lunes, 9 de mayo de 2011

Este globo que sale de mi cabeza

Salí de mi casa después del mediodía, cuando en los pasillos todavía se sentía olor a comidas. Distintos platos, muchos guisos. Me gusta cuando llega el invierno porque el tour por la escalera es más sabroso para mi nariz. En el cuarto cocinan arroz con pollo. En el tercero, demasiados condimentos distintos. En planta baja, milanesas. Ah, digo mi casa y me veo en la obligación de traducir de suburbano a porteño: mi casa es un departamento.

En la puerta, en un cuadrado de tierra que bordea un árbol que está delimitado por el cemento rugoso y berreta con el que para el gobierno de esta sucia ciudad se puede hacer una vereda, dos chicos en short y remera juegan a la bolita. No puedo creer semejante imagen. Tal vez no tengan idea de que ese juego ya podría estar en un museo, junto a una caja de un Pictionary o un Estanciero y una rayuela. ¡Están jugando a la bolita! ¡Y tienen una lechera y todo! Los miro, me miran, sigo caminando.

Ayer me compré Hoy en un recital de Minimal. ¿Sabías que Minimal es zurdo? Yo tampoco, pero tenía mis sospechas. Así que mientras camino, voy cantando esas canciones. Llego tarde, tan tarde, muy tarde. Bueno, no tanto. Con una buena cometa, podría alcanzar los niveles ISO9000 de los estándares de puntualidad. Mientras espero el colectivo, hago sonar dos monedas de cincuenta centavos recién sacaditas del horno de tan brillantes. Las hago jugar a que son las suelas de los zapatos de Fred Astaire, hasta que viene mi colectivo. Subo y veo una pareja de sordos habla en lenguaje de señas en los dos asientos de adelante. ¿Se los habrán dado o será pura coincidencia?

Mi destino es una esquina del barrio donde trabajo. Amo ese barrio. Ir al barrio de mi trabajo un día que no trabajo es la oportunidad para ver la misma ciudad pero en otra estación; escuchar la misma radio, pero en otra frecuencia. Así que bajo en una esquina de San Telmo y me encuentro con un amigo nuevo que tengo. Su lengua materna es la que yo estoy adoptando; mi lengua materna es en la que él se está gestando. Vino acá para replantearse algunas cosas de su vida. Debería haber la crisis del cuarto de vida. Esa es bien puta. Puta traicionera. Sí, la crisis del cuarto de vida es una puta traicionera.

Nos tomamos un otro colectivo. Vamos al Barrio Chino. Yo le hablo en su idioma y él me contesta en el mío. Debe ser gracioso escucharnos. ¿Podés creer que todavía hay porteños que se asombran de ver un gringo? Pensé que ya habíamos superado eso, pero todavía nos sorprende. Hablamos mucho, y en eso de pensar y pensarse en otro idioma, con otras palabras, con palabras que tienen otro peso hacemos un viaje interesante. Es un sabor ameno. Es un saber agradable. Es reconocernos y conocer otra naturaleza cultural. Yo te invitaría a estudiar y estudiarte junto a un extranjero, y vas a ver que este país no es tan de mierda como estamos acostumbrados a decir, porque a fin de cuentas, en todas partes se cuecen habas.

Una vez en el Barrio Chino nos metemos a ver cosas en un supermercado. Él me dice una palabra que yo no conozco en su idioma, que él no sabe cómo se dice en el mío y que en el inglés, esa especie de esperanto que supimos conseguir, yo no la conozco. Así recorremos todo el supermercado hasta que en una góndola de atrás, cerca de los caracoles, frente a los panes, estaban en una bolsa. “¿Qué aprendimos hoy? Poroto. Po-ro-to.” Le pregunto y nos contesto. Justo cuando voy a contarle de la Tota y la Porota, me asombra cómo los orientales todos no tienen reparo en agarrar la comida con las manos. Con todos los dedos, uno agarra un pulpo pescado y pesado y lo mete en una bolsa que chorrea agua de mar sobre el piso de cerámica. A él también le sorprende. Pero seguro que cuando hay que desconcentrar en un estadio, yo en Buenos Aires estoy más cerca de este caos chino que él en su ciudad.

Un rato más tarde, nos encontramos con dos compañeras de estudio mías, más la amiga de una de ellas. Ahora ellos, los extranjeros, son mayoría: de ellas, dos son de la misma nacionalidad de mi amigo. Así que switcheamos, no más castellano. ¿Y si ahora estuviéramos hablando toba? Uno de los primeros gramaticólogos del español ya hablaba de la importancia del idioma como herramienta de dominación. Un poco por democracia, y otro poco por necesidad, nos hablamos en un cocoliche con interferencias orientales, ya en otro supermercado, lleno de gente que se choca y se roza y se pide disculpas en al menos diez palabras distintas. Entre tés, golosinas y jugos de distintos colores, un chino grita mucho. “¡Mucho!”. Le grita a otro que está no muy lejos. “¡Mucho!”. Enseguida, mi amigo me dice que le gusta mucho “un montón”. “’Un montón’ me gusta un montón”, se corrige.

Y yo pienso esto: cuando escucho a alguien hablar mi idioma, quiero decir, alguien que tiene otro idioma como lengua primaria, es como si yo trabajara en un supermercado y conociera la ubicación de (casi) todos los productos en cada góndola. Entonces ese alguien viene por primera vez y yo lo miro cómo pasea por las góndolas hasta encontrar dónde está cada producto que quiere agarrar. Cuando yo visito su supermercado, todavía doy muchas vueltas hasta encontrar los porotos, por ejemplo.

Él se decepciona un poco al ver que aquello a lo que decimos barrio son una, dos, tres, cuatro calles de supermercados, bazares y restoranes. Así que nos vamos los cinco hacia Cabildo y Juramento, una esquina casi tan densa como Acoyte y Rivadavia, como Corrientes y Callao. Dos más y tengo las cinco del viernes de esta semana. Mis amigas se van y nos sentamos en la terraza de un café a seguir hablándonos de hablar. Me tomo el café con leche con él hasta que me tengo que ir y entonces me tomo un colectivo. Bajo y me tomo una gaseosa que compré en un supermercado chino en el Abasto. Tengo una obra de teatro que ver. Es una que habla sobre cómo el ser argentino está basado en la figura ídolo de cartón, que tal vez ni siquiera era argentino y a quien se lo reconoce como músico, sin saber tocar la guitarra; del que se dice que cada día canta mejor, cuando le componían todos los temas. Un poco de eso somos. Pudiendo ser Lepera, todos queremos ser Gardel. Alucinante.

Como estoy cerca del Konex, a la salida me decido a pasar por ahí. Me enteré que había unas TedTalk y pensé en dar una vuelta para ver de qué se trataba. O como dicen los chicos ahora, de qué la iba. Pero, justamente, para entrar había que haber sido invitado. Y para haber sido invitado, había que tener entre 16 y 21 años. O sea, diecinueve. O dieciocho. Mientras escucho a Zambayonny gritando que no pudo dejar la paja, veo que parado en la puerta está mi profesor de física de la escuela. Hola, qué tal, yo fui alumna suya hace unos diez años atrás. Y el tipo se acuerda de un trabajo que hice sobre el agua. Con ese trabajo llegué al diez de promedio y zafé de llevármela en cuarto año: siempre me gustó estar al límite. Él está con su mujer, esperando por el hijo de ambos, que está adentro. Mientras les contesto qué hice durante este tiempo, recibo un mensaje de texto. Hay una fiesta en Chacarita y otra por mi barrio. Es sábado a la noche y yo ya tuve mi salida ayer viernes. Además, tengo trabajos que hacer para la facultad. Así que no voy a ninguna de las dos. Elijo irme a mi casa, a estudiar lengua y gramática.

Voy hasta Corrientes. Ya es tarde para el subte. Qué pena conmigo, opción descartada. Paseo por las paradas de un montón de colectivos. Al final, elijo viajar tomando dos colectivos. Así que espero dos colectivos distintos para ir a un mismo lugar. Viene uno, pero elijo esperar al de atrás, al que Murphy me asegura que viene vacío. Y así es. Bajo para tomar el otro, me decido a tomar un helado. Elijo dulce de leche, maracuyá y avellana. Sí, yo tampoco entendí lo de la avellana. Pero elegí eso. Me tomo el otro colectivo. Elegir y decidir son casi primos, ¿viste?

Me bajo a dos cuadras de mi casa, con un pibe con el que viajamos sentados juntos desde que él se subió, en la parada siguiente a la que subí yo. Caminamos esas dos cuadras a tres metros de diferencia –él adelante, yo atrás- hasta mi edificio. ¿Me creerías si te dijera que los chicos seguían jugando a la bolita? Ahora de campera y largos. ¿Habrán estado ahí toda la tarde? Yo viajando a un montón de países distintos, en un montón de colectivos y ellos, toda esta tarde de sábado jugando a la bolita. Las manos negras, el honor en juego. La pinza, Bretodeau, ¿la conoce a la pinza, Bretodeau? El flaco y yo entramos a mi edificio. Me pregunto si este pallier será también parte de mi casa. De ser así, tranquilamente podría poner unas plantas y algunos afiches de películas. Él, todavía adelante, llama al ascensor aunque sigue de largo y toma las escaleras. Compartimos el asiento de un colectivo, pero no se animó al ascensor. ¿Cómo tendría que traducir eso?

martes, 26 de abril de 2011

Buenos Aires no duerme

El espectáculo es bello por donde se lo mire. Sobre todo por lo fugaz, porque va a durar hasta que corte el semáforo y empiecen a pasar los autos por alguna de las dos manos de esta avenida, en donde cae una lluvia de hojas amarillas. Caen por más que no haya más que asfalto para regar. Caen y hacen un sonido parecido al de un palo de agua. La última vez que oí un palo de agua también había hecho el amor hacía un rato, estaba desnuda sobre un piso de parqué y sobre la mesa, sobres del banco. Y ahora, este ruido parecido al de aquella tarde de sábado y yo también estoy parecida a aquella tarde de sábado. Pero es mañana de domingo y camino por la avenida toda vestida de anoche, medias de red y campera negra. El pelo suelto, el maquillaje corrido. Me siento tan impuntual. Comparto la vereda con chicos vestidos de domingo, con sus padres vestidos de domingo también y con viejas que van a comprar el diario y las pastas frescas paseando el perro al que le dan tres retráctiles metros de libertad.

