domingo, 16 de octubre de 2011

Obra en Construcción:: muestra de fotos



Obra en Construcción
Fotos x Nadia Mansilla

Estas son las fotos de una obra en construcción.

Durante el invierno de 2010, todas las mañanas a las ocho, los albañiles empezaban a trabajar enfrente de mi casa. Puntuales, a cielo descubierto prendían la radio, silbaban canciones, se gritaban indicaciones, martillaban, cortaban fierros y maderas, cargaban ladrillos, mezclaban cemento, arena y agua.

Mientras tanto, yo trataba de dormir. El duelo ocasionado por la muerte de mi padre, me provocaba -entre otras cosas- insomnio. Cuando los obreros empezaban el día, yo estaba logrando terminarlo, después de haber pasado la noche sin poder parar de pensar, escuchando música, escribiendo o mirando fotos viejas.

Los miré desde mi ventana hasta que una de esas mañanas empecé a fotografiarlos. Así pude ver el avance de la edificación, el trabajo sostenido, los cambios de planes y cómo los árboles de alrededor cambiaban el follaje.

Esos albañiles me dieron el indicio más certero de que la vida seguía adelante.
Esa obra en construcción era también mi obra en construcción.


Nadia Mansilla nació en 1982 en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense. Periodista de oficio, trabaja en el área de Comunicación y Difusión de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) desde 2004. Paralelamente, fue redactora en organizaciones sociales, contacto de prensa para bandas y periodista de rock. Amante de las expresiones artísticas, curiosa, observadora e inquieta, aprendió en 2007 a sacar fotos. Desde entonces practica ese hobbie con una máquina analógica. Luego de intentos fallidos en Derecho, Periodismo, Filosofía, Comunicación Social, y Artes, actualmente estudia Traducción Literaria en Francés. Escribe en la revista Músicas del Mundo y en sus blogs Flipareis y De Oficio Periodista. Vive en Buenos Aires.
Esta es su primer exposición.


Obra en construcción
(( Fotos ))
Nadia Mansilla
Inaugura: 20OCT11 19hs
Cabrera 3653, Palermo.

Cierra: 30OCT11 (de 18 a 22hs)

jueves, 13 de octubre de 2011

La otra vez fui a la Bond Street y me sentí un viejo choto

Salí un rato de la escena, como para tomarme un recreo. En realidad, nunca fui muy de fiestas. De hecho, siempre sentí las salidas nocturnas como recreos en los que me sentaba en un banco a mirar cómo los demás corrían, jugaban a la rayuela, saltaban la soga o compraban alfajores en el kiosko. Ahora necesitaba un poco de soledad entre tantos desconocidos enredados en volutas de humo y música en un espantoso random vía youtube. Y un descanso del coqueteo de miradas con Mauro.

Yo sabía que él iba a ir a la fiesta. Casi que fui por eso. Fui por eso. Con mis mejores cartas, mi mejor corpiño y un San Telmo Syrah al que sólo le saqué los ojos de encima para mirarlo a Mauro. Estaba dispuesta a investigar a fondo hasta encontrar un indicio de onda. Hace varios meses que venimos jugando al ni si ni no, ni blanco ni negro y ya tenía ganas de saber si era yo el objeto de su deseo o si las veces que me pidió la abrochadora era porque de veras la suya no tenía más ganchitos.

El jueguito de las miradas -observaba cuando me distraía del asunto Mauro- funciona de manera similar en todos los seres humanos. Sigo sosteniendo que por más blackberry y facebook, a los seres humanos nos cuesta cada vez más comunicarnos. Mientras yo lo miraba cuando él no me miraba y él me miraba cuando yo hacía que no lo estaba mirando, pude notar el mismo juego entre otras duplas en la fiesta. Te doy mi teléfono, te toco la mano, me muerdo el labio, me junto el pelo despacio, casi sin querer, pero te me acercás a robarme un beso y te pego un carterazo en la sien por desubicado, sería más o menos el temita con el asunto ese de ensayar la reproducción.

Justamente, le comenté a Érica qué jodidos estamos. A lo que ella me respondió “nos venden comunicación para descomunicarnos. Yo lo dije un montón de veces en clase y quedé como Caruso, con todos mirándome como si estuviera loca”. Caruso es uno de sus alumnos de Lengua, en un 5º año que la estrena como profesora, un par de horas a la semana. De tan inteligente, Caruso es un imbécil. Y con ese apellido, ella no sabe si retarlo o darle un abrazo fraterno.

Érica no me ayuda con Mauro en absoluto. Puede decirme que es gay y al rato decirme que tal vez le gusta hinchar las pelotas y que me pide la abrochadora para bajar hasta nuestra oficina solo para perder tres minutos entre subir y bajar. Tres minutos que tranquilamente se ahorraría llamando a Insumos y pidiendo que le traigan ganchitos. Así que no cuento con más complicidad de su parte que su compañía en la fiesta de cumpleaños de un compañero que a ninguna de los dos nos cae demasiado bien. Pero ahí está Mauro, con una remera de El Grito de Munch.

