sábado, 24 de diciembre de 2011
Que solo y triste voy a estar en este cementerio
hoy estuve todo el día despidiéndome del año. del año en que conocí la muerte, del año que terminé con un gran amor. //Qué calor hará sin vos en verano. //del año en que despedí gente que se iba, y gente que se quedaba, porque la que se iba era yo. del año en que conocí la tristeza más salvaje, la que me llevaba de paseo por insomnios y horas de siesta, siestas de horas. de la tristeza que ni un viaje a Rosario pudo calmar. de esa tristeza que se sentó en el living de mi cabeza como si alguien la hubiera invitado a tal cosa, se sirvió un vaso de whisky y se sacó los zapatos. de una tristeza que ni los pelos de mi gato naranja por toda la casa pudieron distraer. y fue tan fuerte este año que, ¿qué decido? pasar la noche de año nuevo sola, en mi casa. the perfect plan.
si no fuera porque hablé hora y media por teléfono con una de mis amigas de la secundaria (Con Todo Lo Que Eso Implica), creo que podría haberse ganado la cucarda más gorda que haya en la categoría "Momentos depresivos bajo el método Bridget Jones".
Mientras tanto, me corto varios pedazos de la hamburguesa -que ya se enfrió, por supuesto- para así solo dedicarme a tomarlos con el tenedor en la mano izquierda, y con la derecha seguir seleccionando piezas de color y no color. caigo en la cuenta de que aquí y ahora somos mi gato, el rompecabezas y yo. y azul, de Los Piojos, que está rayado justo en Vals Inicial y me quiero cortar las pelotas, qué noche de mierda, tendría que haber ido a comer con la familia de mi mamá, con las tías, el vithel thoné que hizo la tía (seguro) Dora, con mis primos y los hijos de mis primos, que son algo así como mis nietos hermanos y la casa del 3228 era la base de operaciones de las fiestas de fin de año y yo acá, con un rompecabezas de 1000 putas piezas putas, un gato que se para adelante del ventilador y yo creo que me quiere imitar cuando hablo ddeellaannttee ddee llaass aassppaass yy ssee eessccuucchhaa ggrraacciioossoo y Gustavo y Darío habrán gastado montón de plata en pirotecnia. yo me acuerdo re bien de las pirotecnias de los últimos años, de las pirotecnias flacas y las abundantes. de las pirotecnias tristes decretado el duelo nacional, de las nuevas pirotecnias y las tradicionales. y falta poco menos de una hora para la medianoche, para el año nuevo propiamente dicho, pero los vecinos de abajo están haciendo un asado en la vereda (¿no es hermoso eso?) y entre molleja y molleja están tirando unos tiritos de mentira.
el gato se asusta, corre de acá para allá, como si fuera tomy o daly en feliz navidad, y él fuera el gato con un cohete de mecha corta prendiéndose fuego en la punta de su cola. y yo lo agarro, pero basta que ¡pum! otro bombazo y se asuste y el lugar más seguro es ninguno para sus oídos y qué estará pensando este gato, ¿creerá que ganaron los aliados?
miércoles, 21 de diciembre de 2011
sábado, 17 de diciembre de 2011
hasta que un día te amalgames con la tierra (*)
yo quiero desear la muerte porque no estoy de acuerdo con la vida eterna, con la juventud estirada, con las operaciones para borrar las arrugas. yo no estoy de acuerdo con los "no cambies nunca", con los "para siempre", con los tatuajes de la banda que me gusta. yo deseo la muerte porque la muerte da vida, porque con la muerte, lo real, las lágrimas, la certeza. nos hace falta tanta solemnidad, despojarnos del ruido, y es la muerte la más pura fuente, una mina de solemnidad descubierta por teléfono a las seis de la mañana. la muerte mata las idioteces, las filosofías baratas, los datos duros que envuelven a cualquier persona y que tenés que dar en la ventanilla de admisión de la guardia del hospital. tu número de documento, tu teléfono, el nombre que eligieron para que lleves toda la vida, de nada sirve cuando funde a negro y vienen los títulos.
deseo que esa muerte que les venga, sea la muerte de la persona que más amen. porque es a esa misma persona a la que más critican, con la que más crueles son, a la que más de una vez le tirarían aceite hirviendo en la cara, mientras la vida les da piola, les da piola y el barrilete vuela, vuela y las tiras de papel flamean, desperdician el tiempo esperando algo de alguien que nunca se los va a dar, sorprendiéndose por lo que ya conocen y después se muere, un velatorio indiscreto, era tan bueno, era tan joven, era tan linda (cosas que todos sabíamos, pero que no le dijimos jamás) y una silla al lado del cajón, un vecino escandaloso, un hijo salido del placard y entonces ese mamá, ¿por qué siempre llegás tarde? fue un rayo, hizo ruido, mucho ruido, quemó la heladera, pero después, comprar otra un sábado a la tarde, esperar el flete el lunes de 14 a 18 y entonces, todo hubiese sido más lindo si mamá, qué bueno que viniste.
les deseo la muerte porque es lo más bello que nos puede pasar. nos une en una emoción universal: yo voy a morir. vos vas a morir. tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos de la escuela, los del trabajo, los vecinos, los hijos de los vecinos. es sólo una cuestión de tiempo. todos vamos a morir y eso es lo único que sabemos y hasta entonces, ¿qué hacemos?