Camino rápido, me pongo el emepetres. De mañana, el fin de la noche es esta mañana de videoclip. Y el videoclip es más aventuroso. Aventuroso, quiero decir, más lleno de aventura. De aventura, quiero decir, de romance fugaz. De romance fugaz, quiero decir, de sexo casual. De sexo casual, quiero decir, de haber dado un nombre que no era el mío, de miedo al sida, de irme y haber dejado un teléfono cualquiera. Un teléfono cualquiera, quiero decir, un número formado con los números que se me antojaron en el momento. El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio.

El sol me pega en la cara y con la mañana, el gusto a cigarrillo se siente más fuerte. Sobre todo porque no fui una buena nena y fui a la cama sin lavarme los dientes. Entre otras cosas. Mal, nena, mal. Mala nena. Una nena de campera rosa va de la mano de su papá. Él la lleva de la mano, más bien apurado, la hace caminar a los saltitos. Ella cruza la calle sin mirar, mientras lleva en la otra mano un huevo más grande que su cabeza. Y sobre los hombros, una mochila escolar. Supongo, me imagino, que es de esas nenas que se devuelven hacia el fin del fin de semana. Y que ese huevo es para compartir en su casa, en la casa de la madre, en la casa de la madre que alguna vez fue la de la madre y el padre y ahora es la de la madre y otro hombre, que le hizo otro hijo a su madre, un hijo que no es hijo del padre que es su padre, pero con quien ella va a compartir un huevo de pascuas. Porque en esta mañana todo huele parecido a Navidad y es porque es Pascuas. Domingo de Pascuas. El domingo pasado también amanecí en una casa desconocida y al salir a la calle también sentí algo parecido, menos parecido pero parecido al fin, a Navidad. Era domingo de Ramos. De Pablo Ramos es el libro que me pongo a leer en cuanto me subo al colectivo.

Me siento atrás, en uno de los asientos individuales. Es uno de esos nuevos y está limpio. En uno de los dos asientos que miran-para-el-otro-lado hay un pibe que debe tener unos 18 años. Lo miro, me mira. Me fascina el cruce de miradas que únicamente pueden darse en un colectivo. Sobre todo porque él tiene 18 años y yo podría ser su madre. Bueno, bastante precoz. Pero anoche también fui un tanto precoz y mejor sigo leyendo mi libro, pero miro y veo que en el otro asiento que mira-para-el-otro-lado hay un flaco más o menos de mi edad, que me cae interesante. Me cae visualmente interesante. Ese no podría haber sido mi hijo y con mucho gusto lo haría padre. Con él juego un rato más al te miro, me mirás, miro para otro lado, te vuelvo a mirar y me estás mirando, y este romance va a terminar en cuanto el colectivo frene y yo me baje, lo sé, pero qué lindo es mirarte y ver que me estás mirando. Me recuerda al amor más lindo y puro que tuve, al único que pudo compatibilizar esos dos adjetivos, a mi primer amor, a un amor de secundaria. Pero Pablo Ramos me espera y además, tengo a mi lado una ventana.

Me encanta viajar en colectivo, si es en un asiento que da a la ventana. Podría tomarme el 37 desde Lanús hasta Ciudad Universitaria veinte veces, si me asegurara un asiento con ventana. O cualquier colectivo que dure lo mismo. Miro la gente. Miro las ventanas de los primeros pisos. Veo una vieja cosiendo. Qué hermosa postal la de ver una vieja enhebrando una aguja. Quisiera sacarle una foto. También creo ver a María Kodama. Y si no era, qué gusto haber cruzado a alguien parecida, porque ver a María Kodama (o a alguien parecida) representa la obligación de plantearse una duda existencial a esta altura del partido: canas, ¿sí o no? Como sea, miro y veo las panaderías y una señora que elige una pastafrola, la señala con el dedo. “Esa”, leo que dicen sus labios. Y la empleada, con un gorrito, corrobora su elección. ¿Con quién compartirá esa pastafrola? La otra vez me enteré que “compañero” viene de un término que hace referencia a compartir el pan. Y los huevos de Pascua, ¿de dónde vienen? Si los conejos son mamíferos. No bien termino de pensar eso, levanto la mirada y donde estaba sentado el pibe de 18, está sentado un viejo. ¿Qué pasó? ¿Qué te pasó? Me distraje un segundo y te volviste viejo. Así de repente. Creo que eso nos pasa a todos. Como cuando vemos la foto de alguien a quien conocimos de joven y de repente peina canas y decimos que está viejo. Pues bueno, el que lo dice, está lo mismo de viejo. O como en las reuniones de ex alumnos, convocados por Facebook: todos dicen que sus compañeros de escuela están hechos mierda. Lo que no reparan es que eso significa que ellos mismos también lo están. Y la prueba está que en ese asiento, donde hace algunas cuadras estaba sentado un pibe de 18, ahora hay un viejo de anteojos, pelado y canoso, con una boina en la mano. Como la vida misma.

Jugueteo un rato más a las miraditas con el flaco del otro asiento y me pregunto si el pibe de anoche se llamaba como me dijo que se llamaba o también él me mintió con su nombre. Eso hubiese estado sensacional: dos desconocidos, desconociéndose aún más. Qué época de mierda para las relaciones humanas. Creo que la posmodernidad va a lograr eliminar lo que más de ¿cuántos miles? cinco, diez, veinte mil años de historia de la humanidad no pudieron: que nos sigamos reproduciendo. Si sigue habiendo tanta vuelta para que la gente se ame, en breve los hijos van a ser cosa de un selecto grupo de iluminados. Y esto de despertar con resaca y olor a cigarrillo y sexo en una casa ajena, mercantilizando el deseo carnal es horrorosamente simplista, sí. Pero sobre todo es inquietantemente atractivo. Odio los adverbios. Inquietantemente. Inquietante mente. Inquiétate mente.

Escucho Te ví. Y el flaco se para para darle el asiento a una señora que no se lo merece, porque no es ni tan vieja, ni tan gorda, ni tan embarazada, ni tan niño. Pero el flaco se lo da igual, qué buen pibe, y se acerca hacia donde estoy yo, parado, frente a la puerta, apoyado en esos caños que son para las sillas de ruedas. Te dije que era uno de esos colectivos nuevos. El juego sigue un rato y yo quiero terminar de leer este libro, pero no puedo evitarlo, lo miro, me mira, miro para otro lado, lo vuelvo a mirar. Al lado suyo hay otro flaco que quiere sumarse al juego. Estás bueno, bastante bueno, pero soy una putita fiel y empecé el juego con él, con él lo tengo que seguir jugando. Siempre fui así. Lo hacía cuando era chica, a la vuelta de mi casa, cuando jugaba a la rayuela con las hijas del policía, y ahora lo hago con vos, porque con él estaba jugando desde antes que vos subieras, qué se le va a hacer.

El colectivo se llena. Lleno de gente que va hacia el sur, a ese paraje hermoso que es más allá de la General Paz, del Riachuelo. Ah, esos lugares. Santos lugares. Si vivís en Lanús, Avellaneda, Ciudadela, Vicente López no te agarra stress, no te agarra ACV, no te agarra nada de eso. Te lo juro. Ni los pibes tienen DDA, ni ninguna de esas pelotudeces que te agarran solamente en Buenos Aires. Hablando de pibes, el viejo ahora es una mujer con un pibe. Yo ya no entiendo más nada. Además, me tengo que bajar. No veo la hora de abrir la puerta de mi casa, desabrocharme las botas, sacarme esta ropa que apesta a Marlboro de dieciséis, bañarme, lavarme los dientes, guardar los aros, las pulseras y los anillos, apagar el celular, desconectar el teléfono, bajar la persiana hasta el dormitorio quede a oscuras, meterme en la cama, invitar a la gata a mis pies y dormir hasta que el sol caiga. Hoy no va a haber pastas en familia, ni siquiera de las frías y sin queso rayado porque se acabó hace rato. Ni siquiera tarde a la tarde. Tampoco huevos de chocolate. No. Nada de eso. Hoy duermo todo el día. Bostezo. Por última vez miro por la ventana y me paro. Me acerco a la puerta, a tocar el timbre. Escucho Balada de Donna Helena, la parte en la que la canción da un giro inesperado alucinante, viste, bueno, esa.

-Yo bajo en la que viene. ¿Y vos?


miércoles, 9 de febrero de 2011

Tema para Luis

Caí en un hotel, donde se suelen dar conferencias, estilo Bauen, en un encuentro de cosplayers que era una locura. No sólo había gente disfrazada de cosas que uno ni se imagina, con orejitas de peluche y medias a rayas, si no que además desfilaban y se gritaban cosas que para mí eran puteadas, pero para ellos no y más bien todo lo contrario. Era como un año nuevo en Arribeños, pero en un piso alfombrado y con luces amarillentas y paredes espejadas. Frenesí, colores y aullidos. Yo les pregunté de qué se trataba, para qué se juntaban, y un chico me dijo que era para celebrar sus disfraces. Que todos tenían mucha producción y muchos se pasaron varios meses cosiendo sus trajes. Ah, como una murga, le dije yo. Pero él no me respondió nada. Solamente me miró serio y se alejó. Debo haberlo ofendido.

