miércoles, 31 de agosto de 2011

Please Mr Postman

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No. Una vez escuché una entrevista que le hicieron a Claudia Piñeiro diciendo que casi todas las novelas empezaban así, porque los escritores tenían la manía de cronometrar el tiempo, entonces si era una novela, empezaba a la mañana. Bueno, pero a qué otra hora se puede recibir una carta. ¿Una carta? ¿Quién se manda cartas hoy en día? Se acerca el fin del mundo, ya nadie se manda cartas. "Se acerca el fin del mundo, ya nadie se ama", dijo Ariel Minimal en un show con Flopa.

Eran las diez de la mañana y golpearon la puerta en la casa de Nadia Mansilla. A ver. Primero, que ya no se golpean las puertas. A menos que seas una cavernícola, tu departamento tiene que tener un timbre. Segundo, es necesaria la distinción entre casa y departamento. Y en esto me sale la traductora que llevo adentro: en la Ciudad de Buenos Aires, tener casa implica un buen status económico, una vida porteña nacida y criada nacida al ritmo de un 2x4. Implica ser dueña de esa casa, porque no hay quien viva en una casa y la alquile, a menos que se trate de un malabarista mendocino que vive con otros doce amigos amuchados y llenos de piojos en un PH en Balvanera, en el que la heladera nunca tiene más que botellas de agua, en el que comen arroz yamaní y brotes de soja y en el que tocan un djembé hasta que el vecino llama a la policía. Tener una casa, entonces, no es vivir en un departamento. Vivir en una casa no es lo mismo que tener un departamento. Un departamento implica una niñez en un balcón todo enredado (lleno de una red que puede ser de metal o de plástico), algo que sirve tanto para que no se te escape la pelota como para que a los tres años no te autosuicides, como dice Martín Rossi en Viudas, que tan genial le sale el papel de mucamo travesti. Y además, un departamento seguramente es alquilado, porque con lo que salen y la inflación, precio del dólar, del euro, del oro y todas esas cosas que se conversan los sábados a la noche en Niceto, por ejemplo.

Mientras que en le banlieue, vivir en casa es vivir en una casa que seguramente es tuya, que seguramente compartís con tu hermana, tu hermano, la novia o novio de alguno de ellos, sus hijos, tu mamá, tu papá y un perro enorme que de un coletazo te rompió la nenita de vestidito blanco y cabellos dorados de yeso que fue tu souvenir de comunión. No es lo mismo vivir en casa que en departamento. No es lo mismo una casa en Buenos Aires que una casa en el gran Buenos Aires. Así que no pudieron haber golpeado la puerta en la casa de Nadia Mansilla porque o bien tiene para tener una casa pero no para tener un timbre, cosa llamativa; o bien vive en un departamento y no tiene timbre, porque a decir verdad, quién vende productos casa por casa hoy en día, con esta inseguridad, si ya nadie te abre la puerta por temor a que seas un extraterrestre que venga a llevarse todo todo todo todo lo que le pertenece, que a fin de cuentas, mucho esfuerzo le costó, porque el plasma que estúpidamente compró para el Mundial lo va a seguir pagando durante inmensa cantidad de meses, así que si le entrás a robar, llevate también las cuotas. Entonces, no golpearon nada, porque tampoco es que el cartero va a subir hasta el departamento a entregar la bendita carta. Esto no es una PNT y por más joven que parezca, Andrea del Boca ya está muy grande para hacer de Nadia Mansilla, por más que ayer en el baño del trabajo la trataron de usted. Jodido, el asunto.

Al comienzo de ese día, Nadia Mansilla recibió una carta. ¿De ese día o de aquel día? Ese día suena a día demasiado específico. Y aquel día parece un día zarpado en memorable. ¿Zarpado en memorable? ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El otro día venía en el colectivo. Mi amado nueve, que me trae de Retiro hasta Parque Patricios. Salgo del Lenguas Vivas, camino por esas calles todas llenas de galerías de arte con cuadros en exposición, con rubias platinadas que Blackberry en mano, pasean a sus perros de moda, vestidas con ropa deportiva de moda (más de moda que deportiva), con sus buzos GAP y sus gorritas Nike. Un día voy a tomar coraje y a decirle a alguna “¿sabías que esa gorrita la cosió un niño huérfano en Malasia?” Seguro que la muy desgraciada me va a contestar: “¿Y? La ropa que usé esta tarde la cosió un boliviano hacinado en Flores”. Y al rato me subo al 9 y vienen de Retiro escuchando Wachiturros hoy, y en tres meses estaré escuchando otra banda de moda, con el celular al taco y yo me quedo con la genuina alegría de molestar a otro, que con la indiferencia del porteño de clase alta que hace patinar la y griega de la elle en Calle y de la y de Arroyo.

Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Santoro (Esto no es una alpargata) donde decía sobre el 17 de Octubre y las patas en la fuente, algo así como que el peronismo no propicia la lucha de clases sino más bien todo lo contrario: lo que hace es crear una burguesía habilitada para el goce capitalista convirtiéndolo en democrático, algo que es un hecho revolucionario, porque no es lo mismo ver a un negro gozar que a un muchacho bien. Ver gozar a un negro es de mal gusto. Entonces el peronismo irrumpe y habilita ese goce masivo, siendo el símbolo de eso las patas en la fuente, que algunos llamaron aluvión zoológico en pos de no homolgar el goce del otro, asumiendo que no es tan humano como “nosotros”. Entonces, a menos que esté durmiendo, ni me inmuto si están con el “tirate un paso, tirate un paso” a todo culo. Como mucho les pediré que lo bajen un poco, qué se yo. ¿A qué venía todo esto? Ah, a que zarpado en memorable. Que el otro día iba en el colectivo, leyendo un libro que presté y me devolvieron y tuve que interrumpir mi lectura porque había dos chicos hablando de sus historietas amorosas. Una chica y un chico. Y por dios te juro, no les entendía nada de lo que estaban hablando. Salvo que ella lo bloqueó al pibe de Facebook, después el resto, ni jota. Y pensaba yo, claro, no son ellos los ágrafos de mierda que no saben hablar, como dice el Ministro de Educación Juan Strassnoy, para quien un médico podría decir “Uh, pintó la parca”, ante un paciente agonizante. Es el idioma el que está mutando, está cambiando, se está moviendo. Porque,fíjeseusté, dentro de todas esas terminologías que usaban estos chicos, que no tendrían más de 20 años, había un campo muy amplio. No eran pocas las palabras que usaban, no era un léxico reducido: era un léxico nuevo, grande, luminoso, con neologismos de palabras que pasearon por el latín, el griego, el romano, el español, el quechua, el criollo, el lunfardo, el… ¿cómo no tenemos un nombre que designe a las palabras salidas del rocanrol? y la cárcel. Zarpado en zarpado el idioma que se está mezclando. Es como lo que hace El Chávez, que dijo una vez en una entrevista que su música era el producto de ir escuchando Massive Attack en su mp3 y llegar en el tren a Morón y que esa música se trenzara con la cumbia que sonaba en la estación. Zarpado. Pero zarpado en el sentido de algo increíble, osado, fuera de lo común. Porque zarpado también puede ser algo desubicado, fuera de lugar. Bueno. Evitemos que en la Argentina nuestros jóvenes pierdan el habla.

¿Y qué pasó con la carta? ¿Golpean la puerta o tocan el timbre? ¿Es en una casa o en un departamento? ¿Y si la hubiese traído el portero? Ah, eso sería fantástico. Ahí está. Eran las diez de la mañana cuando el portero golpeó la puerta. Traía una carta para Nadia Mansilla. Y pero… c’mon. En primer lugar, la podría haber deslizado por debajo de la puerta. Sobre todo porque es portero y los porteros suelen ser bastante… expeditivos, so to speak. En segundo lugar, a las diez de la mañana tendría que estar en el trabajo, así que no es una buena hora para recibir una carta. Sobre todo si el conflicto de esta historia está en el contenido de esa carta.

Ah, eso. ¿Qué dice la carta? ¿Un hermano que escribe para decir que vuelve de Francia a vivir a Buenos Aires? ¿Los resultados de un examen médico? ¿Una vieja amiga de la secundaria que consiguió la dirección postal, intentando contactarla, después de tantos años? ¿Una propuesta de trabajo en Canadá? Pero si ninguna de esas cosas se comunica por carta. El correo electrónico nos robó la maravilla del suspenso, de la espera, de la sorpresa. ¿Quién va a enviar una carta? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿con qué sentido?

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla abrió un sobre. De niña, las postales que enviaba mi hermano y el cartero tocando el timbre al irse en su bici, anunciando en un grito "¡Carta de Leo!". De adolescente, Hernán, Nadia, el santafesino, un londinense y una flaca de General Madariaga que no me acuerdo como se llamaban. Belén, mi profesora de historia y Francisca, de este lado del siglo. Todos mis amigos postales en ese momento. Era una postal de París, enviada por Nathalie. Una foto del Sena y la Torre Eiffel al fondo. "¡Hola Nadia! ¿Qué tal? Sé que hace mucho que no te he escrito...", en su estudiado español. Tal vez estuvo ahí desde anoche y no la vi cuando entré. Tal vez llegó hoy. Pero eran las diez de la mañana cuando abrí el sobre. Eso ya lo dije al principio. Bueno. Eran las diez menos cuarto cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No, con mi nombre real no. Esto se está volviendo demasiado autobiográfico. Bueno. Eran las diez de la mañana cuando

viernes, 19 de agosto de 2011

Delicuescencia

Jueves sobre la ciudad y tu voz es un fantasma que no está ¿qué voy a hacer? Buenos Aires es tan cruel (*) y mi pelo ondulado me resulta una obra de arte, belleza en líneas que se doblan y se abrazan, el marrón oscuro más lindo que vi jamás.