nos deseo la muerte para que entendamos que las características extrañas de nuestras familias, los amigos con los que no tenemos nada que ver, pero que son necesarios para drenar la cabeza, los gatos que siempre se afilan las uñas sobre la misma cortina con bordado de pecesitos, el perro al que le pagan con alimento su trabajo de ladrar en el frente de una casa con jardín enrejado, las terrazas con ropa tendida, el tiempo, las mañanas camino a la escuela, los colores de la pared, las meriendas con la abuela, el viento en la cara, las cosas por hacer, el anillo que llevás hace más de diez años, la voz de tu amor, el olor de la almohada en la cama de tus padres, eso es la vida. y mientras chistás porque un pibe escucha cumbia en el celular, mientas puteás al que dobló a la izquierda, mientras puteás a tu hermano, la piola corre por tus dedos y no te das cuenta de que lo divertido del barrilete es remontarlo. y no dejarlo escaparse.
(*)
jueves, 15 de diciembre de 2011
por su propio peso (*)
cae un vaso con jugo de limón recién exprimido
cae un noticia como un baldazo de agua fría, un baño de brea
cae el desconsuelo a través de una sonrisa desconocida
cae un ovillo de lana en las garras de un gato solitario que durante todo el día espera el momento en que la puerta se abra y le abran una lata de atún
caen las uñas, los pelos, los dientes, los gritos, los papeles, las hojas, las medias, las carpas y los horneros
caen las guitarras españolas y los bombos legüeros
cae la basura sobre el río,
caen las plumas, las máscaras y los membrillos.
cae una flecha, una ficha y una moneda en una fuente
caen las fotos, las canciones con malos recuerdos y los recuerdos también.
cae el sol, la sombra, las semillas negras con forma de corazón y las flores violetas del jacarandá
cae una pelota descosida, un árbol, un perro atropellado
uno también cae, recae, cae y se vuelve a levantar sólo para volver a rezar, a arder, a caer
sábado, 10 de diciembre de 2011
Y sonaba un cello.
Con las manos ásperas de tanto dormir, salgo a la caza de algunas de las cosas que encuentro siempre por ahí.
Botones, semillas, piezas de rompecabezas.
Pero un sobre bajo la puerta, con un cartón rojo y un cordón naranja.
Atravieso la entrada.
Por la calle pasa una maratón.
Y desde un avión lanzan páginas sueltas de libros viejos.
Agarro una. Es la última de un diario.
El pronóstico del tiempo indica:
Etapa alentadora, reuniones importantes.
Propuestas de trabajo.
Sorpresa en el plano afectivo.
Sugerencia: no encerrarse en casa.
lunes, 5 de diciembre de 2011
Luciano et moi
bueno, basta de recreo, volvamos a francés. acá te dibujé una cabeza. tenés que escribirle los nombres a la boca, las orejas, la nariz y los ojos. los ojos me salieron feos, pero bueno.
ah, ves que vos también decís que te salieron feos? me responde.
viernes, 2 de diciembre de 2011
es que hoy ya no soy yo
no entiendo cómo me gustaría encontrarte por la calle solamente para que me den convulsiones y un golpe en la cabeza al desmayarme me deje inconciente durante varios meses. no puedo comprender cómo es que no sentí todavía tu olor más profundo y sin embargo me dan tantas ganas de comerte. tantas ganas de cortarte en pedacitos finos, deliciosos de piel magra, quitarles los vellos y meterlos en una olla grande con caldo de gallina y después unas papas y unos tomates y almorzarte sola, un domingo a media tarde. no entiendo por qué tus manos me traen tantas ganas de cortarte los dedos, embalsamarlos, hacerme un collar con ellos y llevarlos conmigo, apoyados en mi pecho, a todas partes. no sé por qué me gustás tanto y sin embargo, te odio y te escupiría la próxima vez que te vea, porque en mis diálogos con vos, me contesto respuestas que nunca vas a darme y en todas ellas me decís que no a todo el amor que me hacés sentir en cada latido en el que te siento mío, aunque mis dientes no se hayan rozado con los tuyos, todavía.
martes, 29 de noviembre de 2011
Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.
Pero no, vomito lo que tomo o como mientras estudio. Y con el amargor de mi propia bilis en la boca, salgo al balcón a fumar un cigarrillo. Hace mucho calor. Son las cuatro de la mañana. Pájaros ya cantan y en una hora será de día y yo sin haber terminado de estudiar. Mañana parcial y yo escupiendo por la nariz. Un cigarrillo más y el cáncer en la boca dentro de 20 años me recordará esta noche en que el lenguaje es un invento, una traducción.
En el balcón, mi vecino también fuma, acostado en cueros en su hamaca paraguaya. Las ojotas reposan en el suelo y apenas salgo "¿parcial?". Sí, respondo. ¿Cómo sabés?, pregunto.
-Te oí vomitar desde el baño, me contesta.
-Y vos, ¿qué hacés? pregunto ahora yo.
-Nada. Guadalupe estaba de malhumor, discutimos y me vine a leer acá. Le debe estar por venir.
-Odio ese chiste machista.