Siempre va con esas remeras a la oficina. Supongo (o quiero suponer) que sabe que me calienta verlo con esas remeras locas. A saber, tiene una de la Naranja Mecánica; una de la Persistencia de la Memoria, pero simpsonizada; una de + bien; una con la cartoncita y el cartoncito de leche de Blur; una con las siluetas del falso HELP, del disco beatle, y un montón más que ahora no recuerdo. Pero la que tiene esta noche es una de las que más me gusta, porque es violeta, tipo borravino, y entre el humo y el syrah hoy dejo todas las dudas en esta noche, en esta fiesta en un dos ambientes de Belgrano o me voy de acá con una certeza y nunca, pero nunca más le convido broches.

Justamente, mientras pienso esto, estoy mirando la ropa colgada en el lavadero que está al lado de la cocina. Es un tender plegable, amurado a la pared, arriba del lavarropas. Puedo ver que el lavarropas tiene ropa adentro y puedo oler que la tiene hace varios días. Me gusta meterme a ver cocinas ajenas, sí. Más me gusta mirar botiquines, pero alacenas son aceptables también. Esta es bastante aburrida, típica de ambiente monohabitado. No tiene nada de particular: un frasco con Criollitas, una sal con más arroz que sal, un aceite con mucho polvo grasoso pegado en la botella. En la mesada hay montoncitos de vasos descartables con restos de vino, fernet y cerveza, paquetes vacíos de papas y palitos y algunos sánguches de miga de choclo y aceitunas, huérfanos de paladares que los sepan comprender. Una cucaracha bebé pasea por el borde de los azulejos amarillos con dibujos de florcitas y yo la sigo con la mirada una, dos, tres bocanadas de cigarrillo, apoyada en la mesa para descansar con glamour del taco de mis botas.

Me gustaría tener un novio que viva solo, como me parece que vive Mauro, pienso, un poco para juntar coraje y volver en breve al duelo de miradas. Con el cigarrillo entre el dedo índice y el mayor, dibujo círculos con el cigarrillo como lápiz. De repente, la cucaracha se va rápidamente y yo miro hacia la puerta. Es Mauro.

-Nena, ¿qué hacés acá?, me pregunta.

-Nena, ¿qué vas a hacer tan sola hoy?, le contesto.

-Aceptame como soy, soy muy diferente a vos, me responde y me roba el cigarrillo y una pitada.

-Nena, yo no quiero joderte, solo quiero estar un rato más con vos... le digo y recupero mi cigarrillo.

Toma un trago de su vaso de cerveza y el gas le hace hacer una mueca de satisfacción.

-Mauro, qué buenas tus remeras, le digo. Y bajando los párpados, dirijo mi mirada al gris de su calzoncillo que asoma por abajo del pantalón.

-Mirá vos. A mí me gustan las tuyas. Y--

Lo interrumpo para preguntarle una pelotudez. Así como no soporto ser parte de la fiesta, no soporto el juego de seducción. Nunca sorteé las trampas del amor, y me lanzo desde un trampolín como un suicida se lanza desde una torre gemela, preparada para una muerte elegante. Pronta entrega, por favor.

-¿Qué te pasa a vos conmigo, Mauro?

Silencio. Abrió la heladera y me contó que a la mañana bautizaron a su sobrino.

-Si vuelvo a comer un sánguche de miga más, voy a vomitar hasta los cordones de las zapatillas acá mismo.

Más silencio.

-En mi casa tengo unas milanesas hechas que me dejó mi vieja el jueves. ¿Querés venir a comer milanesas a mi casa? Y de paso te muestro qué otras remeras tengo. Te iba a decir, a mí me gustan las tuyas.

-Y me ibas a decir otra cosa más.

-Ah, sí. Te la digo en el taxi.

Saludo a Érica, que no me da mucha pelota ni toma registro de lo que está pasando; le doy un último beso al San Telmo y me voy. Nos vamos.

Yo tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, si el syrah ahora me pintaba para las alucinaciones o si Mauro se habría quedado sin broches en su casa.

Lo último que recuerdo es la sorprendente habilidad con la que, con una sola mano, me desabrochó el corpiño.

domingo, 9 de octubre de 2011

How does it feel?