Hasta los quince años tuve el pelo largo. Me identificaba. Largo, muy largo, lacio, un poco ondulado, bello, brillante pelo, cabello, qué lindo era tener el pelo largo y que se me acalambraran los brazos al trenzarlo, cepillarlo durante años con el mismo cepillo de mango verde, atarlo cada noche antes de ir a dormir y haber mantenido una promesa durante catorce años, once meses y veintiocho días de los quince años que tenía que tenerlo largo.

Sentí en el pelo corto un mundo todo nuevo.

Ahora que lo dejo suelto, largo por primera vez después de tanto tiempo (no tan largo como aquel largo, pero lo más cercano que estuvo de ese largo en los últimos catorce años), lo dejo suelto, lo dejo libre, lo miro, lo veo tan largo, tan creciendo, una, dos, tres canas pero sin embargo, tan oscuro, tan brillante. Me veo la sombra cuando camino de noche y esa sombra que se mueve por sí misma es mi pelo. Puro pelo que baila al ritmo de mis pasos. Pelo largo, pelo suelto, pelo bueno, parte de mí, de mi sangre, de mi cuerpo, de mi piel, mis uñas y mis ojos en mi pelo largo. Pelo que crece y me enreda hasta ser algo más grande que yo. Pelo hermoso, pelo mío es él que crece por más que lo haya podado tantas veces, cuando cada dolor de la vida me tocaba el nervio de una muela careada en la boca del alma y yo te cortaba, pelo, para cortar ese dolor, y todavía crecés. Crece este pelo mío, pelo hermoso es él y a la vez es mío. Pelo que me viste desnuda y me viste vestida. Que me envuelve y se mueve cuando dejo a algún amante dormir al amanecer entre mis piernas. Mío y como yo, se enreda y se suelta, oscuro. Alguna vez fuiste azul. Alguna vez serás gris y te amaré más todavía porque querrá decir que hemos caminado mucho, pelo mío. Corto nunca más; rubio, solo para alguna ocasión especial. Rojo, ni en sueños. Pelo del color que me sale, que es el mejor color, porque es el único que tengo. Pelo mío, largo, lacio. La única compañía que admito cuando me encuentro a solas frente al espejo. Seguí saliendo de mí, seguí creciendo conmigo, seguí estando ahí, seguí siendo mi amigo, mi pelo, mi textura favorita, mi olor preferido. Te extrañé tanto pelo largo, que ahora solo quiero abrazarte, atenderte, bienvenirte. No vuelvo a mutilarte nunca más, te lo prometo. No vuelvo a echarte así de mi nuca, más. No vuelvo a sacarme tu compañía nunca más. No vuelvo a soltarte nunca más. Seguí siendo mi sombra cuando camino, los pedazos de mí que quedan en la ducha y las migas que le dejo a las novias de mis amantes.


… elle ne portait que des chaussons de cygne et démêlait avec un peigne d’écaille les fils noirs de ses long cheveux que pendaient le long de son visage. (**)



(*) PEZ

(**) Qui peut savoir ce qu'est l'amour? Bounine/Statzynsky

viernes, 12 de agosto de 2011

la noche antes del fin del mundo

once de agosto de dos mil once
un puente a tus ojos celestes cerrados desde hace tanto
reducción de daños
casi luna llena
buenos aires
chubascos emocionales
de mañana espero las estrellas
de noche sueño con el sol
dos relojes de arena
uno violeta
el otro, sorpresa
alicia en el país de las maravillas
no sabés lo difícil que es vivir en la ciudad de la furia

jueves, 4 de agosto de 2011

La palabra del día.

< < Caco > >

Mañana tengo que entregar este puto parcial y si no baja el volumen de ese celular, juro que lo mato, lo mato, lo mato.


-Disculpa que te moleste. ¿Sería mucho pedirte que le bajes un poquito el volúmen?
-No para nada. Pero de ahí a que lo haga.
-Ah, viene difícil el asunto. Mirá, te cuento, a ver si nos entendemos, yo estudio y mañana tengo un parcial. Estoy con los minutos contados y pensaba aprovechar el tiempo de viaje para estudiar. Pero entre el bebé del asiento aquel no para de llorar, la mina aquella que le está contando toda su vida a una tal Mariela y vos que estás con la música a todo pedo, yo no voy a poder leer nada, voy a perder un montón de tiempo y creeme que es grave.
-Y bueno, problema tuyo. Tendrías que haber estudiado antes.
-Sí, en eso estamos de acuerdo. Pero mirá, si fuera yo la que está con la música y vos me pidieras que la bajara, te juro que la bajaría.
-¿Eh? Me mareaste. No te entendí nada.
-Bueno. Escuchame. Vos, ¿estudiás?
-No, qué voy a estudiar yo. Tengo tres pibes, ¿cuándo querés que estudie?
-Bueno, ¿estudiaste alguna vez?
-Dejé la escuela en tercer año porque era la segunda vez que hacía tercero.
-Bueno. ¿Viste cuando tenías una prueba?
-Sí.
-Bueno. ¿Te ponías nervioso?
-Sí.
-Bueno, esto es lo mismo. Mañana tengo una prueba, no terminé de leer todo lo que había que leer y como no tengo tiempo, pensaba usar el tiempo... ¿podés bajar la música al menos mientras yo te explico esto?
-¿Al menos? Pará, ¿qué te fumaste? ¿Un Buscando a Nemo?
-¿Eh?
-Al menos dicen en las películas.
-Bueno. ¿Podrías bajar la música mientras yo te explico esto?
-Ahi esta mejor, ¿ves? Pero no, no puedo bajar la música.
-Ah. Sos bravo, pibe, eh. ¿De qué laburás?
-De repositor en el Carrefour de la calle Arroyo.
-No te la puedo creer. Yo estudio ahí a la vuelta.
-Uh, qué loco. Es el destino que quiere que nos encontremos. Uuuhhh.
-Bueno, tampoco te pasés de vivo.
-Y pero, flaca, ¿qué querés que haga? Mirá con lo que me salís. Ahora decime que estaba escrito en las estrellas que nos teníamos que encontrar en este colectivo.
-No. Lo que estaba escrito es que vos bajabas el volumen y me dejabas estudiar.
-¿Pero qué culpa tengo yo que vos no hayas estudiado antes?
-No, en eso estamos de acuerdo. Pero como no puedo volver el tiempo atrás ¿podrías por favor bajar la música de tu celular?
-Bueno. Pero, ¿vos qué me das a cambio?
-Lo que quieras.
-Tu número de teléfono.
-Cómo no. Anotá. Seis siete siete dos, cuatro cuatro cero cero.
-Piola. A ver, te llamo así me agendás.
-No. No. Llamame mañana, después del mediodía, que ya rendí el parcial entonces voy a poder atenderte.
-Ah vos me tomás por gil a mí. Te pensás que no sé que mandaste cualquier verdura y que este es el teléfono de Magoya.
-Pero no, te digo. Llamame mañana. Después de las 16 me encontrás seguro. Ahora, ¿vas a bajar el volumen o qué?
-O qué.
-¿Qué?
-Ya tengo tu número, amiga. ¿Para qué voy a bajar el volumen?
-Ah. Buenísimo. Un hombre de palabra. ¿Sabés qué? No bajés nada. Ya fue todo. Me bajo yo del colectivo y fin del tema.
-Bueno, amiga. Bajate del colectivo. Y la próxima vez que tengas parcial, estudiá antes, amiga.
-Gracias, gracias. Viniendo de un hombre de palabra, que sabe poner las necesidades de los demás por delante de las suyas, voy a tener muy en cuenta tu consejo.
-Dale, amiga.

Pedí permiso entre la pequeña multitud. Mariela ya estaba al tanto de todos los movimientos de su amiga y el bebé ahora chupaba una teta en público que todos miraban asombrados. Vamos, quién no chupo una teta en público, pensaba, mientras empujaba y me empujaban para bajar. Por un peso veinticinco más, podía agrandar mi combo y tomarme otro colectivo con menos gente y más silencio. Esos malditos celulares se adueñaron del sonido en el transporte público. Los odio. A los fabricantes de celulares, no al repositor. Los fabricantes de celulares facturan millones con tecnología infinitamente renovable. Los repositores encuentran alegría en invadirte con su musiquita el viaje en el colectivo. Y para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.