-Bueno, mirá a quién se lo hago yo también.
Nos quedamos un instante en silencio, mirando el cielo del sur, hacia Avellaneda, Lanús y Quilmes. Más allá está La Plata y Fede vuelve mañana de España. Tal vez si respiro fuerte, respiraré su mismo aire.
-¿Querés venir? le propongo, después de exhalar un anillo de humo.
-Dale, me responde cerrando su libro.
En menos de un minuto estamos desnudándonos y en poco más de dos, nos estamos haciendo el amor. Yo le tapo la boca, él me la tapa a mí. Del otro lado de la pared duerme su novia y no tiene que enterarse que yo estoy moviéndome a su novio. Digamos que los cuernos le crecen en dirección directa hacia donde se los meten. Ella sospecha, yo sé que ella sabe. Una vez él me dijo "es increíble, ustedes son como animales. Enseguida sienten la presencia de otra de su especie. Enseguida se huelen". A lo que yo respondí algo que aprendí con esta puta materia: lo único que nos diferencia de los animales es haber desarrollado el lenguaje.
Para cuando terminamos el asunto de jugar a la escondida-sexo (porque si existe la mancha-pelota, esto puede llamarse escondida-sexo), el chirrido de-falta-de-WD40 de su puerta y enseguida nomás Guadalupe golpea la mía. "No, chiquita, no está tu novio acá. ¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no tengo nada con él? Y ahora, disculpame, me tengo que ir. Estoy con alguien que no es tu novio", le contesto envuelta en una sábana, con la puerta apenas abierta, mientras ella otea hacia adentro como una osa que perdió a su crío. Podría decir que en mi respuesta hay una mentira blanca, una de esas mentiras relativas, que son mentiras dependiendo de cómo se las interprete. En mi cama me espera mi vecino, que era mi vecino desde antes que fuera su novio, así que.
Vuelvo a la cama con cuatro vasos. Dos vacíos, dos con agua. Con los dos con agua nos calmamos la sed, nos mojamos la piel. Con los vacíos alargamos las orejas sobre la pared. Escuchamos a Guadalupe putear, llamar al celular que suena en la misma casa donde ella está y putear de nuevo. Yo prendo un cigarrillo en la oscuridad y lo apoyo sobre sus labios, sentados los dos, de frente, sobre la cabecera de mi cama. Nos quedamos escuchando a su novia hasta que sentimos el sonido de llaves, el portazo y la llamada al ascensor. Ella salió a buscarlo y él va aprovechar para volver a su casa, como si nada hubiese pasado. "Chau, estudiá mucho", me despide con un beso en la boca, las dos manos sobre mis orejas, una de ellas con el cigarrillo.
Vuelvo al escritorio. La pila de apuntes crece, algunos vuelan con ayuda del ventilador, que también me apaga los cigarrillos más rápido. Voy a la cocina, me como una naranja. Para cuando termino de leer el primer párrafo al que le estoy dando vueltas desde hace cuatro horas, otra vez las náuseas, otra vez la necesidad de doblarme arriba del inodoro. I look like Stan Marsh. La naranja sale de mí. Las gotas de jugo encapsulado, esparcidas sobre la porcelana blanca. Me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos y la nariz mojada. Vuelvo a tomar más agua y vuelvo al balcón a fumar otro cigarrillo. Escucho entrar a Guadalupe. Escucho la discusión y las mentiras, escucho los portazos del armario, las falsas promesas de final. Vuelvo a mis apuntes y sigo sin entender nada sobre la estética de la distracción.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Los resortes simbólicos
tanto mecánico. Sacar las cosas de los muebles, acomodarlas en cajas;
rotular y ordenar las cajas. Tirar lo que hacía mucho que no usaba. La
mañana del último sábado del mes fue el momento elegido para guardar
su todo. Acostumbrada a vivir en un constante no- rutina, los trabajos
mecánicos no le gustaban para nada. Pero el fin del contrato y varios
contratos en el mismo departamento fueron suficientes motivos para
agarrar los clasificados y buscarse un cambio y otro lugar para vivir. Se
levantó a media mañana, le dio play a un mp3 con todos los discos de Os
Paralamas y empezó a desarmar la escenografía de su vida hasta entonces.
Días atrás le había pedido al chino del supermercado que le guardara
algunas cajas de cartón. Empezó guardando la ropa de invierno y las cosas
que menos usaba. Después siguió con las cosas de la cocina, dejando afuera
lo indispensable. Sartenes y ollas que estaban llenas de tierra, parecían más
un adorno que un utensilio. Luego fueron las del baño. Tiró más de diez
botellas y frascos de productos de belleza vencidos que seguramente habría
comprado por impulso. Separó lo que usaría hasta el día de la mudanza.
Mientras agarraba cada cosa que guardaba, recordaba cómo habían llegado
a sus manos. La campera gris que se compró antes de viajar a Neuquén. El
rallador de queso que le regaló su hermano cuando se mudó sola. Las copas
verdes que habían sido de su compañera de tango. El perfume que su prima
le había regalado a su mamá en Navidad y que ella cambió por el suyo sin
que nadie se diera cuenta.