No puedo soportar la lentitud de la Avenida Córdoba a las cinco de la tarde. No puedo soportar a la gente que no me saluda en el pallier. No puedo soportar la repetición vacua de retar al gato. No puedo soportar que se acabe el agua fría. No puedo soportar que no me hayas preguntado cómo estoy. No puedo soportar que tengas una novia. No puedo soportar que no te mueras de intriga por saber en qué ando. No puedo soportar que en tu heladera nunca haya nada que me guste a mí. No puedo soportar las fotos que me sacaste cuando todo era sonrisas y luz. No puedo soportar que huelas tan rico. No puedo soportar que me seas tan importante. No puedo soportar el síndrome premenstrual ajeno. No puedo soportar tu fina ropa blanca. No puedo soportar tus ojos hermosos y esa costumbre que tenés de hablar. No puedo soportar que te guardes todo lo que me deseas. No puedo soportar estar atada a vos. No puedo soportar que sigas viviendo sin plata. No puedo soportar tus monólogos de cocainómano y esos besos sucios que me duermen la lengua. No puedo soportar que seas tan pero tan excéntrica. No puedo soportar las remeras de rock. No puedo soportar tu mono con mis amantes. No puedo soportar las ganas de morderte y dejarte marcas por todo el cuerpo y que tu novia se entere que anoche dormiste conmigo. No puedo soportar que se desvíe el colectivo y acá nadie diga nada. No puedo soportar que seamos tan indiferentes con los pobres. No puedo soportar que no me atiendas el teléfono porque si sí, se enoja tu novio. No puedo soportar los túneles. No puedo soportar que cada vez que vengas a mi casa quieras hacerme el amor. No puedo soportar las lágrimas convincentes. No puedo soportar que acabes tan silenciosamente. No puedo soportar tu manía de comerte las uñas. No puedo soportar que te guste Spinetta. No puedo soportar que grites para hablar por teléfono. No puedo soportar que te vas a España. No puedo soportar que siempre me escondas algo. No puedo soportar que arrastres los pies para caminar. No puedo soportar ser la favorita de mi padre. No puedo soportar que toques el saxo. No puedo soportar Ramos Mejía. No puedo soportar los anteojos espejados. No puedo soportar a la virgen desatanudos. No puedo soportar que la serpiente viaje por la sal. No puedo soportar que te hayas dado vuelta para decirme “mire, señora, ¿no es hermoso mi hermanito?”. No soporto pensar en las ganas que voy a tener de verte. No puedo soportar desmaquillarme los ojos sin haber salido a la calle. No puedo soportar que creas que no sé que te acostás con mi marido. No puedo soportar la humedad de Buenos Aires.

jueves, 6 de octubre de 2011

I am he as you are he as you are me and we are all together

Con esto del premio nobel, anoche busqué un disco que me grabaste con cosas de Dylan, carita feliz y corazones en el frente del cd (as usual).
Lo encontré y está todo rayado, imposible de recuperar.
Me dolió tanto ver esos surcos imborrables, tatuados sobre Blonde on Blonde.
Podrías grabármelo de nuevo, pero ya no sería el mismo disco.

Tu me manques, climbing up the Eiffel Tower.

martes, 27 de septiembre de 2011

nunca me imaginé regresar a mi tiempo de niño

¿y si esto que sos ahora, extrañando lo que fuiste antes, fuera lo que vas a extrañar después?
¿y si miraras las fotos de tu hoy mañana, con la misma nostalgia con la que mirás las fotos de tu pasado?
¿si aquello que se fue y que fuiste fuera nada comparado con lo que fuiste hoy, cuando sea ayer?

¿y, sobre todo, si el fin del mundo lo vivieras muerto y no como una película?

representatividad constante. Ahora y Aquí, siempre.

martes, 13 de septiembre de 2011

refugiándome en vos, mi última droga (*)

quiero leer tus cuadernos de notas. saber el orden de tus discos y qué es lo que tiene que tener una chica para que la sigas con la mirada cuando andás por la calle. quiero saber si alguna vez pediste un autógrafo, si guardás recuerdos de cosas que viviste hace más de diez años y quiero saber de qué prima estabas enamorado y qué cosas perdiste hace mucho y todavía lamentás. quiero saber qué proporciones tiene que tener tu café con leche perfecto, si te gusta más el calor o el frío; qué detestás más de estos días que corren y si te gustan las tortugas, los perros o los gatos. quiero saber cuál es tu gusto de helado favorito, cuál es tu esquina predilecta de esta ciudad, qué sentiste cuando empezaste a estudiar y qué cuando saliste solo de noche por primera vez. quiero saber cuál fue la primer revista que compraste y cuál la última. quiero ver tus dibujos de chico y si saludás al chofer cuando subís al colectivo. quiero escuchar tu mejor anécdota y quiero verte llorar. quiero ver todas las fotos de todos los viajes que hayas hecho. quiero verte comprando cigarrillos y cargando música en tu mp3. quiero verte durmiendo en un micro de larga distancia, viajando a cualquier parte, cruzando la pampa. quiero escuchar tu voz en vivo, desde un teléfono y en voz baja, a punto de dormirte. quiero que me convides la mitad de la última galletita del frasco y quiero despedirte, darme vuelta y ver que me estabas mirando. quiero te.

quiero saber todo de vos y al mismo tiempo, no necesito saber nada más tuyo.
no necesito saber nada.
más.