Me bajé del colectivo sin poder evitar el ademán idiota y tardío de revisar que todo estuviera en su lugar. Bolsillo de la mochila cerrado, listo. Llaves en el bolsillo de la campera, listo. Celular en el bolsillo del pantalón. ¿Celular en el bolsillo del pantalón? ¿Celular? Un inmundo caco habilidoso me aplazó en el parcial.

miércoles, 22 de junio de 2011

L' art m'ennuie (pour Belén)

Un gallo da vueltas en una calesita. Un caracol y un pescado van juntos al supermercado y compran una vieja. Un gato vomita sobre un casette en el que está sentado un señor. Mettre la langue lá, ou ça fait mal. Un perro pegaso no encuentra un sindicato para afiliarse. Just what is it that makes today's homes so different, so appealing? Un par de pezones masticables. I want to achieve it through not dying. L'art est inutile. Rentrez chez vous. Una mujer que escucha Sargent Pepper a todo volumen. Una gorda salta una soga mientras su piel juega a ser la de un camaleón daltónico. Otro gato sobrevuela una esquina parisina. Un teléfono haciendo boxeo. ¡Señor Humberto, no sabe lo que pasa! De un lado, un dedo vestido y aburrido. Del otro, la protección contra el amor propio. Un pescado que siempre mira a la izquierda. (Siempre mira a la izquierda). Nous déclarons que la splendeur du monde s'est enrichie d'une beauté nouvelle la beauté de la vitesse. Elvira estrena sus nuevos anteojos rojos. Mujeres desnudas. Hombres abrigados. Gatos. Lenguas con anillos. Estoy a punto de estornudar, pero antes voy a tomar el micrófono y decirte que vayas a comprar el pan y unas felicidades para el domingo. Alguna con almendras. The cat is under the table. Una paloma es amiga de una bailarina. Esa foto que mañana será vieja me saluda desde ayer. Collares de perlas y ventanas. Suripantas de a montones, con el pelo suelto y con el pelo atado. ¿Alguna vez visitaste un parque de diversiones desnudo y con los ojos cerrados? Pasame la manteca, querida. Estos dibujos huelen a río, a espalda transpirada, a encaje negro y a caramelos. O nada que ver. Más bien todo lo contrario. Vení, sacate las zapatillas y sentate conmigo a mirarlos.

jueves, 12 de mayo de 2011

amor, amor mío

Te esperé despierta hasta no sé qué hora era cuando me dormí frente al televisor. Me desperté al rato, con la película que estaba mirando hecha un anuncio de una juguera que hace de todo, pero debe ser carísima. Es rara esa sensación de despertar y encontrar la escenografía para un momento que ya pasó. Las luces encendidas, esa cachetada al despertar. ¿En qué estaba yo? Ah, sí. En que te esperé despierta. Preparé pastel de papas con dos quesos distintos. Yo sé que te gusta así. Si hubieras visto lo lindo que quedó servido en el plato, con unas hojitas de perejil al costado. Quería que festejáramos juntos. Más bien, que festejaras conmigo. Pero bueno. Esta vez, otra vez, no pudo ser. Y también había comprado un vino, uno bueno. No me acuerdo cómo se llamaba. Cuando desarmé la mesa lo guardé en la alacena. Le pedí a un tipo que estaba en la góndola, eligiendo la tercer botella que se iba a llevar. Le tuve que contar un poco de nosotros, qué íbamos a comer, qué estábamos festejando. Le tuve que contar que ibas a venir tarde. El tipo me dijo "bueno, en ese caso, el hombre se le va a dormir, señora". En un momento pensé que eso no sería lo peor que podría llegar a pasar. Pero le dije que no importaba, que la ocasión merecía un buen vino. Me señaló uno que ni sé cómo se llama, pero me dijo que era el más recomendable.

Acosté temprano a los chicos. Ellos también tenían ganas de verte. Les dije que ibas a venir, pero que era una de esas veces que no llegás, que no podés, que estás pero no estás. Que vos también los querías, pero que no tenías el tiempo, que no teníamos tiempo. Y me hicieron eso que saben hacer tan bien, que es hacer como que no importa, decirme que no importa, pero yo sé que sí importa. Me preocupa un poco Romina. Ayer, en el colegio, tenía que dibujar a su papá. La maestra me mandó una nota diciéndome que no pudo dibujar nada. Cuando me mostró la nota, le pregunté qué le pasó y me dijo que no sabía qué dibujar.

Esa fue una cachetada que anunció la de despertar con las luces encendidas. Amor, otra vez te cociné una cena genial y otra vez no llegaste. Me desperté en la mitad de la noche, sentada enfrente a un televisor que daba un programa que mira gente que duerme sola, que vive sola, que está sola. Con las luces que nadie apagó por mí, me desperté por el frío de esperarte y que no vinieras. Siempre me decís que el trabajo, mucho trabajo, muchas cosas que hacer. Pero yo sé que el asunto es por tu mujer.

En este ahora en el que te escribo esto, estoy sentada al sol en la plaza que queda a la vuelta de mi oficina. En esta plaza en donde a veces nos encontramos para comer, para hablar, para que me convenzas que alguna vez todo va a cambiar. Pero Romina sigue sin saber cómo dibujarte y yo como del pastel de papas en un táper, frío. Espero que no se nuble. Espero que apaguemos las luces de este asunto y nos vayamos a dormir. Aunque sea separados, dormir.

lunes, 9 de mayo de 2011

Este globo que sale de mi cabeza

Salí de mi casa después del mediodía, cuando en los pasillos todavía se sentía olor a comidas. Distintos platos, muchos guisos. Me gusta cuando llega el invierno porque el tour por la escalera es más sabroso para mi nariz. En el cuarto cocinan arroz con pollo. En el tercero, demasiados condimentos distintos. En planta baja, milanesas. Ah, digo mi casa y me veo en la obligación de traducir de suburbano a porteño: mi casa es un departamento.

En la puerta, en un cuadrado de tierra que bordea un árbol que está delimitado por el cemento rugoso y berreta con el que para el gobierno de esta sucia ciudad se puede hacer una vereda, dos chicos en short y remera juegan a la bolita. No puedo creer semejante imagen. Tal vez no tengan idea de que ese juego ya podría estar en un museo, junto a una caja de un Pictionary o un Estanciero y una rayuela. ¡Están jugando a la bolita! ¡Y tienen una lechera y todo! Los miro, me miran, sigo caminando.

Ayer me compré Hoy en un recital de Minimal. ¿Sabías que Minimal es zurdo? Yo tampoco, pero tenía mis sospechas. Así que mientras camino, voy cantando esas canciones. Llego tarde, tan tarde, muy tarde. Bueno, no tanto. Con una buena cometa, podría alcanzar los niveles ISO9000 de los estándares de puntualidad. Mientras espero el colectivo, hago sonar dos monedas de cincuenta centavos recién sacaditas del horno de tan brillantes. Las hago jugar a que son las suelas de los zapatos de Fred Astaire, hasta que viene mi colectivo. Subo y veo una pareja de sordos habla en lenguaje de señas en los dos asientos de adelante. ¿Se los habrán dado o será pura coincidencia?

Mi destino es una esquina del barrio donde trabajo. Amo ese barrio. Ir al barrio de mi trabajo un día que no trabajo es la oportunidad para ver la misma ciudad pero en otra estación; escuchar la misma radio, pero en otra frecuencia. Así que bajo en una esquina de San Telmo y me encuentro con un amigo nuevo que tengo. Su lengua materna es la que yo estoy adoptando; mi lengua materna es en la que él se está gestando. Vino acá para replantearse algunas cosas de su vida. Debería haber la crisis del cuarto de vida. Esa es bien puta. Puta traicionera. Sí, la crisis del cuarto de vida es una puta traicionera.

Nos tomamos un otro colectivo. Vamos al Barrio Chino. Yo le hablo en su idioma y él me contesta en el mío. Debe ser gracioso escucharnos. ¿Podés creer que todavía hay porteños que se asombran de ver un gringo? Pensé que ya habíamos superado eso, pero todavía nos sorprende. Hablamos mucho, y en eso de pensar y pensarse en otro idioma, con otras palabras, con palabras que tienen otro peso hacemos un viaje interesante. Es un sabor ameno. Es un saber agradable. Es reconocernos y conocer otra naturaleza cultural. Yo te invitaría a estudiar y estudiarte junto a un extranjero, y vas a ver que este país no es tan de mierda como estamos acostumbrados a decir, porque a fin de cuentas, en todas partes se cuecen habas.

Una vez en el Barrio Chino nos metemos a ver cosas en un supermercado. Él me dice una palabra que yo no conozco en su idioma, que él no sabe cómo se dice en el mío y que en el inglés, esa especie de esperanto que supimos conseguir, yo no la conozco. Así recorremos todo el supermercado hasta que en una góndola de atrás, cerca de los caracoles, frente a los panes, estaban en una bolsa. “¿Qué aprendimos hoy? Poroto. Po-ro-to.” Le pregunto y nos contesto. Justo cuando voy a contarle de la Tota y la Porota, me asombra cómo los orientales todos no tienen reparo en agarrar la comida con las manos. Con todos los dedos, uno agarra un pulpo pescado y pesado y lo mete en una bolsa que chorrea agua de mar sobre el piso de cerámica. A él también le sorprende. Pero seguro que cuando hay que desconcentrar en un estadio, yo en Buenos Aires estoy más cerca de este caos chino que él en su ciudad.