Después de los compacts, lo más difícil era embalar los libros. Eran unos
cuantos y ocuparían demasiadas cajas, así que pensó que lo mejor sería
apilarlos y empaquetarlos con cinta y pedazos de cartones para proteger los
bordes. Sabía que esa parte le podía tomar un buen rato, así que preparó
el mate y después del mediodía empezó por el estante de los de fotografía
y arte, los únicos que sí puso en una caja. Luego, el estante de arriba de
todo, el de los escritores angloparlantes. Y otra vez el inventario mental.
Uno con una traducción genial, otro que se compró en las vacaciones en
Córdoba con Julia. Un usado del Parque Rivadavia, otro robado a un ex
novio. Después vinieron los nacionales. Uno robado en la calle Corrientes,
otro que nunca le devolvió a Jerónimo, uno encontrado en la Costanera Sur.
Estornudaba al sacudir el polvo. Abría páginas al azar y tomaba traguitos
de oraciones. A algunos les revisaba las hojas con el pulgar izquierdo.
Ya sonaba un disco en vivo para cuando encontró un boleto de colectivo
entre las hojas de uno de historietas de Max Aguirre. Los hojeaba sin
ninguna expectativa y tal vez por eso le sorprendió tanto tropezar con un
pasaje en 55 de noventa centavos, del 15 de julio de 2008 en las páginas
de Los Resortes Simbólicos, ese que compila sus tiras del blog colectivo
Historietas Reales. No recordó de dónde había sacado ese libro pero más
le preocupaba no saber de dónde hacia dónde había ido a las 19.48 de un
día de hacía unos años atrás. La duda la dejó inquieta. ¿Por qué habría
guardado el boleto de un colectivo que nunca toma? ¿Por qué en un libro
de historietas? ¿Hacía mucho frío esa tarde? ¿Llovía?
Casi como un recreo, decidió buscar las respuestas. Fue hasta la PC. Había
sido un martes. Por ese entonces, los martes estudiaba alemán hasta las
siete y media. Así que el martes no era respuesta suficiente. Buscó entre
las cajas ya cerradas, la que tenía guardados sus diarios. Una vez abierta,
buscó el diario de esos días. El 15 de julio no había escrito nada. Pero sí el
14 y el 16. Se leyó a sí misma antes y después de tomar ese colectivo pero
no encontró nada que aporte a su investigación. Un examen de alemán, un
corte de pelo en luna creciente, la dueña del departamento que tal vez lo
venda. Ser la detective de sus propias huellas la distraía un rato de lo que
hasta ese momento le había resultado tan insoportable y automático. Pensó
si el día que se muriera, alguien repararía en el orden de sus libros, en las
confesiones de sus cuadernos. Si yo me muriera, ¿alguien revisaría todas
las cosas que siento?, pensó. Y siguió buscando en la segunda mitad de
julio.
Sentada en el suelo, se sirvió otro mate. Eduardo, su gato, aprovechó para
robarle unas caricias. En julio de 2008 Eduardo no existía ni en sus planes.
Pero sí existían las clases de alemán en Caballito, la pileta de la Facultad de
Derecho, algunas peleas con los compañeros de aquel trabajo inmundo y un
novio que había sido su amante durante mucho tiempo y que fue su novio
durante muy poco. De eso hablaba en ese diario, que terminó pocos días
después. Muchos cambios de aquel ahí y entonces a este aquí y ahora. Todo
menos la relación con su madre, claro. Pero nada de eso aportaba para
saber el origen de ese boleto que a pesar de los meses mantenía congelados
en tinta una fecha, una hora y un lugar.
Buscó el diario que empezaba a fines de julio. Para entonces, ese novio ya
era un ex novio más, Julia se estaba preparando para irse a vivir a Nueva
Zelanda y ella estaba dejando de fumar los mismos cigarrillos que ahora
dejó sobre la mesa, al lado del mate. Además, estaba buscando un trabajo.
Cuando lo encontró, anunció con letras grandes y coloridas: “¡Tengo un
nuevo trabajo!”. Con la indemnización que le dieron cuando la echaron de
ahí compró el sillón en el que estaba leyendo el cuaderno que hablaba de
agosto. Pero ni indicios de a dónde había ido en 55.
Mejor seguir embalando, se dijo. Devolvió los cuadernos a su caja y la
encintó. Mientras guardaba los otros libros de historietas, seguía pensando
qué la había llevado a tomar un colectivo que nunca. Disfrutaba del
recordar. Miraba un punto fijo y trataba de recordar si esa tarde hacía
mucho frío o llovía. De recordar de qué color estaba su ánimo. De recordar
en qué parada lo habría tomado y en cuál habría bajado. A dónde había ido,
eso no podía recordarlo. Recordó que recordar significa volver a pasar por
el corazón. Para ese entonces Jerónimo ya no vivía cerca del 55, recordó. O
tal vez el boleto tendría mal la fecha. Pero si así hubiese sido, no lo hubiese
guardado, pensaba.
Cambió la yerba y llenó otro termo. Un cover de Charly García en
portugués reverberaba en un monoambiente que se comía a sí mismo y ella
tomaba un mate espumante. Siguió guardando cosas. Desde la heladera
desenchufada, el ruido del hielo descongelándose asustaba al gato. Entre
las facturas viejas encontró la foto con su papá que hacía meses que
buscaba sin éxito. Recordar es volver a pasar por el corazón, se repitió.