Miré un rato el desfile. Desfile, bah. Caminaban por el centro del salón, por una alfombra larga y colorada. Los de los costados gritaban y aplaudían a los que pasaban por la pasarela improvisada. Pero no había escenario y público y modelos estaban a la misma altura en el piso. Todos estaban disfrazados, así que era algo así como ir al zoológico, pero sin rejas ni animales. Y sobre todo, sin niños. Aburrida un poco, le pregunté a otro chico si había alguna otra cosa para hacer. Supuse que habría algunas lindas porquerías para comprar o ricas, para comer. Como en el año nuevo en Arribeños. O los fines de semana en Arribeños. En el salón de al lado, me dijo. Y hacia allá fui.

En el salón de al lado, el panorama era menos efervescente y los únicos gritos que se escuchaban eran los que venían del desfile, a unos cuantos metros de distancia. Aquí había prendedores y colgantes y chirimbolos en bandejitas de pana negra y podés probarte lo que quieras, sin compromiso. Como el asunto me resultaba más aburrido aún, decidí irme de ahí. Pregunté qué otra cosa podía hacer y un flaco me dijo que espere a que venga el fotógrafo, así me sacaba unas fotos. Me dijo también que sus fotos son lo más, que lo mejor que a uno le puede pasar es cruzarse con El Fotógrafo (el pibe no usó mayúsculas cuando me hablaba del fotógrafo, pero parecía que se refería a él en ese tono: El Fotógrafo) y que El Fotógrafo quiera sacarle a uno una foto. Yo dije, bueno, en ese caso. Entonces me lo crucé al fotógrafo. Era barbudo, de pelo largo. Lindo pibe. Vos sos El Fotógrafo, le dije. Él miró su cámara y el bolso que colgaba de su hombro y me dió un "sí" con levantamiento de ceja incluido. Esta gente es muy áspera, pensé yo. ¿Me sacás una foto? Tomó la cámara, y sin mirar me disparó con un flash asesino unas 27 veces. ¿Podrías dejar de hacer eso? No. Este es mi estilo para sacar fotografías. Me gusta ver cómo la gente quiere revertir el relampagazo con gestos raros. De más chico trabajaba en la barra de un boliche. Lo que más me gustaba era servir los tequilas y quedarme mirando a los clientes tomarlo. Después del limón sus caras se tranformaban de una manera tan graciosa que siempre deseé sacarles una foto. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Ah, le dije, básicamente estás saldando una deuda con tu pasado. ¿Y quién no quiere hacer eso?, me dijo. Su pregunta fue la respuesta que me hizo escapar de ese lugar.

Como no tenía nada que hacer -hacía un rato había mirado el reloj y todavía era temprano- seguí buscando alguna otra opción.

Me puse a mirar videos viejos. En uno estábamos con mis amigas del colegio, yendo a ver a Paul McCartney. Quien cortaba las entradas era mi archienemiga escolar. En el video pude ver que cuando estábamos entrando al estadio, la muy hija de puta nos hizo fuckyou en cuanto le dimos la espalda. Desgraciada. Ojalá que en la reunión de los 25 años de egresadas no te animes a venir.

Pero ese tampoco era un plan divertido. Así que probé viendo unas carreras de motos y de autos. Unas se desarrollaban al lado de las otras y de este lado estábamos los que animábamos los rallies, atrás de un alambrado, encima de una montañita de tierra. Yo no sabía muy bien para quién hinchar y me pareció que el asunto era un tanto más complicado que ser de Ford o de Chevrolet, así que elegí agarrar un ladrillo para sentarmele encima y ponerme a mirar la escena. Mi silencio resultó un tanto tibio y me sentí como las chicas esas que iban a los recitales de Los Piojos muy de cartera y botas y pelo planchado. Así que opté por caminar un rato por Palermo.

Agarré Santa Fé, que ahora es doblemano, y a la altura de Plaza Italia empecé a hacer serruchito. Borges, Güemes, Thames, Charcas, Uriarte. Veía las vidrieras con vestidos de diseño como objetos de contemplación y carteles en inglés y veredas llenas de gringos. Cómo cambió esta ciudad con el 4 a 1, pienso. Hay dos Buenos Aires. En una de ellas no estamos invitados y ni siquiera somos bienvenidos. En la otra, no nos gusta estar. Pero eso es de puro argentinos que somos. ¿Sabés qué tienen en común un argentino y una pila? Nada, porque la pila tiene un lado positivo. También hay pitonisas de ocasión, sentadas en banquitos playeros, con una tabla sobre sus rodillas, dispuestas a decirte que tu vida va a ser larga, que tenés un amor que todavía te ama, que vas a tener tres hijos. Y hay cueros y bares y licuados de banana y perros cagando en la vereda. Y árboles que se desintegran y ya está atardeciendo cuando cruzo las vías a la altura de Honduras. Me gusta caminar por acá. Un hombre que pasa por enfrente me silva un piropo. Yo sigo caminando. Esa es mi política frente a los piropos. Cruzo la avenida y sigo por Honduras hasta Bonpland. Frecuenté este barrio durante casi un año. Mi ex novio vivía por acá. Sé que hasta que haya otra referencia más importante, cada vez que ande por esta zona, voy a acordarme de él. La panadería de Carranza, los domingos a la tarde. El primer tren del día. El perfume de los cafés. Todo me es familiar de vuelta. Sigo caminando. Quiero ir a la Plaza Mafalda. Una vez lloré en esa plaza. Estaba con él, pero -extrañamente- él no era la causa de mi llanto. Así que agarro Dorrego. Llego a Zapiola y me debato entre agarrar Zapiola o seguir hasta Freire. Me gusta Freire, mejor, porque tiene esa curvita y además, con él andábamos por ahí. Pasear por ahí es evocarlo, de manera dulce. Además, sé que él no va a estar. Desde que nos separamos, los caminos que él elige son los que yo descarto para no cruzármelo. Creo que es un acuerdo que hicieron nuestros destinos para que no volvamos a estar juntos. Así que Freire será.

Cuando estoy llegando, lo veo ahí parado. Es él. Ese es su buzo naranja y esos son sus pantalones de camouflage. Esa es su mochila marrón. Está sacándole una foto al grafitti que te bendice si pasás con el 151 por el Mercado de Pulgas. Me acerco y él se aleja, va caminando con su mochila abierta. Agarra Freire. Me acerco más y lo saludo. Nos abrazamos. Nos largamos a llorar.

-¿Qué hacés acá? Si vos nunca venís por acá.
-Nunca vengo porque después escribís cosas feas sobre mí en tu blog.
-¿Como lo del libro?
-Como lo del libro. Te juro que no sé de qué hablás. Yo jamás le regalaría ese libro a otra mujer que no fueras vos.
-No importa. Ya pasó. ¿Cómo estás? Estás re lindo. No sé si es porque te extrañaba o porque estás re lindo, pero estás re lindo.
-Gracias. Vos también estás muy linda. Creciste mucho en estos meses, me enteré.
-Sí. Estoy en eso.

Escucho la sirena de los bomberos. Hubo dos incendios en mi manzana y necesito saber que no es acá. Esperame, le digo. Necesito saber que no es acá. Esperame, es un segundo, no te vayas, por favor, voy y vuelvo. Te juro que vuelvo. Sí, andá, me dice, yo te espero. Hace un gesto con la mano, como si me diera permiso a irme, como rasgando unas cuerdas invisibles. Me voy. Me doy vuelta y veo que me está mirando (¿no es hermoso cuando pasa eso?). Me levanta la mano y me sonríe sin mostrar los dientes. Ese gesto también es suyo.

Me levanto de la cama y miro por la ventana. Las sirenas pasaron de largo. No era acá.

viernes, 7 de enero de 2011

es enero y se derrite buenos aires

creo que estoy teniendo mi primer noviazgo veraniego. bueno, tal vez el segundo. es con la cerveza. pero una parte mía dice que el hecho de ver tanta gente tomando cerveza por la calle me acumula las ganas hasta que a eso de las ocho, una stella por favor, y ahí acabé con desesperación. entonces, mientras vuelvo a mi casa pienso que hoy, y para recordar aquellos buenos viejos tiempos, voy a cenar leche con cacao. hacía meses que no practicaba este hábito tan miserable de una cena triste con la excusa de la monohabitabilidad. cuando llegue al barrio, paso por el almacén. seguro que está abierto. y seguro que me va a empomar con el precio. pero qué va. mientras espero el colectivo, veo una pareja caminando. toman un helado. tienen pinta de verdes y de verse por segunda vez. ella lleva un saquito de hilo blanco en la mano que no tiene el helado. el helado que le recorre la mano, hasta patinar en la muñeca. se lo lame, la boluda. se lo lame y lo mira desde abajo. pero qué lindo es uno cuando cree que el amor es igual al de la tele. otra pareja, tanto más manchada, vienen con las compras del super. dos en cada mano. veo un papel higiénico, una botella de vino, una esponja patito. él tiene una remera de la naranja mecánica y ella cuelga del cinturón la tarjeta blanca, esa tan corporativa.