(*) Pez
Julia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Miro por la ventana y veo un hombre que duerme en la vereda de enfrente. A pocos metros, tres chicos se patean una pelota. El sol me ilumina a mí, los ilumina a ellos, ilumina al hombre que se cubre la cabeza con una frazada que, agujereada, muestra sus rodillas vestidas con un pantalón marrón. Los chicos gritan, el hombre acostado en cartones se mueve, inquieto. Un pelotazo le da en la panza. Los chicos salen corriendo, el hombre se destapa. Mira, los ve correr, se queda mirando, vuelve a taparse. Un par de minutos después, los chicos vuelven con la pelota. El nuevo juego es pasarle la pelota de cerca al hombre, que ahora les da la espalda. Pasa un perro con una rama en la boca, después una familia. Un nene que lleva un carrito atado de un hilo, una mamá que lleva un bolso enorme y un papá que lleva un cochecito con un bebé. Cuando ven al hombre que sigue moviéndose desde abajo de su frazada sucia se alejan de la vereda y cruzan, rápido, la calle empedrada.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Hubo un silencio y miró a la nada, incrédulo. De repente, se echó un suspiro, con más énfasis en la aspiración que en la expulsión del aire. Expulsión sin melodía. Un suspiro -por así llamarlo- rápido, como si hubiese querido drogarse de oxígeno, que le llegue rápido al cerebro, que alterara esa realidad de silencio. Un silencio que nos había quebrado. Nada para declarar. Su suspiro eléctrico cortó nuestro silencio. Su egoísmo, el de siempre, enfrentándose con mi necesidad de descubrirlo todo. Yo quería sacar a la luz eso que él se guardaba para él. Ese suspiro era más de lo mismo. Se robó mi aire, rápido, oportunista de emociones. Se levantó en dos movimientos. Se vistió y se fue sin saludar. Nunca más supe de él. No lo llamé, no me llamó. Ninguno ganó, ninguno perdió. Tampoco fue un empate.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Please Mr Postman

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No. Una vez escuché una entrevista que le hicieron a Claudia Piñeiro diciendo que casi todas las novelas empezaban así, porque los escritores tenían la manía de cronometrar el tiempo, entonces si era una novela, empezaba a la mañana. Bueno, pero a qué otra hora se puede recibir una carta. ¿Una carta? ¿Quién se manda cartas hoy en día? Se acerca el fin del mundo, ya nadie se manda cartas. "Se acerca el fin del mundo, ya nadie se ama", dijo Ariel Minimal en un show con Flopa.

Eran las diez de la mañana y golpearon la puerta en la casa de Nadia Mansilla. A ver. Primero, que ya no se golpean las puertas. A menos que seas una cavernícola, tu departamento tiene que tener un timbre. Segundo, es necesaria la distinción entre casa y departamento. Y en esto me sale la traductora que llevo adentro: en la Ciudad de Buenos Aires, tener casa implica un buen status económico, una vida porteña nacida y criada nacida al ritmo de un 2x4. Implica ser dueña de esa casa, porque no hay quien viva en una casa y la alquile, a menos que se trate de un malabarista mendocino que vive con otros doce amigos amuchados y llenos de piojos en un PH en Balvanera, en el que la heladera nunca tiene más que botellas de agua, en el que comen arroz yamaní y brotes de soja y en el que tocan un djembé hasta que el vecino llama a la policía. Tener una casa, entonces, no es vivir en un departamento. Vivir en una casa no es lo mismo que tener un departamento. Un departamento implica una niñez en un balcón todo enredado (lleno de una red que puede ser de metal o de plástico), algo que sirve tanto para que no se te escape la pelota como para que a los tres años no te autosuicides, como dice Martín Rossi en Viudas, que tan genial le sale el papel de mucamo travesti. Y además, un departamento seguramente es alquilado, porque con lo que salen y la inflación, precio del dólar, del euro, del oro y todas esas cosas que se conversan los sábados a la noche en Niceto, por ejemplo.

Mientras que en le banlieue, vivir en casa es vivir en una casa que seguramente es tuya, que seguramente compartís con tu hermana, tu hermano, la novia o novio de alguno de ellos, sus hijos, tu mamá, tu papá y un perro enorme que de un coletazo te rompió la nenita de vestidito blanco y cabellos dorados de yeso que fue tu souvenir de comunión. No es lo mismo vivir en casa que en departamento. No es lo mismo una casa en Buenos Aires que una casa en el gran Buenos Aires. Así que no pudieron haber golpeado la puerta en la casa de Nadia Mansilla porque o bien tiene para tener una casa pero no para tener un timbre, cosa llamativa; o bien vive en un departamento y no tiene timbre, porque a decir verdad, quién vende productos casa por casa hoy en día, con esta inseguridad, si ya nadie te abre la puerta por temor a que seas un extraterrestre que venga a llevarse todo todo todo todo lo que le pertenece, que a fin de cuentas, mucho esfuerzo le costó, porque el plasma que estúpidamente compró para el Mundial lo va a seguir pagando durante inmensa cantidad de meses, así que si le entrás a robar, llevate también las cuotas. Entonces, no golpearon nada, porque tampoco es que el cartero va a subir hasta el departamento a entregar la bendita carta. Esto no es una PNT y por más joven que parezca, Andrea del Boca ya está muy grande para hacer de Nadia Mansilla, por más que ayer en el baño del trabajo la trataron de usted. Jodido, el asunto.