Entonces, puso Siempre es Hoy, de Gustavo Cerati. Uno de los discos
que había dejado apartados hasta que venga el flete. Volvió a los libros de
historietas. Había dejado el boleto sobre el estante de la biblioteca. Abrió el
libro para guardarlo de vuelta con misterio y todo. “Vivo yéndome y nunca
sé hacia dónde”, leyó en la página donde lo había encontrado.
lunes, 7 de noviembre de 2011
La cordura de sentir
-¿Qué tal? ¿Todo bien?, me preguntó.
-Sí, sí. Todo muy bien. Vos, ¿qué tal? ¿Todo bien?, contesté, ya con los labios adheridos a los dientes,
-Sí, sí. Por suerte.
Agradecí a Dios que no me preguntara nada más, porque con tal extensión de dunas reposando sobre mi lengua se me complicaba el asunto de pronunciar palabra. Por un momento pensé que eso de pensar, de sentir lo que pienso, de pensar lo que siento, de decir que tengo la boca seca a causa de esto que siento, nada de eso sin saliva. El pensar y el sentir no pueden verse, pero con saliva uno puede pegar sobres y estampillas y escribir una carta. Y no habíamos salido aún de la planta baja.
-Apretaste el tercero, ¿no?
-Mmmhmm, asentí a labios cerrados y afirmando con la cabeza.
Sentí sus enormes ojos marrones encima mío, hamacándose en mi pelo. Me dispuse a buscar un paquete de caramelos de miel que tenía en la mochila, aunque no sabía si lo llevaba conmigo o no. (En realidad, el asunto era perderme en algo, salir de la escena. Buscar algo es una de las mejores distracciones del mundo. Se la recomiendo mucho a los neuróticos del orden: de tanto en tanto dejar algo fuera de lugar y olvidarse dónde, para después buscarlo por todos lados. La búsqueda y el encuentro qué bellas sensaciones son).
El asunto de la boca seca no fue nada a comparación con lo que sobrevino después. Todavía faltaba piso y medio para que sonara el timbre de llegada cuando el corazón se me empezó a agitar. Ni seis pisos por escalera me hubiesen dado tal taquicardia. (Antes de apagarme, tengo que explotar). A punto de perder el control, sin haber encontrado los caramelos, me apoyé en la pared del ascensor, a ver si así me calmaba un poco. Miré para arriba y respiré profundo, pero mi corazón desoyó mis órdenes y cada vez latía más fuerte.
-¿Escuchás eso? ¿Será del ascensor?, me preguntó, la voz un poco elevada.
-Nosé, respondí rápido, como pude. Y levantando los hombros, como si el asunto no fuera mío.
Las primeras veces que fumé porro, la boca seca me causaba gracia. Eso y creer que me había meado encima. Pero esta boca que no me dejaba hablar, estos segundos que parecían días eran el peor efecto que soporté. Esta droga que hace que mis diálogos internos sean con él, que me hace suspirar y querer encontrarlo por todos lados. Esto de andar dopada y confiar en que todo será bueno. Y mantener la boca cerrada no es suficiente para no hablar del tema. Y el silencio del ruido de la máquina del ascensor se ve golpeado por las huellas que dejan mis latidos.
-Es raro, ¿cómo no escuchás? Cada vez suena más fuerte y más rápido.
Y sin hablar hice ese gesto con la comisura de los labios hacia abajo, como-queriendo-decir que no sabía de qué me estaba hablando, de qué ruido habla, si no se sentía nada.
El ascensor empezó a vibrar al ritmo de mi corazón. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
-¿AHORA SÍ LO ESCUCHÁS? me gritó.
-NO, NO ESCUCHO NADA, le contesté.
-ES COMO DE UNA MÁQUINA ENORME, O COMO EL GALOPE DE UN CABALLO QUE TODAVÍA NO FUE DOMADO, CONTRA UNA PARED. ¿ESTARÁN HACIENDO REFACCIONES EN ALGÚN PISO?, me preguntó.
-NI IDEA, dije a los gritos.
-QUÉ RARO, PORQUE SE ESCUCHA MUY FUERTE, subrayó.
Para cuando llegamos al tercero, mi corazón no nos dejó escuchar el claxon. Él atinó a abrir la puerta tijera, pero yo lo hice antes. Quería salir rápido e ir al baño, antes que el café con leche y el alfajor que había merendado antes de llegar, saliera de mí a humedecerme la boca.
martes, 25 de octubre de 2011
Sin ir más lejos
Todas las mañanas son iguales,
lindas, novedosas y especiales(*).
Desde hace algunos meses a esta parte del tiempo, que por las mañanas salgo a caminar por el Parque Ameghino. A veces con música, a veces con el silencio de mi propio pensamiento (¡ojalá!). Con la radio, jamás. No puedo permitir que el estado del mundo me amargue las primeras horas del día. Para mí, la mañana es la adolescencia de la jornada: todo por hacer, tantas posibilidades, tantas horas por delante.