una vez en el 9 escucho una señora que le da un mil y un indicaciones a su hija. debe ser la mayor. Karen, se llama. hace calor, lavá la vereda. fijate si mi remera se secó. quedó muy dura? la enjuagaste bien? decile a lucas que se bañe. no importa que no quiera. que se bañe bien. hace mucho calor. si te dice algo, decile que dije yo que se bañe. o pasame con él y le digo yo. bueno. guardá agua. y fijate que haya cubitos. llamó la tía magda? ah bueno, después la llamo. mañana. guardaste los envases?

el 9 debería ser proclamado colectivo obligatorio. yo, si fuera copada, armaría un circuito de guías turísticos, que lleven a los gringos a lugares posta, loco. tomate el 9, de plaza constitución a pompeya. vas a ver lo que es bueno. sobre todo si tuviste una semana en la que pasaste de spinetta a calle 13, anímicamente hablando. el tramo en el que bordea la estación, roza la autopista, se sube al puente, para volver a bordear la estación, te juro que me da unas ganas de hacerle un monumento a roca, por haberle puesto el nombre a esa estación. por lo de matar indios, ahora dicen que no da, viste? y tampoco lo quieren en el billete más dulce de encontrar. y si lo tomás, sentate del lado izquierdo. fenêtre. y en verano, con la ventanilla abierta, con el viento pegándote en la cara, que te hace arrugar la nariz.

camino las dos cuadras del empedrado. me gusta lo tenebroso del camino. me gusta ver gente sentada en la vereda. y paso por el almacén. antes que yo, tres chicos compran diez fosforitos. discuten cuántos son para cada uno. la disputa se dirime de manera singular. el más grande es el que maneja el encendedor. viene otra pareja, con dos envases de Palermo en una bolsa. él arrastró tanto las ojotas que le quedaron finitas como una feta de bondiola. ella lleva caído el bretel de su camisa, blusa, remera. con este calor, no creo que se lo vuelva a levantar jamás.

abro el ascensor, y encuentro a mis dos vecinas besándose. son dos lesbianas torpes, que siempre juegan a que se olvidaron que estaban ahí, y siempre que abro la puerta se hacen las sorprendidas, las invadidas, las pelotudas. hola qué tal. hola, qué tal? y subo con una mambeada en bicicleta. ¿cansada?, le pregunto, en pos de no caer en el horrible lugar común de "calor, ¿no?". no, me dice. pelea con mamá. y te juro que ahí me dije uh qué carajo. uh, qué carajo, le digo. y no vuelvo a abrir la boca hasta que, al abrirle la puerta y bajar con ella, le contesto que sí, que yo iba al mismo piso. bueno, que estés bien, le digo antes de abrir mi puerta y decirle "hola gordo", a mi gato flaco.

se acerca la lluvia. antes de la medianoche la tenemos encima, leo en facebook. así que me baño, me pongo mi vestido de verano, las alpargatas blancas que me regaló mi madre -luego de que le dijera para qué mierda quería yo unas alpargatas blancas, por supuesto- me sirvo una taza de leche con cacao, no sé qué carajo significa omitir, pero yo le doy click a todo, pongo el último de pez, el ventilador en cinco y mañana voy a mirarme toda la segunda temporada de dead like me.

martes, 21 de diciembre de 2010

Elvira!, le gusta estar al sol, todo el día y todo el tiempo, le gusta estar al sol.

Qué linda se pone Buenos Aires en diciembre. Sobre todo los días previos a la navidad. Algo pasa y nada pasa. Manifestaciones populares, aumentos y aguinaldos sin cobrar. Y vea usted, ¿cómo le explico a mis hijos que no van a tener regalo de navidad? y al mismo tiempo Vírgenes del Sol, Los Sideral's, decía, al mismo tiempo entrada, plato principal y postre son objeto de discusión en las reuniones circunstanciales. Vitel Thoné sí - Vitel Thoné no es una discusión universal. Y yo que creía que era distintiva de mi familia. Y los "me estoy preparando para que mi cuñada le regale un lindo regalo al más chico, porque como es madrina del más grande, siempre le regala a uno más que al otro. Es justo, pero el más chico se me va a traumar" y asuntos por el estilo. Mientras se definen por si ponerle edulcorante o no a la ensalada de frutas y/o a la sangría, yo pienso -escuchame esto- vino tinto, fruta picada, miel o azúcar y vino o jerez. En pleno verano. ¿A vos te parece tomar eso? ¿no querés reconsiderarlo?

Todo huele así, todo huele a la piel todavía tibia de un durazno, a sandía, a cereza. Todo huele a un chorro de agua fría sobre la piel hasta hacerte hablar para adentro y a jabón de glicerina humeando aun, después de un baño a media tarde. Las pieles transpiradas, los roces más rebeldes en el colectivo, roces de piel contra piel. El olor a humano, a axila, a sangre, a piel, a sudor, a vida. Ese olor por el que pagamos borrar. Y los colectivos con las ventanas abiertas, mientras un ejército de ráfagas húmedas viene desde toda rendija posible. Nunca viajes en colectivo en verano, si llevás un pilón de papeles apilados, indefensos de cualquier contención. Pero, en algún momento, vos te pusiste a pensar lo cansados que estarán los psicólogos de escuchar hablar sobre el mismo fucking tema a montón de sus pacientes?

Una de Sumo sale a todo pedo desde ese stéreo pedorro. Un Gol, un Fitito, una renoleta, una F100, da igual. Estacionado en la vereda, con todas las puertas abiertas. El play trae tu música favorita. Esa que te identifica. Como el tatuaje que te hiciste en el brazo, te identifica esa música. El volumen bien al taco y zas! diversión garantizada. Yo no tuve de eso en la adolescencia y la verdad, fui muy feliz. Te juro. Al mismo tiempo que los almaceneros se hacen una fortuna aparte en concepto de "un envase". Y vos, abrís una cerveza con un destapador, con una muela que te va a costar un huevo arreglar en cinco años; con un encendedor verde que estás esperando que la flaca no se dé cuenta que se lo requete querés robar; con el borde de un cordón, del cordón sobre el que estás sentado, mientras a un par de metros tuyo empieza otra de Sumo y seguís el ritmo con el dedo índice.

Las veredas se llenan de goteras, y tenés que esquivar los gotazos del cielo como soretes en el piso. Familias que llegan, familias que se van. Un vendendor ambulante sueña con un par de botines nuevos a tres por diez pesos lo-que-sea-que-tenga-para-vender. Gente pierde aviones, gente pierde colectivos, gente espera ver otra gente, gente desespera por ver otra gente, gente que no festeja, gente que todavía no cobró el aguinaldo, gente que tiene hambre, gente que tiene sed, gente que tiene sueño, gente que está trabajando, gente que está estudiando; kirchneristas, antikirchneristas. Todos atravesados por un día. Quiéranlo o no. Todos ansiosos, todos apurados. Todos nerviosos. Nerviosos. Como una adolescente pasando sola por una vereda llena de otras adolescentes, de las gritonas, de las que la van a mirar y le van a inventar un punto flojo que la va a hacer poner colorada hasta que llegue a su casa. Así de nerviosa se pone la gente, se pone la ciudad. Y vos, que sacaste al perro sin correa, lo ves montarse una dálmata a todo vapor.

Pero me gusta. Así de mambeadita, me gusta. Me gusta Buenos Aires ahora porque está esperando. Esperando, suspira ansiedad, apreta los dientes. ¿Cuánto disfrutaste el cachetazo de viento fresco del fin de semana? ¿ y el eclipse de ayer? ¿lo viste? ¿viste la luna anoche? ¿ves la luna de tanto en tanto? ¿sabías que ayer empezó el verano? ¿estás en donde querías estar "para cuando empezara el verano"? ¿otra vez vas a arruinarte el ánimo deshaciéndote en lamentos frente a tus balances de fin de año, que, ¡oh, casualidad! siempre dan negativos? ¿y si esta navidad la pasás bien, como para ver qué onda? En mi familia se ponemos re nerviosos con la navidad. Y eso que somos tres, (acá). Es como ir de la cama al living, viviendo en un monoambiente. Después, la solemos pasar de maravillas. Sé de gente que ay, la navidad. Y se explaya lamentándose de su porvenir durante unas ocho horas. Unas ocho horas en un año de ¿cuántos días? con gente a la que no le debe nada, o sí. Pero no importa, el tema es pasarla mal cuando hay que pasarla bien. Porque hay que pasarla bien. Hay que pasarla bien y comprar regalos y creer que con una cena de mierda, con un vitel thoné pedorro vas a arreglar todas las cagadas que te mandaste en el año, claro, por supuesto. ¿a dónde iba yo con todo esto?

