por la galería al patio, a sumarse a la fila de su división.

jueves, 9 de septiembre de 2010

sos un traidor, un infiel y un enigma

de días en días

-porque aquí no caben expresiones como "de tanto en tanto" o "algunos días". se trata más bien de una mezcla de los dos. equilibrada mezcla. tampoco es una frecuencia. no-

de días en días gusto de traer un amante distinto a mi casa,
que festeje mis chistes y tome de mi vino.
que me deje jugarle con la luz y la sombra de mi lámpara favorita en el mundo.
que me seduzca por completo y me lleve a la cama
y me espere hasta que me venga un orgasmo y me duerma.
de tanto en tanto me gusta
cazarlo en la calle corrientes
mirarlo fijo, clavarle los ojos, seguirlo con la mirada, inspeccionarlo un poco
rozarle la piel, oler su cuerpo
agarrarlo fuerte, apretarlo con mi mano
elegirlo como a una presa perfecta
verás, yo soy una cazadora furtiva, sí
aunque no sé de qué otra manera se puede ser cazador
pero me gusta el trabajo de ir de caza sin grandes expectativas

-hay cosas mías que quisiera que no sepas nunca-

me gusta la tarea de la seducción
me gusta que me seduzca
esos verbos malditos que levantan las banderas de la duda
me gusta que me seduzca porque me dejo seducir
después de todo, es un amante perfecto siempre, aún cuando es malo
mal amante, amante al fin
y el género es secundario
puede ser un hombre o una mujer
o varios hombres y varias mujeres
anoche vine con varias mujeres
las amé a todas,
más que nada porque estaban todas juntas
pero más aún porque estaban
porque eran
a veces es un hombre solo
tengo un amante predilecto, tu sais
un amante fijo, verás
c'est mon amant
un amante fijo que a veces me agota
no, perdón, no quise decir eso
últimamente no viene tan seguido a mi cama
porque en realidad está siempre

-sobre gris una perfecta estrella AMARILLA-

hoy lloré teniéndolo en mis manos
cuando le encontré la página 115 señalada en un cuento corto
lloré como hacía mucho no lloraba
porque esa página señalada fue una miga que me dejó el pasado
ese pasado absurdo
que habita en cuadernos repletos de palabras
y en fotos llenas de olor a primavera

-a mí la primavera siempre me va a hacer acordar a esos días-

lloré porque ese amante me había sido infiel
y no tolero la infidelidad por parte de un amante
un amante es un amante, no hay lazos más que el amor pasajero
pero la fidelidad
la fidelidad no es un juego
y lloré por alguien que anda por ahí
y lloré por lo que dicen las líneas de una mano
pero sequé mis lágrimas porque al fin de cuentas
se trataba de un amante prestado o regalado
como si una amiga me hubiese presentado a alguien
o no
como si hubiese pasado un tren y seguido de largo sin frenar en la estación donde yo estaba
o no
como si alguien me dijera que pida un deseo para una estrella fugaz que no alcancé a ver
o no
como si mi amante me hubiese sido infiel.
eso
pero volviendo al tema

-el amor es tres cuartas partes curiosidad-

me gusta traerme de esos amantes
me gusta la promiscuidad, literalmente hablando
aunque
a veces me caso y tenemos muchos hijos y vivimos happily ever after
a veces sólo abuso de sus intenciones
y me gusta la seducción de la charla desinteresada camino a mi casa
sin demasiada atención
como si estuviera haciéndome rulos con un mechón de pelo y mascando chicle
no me importa lo que tengas para decir, sólo hago como que te escucho
pero cuando estemos en mi casa
ahí, ahí te quiero ver de veras
te quiero ver desnudo, de verdad
entonces llegamos y nos sentamos en la mesa del comedor y abro un vino y empieza el juego
de atrás para adelante, de adelante para atrás
y el olor y las fotos
y el tamaño de la letra y la textura del papel
y nunca conocí a nadie como vos
y ya no vuelvo a estar sola
y te amo
esta noche te amo
te juro que te amo
aunque recién te conozco, aunque mañana cuando me despierte, me levantaré rápido, me iré pronto y vos seguirás en la mesa de luz y ahí pasarás el día, tal vez hasta la noche siguiente

y entonces nos quedaremos chapando en la mesa un buen rato
yo tomo un poco más de vino y te desnudo página por página
y vos me das lo más lindo que tenés de vos
total, un día de estos hablaré de vos y alguien me dirá un dato obseno de tu existencia
y entonces ya no te querré
y habremos pasado algunas noches juntos
sí
tal vez me dormí teniéndote en mis brazos
y caí rendida después de tanto orgasmo visual