Un rato más tarde, nos encontramos con dos compañeras de estudio mías, más la amiga de una de ellas. Ahora ellos, los extranjeros, son mayoría: de ellas, dos son de la misma nacionalidad de mi amigo. Así que switcheamos, no más castellano. ¿Y si ahora estuviéramos hablando toba? Uno de los primeros gramaticólogos del español ya hablaba de la importancia del idioma como herramienta de dominación. Un poco por democracia, y otro poco por necesidad, nos hablamos en un cocoliche con interferencias orientales, ya en otro supermercado, lleno de gente que se choca y se roza y se pide disculpas en al menos diez palabras distintas. Entre tés, golosinas y jugos de distintos colores, un chino grita mucho. “¡Mucho!”. Le grita a otro que está no muy lejos. “¡Mucho!”. Enseguida, mi amigo me dice que le gusta mucho “un montón”. “’Un montón’ me gusta un montón”, se corrige.

Y yo pienso esto: cuando escucho a alguien hablar mi idioma, quiero decir, alguien que tiene otro idioma como lengua primaria, es como si yo trabajara en un supermercado y conociera la ubicación de (casi) todos los productos en cada góndola. Entonces ese alguien viene por primera vez y yo lo miro cómo pasea por las góndolas hasta encontrar dónde está cada producto que quiere agarrar. Cuando yo visito su supermercado, todavía doy muchas vueltas hasta encontrar los porotos, por ejemplo.

Él se decepciona un poco al ver que aquello a lo que decimos barrio son una, dos, tres, cuatro calles de supermercados, bazares y restoranes. Así que nos vamos los cinco hacia Cabildo y Juramento, una esquina casi tan densa como Acoyte y Rivadavia, como Corrientes y Callao. Dos más y tengo las cinco del viernes de esta semana. Mis amigas se van y nos sentamos en la terraza de un café a seguir hablándonos de hablar. Me tomo el café con leche con él hasta que me tengo que ir y entonces me tomo un colectivo. Bajo y me tomo una gaseosa que compré en un supermercado chino en el Abasto. Tengo una obra de teatro que ver. Es una que habla sobre cómo el ser argentino está basado en la figura ídolo de cartón, que tal vez ni siquiera era argentino y a quien se lo reconoce como músico, sin saber tocar la guitarra; del que se dice que cada día canta mejor, cuando le componían todos los temas. Un poco de eso somos. Pudiendo ser Lepera, todos queremos ser Gardel. Alucinante.

Como estoy cerca del Konex, a la salida me decido a pasar por ahí. Me enteré que había unas TedTalk y pensé en dar una vuelta para ver de qué se trataba. O como dicen los chicos ahora, de qué la iba. Pero, justamente, para entrar había que haber sido invitado. Y para haber sido invitado, había que tener entre 16 y 21 años. O sea, diecinueve. O dieciocho. Mientras escucho a Zambayonny gritando que no pudo dejar la paja, veo que parado en la puerta está mi profesor de física de la escuela. Hola, qué tal, yo fui alumna suya hace unos diez años atrás. Y el tipo se acuerda de un trabajo que hice sobre el agua. Con ese trabajo llegué al diez de promedio y zafé de llevármela en cuarto año: siempre me gustó estar al límite. Él está con su mujer, esperando por el hijo de ambos, que está adentro. Mientras les contesto qué hice durante este tiempo, recibo un mensaje de texto. Hay una fiesta en Chacarita y otra por mi barrio. Es sábado a la noche y yo ya tuve mi salida ayer viernes. Además, tengo trabajos que hacer para la facultad. Así que no voy a ninguna de las dos. Elijo irme a mi casa, a estudiar lengua y gramática.

Voy hasta Corrientes. Ya es tarde para el subte. Qué pena conmigo, opción descartada. Paseo por las paradas de un montón de colectivos. Al final, elijo viajar tomando dos colectivos. Así que espero dos colectivos distintos para ir a un mismo lugar. Viene uno, pero elijo esperar al de atrás, al que Murphy me asegura que viene vacío. Y así es. Bajo para tomar el otro, me decido a tomar un helado. Elijo dulce de leche, maracuyá y avellana. Sí, yo tampoco entendí lo de la avellana. Pero elegí eso. Me tomo el otro colectivo. Elegir y decidir son casi primos, ¿viste?

Me bajo a dos cuadras de mi casa, con un pibe con el que viajamos sentados juntos desde que él se subió, en la parada siguiente a la que subí yo. Caminamos esas dos cuadras a tres metros de diferencia –él adelante, yo atrás- hasta mi edificio. ¿Me creerías si te dijera que los chicos seguían jugando a la bolita? Ahora de campera y largos. ¿Habrán estado ahí toda la tarde? Yo viajando a un montón de países distintos, en un montón de colectivos y ellos, toda esta tarde de sábado jugando a la bolita. Las manos negras, el honor en juego. La pinza, Bretodeau, ¿la conoce a la pinza, Bretodeau? El flaco y yo entramos a mi edificio. Me pregunto si este pallier será también parte de mi casa. De ser así, tranquilamente podría poner unas plantas y algunos afiches de películas. Él, todavía adelante, llama al ascensor aunque sigue de largo y toma las escaleras. Compartimos el asiento de un colectivo, pero no se animó al ascensor. ¿Cómo tendría que traducir eso?

martes, 26 de abril de 2011

Buenos Aires no duerme

El espectáculo es bello por donde se lo mire. Sobre todo por lo fugaz, porque va a durar hasta que corte el semáforo y empiecen a pasar los autos por alguna de las dos manos de esta avenida, en donde cae una lluvia de hojas amarillas. Caen por más que no haya más que asfalto para regar. Caen y hacen un sonido parecido al de un palo de agua. La última vez que oí un palo de agua también había hecho el amor hacía un rato, estaba desnuda sobre un piso de parqué y sobre la mesa, sobres del banco. Y ahora, este ruido parecido al de aquella tarde de sábado y yo también estoy parecida a aquella tarde de sábado. Pero es mañana de domingo y camino por la avenida toda vestida de anoche, medias de red y campera negra. El pelo suelto, el maquillaje corrido. Me siento tan impuntual. Comparto la vereda con chicos vestidos de domingo, con sus padres vestidos de domingo también y con viejas que van a comprar el diario y las pastas frescas paseando el perro al que le dan tres retráctiles metros de libertad.

Camino rápido, me pongo el emepetres. De mañana, el fin de la noche es esta mañana de videoclip. Y el videoclip es más aventuroso. Aventuroso, quiero decir, más lleno de aventura. De aventura, quiero decir, de romance fugaz. De romance fugaz, quiero decir, de sexo casual. De sexo casual, quiero decir, de haber dado un nombre que no era el mío, de miedo al sida, de irme y haber dejado un teléfono cualquiera. Un teléfono cualquiera, quiero decir, un número formado con los números que se me antojaron en el momento. El número solicitado no corresponde a un abonado en servicio.

El sol me pega en la cara y con la mañana, el gusto a cigarrillo se siente más fuerte. Sobre todo porque no fui una buena nena y fui a la cama sin lavarme los dientes. Entre otras cosas. Mal, nena, mal. Mala nena. Una nena de campera rosa va de la mano de su papá. Él la lleva de la mano, más bien apurado, la hace caminar a los saltitos. Ella cruza la calle sin mirar, mientras lleva en la otra mano un huevo más grande que su cabeza. Y sobre los hombros, una mochila escolar. Supongo, me imagino, que es de esas nenas que se devuelven hacia el fin del fin de semana. Y que ese huevo es para compartir en su casa, en la casa de la madre, en la casa de la madre que alguna vez fue la de la madre y el padre y ahora es la de la madre y otro hombre, que le hizo otro hijo a su madre, un hijo que no es hijo del padre que es su padre, pero con quien ella va a compartir un huevo de pascuas. Porque en esta mañana todo huele parecido a Navidad y es porque es Pascuas. Domingo de Pascuas. El domingo pasado también amanecí en una casa desconocida y al salir a la calle también sentí algo parecido, menos parecido pero parecido al fin, a Navidad. Era domingo de Ramos. De Pablo Ramos es el libro que me pongo a leer en cuanto me subo al colectivo.

Me siento atrás, en uno de los asientos individuales. Es uno de esos nuevos y está limpio. En uno de los dos asientos que miran-para-el-otro-lado hay un pibe que debe tener unos 18 años. Lo miro, me mira. Me fascina el cruce de miradas que únicamente pueden darse en un colectivo. Sobre todo porque él tiene 18 años y yo podría ser su madre. Bueno, bastante precoz. Pero anoche también fui un tanto precoz y mejor sigo leyendo mi libro, pero miro y veo que en el otro asiento que mira-para-el-otro-lado hay un flaco más o menos de mi edad, que me cae interesante. Me cae visualmente interesante. Ese no podría haber sido mi hijo y con mucho gusto lo haría padre. Con él juego un rato más al te miro, me mirás, miro para otro lado, te vuelvo a mirar y me estás mirando, y este romance va a terminar en cuanto el colectivo frene y yo me baje, lo sé, pero qué lindo es mirarte y ver que me estás mirando. Me recuerda al amor más lindo y puro que tuve, al único que pudo compatibilizar esos dos adjetivos, a mi primer amor, a un amor de secundaria. Pero Pablo Ramos me espera y además, tengo a mi lado una ventana.