A que Buenos Aires se pone tan linda en estos días. A que no me importa la navidad. No me importa la cena ni el repechaje. No me importan esas instituciones malditas que llamamos familia. Todo eso no es nada comparado con ser testigo de estos días en Buenos Aires. Las pieles se descubren, se abren como alcauciles, se deshacen de abrigo. Ves cicatrices de todo tamaño y sentido; pelos y no pelos //piel natural sin depilar// pieles de cuanto color se te ocurra, de cuanto tono imagines, pieles. Pieles transpiradas. Hombres, adultos, jugando al fútbol en la plaza, chicos caminando descalzos, rengueando por la vereda. El olor a Fuyí. El verano floreciendo, la navidad con mayonesa de atún y un vaso de gaseosa bien fría. O agua y arroz yamaní. ¿Cerveza? También, sí, cómo no. Sobre todo si está linda la noche. Eso sí que es un piropo encubierto. Y las separaciones son más crueles a esta altura del año. Y las relaciones que más raro te pegan, empiezan a esta altura del año. En plena madrugada sentís que el vecino de al lado está cogiendo. Y en realidad a esta altura del año todo el mundo está cogiendo en las madrugadas. Es el verano. Es la navidad. Creo que es todo eso. Que Buenos Aires me gusta tanto en estos días que me la cogería toda de lo linda que está.

domingo, 12 de diciembre de 2010

no me vengan con cuentos chinos. uno siempre escucha hablar de la lealtad.

está saliendo el sol, que es sin duda mi dios

afuera los chicos juegan en el pasillo. ya empezó la usurpación de verano. el verano se refleja tan distinto en los chicos. lo sabemos. como sea, me gusta que me usurpen, salir y encontrarlos ahi es ver un programa distinto cada día. desde que tengo gato, soy la estrella del piso. nos deja ver al gatito, señora?, me dicen. señora! deben ser los únicos seres humanos a los que les perdono que me digan señora.

sabés, mis domingos son un desastre si no los encauzo. hoy es el ejemplo. vieras vos qué indómito me resultó el día y todo por no programarle un buen plan. ayer no tuve ganas de ir a ver a mi madre hoy. así que me pasé el domingo encerrada en mi casa, yendo de la cama al living.
y es un monoambiente.

me angustio. pero es una angustia dulce tan dulce la que me sirve en la boca
la soledad de mi casa
suena el teléfono. atención a la vibración y al sonido para saber desde dónde viene el sonido del celular. cómo cambió el campo de acción de nuestros cuerpos, esas mierdas de los celulares, es algo que yo no me puedo explicar. antes sonaba el teléfono y el ring venía de un único lugar. bue. es él? será él? eh? hola? ah, hola ma, y me juro no volver a atender nunca más sin mirar. al fin de cuentas, para qué pago el servicio de caller id si no es para saber quién cuernos me está llamando antes de que diga "hola". el tipo que inventó eso es un amargo hijo de puta.

es uno de los últimos domingos del año. o sea. nos estamos despidiendo de un ciclo. y yo acá, atando y soltando mi pelo, como si hubiera tiempo para tal cosa. y dos copas de vino sucias, en la pileta desde el viernes a la madrugada. un pantalón tirado en el piso del baño, la cama sin hacer, las botellas vacías en la heladera. mis ojos con restos de maquillaje. el sueño de algunos puede ser cambiar el auto, o tener una casa de fin de semana, el sueño de otros puede ser solo tener una guitarra. el gato parece una vieja, los mira por abajo de la puerta, los sigue con la mirada, se mueve de un extremo a otro de la puerta para mirarlos mejor, y después de un rato vuelve, como a decirme, dale, dejame salir a jugar con los chicos. yo también lo hice, García. y como a mí me dijeron que sí, a vos te tengo que decir que no. es la ley de la vida en mambeados como nosotros, hijo mío.

me gusta el reggae, y lo quiero dejar bien en claro en mi mensaje. a mí me ponés intoxicados, viejas locas, y yo me acuerdo de ir en auto de Neuquén a Cutralcó en un viaje místico con juan. y me acuerdo de enterarme ese día que intoxicados tocaban en un boliche al que años antes mi madre no me había dejado ir a bailar con un chico que había conocido dos días antes. hija de puta. entonces, después de haber ido y vuelto de Cutral-có, fui a comprar mi entrada. las vendían en un cotillón. en un cotillón, entendés? una para intoxicados, por favor.
flash.
y el piti terminó saliendo como a las tres de la mañana.

-hola, buenas noches, llamo por la reconeccción del medidor. estoy sin gas
-está equivocado
-cómo?
-estás hablandoa una pizzería

y que este año me pasó de todo de tanto tan
que me siento una sensación nueva
y es esa de querer que termine el año
ya
y la de querer empezar el año nuevo en mi casa,
es que tengo que dejar de pensar en vos pero tengo también tantas ganas de verte
tal vez borracha
o al menos fumada
cantando Juan Pedro Fasola, nuestro gran amigo

no te voy a contar otra vez
mis penas de los últimos meses
de esos asuntos ya hemos hablado bastante
y yo siempre detesté a los que maldecían los años cuando ancianos, por noviembre, diciembre
y ahora pertenezco al club
a vos te parece.

pero esta noche está buenísima
este vino está buenísimo
tu compañía está buenísima
tus ojos están buenísimos

y yo quiero recibir al año nuevo desnuda con vos.

martes, 30 de noviembre de 2010

no se bajar esto

cómo te quiero tanto, después de tanto tiempo, es algo que no voy a entender en la reputa vida, me dijo, mientras tomaba de su benjamin syrah, con un cubito jugando a la calesita dentro de la copa. diciembre amanecía y él me quería tanto. tanto, que se levantó para darle play a los bitel.

estamos transmitiendo en vivo desde una esquina ahumada. toda la casa, las cosas, todo huele a humo. no molesta, porque buenos aires es así de intensa. me gusta la música de buenos aires, me dice. ¿qué música? le pregunto. la música, me dice, como si yo tuviera que saber que lo que para él es música, para mí es el respirar insoportable de esta puta ciudad. hoy mi vieja me manda un mensaje, me pedía que le vaya a hacer un trámite. no, le digo, no puedo. y le mandé una foto de la casa rosada, me cuenta. yo le hablo de esa costumbre porteña de citar esquinas con precisión exquisita. quiere mostrarme unas fotos y prende mi computadora. cuando el incendio de hoy a la mañana, fue una de las tres cosas que agarré, le cuento otra vez. en eso, oh no, chusmea el Escritorio. es muy chusma, ya lo sé. ve el despelote de archivos con nombres extraños. ¿y este? no sé qué será, le digo. los guardo con lo primero que se me viene a los dedos. puede ser un número, una palabra porque sí, cualquier cosa. lo abre. es un block de notas que dice "Beaten Soul And Keith Thompson - Change (Spokenapella Mix)". i have no idea wtf is that. debe ser por eso que lo guardé bajo el nombre de "no se bajar esto", que más bien quiere decir "no sé, bajar esto". y yo pienso que cada vez que lo veo conecto con él, con los reportes que nos hacemos, con la edición de la información, lo que nos contamos y lo que no; de lo que hablamos y de lo que no. y también conecto conmigo, con lo que era de mí la última vez que lo ví.

el domingo le mandé un mensaje. ¿me querés?, le preguntaba. sí, me respondió. ¿y vos a mí?. un montón, le contesté. apenas llegamos, le mostré esas cartas que me escribió a los diecisiete años en la única manera que podíamos sostener nuestra relación a distancia: por carta. los permisos para salir con el auto, las profesoras insoportables de 5º año, el viaje de egresados. a diez años atrás, directo. ¿y a qué buzón habrá ido a parar la carta que le escribí en el verano? ¿se acordará de mí cada vez que escuche come togheter? qué bueno que estés acá ¿hacía cuánto que no nos veíamos? ¿por qué siempre hablamos de nuestras primeras veces y no de las últimas? la última fue hace como dos años. yo cumplía 26 y él estudiaba psicología. no sé cuándo lo quise más. si cuando casi se pierde el avión por quedarse conmigo andando en colectivo o cuando se asomó a despedirme desde la terminal, mientras mi micro arrancaba. ¿sabrá que hoy vino como un ángel, a hacerme bien?

caminamos por nueve de julio, abajo de la lluvia. nos sacamos una foto en el obelisco. ¿por qué una foto en el obelisco? ¿por qué semejante pecado? pues porque no teníamos una puta foto juntos. y vos viste mi asunto con las fotos y la gente querida. bueno, otro día te cuento.

¿sabés? me copa cuando dejo cosas despelotadas en mi casa, le cuento. el mouse en la mesada, abajo de un monedero y arriba de un libro, por supuesto. para mí es un arte eso, me dice. paulinho moska dibuja volutas de humo sonoras y ¿entonces? entonces esto funciona así: yo elijo de qué hablar, de qué no, qué digo primero, qué después. y como ahora es más apasionado porque me encanta que estés acá, me chupan un huevo las mayúsculas, le digo. prende un cigarrillo y se ríe. en este momento nada me hace más feliz que verlo reirse. (se ríe para atrás). y que escuchar esa voz que debo escuchar no sé, dos hermosas veces por año. ¿qué hacés? ¿cómo estás? qué bueno que estés acá.

tiene que irse. es la hora. lo acompaño hasta el taxi, lo abrazo fuerte. ¿cuándo nos volveremos a ver? le pregunto. cuando sea, me contesto. vení en el verano, me dice. bueno, voy a tratar, le miento. y me pide algo que yo le prometo (otra vez).

vuelvo a mi piso ahumado, me encuentro al vecino tratando de establecer contacto con un gato que yo nunca antes ví. quiere saber si es gato o gata, si es del edificio, cómo terminó acá y por qué se junta a charlar con su gato en la puerta de su departamento. cómo le contestará todo eso, no sé. me parece que es gata, dice él después de que me despido. sí, es una requete gata, le aseguro y me voy a dormir. mañana lo voy a extrañar mucho, es lo último que pienso antes de apagarme. diez minutos después, un mensaje suyo. Te había extrañado. y me duermo con el celular en la mano.