-mi pequeña muerte-

y la luz quedó prendida
¿hay algún silencio más bello que el de la noche con la luz prendida?
sí, el de una radio todavía encendida en la madrugada de un día de semana

-dejo la radio prendida para que, si quieren venir a robar, crean que hay alguien-

y puedo levantarme un amante en el parque rivadavia
un domingo a la tarde
mientras los viejos se debaten la gloria en un partido de ajedrez
un nene aprende a andar en bicicleta
una chica aprovecha de la edad de su hija para subirse a la calesita
y yo en el puesto 96, eligiendo un nuevo amor
y puedo levantarme un amante en la calle corrientes
en edipo, uno que venga con coño y joder
con tarjeta de crédito
en libertador, uno barato, berreta
en efectivo
y puedo levantarme un amante en dorrego y bonpland
esperando no enamorarme de esa esquina una tarde de otoño
yo con una camisa a cuadros rojos y un rodete alto
y vos arriba de un tablón con caballetes, a la interperie, y todo lleno de polvo

-as if-

me gusta la idea
del amante ocasional
del amante
me gusta la idea del amante
me gusta traerlos a mi casa sin prolegómenos
llevarlos a la cama y que duerman conmigo
al día siguiente, viajar juntos en colectivo o subte
elegir la música para que compartamos
no sé
a veces mis amantes son míos
a veces son prestados
a veces son regalados
me gusta la idea de charlar sobre esos amantes compartidos
o los amantes que nunca desnudé, pero siempre quise
cuando en una fiesta o reunión, alguien los menciona y yo redescubro el deseo
qué linda sensación la del deseo
¿hay algo más animal que el deseo?
o esos amantes que deseo y deseo y luego de un tiempo conquisto
sos mío

hoy me encontré con una escritora
que prologó el amante que anoche traje a mi casa
sentada enfrente mío, me sedujo la magia del momento

-en cualquier enamoramiento uno quiere mirarle todo a ese objeto de deseo-

generalmente
general y mente dos palabras sueltas que solas no suelen estar juntas
generalmente mis amantes duermen amontonados en una biblioteca que llegó a mi casa el día que cumpli 27 años
salvo contadas excepciones
una, dos, tres, tal vez ocho
que los eché de mi casa
fuera, fuera, ya no tenés un lugar en mi casa ni en mi corazón
entonces mis amantes fueron a otro lugar
una vez tiré un amante a la basura
alguno ha terminado en la salamandra
y me gustaría que esa frase sea leída con las cejas levantadas
alguno ha terminado en la salamandra
pero por lo regular
los dejo en esa biblioteca
y a veces los dejo que sean amantes de algún amigo que quiera amarlos como yo
de días en días