Antes de que fuera mío, conocí el Parque Ameghino hará unos diez años atrás. Esperaba un colectivo que no recuerdo cuál era, pero que me llevaba a la casa de una novia que tuvo mi hermano. A esa novia le debo varias cosas, pero la que más le voy a agradecer fue una noche que me dijo que tenía que lavarme los dientes antes de irme a dormir, siempre. Hasta entonces creía que si me salía una caries, pues, me sacaban el diente y me crecía otro. Tenía 11 años y los mismos dientes que tengo ahora. Y desde ahí, no hay cansancio que venza el ritual de apretar el tubo desde el fondo.
Entonces estaba la cárcel, era de noche y el panorama era casi opuesto al que siento en las mañanas que salgo a caminar. Hace unos años leí Sed, de Guillermo de Posfay, que tan bien supo pintar esta postal. Transcribo:
…También andábamos mucho por los alrededores de la cárcel de Caseros. Era un lugar desgarrador. Nos recostábamos en los jardines del Hospital de Niños y pasábamos horas saturninas oyendo los gritos de los presos. Gemidos en su más baja y prolongada expresión. Durante todo ese tiempo no decíamos nada. Algunas frases reflexivas y sólo eso. Más bien tratábamos de comprenderlos, de situarnos al límite de la libertad para examinarla completa. La cárcel tiene la forma de un ladrillo hueco parado sobre su lado angosto. Los agujeros de los motines están por todos lados, como si hubieran resistido un bombardeo. Las ventanas están cubiertas de bolsas de basuras, lonas, parches. Contemplás un rato el edificio y te ensuciás los ojos. Los hombres se asoman por los agujeros como gusanos. Extienden los brazos hacia fuera, tratando de mojarse con libertad. Debajo hay una calle de empedrados grises donde sin embargo el pasto y los yuyos crecieron con fertilidad. Parece una calle de campo. La naturaleza pelea desde lo cimientos, una buena imagen de esperanza. Los familiares de los presos les gritaban sus cosas, prometiéndose cartas y esperas. Sin embargo, mientras existía el diálogo, la voz de los presos era más imperativa, más enérgica, más valiosa. Los que esperaban por entrar eran gente humilde que cargaban niños y bolsas. A juzgar por aquello los únicos delincuentes parecen ser los pobres. Los carceleros los trataban mal, porque para ellos los familiares de delincuentes de alguna manera también son delincuentes.
Este Parque que hoy camino no tiene ya esa cárcel enfrente. Tampoco es el jardín del Hospital de Niños. Es del otro lado, sobre la Avenida Caseros. Pero andar por este aquí y ahora es andar también un poco por ese ahí y entonces y pienso que esa cárcel que ya no está, yo la vi comerse a sí misma a medida que la iban demoliendo hacia adentro. Y que una cárcel es a la arquitectura urbana lo que la soja al suelo fértil: luego de su paso, nada bello puede germinar ahí. Que no está más, pero que alguna vez fue un punto más en la línea manicomializadora, formada por hospitales y psiquiátricos. Y que, irónicamente, este parque alguna vez fue un cementerio.
En esas mañanas, en un parque que fue un cementerio, que queda frente a una cárcel que ya no está, mis mañanas son menos mañana y son más día vivo, día puro, lleno de sangre joven. En esas mañanas camino y el sol me pega en la cara, perros pasean dueños y paseadores, oigo a los chicos para la escuela, veo chicas de pelo mojado, vestidas de oficina y miro travestis vestidas de travestis, que van al Muñiz.
Los hábitos traen el encantador secreto de los actores secundarios. El vendedor de café que llega a las ocho puntual a la puerta del Hospital y que ya debe tener –imagino yo- una sociedad con el vendedor de chipás. Las dos canas que se la pasan paseando por el Parque. El dibujante. El acomodador de autos que me controla las vueltas que le doy al Parque. Un poco me hacen sentir en un Truman Show, cada uno con su número. Mi buen día y su buen día me dan la pauta que todo está donde debe estar. Suspiro. Ellos en su puesto, en su rol y yo en el mío. Caminar.
Salí con el mp3. Los Beatles. Cecilia siempre me dice que yo agarro las bandas cuando ya fueron. Y que un día le voy a decir: “no sabés, estoy escuchando una banda genial. Son de La Plata. Se llaman Los Redonditos de Ricota. No sabés lo bien que suenan. Me parece que la van a pegar”. Magical Mystery Tour. En realidad tengo todos los discos juntos, no vayas a creer que tiro ese disco para hacerme la pulenta.
Estoy en medio del mambo hasta que noto que tengo un cordón suelto. A riesgo de que un auricular se escape de mi oreja y se interrumpa así este momento MTV, me agacho a atarlo y, en el suelo, a centímetros de mi zapatilla veo una vaquita de San Antonio. Me ato el cordón, la miro un poco, le pongo el dedo a ver si pica y la hija de puta despega. Me quedo pensando en la noche que me regalaron una estampita de San Antonio. Sigo caminando.
En eso me para un señor. Me quito el auricular y le pido que me repita. “Que qué estás escuchando”, me reitera.
Hace algunos días publiqué en mi Facebook un video de una gente que pasea por el mundo grabando videos de gente que camina por la calle y a la que le preguntan qué está escuchando. Por un momento creí haber caído en esa especie de cámara no escondida, pero no había cámara y no creo un señor como este –pelado-con-pelo-largo y menos dientes que un niño de seis años- ande por el mundo preguntando a la gente qué está escuchando. Sobre todo porque ante mi silencio, repreguntó “en el walkman, ¿qué estás escuchando?”.