Me encanta viajar en colectivo, si es en un asiento que da a la ventana. Podría tomarme el 37 desde Lanús hasta Ciudad Universitaria veinte veces, si me asegurara un asiento con ventana. O cualquier colectivo que dure lo mismo. Miro la gente. Miro las ventanas de los primeros pisos. Veo una vieja cosiendo. Qué hermosa postal la de ver una vieja enhebrando una aguja. Quisiera sacarle una foto. También creo ver a María Kodama. Y si no era, qué gusto haber cruzado a alguien parecida, porque ver a María Kodama (o a alguien parecida) representa la obligación de plantearse una duda existencial a esta altura del partido: canas, ¿sí o no? Como sea, miro y veo las panaderías y una señora que elige una pastafrola, la señala con el dedo. “Esa”, leo que dicen sus labios. Y la empleada, con un gorrito, corrobora su elección. ¿Con quién compartirá esa pastafrola? La otra vez me enteré que “compañero” viene de un término que hace referencia a compartir el pan. Y los huevos de Pascua, ¿de dónde vienen? Si los conejos son mamíferos. No bien termino de pensar eso, levanto la mirada y donde estaba sentado el pibe de 18, está sentado un viejo. ¿Qué pasó? ¿Qué te pasó? Me distraje un segundo y te volviste viejo. Así de repente. Creo que eso nos pasa a todos. Como cuando vemos la foto de alguien a quien conocimos de joven y de repente peina canas y decimos que está viejo. Pues bueno, el que lo dice, está lo mismo de viejo. O como en las reuniones de ex alumnos, convocados por Facebook: todos dicen que sus compañeros de escuela están hechos mierda. Lo que no reparan es que eso significa que ellos mismos también lo están. Y la prueba está que en ese asiento, donde hace algunas cuadras estaba sentado un pibe de 18, ahora hay un viejo de anteojos, pelado y canoso, con una boina en la mano. Como la vida misma.

Jugueteo un rato más a las miraditas con el flaco del otro asiento y me pregunto si el pibe de anoche se llamaba como me dijo que se llamaba o también él me mintió con su nombre. Eso hubiese estado sensacional: dos desconocidos, desconociéndose aún más. Qué época de mierda para las relaciones humanas. Creo que la posmodernidad va a lograr eliminar lo que más de ¿cuántos miles? cinco, diez, veinte mil años de historia de la humanidad no pudieron: que nos sigamos reproduciendo. Si sigue habiendo tanta vuelta para que la gente se ame, en breve los hijos van a ser cosa de un selecto grupo de iluminados. Y esto de despertar con resaca y olor a cigarrillo y sexo en una casa ajena, mercantilizando el deseo carnal es horrorosamente simplista, sí. Pero sobre todo es inquietantemente atractivo. Odio los adverbios. Inquietantemente. Inquietante mente. Inquiétate mente.

Escucho Te ví. Y el flaco se para para darle el asiento a una señora que no se lo merece, porque no es ni tan vieja, ni tan gorda, ni tan embarazada, ni tan niño. Pero el flaco se lo da igual, qué buen pibe, y se acerca hacia donde estoy yo, parado, frente a la puerta, apoyado en esos caños que son para las sillas de ruedas. Te dije que era uno de esos colectivos nuevos. El juego sigue un rato y yo quiero terminar de leer este libro, pero no puedo evitarlo, lo miro, me mira, miro para otro lado, lo vuelvo a mirar. Al lado suyo hay otro flaco que quiere sumarse al juego. Estás bueno, bastante bueno, pero soy una putita fiel y empecé el juego con él, con él lo tengo que seguir jugando. Siempre fui así. Lo hacía cuando era chica, a la vuelta de mi casa, cuando jugaba a la rayuela con las hijas del policía, y ahora lo hago con vos, porque con él estaba jugando desde antes que vos subieras, qué se le va a hacer.

El colectivo se llena. Lleno de gente que va hacia el sur, a ese paraje hermoso que es más allá de la General Paz, del Riachuelo. Ah, esos lugares. Santos lugares. Si vivís en Lanús, Avellaneda, Ciudadela, Vicente López no te agarra stress, no te agarra ACV, no te agarra nada de eso. Te lo juro. Ni los pibes tienen DDA, ni ninguna de esas pelotudeces que te agarran solamente en Buenos Aires. Hablando de pibes, el viejo ahora es una mujer con un pibe. Yo ya no entiendo más nada. Además, me tengo que bajar. No veo la hora de abrir la puerta de mi casa, desabrocharme las botas, sacarme esta ropa que apesta a Marlboro de dieciséis, bañarme, lavarme los dientes, guardar los aros, las pulseras y los anillos, apagar el celular, desconectar el teléfono, bajar la persiana hasta el dormitorio quede a oscuras, meterme en la cama, invitar a la gata a mis pies y dormir hasta que el sol caiga. Hoy no va a haber pastas en familia, ni siquiera de las frías y sin queso rayado porque se acabó hace rato. Ni siquiera tarde a la tarde. Tampoco huevos de chocolate. No. Nada de eso. Hoy duermo todo el día. Bostezo. Por última vez miro por la ventana y me paro. Me acerco a la puerta, a tocar el timbre. Escucho Balada de Donna Helena, la parte en la que la canción da un giro inesperado alucinante, viste, bueno, esa.

-Yo bajo en la que viene. ¿Y vos?


miércoles, 9 de febrero de 2011

Tema para Luis

Caí en un hotel, donde se suelen dar conferencias, estilo Bauen, en un encuentro de cosplayers que era una locura. No sólo había gente disfrazada de cosas que uno ni se imagina, con orejitas de peluche y medias a rayas, si no que además desfilaban y se gritaban cosas que para mí eran puteadas, pero para ellos no y más bien todo lo contrario. Era como un año nuevo en Arribeños, pero en un piso alfombrado y con luces amarillentas y paredes espejadas. Frenesí, colores y aullidos. Yo les pregunté de qué se trataba, para qué se juntaban, y un chico me dijo que era para celebrar sus disfraces. Que todos tenían mucha producción y muchos se pasaron varios meses cosiendo sus trajes. Ah, como una murga, le dije yo. Pero él no me respondió nada. Solamente me miró serio y se alejó. Debo haberlo ofendido.

Miré un rato el desfile. Desfile, bah. Caminaban por el centro del salón, por una alfombra larga y colorada. Los de los costados gritaban y aplaudían a los que pasaban por la pasarela improvisada. Pero no había escenario y público y modelos estaban a la misma altura en el piso. Todos estaban disfrazados, así que era algo así como ir al zoológico, pero sin rejas ni animales. Y sobre todo, sin niños. Aburrida un poco, le pregunté a otro chico si había alguna otra cosa para hacer. Supuse que habría algunas lindas porquerías para comprar o ricas, para comer. Como en el año nuevo en Arribeños. O los fines de semana en Arribeños. En el salón de al lado, me dijo. Y hacia allá fui.

En el salón de al lado, el panorama era menos efervescente y los únicos gritos que se escuchaban eran los que venían del desfile, a unos cuantos metros de distancia. Aquí había prendedores y colgantes y chirimbolos en bandejitas de pana negra y podés probarte lo que quieras, sin compromiso. Como el asunto me resultaba más aburrido aún, decidí irme de ahí. Pregunté qué otra cosa podía hacer y un flaco me dijo que espere a que venga el fotógrafo, así me sacaba unas fotos. Me dijo también que sus fotos son lo más, que lo mejor que a uno le puede pasar es cruzarse con El Fotógrafo (el pibe no usó mayúsculas cuando me hablaba del fotógrafo, pero parecía que se refería a él en ese tono: El Fotógrafo) y que El Fotógrafo quiera sacarle a uno una foto. Yo dije, bueno, en ese caso. Entonces me lo crucé al fotógrafo. Era barbudo, de pelo largo. Lindo pibe. Vos sos El Fotógrafo, le dije. Él miró su cámara y el bolso que colgaba de su hombro y me dió un "sí" con levantamiento de ceja incluido. Esta gente es muy áspera, pensé yo. ¿Me sacás una foto? Tomó la cámara, y sin mirar me disparó con un flash asesino unas 27 veces. ¿Podrías dejar de hacer eso? No. Este es mi estilo para sacar fotografías. Me gusta ver cómo la gente quiere revertir el relampagazo con gestos raros. De más chico trabajaba en la barra de un boliche. Lo que más me gustaba era servir los tequilas y quedarme mirando a los clientes tomarlo. Después del limón sus caras se tranformaban de una manera tan graciosa que siempre deseé sacarles una foto. Eso es lo que estoy haciendo ahora. Ah, le dije, básicamente estás saldando una deuda con tu pasado. ¿Y quién no quiere hacer eso?, me dijo. Su pregunta fue la respuesta que me hizo escapar de ese lugar.

Como no tenía nada que hacer -hacía un rato había mirado el reloj y todavía era temprano- seguí buscando alguna otra opción.

Me puse a mirar videos viejos. En uno estábamos con mis amigas del colegio, yendo a ver a Paul McCartney. Quien cortaba las entradas era mi archienemiga escolar. En el video pude ver que cuando estábamos entrando al estadio, la muy hija de puta nos hizo fuckyou en cuanto le dimos la espalda. Desgraciada. Ojalá que en la reunión de los 25 años de egresadas no te animes a venir.

Pero ese tampoco era un plan divertido. Así que probé viendo unas carreras de motos y de autos. Unas se desarrollaban al lado de las otras y de este lado estábamos los que animábamos los rallies, atrás de un alambrado, encima de una montañita de tierra. Yo no sabía muy bien para quién hinchar y me pareció que el asunto era un tanto más complicado que ser de Ford o de Chevrolet, así que elegí agarrar un ladrillo para sentarmele encima y ponerme a mirar la escena. Mi silencio resultó un tanto tibio y me sentí como las chicas esas que iban a los recitales de Los Piojos muy de cartera y botas y pelo planchado. Así que opté por caminar un rato por Palermo.