lunes, 30 de agosto de 2010

imthewarlus

vos lees el cronista y yo el diario de andrés fava, ninguno de los dos trajimos las cartas correctas para jugar acá y yo tengo la sensación, sí, de estar en una fiesta, mirando todo desde un sillón, al lado de una invitada tan colada como yo y se me viene el encanto de las fiestas a las que se asiste de colado y no puedo decir de colada todavía, porque tampoco puedo decir una misma, se me hace revista de cocina, manualidades y confección de vestidos de estampado a cuadros. nunca pensé que aprendería a tejer. a solo dos pesos con toda la fruta en flores y la señora de la ventana del asiento de atrás le pide a la señora del pasillo que anote el teléfono de antonio. se pone los anteojos, y lo busca en su celular y yo adoro la gente que hace de la mirada una ceremonia. yo tambén lo hago. sí. si estoy sin anteojos y achino los ojos y les digo, c'mon guys, estoy segura de que con un poco de esfuerzo pueden llegar a ver el nombre de esa calle. pero anteojos y celular no sé. es raro, es. nos ayudan con 0.10 centavos para poder comprar la leche y el pan para mis hermanitos más chiquitos. muchas grasias. vos tenés pinta de tener más hijitos que hermanitos. dale. ojalá dios los recompense. desde hace un par de años que esas fotocopias son moda en el marketing del mendigo. los errores de ortografía también. yo lo que no soporto es que usen a los chicos, me dijo cruzando uruguay. este tren, decía yo, es de otras lecturas. de crónica, de papparazzi. un espanto. en liniers justo me freno frente a un puesto de revistas atiborrado de ejemplares y me pregunto si las revistas tendrán un geriátrico donde encontrarse de vuelta y qué fue de tu vida toco y canto, y, le enseñé los acordes de Tan Solo a una piba de 14 años y vos? y yo, con esta nota de tapa de la trata de personas sólo serví para que le den dos corchazos al periodista, qué se le va a hacer. en fin. la felicidad es artifical pra mí. esto es una varieté: cada vendedor llega, hace su número, recoge aplausos en forma de ventas y se va. el valor del boleto debe ser la entrada más barata. una vez un mimo me dijo que era linda, después de ponerle cinco pesos en una galera de pana roja. vendrá santa rosa? parece que sí. puede una rosa ser santa? no me gustan las flores ni las plantas. se me hace que los vendedores de estación tienen relaciones reales tipo facebook, un comentario al pasar con los clientes regulares y hasta la próxima, y son vistos por mucha más gente que anda por ahí, observa su mercadería y se va sin preguntar ni comentar nada. sans rien dire. gracias por leer esto que escribo, pienso, que cuento, que veo. una señora lee de parado. qué habilidad. yo tengo un bolso pequeño. este partir es partirme. hay otras gentes con bolsos grandes. con bolsos grandes muy grandes. con bolsos chicos. hay uno con un bolso verde. ah, el discreto en canto de los bolsos de coloquios medicinales. la semana del duodeno, del 7 al 12 de julio. es el original de georgalos, dos pesos lo que vale. gente que duerme. ¿vos sabés si tus padres te miraban cuando dormías? madera rosa. serenidad escrito en una lengua muerta. esa frase me parece arrasadora. una imagen tuya conmigo fuera de plano. siempre estuve fuera de plano en esas fotos. encuentro de mis ojos con otros ojos. otra vez. otra vez. nada más indimidante. un romance de tránsito. morón explota. morón es. yo quisiera haber nacido en morón. morón es más power. me llama mi mamá. me pone tan nerviosa hablar por celular en espacios compartidos con desconocidos. sutil y suavemente piel. neurosis volumen XXXVII. no sé, es como si me viera obligada a mostrar mi intimidad, y no sé si quiero que este señor que está enfrente mío, leyendo un artículo sobre la revolución de mayo, sepa que estoy bien, que mi salida de ayer estuvo muy buena, que el hijo de puta de mi vecino celebró su cumpleaños con una fiesta insoportable que no me dejó dormir hasta que se hizo de día, que lo odio mucho, que hoy comí polenta. siento celos de mis asuntos, de mis cosas, las guardo bajo las alas del silencio. fah, qué solemnidad al pedo. en realidad, creo que eso y el temita de querer irme siempre fueron dos regalos de mi papá. los únicos, capaz. me decía que tenía una doble biografía, cosa que yo no entendía. ja. qué puntualidad. alfajores, cerveza, máquinas de afeitar. y esa voz, de dónde la sacaste? en qué escuela se les enseña a los vendedores ambulantes a poner la voz así, cómo si estuvieran hablando luego de fumar una pitada que no quieren largar. y el asunto ese de desmenuzar los beneficios de cualquier elemento. estos tipos, cuando llegan a sus casas, ¿cómo describen sus días? nos rumiamos eternos en mi canción de cuna. el horror, un vendedor de compilados de mp3. melódico. melódico dice. amadeus, mozart, mercedes sosa, revolcándose en sus cenizas. una versión en español de un tema de bryan adams. eutanasia ya, por favor, eutanasia. por suerte ya me bajo. cruzar el túnel. esperame en la calesita. en algún caballito en particular? en la morsa.