Saco el mp3 del bolsillo del canguro y busco el título. Qué bueno eso. Con el walkman uno no podía saberse el título de los temas, a menos que anduviera con la tapa del cassete encima, cosa que nunca. “Baby you’re a rich man’, de Los Beatles, don”, le contesto sin más, mientras pienso que seguramente me dirá “ah, los Beatles. Esos sí eran buenos”. “Buen tema para cagarse a trompadas en la calle”, me retruca. “Tal vez en otro momento. Ahora no tengo el tiempo”, le respondo.
Sigo la marcha, y pienso en las escenas ultraviolentas de La Naranja Mecánica y Beethoven y Singin’ in the rain” y esas podrían ser buenas cinco del viernes: cinco canciones para cagarse a trompadas, hasta que veo que el tipo me sigue y me dice que no era su intención cagarme a trompadas, me jura, y que le salió salirme con eso porque –señalando la cárcel que ya no existe- el la conoció bien y estar por el barrio lo pone nostálgico. Yo diría violento. O nostálgicamente violento y violéntamente nostálgico.
“Yo tuve una vida larga, hice todo lo que hice. Y así me fue. Bien. Así como me ves, yo tuve mucha plata. Heredé como decirte 500 mil dólares de ahora cuando tenía 25 años. Recorrí Europa, vi a Frank Zappa a King Crimson. Volví, me casé, tuve una hija. Mi mujer me dejó y se llevó a mi hija a vivir a Holanda, cuando la nena tenía 3 años. No la volví a ver nunca más. Caí en una depresión que casi me mata. Veinte días sin comer. Salí en los diarios. Después me mandé una cagada y me comí seis años ahí adentro. Ya no me queda mucha piola y a veces ando por acá, de visita por el barrio. Ahora estoy viendo si puedo vender esto. Es veneno para ratas cortado con cocaína. ¿Te interesa? Me parece que no, pero por ahí sabés de alguien. Decime, no serás católica vos, ¿no? Porque viste que la Iglesia condena el uso de condón y el consumo de drogas. Dentro de poco se van a manifestar en contra de la metamorfosis de las orugas. Bueno, ¿sabés de alguien? No, ¿no?”, me ametralla a palabras la mañana el viejo, sin dejar los ojos quietos ni un instante.
“¿Qué vas a saber vos? Si mirá, hacés vida sana. Haga vida sana, haga vida fina. Yo prefiero la vida fina. Es más cara, pero qué buena vida. Vos pensaste que cuando te pregunté qué estabas escuchando, dijiste ‘uh este tipo, ¿qué me va a decir?’. Pero yo te voy a decir, este tipo puede cambiarte la vida. Porque, mirá, este mundo y yo... es como querer calentar agua poniéndola al fuego en un vaso de plástico. Pero mirá, yo te digo una cosa, hoy te van a dar una buena noticia. Tiene que ver con un trabajo que te van a ofrecer. Un trabajo con alguien a quien vos querés mucho. Prestá atención, oíme bien. Vos atate un lazo de color naranja en el revés de la campera. Vas a ver. Te vas a acordar de mí y no lo vas a poder creer. Y no arrugues, nena, eh. No arrugues. Yo arrugué un montón de veces y mirá, acá estoy, queriendo vender esta mierda en este parque de mierda. Mi vieja me decía siempre ‘no seas pajero, no seas pajero’. Pero yo no le daba bola. No podía parar. Y así se me fueron los laburos y las minas. Para los hombres los laburos y las minas son los dos ordenadores de la vida, ¿entendés? Las minas te ordenan la cabeza y los trabajos te ordenan el tiempo. Pero ¿qué pasa? si tenés una, no tenés el otro. Es como la plata y el tiempo. O la manteca y el pan. Y siempre queda la masturbación. Pero la paja es una anestesia para los que nos sacamos un NDI en el amor. Fah, te maté con el NDI, ¿no? Yo tenía un pibe que me vino con que se sacó un NDI y yo pensaba que se había hecho un documento trucho, pero no, era otra cosa. Era otra cosa, ¿me entendés? Era otra cosa”. Y escupe algo que no existe y sus palabras son pases mágicos y yo veo volar los corazones y las picas de sus dichos y trato de descubrir el truco, cuando me doy cuenta que no hay manera de escapar de él, y que, creyendo que era yo la que estaba apurada, caí en la conejera y no hay retorno.
“No te interrumpo más, porque parece que estás apurada. Te regalaría esto, porque si te sale lo que pude ver que te está esperando, lo vas a necesitar”, me asegura luego de guardar el agnolotti en el bolsillo de su jean gastado, con una de sus manos sucias y callosas y con la otra sacado de su cinto algo parecido a una armónica. “¿Una armónica? ¿Para qué voy a necesitar una armónica?”. “Nena, ¿qué armónica? Es una navaja. La gente puede ser muy salvaje en la calle y hay que estar preparado para cuando alguno quiera venir a hacerse el rey.”