Agarré Santa Fé, que ahora es doblemano, y a la altura de Plaza Italia empecé a hacer serruchito. Borges, Güemes, Thames, Charcas, Uriarte. Veía las vidrieras con vestidos de diseño como objetos de contemplación y carteles en inglés y veredas llenas de gringos. Cómo cambió esta ciudad con el 4 a 1, pienso. Hay dos Buenos Aires. En una de ellas no estamos invitados y ni siquiera somos bienvenidos. En la otra, no nos gusta estar. Pero eso es de puro argentinos que somos. ¿Sabés qué tienen en común un argentino y una pila? Nada, porque la pila tiene un lado positivo. También hay pitonisas de ocasión, sentadas en banquitos playeros, con una tabla sobre sus rodillas, dispuestas a decirte que tu vida va a ser larga, que tenés un amor que todavía te ama, que vas a tener tres hijos. Y hay cueros y bares y licuados de banana y perros cagando en la vereda. Y árboles que se desintegran y ya está atardeciendo cuando cruzo las vías a la altura de Honduras. Me gusta caminar por acá. Un hombre que pasa por enfrente me silva un piropo. Yo sigo caminando. Esa es mi política frente a los piropos. Cruzo la avenida y sigo por Honduras hasta Bonpland. Frecuenté este barrio durante casi un año. Mi ex novio vivía por acá. Sé que hasta que haya otra referencia más importante, cada vez que ande por esta zona, voy a acordarme de él. La panadería de Carranza, los domingos a la tarde. El primer tren del día. El perfume de los cafés. Todo me es familiar de vuelta. Sigo caminando. Quiero ir a la Plaza Mafalda. Una vez lloré en esa plaza. Estaba con él, pero -extrañamente- él no era la causa de mi llanto. Así que agarro Dorrego. Llego a Zapiola y me debato entre agarrar Zapiola o seguir hasta Freire. Me gusta Freire, mejor, porque tiene esa curvita y además, con él andábamos por ahí. Pasear por ahí es evocarlo, de manera dulce. Además, sé que él no va a estar. Desde que nos separamos, los caminos que él elige son los que yo descarto para no cruzármelo. Creo que es un acuerdo que hicieron nuestros destinos para que no volvamos a estar juntos. Así que Freire será.

Cuando estoy llegando, lo veo ahí parado. Es él. Ese es su buzo naranja y esos son sus pantalones de camouflage. Esa es su mochila marrón. Está sacándole una foto al grafitti que te bendice si pasás con el 151 por el Mercado de Pulgas. Me acerco y él se aleja, va caminando con su mochila abierta. Agarra Freire. Me acerco más y lo saludo. Nos abrazamos. Nos largamos a llorar.

-¿Qué hacés acá? Si vos nunca venís por acá.
-Nunca vengo porque después escribís cosas feas sobre mí en tu blog.
-¿Como lo del libro?
-Como lo del libro. Te juro que no sé de qué hablás. Yo jamás le regalaría ese libro a otra mujer que no fueras vos.
-No importa. Ya pasó. ¿Cómo estás? Estás re lindo. No sé si es porque te extrañaba o porque estás re lindo, pero estás re lindo.
-Gracias. Vos también estás muy linda. Creciste mucho en estos meses, me enteré.
-Sí. Estoy en eso.

Escucho la sirena de los bomberos. Hubo dos incendios en mi manzana y necesito saber que no es acá. Esperame, le digo. Necesito saber que no es acá. Esperame, es un segundo, no te vayas, por favor, voy y vuelvo. Te juro que vuelvo. Sí, andá, me dice, yo te espero. Hace un gesto con la mano, como si me diera permiso a irme, como rasgando unas cuerdas invisibles. Me voy. Me doy vuelta y veo que me está mirando (¿no es hermoso cuando pasa eso?). Me levanta la mano y me sonríe sin mostrar los dientes. Ese gesto también es suyo.

Me levanto de la cama y miro por la ventana. Las sirenas pasaron de largo. No era acá.

viernes, 7 de enero de 2011

es enero y se derrite buenos aires

creo que estoy teniendo mi primer noviazgo veraniego. bueno, tal vez el segundo. es con la cerveza. pero una parte mía dice que el hecho de ver tanta gente tomando cerveza por la calle me acumula las ganas hasta que a eso de las ocho, una stella por favor, y ahí acabé con desesperación. entonces, mientras vuelvo a mi casa pienso que hoy, y para recordar aquellos buenos viejos tiempos, voy a cenar leche con cacao. hacía meses que no practicaba este hábito tan miserable de una cena triste con la excusa de la monohabitabilidad. cuando llegue al barrio, paso por el almacén. seguro que está abierto. y seguro que me va a empomar con el precio. pero qué va. mientras espero el colectivo, veo una pareja caminando. toman un helado. tienen pinta de verdes y de verse por segunda vez. ella lleva un saquito de hilo blanco en la mano que no tiene el helado. el helado que le recorre la mano, hasta patinar en la muñeca. se lo lame, la boluda. se lo lame y lo mira desde abajo. pero qué lindo es uno cuando cree que el amor es igual al de la tele. otra pareja, tanto más manchada, vienen con las compras del super. dos en cada mano. veo un papel higiénico, una botella de vino, una esponja patito. él tiene una remera de la naranja mecánica y ella cuelga del cinturón la tarjeta blanca, esa tan corporativa.

una vez en el 9 escucho una señora que le da un mil y un indicaciones a su hija. debe ser la mayor. Karen, se llama. hace calor, lavá la vereda. fijate si mi remera se secó. quedó muy dura? la enjuagaste bien? decile a lucas que se bañe. no importa que no quiera. que se bañe bien. hace mucho calor. si te dice algo, decile que dije yo que se bañe. o pasame con él y le digo yo. bueno. guardá agua. y fijate que haya cubitos. llamó la tía magda? ah bueno, después la llamo. mañana. guardaste los envases?

el 9 debería ser proclamado colectivo obligatorio. yo, si fuera copada, armaría un circuito de guías turísticos, que lleven a los gringos a lugares posta, loco. tomate el 9, de plaza constitución a pompeya. vas a ver lo que es bueno. sobre todo si tuviste una semana en la que pasaste de spinetta a calle 13, anímicamente hablando. el tramo en el que bordea la estación, roza la autopista, se sube al puente, para volver a bordear la estación, te juro que me da unas ganas de hacerle un monumento a roca, por haberle puesto el nombre a esa estación. por lo de matar indios, ahora dicen que no da, viste? y tampoco lo quieren en el billete más dulce de encontrar. y si lo tomás, sentate del lado izquierdo. fenêtre. y en verano, con la ventanilla abierta, con el viento pegándote en la cara, que te hace arrugar la nariz.

camino las dos cuadras del empedrado. me gusta lo tenebroso del camino. me gusta ver gente sentada en la vereda. y paso por el almacén. antes que yo, tres chicos compran diez fosforitos. discuten cuántos son para cada uno. la disputa se dirime de manera singular. el más grande es el que maneja el encendedor. viene otra pareja, con dos envases de Palermo en una bolsa. él arrastró tanto las ojotas que le quedaron finitas como una feta de bondiola. ella lleva caído el bretel de su camisa, blusa, remera. con este calor, no creo que se lo vuelva a levantar jamás.

abro el ascensor, y encuentro a mis dos vecinas besándose. son dos lesbianas torpes, que siempre juegan a que se olvidaron que estaban ahí, y siempre que abro la puerta se hacen las sorprendidas, las invadidas, las pelotudas. hola qué tal. hola, qué tal? y subo con una mambeada en bicicleta. ¿cansada?, le pregunto, en pos de no caer en el horrible lugar común de "calor, ¿no?". no, me dice. pelea con mamá. y te juro que ahí me dije uh qué carajo. uh, qué carajo, le digo. y no vuelvo a abrir la boca hasta que, al abrirle la puerta y bajar con ella, le contesto que sí, que yo iba al mismo piso. bueno, que estés bien, le digo antes de abrir mi puerta y decirle "hola gordo", a mi gato flaco.

se acerca la lluvia. antes de la medianoche la tenemos encima, leo en facebook. así que me baño, me pongo mi vestido de verano, las alpargatas blancas que me regaló mi madre -luego de que le dijera para qué mierda quería yo unas alpargatas blancas, por supuesto- me sirvo una taza de leche con cacao, no sé qué carajo significa omitir, pero yo le doy click a todo, pongo el último de pez, el ventilador en cinco y mañana voy a mirarme toda la segunda temporada de dead like me.

martes, 21 de diciembre de 2010

Elvira!, le gusta estar al sol, todo el día y todo el tiempo, le gusta estar al sol.