Al comienzo de ese día, Nadia Mansilla recibió una carta. ¿De ese día o de aquel día? Ese día suena a día demasiado específico. Y aquel día parece un día zarpado en memorable. ¿Zarpado en memorable? ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El otro día venía en el colectivo. Mi amado nueve, que me trae de Retiro hasta Parque Patricios. Salgo del Lenguas Vivas, camino por esas calles todas llenas de galerías de arte con cuadros en exposición, con rubias platinadas que Blackberry en mano, pasean a sus perros de moda, vestidas con ropa deportiva de moda (más de moda que deportiva), con sus buzos GAP y sus gorritas Nike. Un día voy a tomar coraje y a decirle a alguna “¿sabías que esa gorrita la cosió un niño huérfano en Malasia?” Seguro que la muy desgraciada me va a contestar: “¿Y? La ropa que usé esta tarde la cosió un boliviano hacinado en Flores”. Y al rato me subo al 9 y vienen de Retiro escuchando Wachiturros hoy, y en tres meses estaré escuchando otra banda de moda, con el celular al taco y yo me quedo con la genuina alegría de molestar a otro, que con la indiferencia del porteño de clase alta que hace patinar la y griega de la elle en Calle y de la y de Arroyo.

Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Santoro (Esto no es una alpargata) donde decía sobre el 17 de Octubre y las patas en la fuente, algo así como que el peronismo no propicia la lucha de clases sino más bien todo lo contrario: lo que hace es crear una burguesía habilitada para el goce capitalista convirtiéndolo en democrático, algo que es un hecho revolucionario, porque no es lo mismo ver a un negro gozar que a un muchacho bien. Ver gozar a un negro es de mal gusto. Entonces el peronismo irrumpe y habilita ese goce masivo, siendo el símbolo de eso las patas en la fuente, que algunos llamaron aluvión zoológico en pos de no homolgar el goce del otro, asumiendo que no es tan humano como “nosotros”. Entonces, a menos que esté durmiendo, ni me inmuto si están con el “tirate un paso, tirate un paso” a todo culo. Como mucho les pediré que lo bajen un poco, qué se yo. ¿A qué venía todo esto? Ah, a que zarpado en memorable. Que el otro día iba en el colectivo, leyendo un libro que presté y me devolvieron y tuve que interrumpir mi lectura porque había dos chicos hablando de sus historietas amorosas. Una chica y un chico. Y por dios te juro, no les entendía nada de lo que estaban hablando. Salvo que ella lo bloqueó al pibe de Facebook, después el resto, ni jota. Y pensaba yo, claro, no son ellos los ágrafos de mierda que no saben hablar, como dice el Ministro de Educación Juan Strassnoy, para quien un médico podría decir “Uh, pintó la parca”, ante un paciente agonizante. Es el idioma el que está mutando, está cambiando, se está moviendo. Porque,fíjeseusté, dentro de todas esas terminologías que usaban estos chicos, que no tendrían más de 20 años, había un campo muy amplio. No eran pocas las palabras que usaban, no era un léxico reducido: era un léxico nuevo, grande, luminoso, con neologismos de palabras que pasearon por el latín, el griego, el romano, el español, el quechua, el criollo, el lunfardo, el… ¿cómo no tenemos un nombre que designe a las palabras salidas del rocanrol? y la cárcel. Zarpado en zarpado el idioma que se está mezclando. Es como lo que hace El Chávez, que dijo una vez en una entrevista que su música era el producto de ir escuchando Massive Attack en su mp3 y llegar en el tren a Morón y que esa música se trenzara con la cumbia que sonaba en la estación. Zarpado. Pero zarpado en el sentido de algo increíble, osado, fuera de lo común. Porque zarpado también puede ser algo desubicado, fuera de lugar. Bueno. Evitemos que en la Argentina nuestros jóvenes pierdan el habla.

¿Y qué pasó con la carta? ¿Golpean la puerta o tocan el timbre? ¿Es en una casa o en un departamento? ¿Y si la hubiese traído el portero? Ah, eso sería fantástico. Ahí está. Eran las diez de la mañana cuando el portero golpeó la puerta. Traía una carta para Nadia Mansilla. Y pero… c’mon. En primer lugar, la podría haber deslizado por debajo de la puerta. Sobre todo porque es portero y los porteros suelen ser bastante… expeditivos, so to speak. En segundo lugar, a las diez de la mañana tendría que estar en el trabajo, así que no es una buena hora para recibir una carta. Sobre todo si el conflicto de esta historia está en el contenido de esa carta.

Ah, eso. ¿Qué dice la carta? ¿Un hermano que escribe para decir que vuelve de Francia a vivir a Buenos Aires? ¿Los resultados de un examen médico? ¿Una vieja amiga de la secundaria que consiguió la dirección postal, intentando contactarla, después de tantos años? ¿Una propuesta de trabajo en Canadá? Pero si ninguna de esas cosas se comunica por carta. El correo electrónico nos robó la maravilla del suspenso, de la espera, de la sorpresa. ¿Quién va a enviar una carta? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿con qué sentido?

Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla abrió un sobre. De niña, las postales que enviaba mi hermano y el cartero tocando el timbre al irse en su bici, anunciando en un grito "¡Carta de Leo!". De adolescente, Hernán, Nadia, el santafesino, un londinense y una flaca de General Madariaga que no me acuerdo como se llamaban. Belén, mi profesora de historia y Francisca, de este lado del siglo. Todos mis amigos postales en ese momento. Era una postal de París, enviada por Nathalie. Una foto del Sena y la Torre Eiffel al fondo. "¡Hola Nadia! ¿Qué tal? Sé que hace mucho que no te he escrito...", en su estudiado español. Tal vez estuvo ahí desde anoche y no la vi cuando entré. Tal vez llegó hoy. Pero eran las diez de la mañana cuando abrí el sobre. Eso ya lo dije al principio. Bueno. Eran las diez menos cuarto cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No, con mi nombre real no. Esto se está volviendo demasiado autobiográfico. Bueno. Eran las diez de la mañana cuando

viernes, 19 de agosto de 2011

Delicuescencia

Jueves sobre la ciudad y tu voz es un fantasma que no está ¿qué voy a hacer? Buenos Aires es tan cruel (*) y mi pelo ondulado me resulta una obra de arte, belleza en líneas que se doblan y se abrazan, el marrón oscuro más lindo que vi jamás.

Hasta los quince años tuve el pelo largo. Me identificaba. Largo, muy largo, lacio, un poco ondulado, bello, brillante pelo, cabello, qué lindo era tener el pelo largo y que se me acalambraran los brazos al trenzarlo, cepillarlo durante años con el mismo cepillo de mango verde, atarlo cada noche antes de ir a dormir y haber mantenido una promesa durante catorce años, once meses y veintiocho días de los quince años que tenía que tenerlo largo.

Sentí en el pelo corto un mundo todo nuevo.

Ahora que lo dejo suelto, largo por primera vez después de tanto tiempo (no tan largo como aquel largo, pero lo más cercano que estuvo de ese largo en los últimos catorce años), lo dejo suelto, lo dejo libre, lo miro, lo veo tan largo, tan creciendo, una, dos, tres canas pero sin embargo, tan oscuro, tan brillante. Me veo la sombra cuando camino de noche y esa sombra que se mueve por sí misma es mi pelo. Puro pelo que baila al ritmo de mis pasos. Pelo largo, pelo suelto, pelo bueno, parte de mí, de mi sangre, de mi cuerpo, de mi piel, mis uñas y mis ojos en mi pelo largo. Pelo que crece y me enreda hasta ser algo más grande que yo. Pelo hermoso, pelo mío es él que crece por más que lo haya podado tantas veces, cuando cada dolor de la vida me tocaba el nervio de una muela careada en la boca del alma y yo te cortaba, pelo, para cortar ese dolor, y todavía crecés. Crece este pelo mío, pelo hermoso es él y a la vez es mío. Pelo que me viste desnuda y me viste vestida. Que me envuelve y se mueve cuando dejo a algún amante dormir al amanecer entre mis piernas. Mío y como yo, se enreda y se suelta, oscuro. Alguna vez fuiste azul. Alguna vez serás gris y te amaré más todavía porque querrá decir que hemos caminado mucho, pelo mío. Corto nunca más; rubio, solo para alguna ocasión especial. Rojo, ni en sueños. Pelo del color que me sale, que es el mejor color, porque es el único que tengo. Pelo mío, largo, lacio. La única compañía que admito cuando me encuentro a solas frente al espejo. Seguí saliendo de mí, seguí creciendo conmigo, seguí estando ahí, seguí siendo mi amigo, mi pelo, mi textura favorita, mi olor preferido. Te extrañé tanto pelo largo, que ahora solo quiero abrazarte, atenderte, bienvenirte. No vuelvo a mutilarte nunca más, te lo prometo. No vuelvo a echarte así de mi nuca, más. No vuelvo a sacarme tu compañía nunca más. No vuelvo a soltarte nunca más. Seguí siendo mi sombra cuando camino, los pedazos de mí que quedan en la ducha y las migas que le dejo a las novias de mis amantes.


… elle ne portait que des chaussons de cygne et démêlait avec un peigne d’écaille les fils noirs de ses long cheveux que pendaient le long de son visage. (**)



(*) PEZ

(**) Qui peut savoir ce qu'est l'amour? Bounine/Statzynsky

viernes, 12 de agosto de 2011

la noche antes del fin del mundo

once de agosto de dos mil once
un puente a tus ojos celestes cerrados desde hace tanto
reducción de daños
casi luna llena
buenos aires
chubascos emocionales
de mañana espero las estrellas
de noche sueño con el sol
dos relojes de arena
uno violeta
el otro, sorpresa
alicia en el país de las maravillas
no sabés lo difícil que es vivir en la ciudad de la furia

jueves, 4 de agosto de 2011

La palabra del día.

< < Caco > >

Mañana tengo que entregar este puto parcial y si no baja el volumen de ese celular, juro que lo mato, lo mato, lo mato.