¿y no vas a poner nada de lo que te insisto para que hagas lo que sabés hacer?
no sé, sí, puede ser. tal vez al final.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Chacun cherche son chat

me dispongo a poner play y justo antes de terminar de sentarme, me doy cuenta que no agarré las agujas y las lanas para finiquitar la bufanda naranja que me estoy tejiendo. el asunto de la bufanda me inquieta bastante. pasé el invierno tejiendo para otros. amigos, gente querida. distintos colores. con flecos y sin flecos. montón. un puñado de míos. horas de quietud que pasaron por mis brazos rebelándose a tal paz. desde charlas con amigos, en mi casa o en las suyas hasta hora, hora y media en colectivo desde el sur porteño al conurbano bonaerense. y si algo amo de todo lo que odio de mi vestimenta sin perfume a Coquetería es que necesito llevar colores estridentes. y, ahora que lo pienso, creo que los adopté desde la vez que leí la palabra "estridente". Raeleá (raepuntoes) "estridente" y vas a ver que eso es lo que soy yo. entonces me estoy tejiendo una bufanda naranja. si fuera amarillo, sería amarillo patito. si fuera rosa, sería fucsia. si fuera celeste, sería turquesa. pero es naranja y es genial.
como garcía.
como el botón de "publicar entrada" de blogger

bueno, ahora le voy a armar los flecos.
más o menos los mido y empiezo a cortar cada uno de los treinta flecos que necesito.
aprendí a tejer hace poco más de un año. soy el as de las dos agujas, no sabés. bueno, no, en realidad no. no todavía. pero me enseñó una amiga y eso es mágico.
entonces ya sé hacer los flecos. sí, sí, yo solita.
tomo un trozo de lana naranja. es áspera y es fina y se parece a la hija de una cinta de esas que son para embalar. ¿cómo se llamaban? corto una tira, la uso de referencia para la segunda. vuelvo a medir, vuelvo a cortar. la dejo. tomo otro trozo de lana. mido. corto.

¿te conté de las veces que me cortaba el pelo? de puro adolescente conflictuadita, por supuesto. vuelvo a medir y vuelvo a cortar. ¿y de las veces que me corté la ropa? arruiné montón de remeras de rock (en realidad son de las únicas que tengo) cortándoles el cuello de maneras imposibles. mido otra y me faltan diez. corto. una vez me corté la mano lavando un vaso que había quedado en la pileta de un departamento que compartía con dos roñosos del demonio. estaba abajo de una sartén y una olla. y me corté. me dejó una cicatriz espectacular para mirar con alguien en la cama, una mañana, y contarle cómo me salió. vuelvo a cortar otro trozo más de lana. me encanta cortar pronto cuando hablo por teléfono. puedo hablar durante horas, pero el momento del adiós, me urge que sea rápido. rápido. ejemplo: bueno, chau. tu tu tu. ah, cierto que los celulares nos robaron el sonido ese. qué pena. vuelvo a medir, solo dos más y con una aguja de crochet voy a meter este montón de lineas de lana entre los puntos del tejido y a llenarme la bufanda de alegres flecos que le den soltura y a arreglarle los puntos, esconder los restos de cirugía. bueno, a mí también un poco, ya que estamos. y qué bueno estuvo tejerla, porque me quedó divina y mientras la película estaba por la mitad, yo estaba cerrando los puntos. y cuando llegaba a su fin, yo estaba terminando de cortar los flecos. qué bueno es tejer. eso de armar algo con los dedos, de crear con las manos y con paciencia. qué terapéutico, me dice todo el mundo. mmh. ¿por qué será? y ahora que lo pienso. lo mejor de tejer no es tejer. lo mejor de tejer es cortar.

sábado, 30 de octubre de 2010

viernes, 22 de octubre de 2010

no podrás cenar sin tu noticiero

En el medio del bullicio un plato se cae y todos los comensales buscan al culpable, en un repentino operativo de silencio y miradas de sospecha. Hasta que la pista del sonido de vidrios arrastrándose lleva al responsable y entonces todos vuelven a sus puestos. Entra en escena un flaco de rulos, alto muy alto. Lleva una remera naranja muy naranja. Me pregunto si se trata de una redundancia, eso de llamar la atención dos veces. Como un gato negro que sabe tocar jazz. Todos lo miran. Lo miramos. Sus ojos y los míos se trenzan tenso durante unos cuantos segundos mientras pasa por mi mesa y el encanto dura hasta que sale de mi campo de visión. Un matrimonio de adultos muy adultos, un matrimonio de esos que ya festejaron bodas de algún metal noble, con olor a rutina y costumbre y espanto, de esos en los que uno de ellos apaga la televisión sin preguntarle al otro si ya es hora de ir a dormir, un matrimonio rancio, paga la cuenta por separado. Ella está muy enojada pero el saco que cuelga del respaldo de su silla es tan caro que no puede permitirse un escándalo. Se lo pone tan rápido como su cuerpo se lo permite y se va caminando sola y casi apurada hacia la puerta. Él, en cambio, se ocupa de ordenar los billetes en su billetera de cuero marrón, tatuada con una jota y una eme. Los ordena y acomoda para que estén todas las fotografías mirando hacia el mismo lado, en fila. Y recién cuando terminó de acomodarlos, de lustrar los vidrios de sus anteojos y de pasarse la mano por las mechas que le quedan de pelo en resistencia, se marcha. El mozo va a recoger los restos de la guerra que quedaron en el campo de batalla y junta los dos platos, los dos pares de cubiertos, las servilletas, la panera, los vasos con restos del vino de la casa, la discusión, la cena con resistencia, la tarde en que se conocieron y esa amiga que los presentó, la boda en la Iglesia por más que él fuera ateo, la fiesta en la casa de la tía Beba, la compra del terreno y la casa terminada, la llegada del primer hijo en una tarde de calor insoportable y muy poco recomendada para la ocasión, la primera vez que lo tuvieron que llevar a un hospital, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una iglesia, la primera vez que lo tuvieron que llevar a una escuela, las fotos que se perdieron en la mudanza, las discusiones por las miraditas que le tiraba la cuñada en el cumpleaños de su hermano, las navidades en la casa de mi familia, los años nuevos en la casa de la tuya, el accidente de autos, las vacaciones en las sierras cordobesas todos los putos veranos y los escarbadientes usados en una bandeja . Entonces entra un niño con una camiseta larga. Le llega hasta por las rodillas. Y las mangas me recuerdan una tira de Mafalda en la que maldice porque su madre le compra un guardapolvo varios talles más grandes. El mozo casi lo taclea apenas se acerca a una mesa en la que están dos chicos y dos chicas. Muy incordialmente lo invita a retirarse. Prácticamente lo barre hasta la vereda. Vuelvo la mirada hacia la mesa de los dos pares. Están sentados una frente al otro y uno frente a la otra. No puedo determinar si son amigos, compañeros de la secundaria, colegas de trabajo o se trata de una de esas asquerosas y repugnantes salidas de parejas. Entre las chicas no hay miradas cómplices ni risas a coro. En eso se miran, una de ellas mira a los dos chicos para luego bajar la mirada, limpiarse la boca con una de las servilletas bordó y levantarse para ir al baño. La sigo con los ojos hasta que desaparecen sus pies cuando sube el último escalón que está a mi vista. En la mesa, entre los tres que quedan le revisan la cartera. Uno de ellos vigila y los otros escarban entre cigarrillos, monedero y brillo labial sabor frutilla. Creo que no encontraron nada o tal vez no buscaban nada en particular y se trataba de revisar por gusto. Yo le revisaba la cartera a mi mamá y la muy turra siempre tenía algún caramelo escondido que yo le robaba (con su connivencia). Entonces la chica vuelve, pero ahora tiene el pelo suelto y lo enrosca como se lo enroscaba Susana Gimenez cuando desglosaba qué tenía puesto, quién la había maquillado y peinado y las medias son de Silvana, por supuesto. Todos hacen como si la escena anterior no hubiese existido y yo me muero de ganas de decirle a la chica de pelo enroscado que en su ausencia le revisaron la cartera, pero me hipnotiza el mozo hipnotizado frente a la televisión. La mira con la boca abierta, como si fuera una aborigen viendo llegar inmensos barcos a la costa de la playa en donde vivió toda su vida, en el mismo agua donde parió a sus hijos. Entonces el cajero le clava la mirada y lo devuelve a su realidad. La del oficio que aprendió hace varias décadas y el que le dió de comer y con el que se pagó las vacaciones en las Cataratas del Iguazú y la moto para cuando el nene cumplió los 18. Entonces se acerca a una mesa que recién abandonaron y retira su propina con el mantel de cuna. Juna unas monedas y mira con bronca hacia la puerta, como si pudiera hacer viajar una puteada a través del espacio hasta la oreja de los que recién se fueron. Miro hacia la ventana y veo pasar del brazo al matrimonio que hace un rato salió separado. Pienso en las tumbas de grandes amores de la historia que deciden ser enterrados juntos. Compartir la putrefacción. Eso es amor. Bajan las luces y traen una torta con una velita encendida. No es de las tipo bengala, el terror de los miedosos; ni tiene número y hasta se parece demasiado a esas velas malditas que nunca están cuando se corta la luz. La torta va acompañada por un otro mozo (un otro mozo) que la lleva hacia una mesa redonda donde una viejita muy viejita la recibe levantando las cejas. Está con gente tanto más viejita como ella, otros un poco menos y otros que ni siquiera clasifican. Luego de la canción pertinente, sopla después de pensar -mirando fijo la llama, claro- los que tal vez sean sus últimos deseos. Y alguien vuelve a encenderla con un zippo para que una nena de pelo largo, vestido rojo y verde, con voladitos en las medias y zapatitos rojos la apague. La viejita se molesta y las cejas se le arrugan arriba de la nariz. El dueño del zippo se levanta, le da un beso desganado a la viejita; se levanta una mujer de rulos y minifalda blanca, le pone un saquito rojo a la nena y la nena, que se tomó de un saque lo que le quedaba de fanta en el vaso, se va con ellos, mirando para atrás. Este será un recuerdo imborrable. Mientras tanto, la viejita ya empezó a cortar la torta y a repartirla entre los comenzales que quedaron en la mesa. Más acá, una pareja come en el más absoluto de los silencios. Ni siquiera se piden la sal que los haga reaccionar. De nada sirve escaparse de uno mismo. Entra un hombre. Es bastante bajito y lleva un traje de lo más ordinario, con un enorme prendedor en la solapa de su saco marrón que en mayúsculas, a los gritos, dice que puede ayudarme a bajar de peso y ustedeándome, me ordena a que le pregunte cómo. Qué tipo inoportuno, pienso, uno ya no puede comer ni un plato de fideos con pesto en paz. El señor mira para todos los wines, como si fuera a cometer algún crimen, y escurridizo marcha a paso veloz hacia el baño, sin pedir permiso ni preguntar dónde queda. Cuando vuelve el cajero lo mira como si fuera a ladrarle. El acusado se va agradeciendo el uso del escusado. Nomás le falta un sombrero para levantar. Cuando pasa rápido por al lado de mi mesa, escucho la goma de sus zapatos chistarle al suelo, siento el olor a naftalina de su ropa y le perdono todo. Al acercarse a la puerta de entrada, baila un vals durante algunos segundos con una morocha artificial, artificiales son sus pechos, sus labios, aunque los cabellos que cuelgan de sus cabellos, parecen ser naturales. Los dos hacia la derecha, los dos hacia la izquierda, los dos hacia la derecha. Al final es ella quien se queda en la derecha cuando él se va a la izquierda y logra liberarse hacia la calle. Atrás de la morocha viene un flaco rubio, joven y esbelto. Esbelto. Son tal para cual. Para mí que cual es ella y tal es él. Se sientan frente a frente y apenas sentados, se agarran la mano. Se frotan los pulgares y sin mirar la carta, él pide por los dos. Al rato, el acto de amor de sus dedos se desvanece cuando llega a su mesa una regia parrillada para dos. Y entonces, si te visto no me acuerdo.