Qué linda se pone Buenos Aires en diciembre. Sobre todo los días previos a la navidad. Algo pasa y nada pasa. Manifestaciones populares, aumentos y aguinaldos sin cobrar. Y vea usted, ¿cómo le explico a mis hijos que no van a tener regalo de navidad? y al mismo tiempo Vírgenes del Sol, Los Sideral's, decía, al mismo tiempo entrada, plato principal y postre son objeto de discusión en las reuniones circunstanciales. Vitel Thoné sí - Vitel Thoné no es una discusión universal. Y yo que creía que era distintiva de mi familia. Y los "me estoy preparando para que mi cuñada le regale un lindo regalo al más chico, porque como es madrina del más grande, siempre le regala a uno más que al otro. Es justo, pero el más chico se me va a traumar" y asuntos por el estilo. Mientras se definen por si ponerle edulcorante o no a la ensalada de frutas y/o a la sangría, yo pienso -escuchame esto- vino tinto, fruta picada, miel o azúcar y vino o jerez. En pleno verano. ¿A vos te parece tomar eso? ¿no querés reconsiderarlo?

Todo huele así, todo huele a la piel todavía tibia de un durazno, a sandía, a cereza. Todo huele a un chorro de agua fría sobre la piel hasta hacerte hablar para adentro y a jabón de glicerina humeando aun, después de un baño a media tarde. Las pieles transpiradas, los roces más rebeldes en el colectivo, roces de piel contra piel. El olor a humano, a axila, a sangre, a piel, a sudor, a vida. Ese olor por el que pagamos borrar. Y los colectivos con las ventanas abiertas, mientras un ejército de ráfagas húmedas viene desde toda rendija posible. Nunca viajes en colectivo en verano, si llevás un pilón de papeles apilados, indefensos de cualquier contención. Pero, en algún momento, vos te pusiste a pensar lo cansados que estarán los psicólogos de escuchar hablar sobre el mismo fucking tema a montón de sus pacientes?

Una de Sumo sale a todo pedo desde ese stéreo pedorro. Un Gol, un Fitito, una renoleta, una F100, da igual. Estacionado en la vereda, con todas las puertas abiertas. El play trae tu música favorita. Esa que te identifica. Como el tatuaje que te hiciste en el brazo, te identifica esa música. El volumen bien al taco y zas! diversión garantizada. Yo no tuve de eso en la adolescencia y la verdad, fui muy feliz. Te juro. Al mismo tiempo que los almaceneros se hacen una fortuna aparte en concepto de "un envase". Y vos, abrís una cerveza con un destapador, con una muela que te va a costar un huevo arreglar en cinco años; con un encendedor verde que estás esperando que la flaca no se dé cuenta que se lo requete querés robar; con el borde de un cordón, del cordón sobre el que estás sentado, mientras a un par de metros tuyo empieza otra de Sumo y seguís el ritmo con el dedo índice.

Las veredas se llenan de goteras, y tenés que esquivar los gotazos del cielo como soretes en el piso. Familias que llegan, familias que se van. Un vendendor ambulante sueña con un par de botines nuevos a tres por diez pesos lo-que-sea-que-tenga-para-vender. Gente pierde aviones, gente pierde colectivos, gente espera ver otra gente, gente desespera por ver otra gente, gente que no festeja, gente que todavía no cobró el aguinaldo, gente que tiene hambre, gente que tiene sed, gente que tiene sueño, gente que está trabajando, gente que está estudiando; kirchneristas, antikirchneristas. Todos atravesados por un día. Quiéranlo o no. Todos ansiosos, todos apurados. Todos nerviosos. Nerviosos. Como una adolescente pasando sola por una vereda llena de otras adolescentes, de las gritonas, de las que la van a mirar y le van a inventar un punto flojo que la va a hacer poner colorada hasta que llegue a su casa. Así de nerviosa se pone la gente, se pone la ciudad. Y vos, que sacaste al perro sin correa, lo ves montarse una dálmata a todo vapor.

Pero me gusta. Así de mambeadita, me gusta. Me gusta Buenos Aires ahora porque está esperando. Esperando, suspira ansiedad, apreta los dientes. ¿Cuánto disfrutaste el cachetazo de viento fresco del fin de semana? ¿ y el eclipse de ayer? ¿lo viste? ¿viste la luna anoche? ¿ves la luna de tanto en tanto? ¿sabías que ayer empezó el verano? ¿estás en donde querías estar "para cuando empezara el verano"? ¿otra vez vas a arruinarte el ánimo deshaciéndote en lamentos frente a tus balances de fin de año, que, ¡oh, casualidad! siempre dan negativos? ¿y si esta navidad la pasás bien, como para ver qué onda? En mi familia se ponemos re nerviosos con la navidad. Y eso que somos tres, (acá). Es como ir de la cama al living, viviendo en un monoambiente. Después, la solemos pasar de maravillas. Sé de gente que ay, la navidad. Y se explaya lamentándose de su porvenir durante unas ocho horas. Unas ocho horas en un año de ¿cuántos días? con gente a la que no le debe nada, o sí. Pero no importa, el tema es pasarla mal cuando hay que pasarla bien. Porque hay que pasarla bien. Hay que pasarla bien y comprar regalos y creer que con una cena de mierda, con un vitel thoné pedorro vas a arreglar todas las cagadas que te mandaste en el año, claro, por supuesto. ¿a dónde iba yo con todo esto?

A que Buenos Aires se pone tan linda en estos días. A que no me importa la navidad. No me importa la cena ni el repechaje. No me importan esas instituciones malditas que llamamos familia. Todo eso no es nada comparado con ser testigo de estos días en Buenos Aires. Las pieles se descubren, se abren como alcauciles, se deshacen de abrigo. Ves cicatrices de todo tamaño y sentido; pelos y no pelos //piel natural sin depilar// pieles de cuanto color se te ocurra, de cuanto tono imagines, pieles. Pieles transpiradas. Hombres, adultos, jugando al fútbol en la plaza, chicos caminando descalzos, rengueando por la vereda. El olor a Fuyí. El verano floreciendo, la navidad con mayonesa de atún y un vaso de gaseosa bien fría. O agua y arroz yamaní. ¿Cerveza? También, sí, cómo no. Sobre todo si está linda la noche. Eso sí que es un piropo encubierto. Y las separaciones son más crueles a esta altura del año. Y las relaciones que más raro te pegan, empiezan a esta altura del año. En plena madrugada sentís que el vecino de al lado está cogiendo. Y en realidad a esta altura del año todo el mundo está cogiendo en las madrugadas. Es el verano. Es la navidad. Creo que es todo eso. Que Buenos Aires me gusta tanto en estos días que me la cogería toda de lo linda que está.

domingo, 12 de diciembre de 2010

no me vengan con cuentos chinos. uno siempre escucha hablar de la lealtad.

está saliendo el sol, que es sin duda mi dios

afuera los chicos juegan en el pasillo. ya empezó la usurpación de verano. el verano se refleja tan distinto en los chicos. lo sabemos. como sea, me gusta que me usurpen, salir y encontrarlos ahi es ver un programa distinto cada día. desde que tengo gato, soy la estrella del piso. nos deja ver al gatito, señora?, me dicen. señora! deben ser los únicos seres humanos a los que les perdono que me digan señora.

sabés, mis domingos son un desastre si no los encauzo. hoy es el ejemplo. vieras vos qué indómito me resultó el día y todo por no programarle un buen plan. ayer no tuve ganas de ir a ver a mi madre hoy. así que me pasé el domingo encerrada en mi casa, yendo de la cama al living.
y es un monoambiente.

me angustio. pero es una angustia dulce tan dulce la que me sirve en la boca
la soledad de mi casa
suena el teléfono. atención a la vibración y al sonido para saber desde dónde viene el sonido del celular. cómo cambió el campo de acción de nuestros cuerpos, esas mierdas de los celulares, es algo que yo no me puedo explicar. antes sonaba el teléfono y el ring venía de un único lugar. bue. es él? será él? eh? hola? ah, hola ma, y me juro no volver a atender nunca más sin mirar. al fin de cuentas, para qué pago el servicio de caller id si no es para saber quién cuernos me está llamando antes de que diga "hola". el tipo que inventó eso es un amargo hijo de puta.

es uno de los últimos domingos del año. o sea. nos estamos despidiendo de un ciclo. y yo acá, atando y soltando mi pelo, como si hubiera tiempo para tal cosa. y dos copas de vino sucias, en la pileta desde el viernes a la madrugada. un pantalón tirado en el piso del baño, la cama sin hacer, las botellas vacías en la heladera. mis ojos con restos de maquillaje. el sueño de algunos puede ser cambiar el auto, o tener una casa de fin de semana, el sueño de otros puede ser solo tener una guitarra. el gato parece una vieja, los mira por abajo de la puerta, los sigue con la mirada, se mueve de un extremo a otro de la puerta para mirarlos mejor, y después de un rato vuelve, como a decirme, dale, dejame salir a jugar con los chicos. yo también lo hice, García. y como a mí me dijeron que sí, a vos te tengo que decir que no. es la ley de la vida en mambeados como nosotros, hijo mío.

me gusta el reggae, y lo quiero dejar bien en claro en mi mensaje. a mí me ponés intoxicados, viejas locas, y yo me acuerdo de ir en auto de Neuquén a Cutralcó en un viaje místico con juan. y me acuerdo de enterarme ese día que intoxicados tocaban en un boliche al que años antes mi madre no me había dejado ir a bailar con un chico que había conocido dos días antes. hija de puta. entonces, después de haber ido y vuelto de Cutral-có, fui a comprar mi entrada. las vendían en un cotillón. en un cotillón, entendés? una para intoxicados, por favor.
flash.
y el piti terminó saliendo como a las tres de la mañana.