-Disculpa que te moleste. ¿Sería mucho pedirte que le bajes un poquito el volúmen?
-No para nada. Pero de ahí a que lo haga.
-Ah, viene difícil el asunto. Mirá, te cuento, a ver si nos entendemos, yo estudio y mañana tengo un parcial. Estoy con los minutos contados y pensaba aprovechar el tiempo de viaje para estudiar. Pero entre el bebé del asiento aquel no para de llorar, la mina aquella que le está contando toda su vida a una tal Mariela y vos que estás con la música a todo pedo, yo no voy a poder leer nada, voy a perder un montón de tiempo y creeme que es grave.
-Y bueno, problema tuyo. Tendrías que haber estudiado antes.
-Sí, en eso estamos de acuerdo. Pero mirá, si fuera yo la que está con la música y vos me pidieras que la bajara, te juro que la bajaría.
-¿Eh? Me mareaste. No te entendí nada.
-Bueno. Escuchame. Vos, ¿estudiás?
-No, qué voy a estudiar yo. Tengo tres pibes, ¿cuándo querés que estudie?
-Bueno, ¿estudiaste alguna vez?
-Dejé la escuela en tercer año porque era la segunda vez que hacía tercero.
-Bueno. ¿Viste cuando tenías una prueba?
-Sí.
-Bueno. ¿Te ponías nervioso?
-Sí.
-Bueno, esto es lo mismo. Mañana tengo una prueba, no terminé de leer todo lo que había que leer y como no tengo tiempo, pensaba usar el tiempo... ¿podés bajar la música al menos mientras yo te explico esto?
-¿Al menos? Pará, ¿qué te fumaste? ¿Un Buscando a Nemo?
-¿Eh?
-Al menos dicen en las películas.
-Bueno. ¿Podrías bajar la música mientras yo te explico esto?
-Ahi esta mejor, ¿ves? Pero no, no puedo bajar la música.
-Ah. Sos bravo, pibe, eh. ¿De qué laburás?
-De repositor en el Carrefour de la calle Arroyo.
-No te la puedo creer. Yo estudio ahí a la vuelta.
-Uh, qué loco. Es el destino que quiere que nos encontremos. Uuuhhh.
-Bueno, tampoco te pasés de vivo.
-Y pero, flaca, ¿qué querés que haga? Mirá con lo que me salís. Ahora decime que estaba escrito en las estrellas que nos teníamos que encontrar en este colectivo.
-No. Lo que estaba escrito es que vos bajabas el volumen y me dejabas estudiar.
-¿Pero qué culpa tengo yo que vos no hayas estudiado antes?
-No, en eso estamos de acuerdo. Pero como no puedo volver el tiempo atrás ¿podrías por favor bajar la música de tu celular?
-Bueno. Pero, ¿vos qué me das a cambio?
-Lo que quieras.
-Tu número de teléfono.
-Cómo no. Anotá. Seis siete siete dos, cuatro cuatro cero cero.
-Piola. A ver, te llamo así me agendás.
-No. No. Llamame mañana, después del mediodía, que ya rendí el parcial entonces voy a poder atenderte.
-Ah vos me tomás por gil a mí. Te pensás que no sé que mandaste cualquier verdura y que este es el teléfono de Magoya.
-Pero no, te digo. Llamame mañana. Después de las 16 me encontrás seguro. Ahora, ¿vas a bajar el volumen o qué?
-O qué.
-¿Qué?
-Ya tengo tu número, amiga. ¿Para qué voy a bajar el volumen?
-Ah. Buenísimo. Un hombre de palabra. ¿Sabés qué? No bajés nada. Ya fue todo. Me bajo yo del colectivo y fin del tema.
-Bueno, amiga. Bajate del colectivo. Y la próxima vez que tengas parcial, estudiá antes, amiga.
-Gracias, gracias. Viniendo de un hombre de palabra, que sabe poner las necesidades de los demás por delante de las suyas, voy a tener muy en cuenta tu consejo.
-Dale, amiga.

Pedí permiso entre la pequeña multitud. Mariela ya estaba al tanto de todos los movimientos de su amiga y el bebé ahora chupaba una teta en público que todos miraban asombrados. Vamos, quién no chupo una teta en público, pensaba, mientras empujaba y me empujaban para bajar. Por un peso veinticinco más, podía agrandar mi combo y tomarme otro colectivo con menos gente y más silencio. Esos malditos celulares se adueñaron del sonido en el transporte público. Los odio. A los fabricantes de celulares, no al repositor. Los fabricantes de celulares facturan millones con tecnología infinitamente renovable. Los repositores encuentran alegría en invadirte con su musiquita el viaje en el colectivo. Y para un peronista no hay nada mejor que otro peronista.