viernes, 15 de octubre de 2010

it's oh so quiet

tengo algo que contarte. pero es un secreto. y por eso, no lo divulgues, porque sólo te lo voy a contar a vos. tenés que darme tu palabra de honor. sos buena en la cama y sabés guardar un secreto hasta quebrar tu cuerpo. algo así, claro. pero más contundente. más de silencio. más de amanecer en un lugar desconocido, sin saber cómo se llama el dueño de la pierna que tenés encima. y nunca confesar tal desvarío, habrase visto, toda esa educación en escuela de monjas para terminar enredada en sábanas desconocidas. o más bien, silencio de colegiales, balvanera o montserrat a la madrugada de día de semana. sí, ese tipo de silencio. porque esas calles deben guardar muchos secretos. sobre todo las que tienen ventanas. debe ser raro vivir en un departamento en planta baja, con ventana a la calle, ¿no? los secretos de esas familias se deben escurrir a la hora de la siesta, como agua por abajo de una puerta sin burletes. entonces, ¿me prometés que lo vas a saber guardar bien? no, en serio te hablo. necesito de tu palabra. bueno, en realidad eso es relativo. lo sé. poca coherencia tiene en sus actos aquel que se dice militante de la justicia y la verdad pero que no cumple con sus compromisos, por mínimos que sean. así que por aquellas veces que me prometiste que ibas a hacer algo que luego no hiciste, se me hace más dificil confiar en vos. bueno, en serio, ¿me vas a prometer que no vas a decir nada? de nada sirve esa promesa. si me cagás una vez es culpa tuya, si me cagás dos veces, es culpa mía. bueno, puede ser, sí, se trata de otra cosa, ok, está bien, pero acá hay muchas cosas en juego. esto es serio. es información confidencial. como cualquier secreto, claro. igual, yo nunca entendí a la gente que los dice, a la espera de que no sean divulgados. es como jugar a la lotería y esperar perder. la gracia de un secreto es cómo va saltando, de boca en boca, de voz en voz como un creativo trabajo en cadena, en el que cada operario le añade su propio color. ¿alguna vez te volvió un secreto que lanzaste? ¿estaba muy distinto a cuando pasó por tus labios? ¿y qué hiciste? ¿pusiste tu mejor cara de yo no fui? si hay algo que admiro de la cultura en la que vivo es esa pasión hermosa en la tarea de hacer se el boludo. ahora, yo te puedo jurar que siempre cumplí mi palabra y cada vez que me dijeron que guardara un secreto, así lo hice. los tengo todos en un arcón de madera, con un código de seguridad de ocho dígitos. será por eso que espero que los demás conserven el mismo código. bueno, ahora que lo pienso, en realidad una vez abrí la boca. pero tenía ganas de cometer una picardía y ahí fue cuando rompí años de confianza depositados en un dime y un direte. qué buen término ese. ese y correveydile. tendría que haber un manual de lo "eso no se hace" donde figuren esas mínimas contravenciones. divulgar un secreto no merece una pena capital, pero es un tipo de traición, sí. bueno, sí, volviendo al tema. ¿me prometés que vas a sellar tus labios? no te creo. no tenés palabra. ¿y si mejor te los sello yo de un beso?

miércoles, 13 de octubre de 2010

tazas de te chino

hoy tengo una entrevista con una psicóloga. primera vez. obra social. setentasietecatorce. me quedé demasiado tiempo en la cama y ahora hago todo diciendo "mierda, mierda, mierda; llego tarde, llego tarde, llego tarde". no encuentro qué ponerme, si ir vestida seria o vestida de mí misma, agarro lo principal, una bombacha y un par de medias, vuelvo a la cocina a buscar un trago del té con leche que trago mientras regreso hacia la cajonera a ver qué pantalón tengo limpio para ponerme, y en eso me acuerdo que tengo poca carga en el celular y mientras robo otro sorbo del té con leche, lo enchufo y vuelvo a ver qué me pongo además del pantalón.

me tomo el b, qué subte aburrido el b. porque el a tiene la sabiduría que otorga la madurez; la h tiene la energía de la juventud; la d es sofisticación dandy. el b es un embole. y cometí un acto de torpeza y la comodidad de este asiento no me va a servir de nada porque adentro de mi cartuchera no tengo ni el lápiz delineador ni la máscara de pestañas con las que me iba a pintar los ojos durante el viaje, tal como lo pensé cuando terminé de bañarme. y qué será de mis ojos sin maquillaje, si llego a llorar mucho en la sesión. y en esta gente que va buenos aires arriba tan despreocupada, hay una rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle, está un poco grande o la ropa le queda chica, aunque quién soy yo para juzgarlo y después de todo, está transitando una segunda preadolescencia: es demasiado señora para ser chica y demasiado chica para ser señora. pasa una vendedora de pañuelos que dice ser ciega, pero se detuvo al lado del flaco que tengo adelante, en cuanto él atinó a abrir un bolsillo de su mochila deportiva y pienso por qué será que los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia. si, por ejemplo, los estudiantes no están siempre vestidos de estudiantes; los médicos no están siempre vestidos de médicos; los empleados públicos no están siempre vestidos de empleados públicos, ¿por qué extraña razón los profesores de gimnasia siempre están vestidos de profesores de gimnasia? y esa pregunta ya debe haber existido millones de veces pero me chupa un huevo porque me decido a levantarme para ir hacia la puerta, la que viene ya es Medrano y de repente la rubia salta como si la alarma de "bajarse del subte" se le hubiese encendido con un poco de delay, y se baja del subte. transito el último tramo que me queda al mismo tiempo que observo que nadie en este vagón está tan bien vestido como estaba ella.

es raro esperar a alguien en un palier, a.k.a. zaguán. porque ¿qué hacer? posar como para una foto, hacerse el distraído, mirar fijamente que del otro lado del vidrio se vea alguien más que el propio reflejo? esos minutos entre que uno se presenta en voz alta delante de una placa de bronce en la que un portero despuntó su monomanía laboral esta mañana, hasta que finalmente la puerta es abierta, esos minutos han de ser motivo de angustia. además de tener que prepararme para enfrentar mi imagen mental de cómo puede llegar a lucir esta mina con su imagen verdadera, tengo que prepararme para tolerar esa sensación de estar en un laberinto de película cada vez que voy a un departamento que no conozco. y luego de ensayar distintas poses, entre las que destaco "mujer mirando preocupada a la vereda", "leyendo un libro de la colección de página doce" y "apoyome sobre el mármol frío, una pierna extendida, la otra flexionada", cae la muy descocada, con una polera turquesa, pantalón de jean y botas de lo más regulares.
a ver, a ver, ¿qué pasó? para empezar, el turquesa fue el color de moda hace diez años y esas botas son propias de una zapatería para viejas. y yo me habré olvidado el delineador y el rimmel pero vos bien que te podrías haber puesto un poco de brillo en los labios aunque sea, ¿no?

y doce pisos...más tarde, el consultorio es una meca de la simpleza insípida. al entrar hay una mesa de vidrio y cuatro sillas rojas, las paredes blancas como las cortinas y ni un puto cuadro a la vista. unas meninas, un miró, ni un afiche pop art, aunque sea. por el amor de dios, cuánto blanco ¡y todo junto! y adelante, me dice. adelante. adelante a dónde si todo este blanco no me deja ver nada, pienso. entramos en una habitación con un sillón de dos cuerpos color té con leche, con tres almohadones que van en degradé del té con leche al té rojo, casi al mismo rojo del sillón de un cuerpo donde se va a sentar ella. aquí también las paredes están vírgenes y la única interrupción del blanco la comete un título que la corona como licenciada en psicología.