-hola, buenas noches, llamo por la reconeccción del medidor. estoy sin gas
-está equivocado
-cómo?
-estás hablandoa una pizzería

y que este año me pasó de todo de tanto tan
que me siento una sensación nueva
y es esa de querer que termine el año
ya
y la de querer empezar el año nuevo en mi casa,
es que tengo que dejar de pensar en vos pero tengo también tantas ganas de verte
tal vez borracha
o al menos fumada
cantando Juan Pedro Fasola, nuestro gran amigo

no te voy a contar otra vez
mis penas de los últimos meses
de esos asuntos ya hemos hablado bastante
y yo siempre detesté a los que maldecían los años cuando ancianos, por noviembre, diciembre
y ahora pertenezco al club
a vos te parece.

pero esta noche está buenísima
este vino está buenísimo
tu compañía está buenísima
tus ojos están buenísimos

y yo quiero recibir al año nuevo desnuda con vos.

martes, 30 de noviembre de 2010

no se bajar esto

cómo te quiero tanto, después de tanto tiempo, es algo que no voy a entender en la reputa vida, me dijo, mientras tomaba de su benjamin syrah, con un cubito jugando a la calesita dentro de la copa. diciembre amanecía y él me quería tanto. tanto, que se levantó para darle play a los bitel.

estamos transmitiendo en vivo desde una esquina ahumada. toda la casa, las cosas, todo huele a humo. no molesta, porque buenos aires es así de intensa. me gusta la música de buenos aires, me dice. ¿qué música? le pregunto. la música, me dice, como si yo tuviera que saber que lo que para él es música, para mí es el respirar insoportable de esta puta ciudad. hoy mi vieja me manda un mensaje, me pedía que le vaya a hacer un trámite. no, le digo, no puedo. y le mandé una foto de la casa rosada, me cuenta. yo le hablo de esa costumbre porteña de citar esquinas con precisión exquisita. quiere mostrarme unas fotos y prende mi computadora. cuando el incendio de hoy a la mañana, fue una de las tres cosas que agarré, le cuento otra vez. en eso, oh no, chusmea el Escritorio. es muy chusma, ya lo sé. ve el despelote de archivos con nombres extraños. ¿y este? no sé qué será, le digo. los guardo con lo primero que se me viene a los dedos. puede ser un número, una palabra porque sí, cualquier cosa. lo abre. es un block de notas que dice "Beaten Soul And Keith Thompson - Change (Spokenapella Mix)". i have no idea wtf is that. debe ser por eso que lo guardé bajo el nombre de "no se bajar esto", que más bien quiere decir "no sé, bajar esto". y yo pienso que cada vez que lo veo conecto con él, con los reportes que nos hacemos, con la edición de la información, lo que nos contamos y lo que no; de lo que hablamos y de lo que no. y también conecto conmigo, con lo que era de mí la última vez que lo ví.

el domingo le mandé un mensaje. ¿me querés?, le preguntaba. sí, me respondió. ¿y vos a mí?. un montón, le contesté. apenas llegamos, le mostré esas cartas que me escribió a los diecisiete años en la única manera que podíamos sostener nuestra relación a distancia: por carta. los permisos para salir con el auto, las profesoras insoportables de 5º año, el viaje de egresados. a diez años atrás, directo. ¿y a qué buzón habrá ido a parar la carta que le escribí en el verano? ¿se acordará de mí cada vez que escuche come togheter? qué bueno que estés acá ¿hacía cuánto que no nos veíamos? ¿por qué siempre hablamos de nuestras primeras veces y no de las últimas? la última fue hace como dos años. yo cumplía 26 y él estudiaba psicología. no sé cuándo lo quise más. si cuando casi se pierde el avión por quedarse conmigo andando en colectivo o cuando se asomó a despedirme desde la terminal, mientras mi micro arrancaba. ¿sabrá que hoy vino como un ángel, a hacerme bien?

caminamos por nueve de julio, abajo de la lluvia. nos sacamos una foto en el obelisco. ¿por qué una foto en el obelisco? ¿por qué semejante pecado? pues porque no teníamos una puta foto juntos. y vos viste mi asunto con las fotos y la gente querida. bueno, otro día te cuento.

¿sabés? me copa cuando dejo cosas despelotadas en mi casa, le cuento. el mouse en la mesada, abajo de un monedero y arriba de un libro, por supuesto. para mí es un arte eso, me dice. paulinho moska dibuja volutas de humo sonoras y ¿entonces? entonces esto funciona así: yo elijo de qué hablar, de qué no, qué digo primero, qué después. y como ahora es más apasionado porque me encanta que estés acá, me chupan un huevo las mayúsculas, le digo. prende un cigarrillo y se ríe. en este momento nada me hace más feliz que verlo reirse. (se ríe para atrás). y que escuchar esa voz que debo escuchar no sé, dos hermosas veces por año. ¿qué hacés? ¿cómo estás? qué bueno que estés acá.

tiene que irse. es la hora. lo acompaño hasta el taxi, lo abrazo fuerte. ¿cuándo nos volveremos a ver? le pregunto. cuando sea, me contesto. vení en el verano, me dice. bueno, voy a tratar, le miento. y me pide algo que yo le prometo (otra vez).

vuelvo a mi piso ahumado, me encuentro al vecino tratando de establecer contacto con un gato que yo nunca antes ví. quiere saber si es gato o gata, si es del edificio, cómo terminó acá y por qué se junta a charlar con su gato en la puerta de su departamento. cómo le contestará todo eso, no sé. me parece que es gata, dice él después de que me despido. sí, es una requete gata, le aseguro y me voy a dormir. mañana lo voy a extrañar mucho, es lo último que pienso antes de apagarme. diez minutos después, un mensaje suyo. Te había extrañado. y me duermo con el celular en la mano.

¿y no vas a poner nada de lo que te insisto para que hagas lo que sabés hacer?
no sé, sí, puede ser. tal vez al final.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Chacun cherche son chat

me dispongo a poner play y justo antes de terminar de sentarme, me doy cuenta que no agarré las agujas y las lanas para finiquitar la bufanda naranja que me estoy tejiendo. el asunto de la bufanda me inquieta bastante. pasé el invierno tejiendo para otros. amigos, gente querida. distintos colores. con flecos y sin flecos. montón. un puñado de míos. horas de quietud que pasaron por mis brazos rebelándose a tal paz. desde charlas con amigos, en mi casa o en las suyas hasta hora, hora y media en colectivo desde el sur porteño al conurbano bonaerense. y si algo amo de todo lo que odio de mi vestimenta sin perfume a Coquetería es que necesito llevar colores estridentes. y, ahora que lo pienso, creo que los adopté desde la vez que leí la palabra "estridente". Raeleá (raepuntoes) "estridente" y vas a ver que eso es lo que soy yo. entonces me estoy tejiendo una bufanda naranja. si fuera amarillo, sería amarillo patito. si fuera rosa, sería fucsia. si fuera celeste, sería turquesa. pero es naranja y es genial.
como garcía.
como el botón de "publicar entrada" de blogger

bueno, ahora le voy a armar los flecos.
más o menos los mido y empiezo a cortar cada uno de los treinta flecos que necesito.
aprendí a tejer hace poco más de un año. soy el as de las dos agujas, no sabés. bueno, no, en realidad no. no todavía. pero me enseñó una amiga y eso es mágico.
entonces ya sé hacer los flecos. sí, sí, yo solita.
tomo un trozo de lana naranja. es áspera y es fina y se parece a la hija de una cinta de esas que son para embalar. ¿cómo se llamaban? corto una tira, la uso de referencia para la segunda. vuelvo a medir, vuelvo a cortar. la dejo. tomo otro trozo de lana. mido. corto.

¿te conté de las veces que me cortaba el pelo? de puro adolescente conflictuadita, por supuesto. vuelvo a medir y vuelvo a cortar. ¿y de las veces que me corté la ropa? arruiné montón de remeras de rock (en realidad son de las únicas que tengo) cortándoles el cuello de maneras imposibles. mido otra y me faltan diez. corto. una vez me corté la mano lavando un vaso que había quedado en la pileta de un departamento que compartía con dos roñosos del demonio. estaba abajo de una sartén y una olla. y me corté. me dejó una cicatriz espectacular para mirar con alguien en la cama, una mañana, y contarle cómo me salió. vuelvo a cortar otro trozo más de lana. me encanta cortar pronto cuando hablo por teléfono. puedo hablar durante horas, pero el momento del adiós, me urge que sea rápido. rápido. ejemplo: bueno, chau. tu tu tu. ah, cierto que los celulares nos robaron el sonido ese. qué pena. vuelvo a medir, solo dos más y con una aguja de crochet voy a meter este montón de lineas de lana entre los puntos del tejido y a llenarme la bufanda de alegres flecos que le den soltura y a arreglarle los puntos, esconder los restos de cirugía. bueno, a mí también un poco, ya que estamos. y qué bueno estuvo tejerla, porque me quedó divina y mientras la película estaba por la mitad, yo estaba cerrando los puntos. y cuando llegaba a su fin, yo estaba terminando de cortar los flecos. qué bueno es tejer. eso de armar algo con los dedos, de crear con las manos y con paciencia. qué terapéutico, me dice todo el mundo. mmh. ¿por qué será? y ahora que lo pienso. lo mejor de tejer no es tejer. lo mejor de tejer es cortar.