Me bajé del colectivo sin poder evitar el ademán idiota y tardío de revisar que todo estuviera en su lugar. Bolsillo de la mochila cerrado, listo. Llaves en el bolsillo de la campera, listo. Celular en el bolsillo del pantalón. ¿Celular en el bolsillo del pantalón? ¿Celular? Un inmundo caco habilidoso me aplazó en el parcial.

miércoles, 22 de junio de 2011

L' art m'ennuie (pour Belén)

Un gallo da vueltas en una calesita. Un caracol y un pescado van juntos al supermercado y compran una vieja. Un gato vomita sobre un casette en el que está sentado un señor. Mettre la langue lá, ou ça fait mal. Un perro pegaso no encuentra un sindicato para afiliarse. Just what is it that makes today's homes so different, so appealing? Un par de pezones masticables. I want to achieve it through not dying. L'art est inutile. Rentrez chez vous. Una mujer que escucha Sargent Pepper a todo volumen. Una gorda salta una soga mientras su piel juega a ser la de un camaleón daltónico. Otro gato sobrevuela una esquina parisina. Un teléfono haciendo boxeo. ¡Señor Humberto, no sabe lo que pasa! De un lado, un dedo vestido y aburrido. Del otro, la protección contra el amor propio. Un pescado que siempre mira a la izquierda. (Siempre mira a la izquierda). Nous déclarons que la splendeur du monde s'est enrichie d'une beauté nouvelle la beauté de la vitesse. Elvira estrena sus nuevos anteojos rojos. Mujeres desnudas. Hombres abrigados. Gatos. Lenguas con anillos. Estoy a punto de estornudar, pero antes voy a tomar el micrófono y decirte que vayas a comprar el pan y unas felicidades para el domingo. Alguna con almendras. The cat is under the table. Una paloma es amiga de una bailarina. Esa foto que mañana será vieja me saluda desde ayer. Collares de perlas y ventanas. Suripantas de a montones, con el pelo suelto y con el pelo atado. ¿Alguna vez visitaste un parque de diversiones desnudo y con los ojos cerrados? Pasame la manteca, querida. Estos dibujos huelen a río, a espalda transpirada, a encaje negro y a caramelos. O nada que ver. Más bien todo lo contrario. Vení, sacate las zapatillas y sentate conmigo a mirarlos.

jueves, 12 de mayo de 2011

amor, amor mío

Te esperé despierta hasta no sé qué hora era cuando me dormí frente al televisor. Me desperté al rato, con la película que estaba mirando hecha un anuncio de una juguera que hace de todo, pero debe ser carísima. Es rara esa sensación de despertar y encontrar la escenografía para un momento que ya pasó. Las luces encendidas, esa cachetada al despertar. ¿En qué estaba yo? Ah, sí. En que te esperé despierta. Preparé pastel de papas con dos quesos distintos. Yo sé que te gusta así. Si hubieras visto lo lindo que quedó servido en el plato, con unas hojitas de perejil al costado. Quería que festejáramos juntos. Más bien, que festejaras conmigo. Pero bueno. Esta vez, otra vez, no pudo ser. Y también había comprado un vino, uno bueno. No me acuerdo cómo se llamaba. Cuando desarmé la mesa lo guardé en la alacena. Le pedí a un tipo que estaba en la góndola, eligiendo la tercer botella que se iba a llevar. Le tuve que contar un poco de nosotros, qué íbamos a comer, qué estábamos festejando. Le tuve que contar que ibas a venir tarde. El tipo me dijo "bueno, en ese caso, el hombre se le va a dormir, señora". En un momento pensé que eso no sería lo peor que podría llegar a pasar. Pero le dije que no importaba, que la ocasión merecía un buen vino. Me señaló uno que ni sé cómo se llama, pero me dijo que era el más recomendable.

Acosté temprano a los chicos. Ellos también tenían ganas de verte. Les dije que ibas a venir, pero que era una de esas veces que no llegás, que no podés, que estás pero no estás. Que vos también los querías, pero que no tenías el tiempo, que no teníamos tiempo. Y me hicieron eso que saben hacer tan bien, que es hacer como que no importa, decirme que no importa, pero yo sé que sí importa. Me preocupa un poco Romina. Ayer, en el colegio, tenía que dibujar a su papá. La maestra me mandó una nota diciéndome que no pudo dibujar nada. Cuando me mostró la nota, le pregunté qué le pasó y me dijo que no sabía qué dibujar.

Esa fue una cachetada que anunció la de despertar con las luces encendidas. Amor, otra vez te cociné una cena genial y otra vez no llegaste. Me desperté en la mitad de la noche, sentada enfrente a un televisor que daba un programa que mira gente que duerme sola, que vive sola, que está sola. Con las luces que nadie apagó por mí, me desperté por el frío de esperarte y que no vinieras. Siempre me decís que el trabajo, mucho trabajo, muchas cosas que hacer. Pero yo sé que el asunto es por tu mujer.

En este ahora en el que te escribo esto, estoy sentada al sol en la plaza que queda a la vuelta de mi oficina. En esta plaza en donde a veces nos encontramos para comer, para hablar, para que me convenzas que alguna vez todo va a cambiar. Pero Romina sigue sin saber cómo dibujarte y yo como del pastel de papas en un táper, frío. Espero que no se nuble. Espero que apaguemos las luces de este asunto y nos vayamos a dormir. Aunque sea separados, dormir.