bueno nos conocemos, me dice. ¿bueno, nos conocemos? ¿qué clase de afirmación es esa? ¿nos conocemos de antes? ¿nos conocemos ahora? ¿nos conocimos? ¿conozcámonos? ah, conozcámonos querés decir, le digo. sí, eso mismo, conozcámonos. y en ese mismo momento me doy cuenta que entre esta psicóloga y yo hay un abismo, "¡muerte al salvaje cambiador de verbos; viva el fundamentalismo de la conjugación!", ni perdón. y procedo a retirarme sabiendo que no la voy a volver a ver nunca más en la vida, por más que hayamos quedado te parece bien, como hoy, el miércoles a las once. sí, dale, macanudo.

me meto en un ¿y aquí debería decir la verdad o disfrazarla con cultura? podría decir que me metí en algún notable bar pero no, voy a ser honesta, tengo la mentira prohibida y lo cierto es que me metí a por un café con leche en el mac donalds de medrano y corrientes. sí. y qué? mientras pienso que la mejor manera para revertir esta mañana es caminando hasta el trabajo, espero mi pedido y no deseo agrandarlo y pido un vaso de soda. en eso veo que una estudiante de medicina está vestida de estudiante de medicina y me da tirria. tomo mi café con leche y en vez de ponerme la radio, recaigo con el umplugged de Charly García. juego a las miradas esquivas con un flaco que desayuna en una mesa próxima hasta que me voy volando a caminar.

paso por locales de ropa, una ferretería llena de cosas que no entiendo, una mueblería que pintó un liquidación de tiza en su frente de vidrio, un hotel lujoso y un hotel de mala muerte, un local de comida peruana; paso por charcos de películas pirateadas, por dos kilos de frutillas diez pesos, por un negro con un paraguas mojado de oro; paso por el kiosco en el que compramos con belén una coca, la vez que fuimos al taller de ana; por el edificio donde vive mi antigua psicóloga, (¿sería mi ex?) y pienso seriamente en tocarle el timbre "hola, ¿me atendés un ratico?", le diría, te lo juro. y sigo caminando y entro en un bar. no. y sigo caminando, no más. y en eso pienso que el once por corrientes puede llegar a enloquecerme, así que al llegar al abasto, elijo (elijo) bajar al subte y montarme en él hasta pasteur. dos estaciones. lo que se dice, un rapidito.

paso el molinete luego de apoyar el frente de mi mochila rosa con enormes círculos verdes, a la altura del bolsillo donde guardo mi tarjeta monedero, me río de los obsoletos que todavía pierden tiempo haciendo la cola, me pregunto si ese tiempo que me ahorro me lo usaré para algo mejor que pagar un plazo fijo en la cama desde que me despierto hasta que me levanto. o algo así. y veo cómo nos tomamos la invasión de esa tarjeta as if y un día de estos terminaremos con chips metidos en las yemas de nuestros dedos y mi infancia, oh, fue tan bonita sin computadoras y con cospeles

en el andén, qué linda palabra andén, me hace acordar al nombre de mi hermano, en el andén veo que el ventilador no funciona, miro un mural que hicieron los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22 en 1985 y pienso que seguramente alguno de ellos se cruzó con luca, tal vez hasta se tomó una ginebra con él y creo que se me va a hacer un poco tarde, cuando veo pasar a la misma rubia de jean, botas marrón suela, camisa blanca bordada, con un bolsito rosa chicle. lleva, además, tres bolsas de papel, de distintas tiendas de ropa. de esa ropa que huele bien hasta después que fue lavada seis veces. de esa ropa que vale varias de mis ropas. la rubia con la que hace poco más de una hora fui desde diagonal norte hasta que ella se bajó de repente en el abasto, es la rubia que pasa caminando delante mío mientras estoy apoyada en los alumnos de sexto y séptimo grado de la escuela 22, en 1985. pero no es la misma, en realidad, porque ok, sí, esta lleva un bolsito rosa chicle pero también carga tres bolsas de papel, y poco más de una hora desfilando en un shopping, con aire acondicionado, escaleras mecánicas, música funcional y gente germinando esperando el sol. esa rubia y yo volvemos hacia el mismo lado desde donde vinimos juntas. coincidimos dos veces en un subte, en un mismo día. esa rubia, sus botas de esta temporada y mis zapatillas gastadas. su camisa blanca bordada y mi remera de cortázar teñida de rosa en mi casa con anilina colibrí. su jean de encaje perfecto y el mío con la entrepierna ya gastada. y pienso que qué loco, cuando llega el subte y ella se sube al vagón siguiente, la muy cobarde. y caigo en la cuenta que hace un año que no me compro ropa, que a diferencia de la mayor parte de las mujeres, no hay tarea que me excite menos que comprarme ropa, que nunca tengo ninguna prenda de la temporada actual cuando llego a la conclusión de que la psicóloga de la entrevista parece una tienda china de ropa para mujeres. y no hay otra manera mejor para describirla

domingo, 10 de octubre de 2010

las sábanas, testigo de tu cuerpo desnudo

hago la cama
no me levanté recién
más bien hace unas cinco horas
es domingo y los domingos me gusta hacer la cama
no apenas salgo de ella
eso jamás
jamás

pongo los bitel
sgt pepper
orden + música
el ritual que aprendí cuando pasaba las tardes
después del colegio
escuchando fito páez
y pasando un trapo por el piso de mosaico
o cerámica
nunca entendí la diferencia
verde

abro las ventanas
retiro el acolchado amarillo
que me regaló mi madre apenas me mudé a esta casa
los regalos institucionalizados de mi madre
son todo un tema de conversación
como el secaplatos que nos compró cuando me casé
o las zapatillas cuando cumplí 18
lo sacudo y retiro la frazada naranja
esa que me regaló J
un domingo soleado como este,
pero en ese entonces estaba enamorada

retiro las sábanas lilas
las primeras que lavé en mi casa
las primeras sobre las que lloré por amor
las que más me gusta usar
las primeras que tuve en mi vida de soltera
si esas sábanas hablaran
contarían lo pajera que soy

sacudo los almohadones
son de pluma
como el de Quiroga
pero los míos guardan entre sus plumas, mi sueño de escribir
ok, eso último fue malísimo
debo estar leyendo mucho... bueno, no importa
son cómodos y los amo
un amante que tengo me los hizo conocer

veo que el gato estuvo despuntando
su vicio instintivo
de afilar sus uñas en el borde del colchón
y pienso que maravilloso dejavu
me separé porque sus gatos eran insoportables
y ahora, yo tengo uno by my own


tiendo la cama y pienso
en la vez que me hice pis
y mis papás me hicieron la cama
mientras yo me dormía parada
y por más que yo me sentía en falta
supieron no retarme

tiendo la cama y me acuerdo
de la cama de mi mamá y
del olor de su pelo en la almohada
de jugar de mano con mis hermanos hasta desarmarla
de las luces de la tele reflejándose en su cara dormida
de esa noche de febrero en que me recibí de mujer
(y no estoy hablando de sexo)
de las inyecciones en esa cama
de mi mamá haciéndola conmigo de fiebre
de las fotos con mis juguetes en esa cama

tiendo la cama y me acuerdo
de las noches hablando con Alejandra
y Donna dándonos vuelta todo alrededor de nuestros cuerpos acostados
de las charlas sobre su frazada roja
compartiendo un cenicero
las volutas de humo interceptaban polillas
y nosotras planeábamos cambiar el mundo

hago la cama
porque tal vez hoy reciba visitas
pero la tiendo desprolijo
así no creo que la tiendo porque viene alguien
latiendo

la tiendo porque me gusta tenderla

martes, 28 de septiembre de 2010

caminamos una calle sin hablar

Colombres me vió triste. Colombres me vio alegre. Colombres me vio ausente. Me vio llorando. Colombres me vio rubia, colorada, morocha; con el pelo corto y el pelo largo. Colombres me vio cachorra, niña, adolescente y mujer. Colombres me vio dando mis primeros pasos y corriendo maratones. Colombres me vio irme y me vio llegar. Colombres me vio volver. Colombres me vio hambrienta y me vio satisfecha. Colombres me vio preocupada por mi nuevo trabajo. Colombres me vio precupada por irme de ahí pronto. Colombres me oyó suspirar por al menos tres amores distintos. Colombres me vio borracha y drogada. Colombres me vio manifestarme en contra de cualquier forma de evasión mental. Colombres me vio sin un cobre en los bolsillos y me vio despedirme de Buenos Aires por 23 días. Colombres me dio picazón con sus árboles de plátano de semillas invasoras. Colombres me vio de noche y de día. De mañana, mañana temprano, amanecer, madrugada, noche; de tarde anocheciendo, de tarde merendando, de tarde con ruido a siesta, al mediodía y a media mañana. Colombres vio cómo construía un hogar. Colombres vió cómo destruía un hogar. Colombres me vio de novia, desilusionada, casada, soltera y enamorada. Colombres me recibió más veces de las que me despidió. Colombres me despertó con bocinazos del 160, el 128, el 127 y el 88. Colombres me dio otoños con hojas prêt à pisar; verano con veredas llenas de cartuchos usados de bombuchas; inviernos con lluvia y taxis huidizos y primaveras con el sol aterrizando en el balcón. Colombres me dio fotos de su cara durante nueve años. Sé cuál era el frente que hoy es otro frente como lo supo ser antes. Colombres me empujó y me abrazó. Colombres me dio una casa con numeración capicúa, con escaleras, un montón de escaleras y con una bañera. Colombres me dio una casa para pintar, revocar, baldear, amoblar y abandonar. Colombres es la calle que eligiría como mejor testigo de mi vida adulta.