Las fiestas de egresados de la escuela de la calle son los velorios, recuerdo para mis adentros a Mafalda enojada con Susanita y le digo al viejo sin dientes que, si me disculpa, quisiera seguir caminando. “Pero por supuesto, nena. Hoy se vive de prepo y se duerme apurado. Hoy se llega a empeñar al amigo más fiel, nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel (**). Igual, me voy a tomar ese 6. Jugale al seis, que a la tarde seguro sale. Y tomá, esto. Te portaste bien conmigo, te lo merecés”.
El viejo se aleja corriendo, rengo, y me tira un papelito. Por el tamaño y el vuelo, podría ser un naipe. Me acerco al suelo y lo agarro. Es una tarjeta de subte, usada. Tiene una publicidad de la película en la que actúa Alan Pauls, La Vida Nueva y es de 1 viaje.
...no cambia nada estar un poco sucio,
si mi cabeza es eficaz(*).
(*) Sucio y Desprolijo, Pappo's Blues. Autor: Norberto Napolitano
(**) Al mundo le falta un tornillo, Julio Sosa/Carlos Gardel. Autor: Enrique Cadícamo.
sábado, 22 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Obra en Construcción:: muestra de fotos

Fotos x Nadia Mansilla
Estas son las fotos de una obra en construcción.
Durante el invierno de 2010, todas las mañanas a las ocho, los albañiles empezaban a trabajar enfrente de mi casa. Puntuales, a cielo descubierto prendían la radio, silbaban canciones, se gritaban indicaciones, martillaban, cortaban fierros y maderas, cargaban ladrillos, mezclaban cemento, arena y agua.
Mientras tanto, yo trataba de dormir. El duelo ocasionado por la muerte de mi padre, me provocaba -entre otras cosas- insomnio. Cuando los obreros empezaban el día, yo estaba logrando terminarlo, después de haber pasado la noche sin poder parar de pensar, escuchando música, escribiendo o mirando fotos viejas.
Los miré desde mi ventana hasta que una de esas mañanas empecé a fotografiarlos. Así pude ver el avance de la edificación, el trabajo sostenido, los cambios de planes y cómo los árboles de alrededor cambiaban el follaje.
Esos albañiles me dieron el indicio más certero de que la vida seguía adelante.
Esa obra en construcción era también mi obra en construcción.
Nadia Mansilla nació en 1982 en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense. Periodista de oficio, trabaja en el área de Comunicación y Difusión de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) desde 2004. Paralelamente, fue redactora en organizaciones sociales, contacto de prensa para bandas y periodista de rock. Amante de las expresiones artísticas, curiosa, observadora e inquieta, aprendió en 2007 a sacar fotos. Desde entonces practica ese hobbie con una máquina analógica. Luego de intentos fallidos en Derecho, Periodismo, Filosofía, Comunicación Social, y Artes, actualmente estudia Traducción Literaria en Francés. Escribe en la revista Músicas del Mundo y en sus blogs Flipareis y De Oficio Periodista. Vive en Buenos Aires.
Esta es su primer exposición.
(( Fotos ))
Nadia Mansilla
Inaugura: 20OCT11 19hs
Cabrera 3653, Palermo.
Cierra: 30OCT11 (de 18 a 22hs)
jueves, 13 de octubre de 2011
La otra vez fui a la Bond Street y me sentí un viejo choto
Yo sabía que él iba a ir a la fiesta. Casi que fui por eso. Fui por eso. Con mis mejores cartas, mi mejor corpiño y un San Telmo Syrah al que sólo le saqué los ojos de encima para mirarlo a Mauro. Estaba dispuesta a investigar a fondo hasta encontrar un indicio de onda. Hace varios meses que venimos jugando al ni si ni no, ni blanco ni negro y ya tenía ganas de saber si era yo el objeto de su deseo o si las veces que me pidió la abrochadora era porque de veras la suya no tenía más ganchitos.
El jueguito de las miradas -observaba cuando me distraía del asunto Mauro- funciona de manera similar en todos los seres humanos. Sigo sosteniendo que por más blackberry y facebook, a los seres humanos nos cuesta cada vez más comunicarnos. Mientras yo lo miraba cuando él no me miraba y él me miraba cuando yo hacía que no lo estaba mirando, pude notar el mismo juego entre otras duplas en la fiesta. Te doy mi teléfono, te toco la mano, me muerdo el labio, me junto el pelo despacio, casi sin querer, pero te me acercás a robarme un beso y te pego un carterazo en la sien por desubicado, sería más o menos el temita con el asunto ese de ensayar la reproducción.
Justamente, le comenté a Érica qué jodidos estamos. A lo que ella me respondió “nos venden comunicación para descomunicarnos. Yo lo dije un montón de veces en clase y quedé como Caruso, con todos mirándome como si estuviera loca”. Caruso es uno de sus alumnos de Lengua, en un 5º año que la estrena como profesora, un par de horas a la semana. De tan inteligente, Caruso es un imbécil. Y con ese apellido, ella no sabe si retarlo o darle un abrazo fraterno.
Érica no me ayuda con Mauro en absoluto. Puede decirme que es gay y al rato decirme que tal vez le gusta hinchar las pelotas y que me pide la abrochadora para bajar hasta nuestra oficina solo para perder tres minutos entre subir y bajar. Tres minutos que tranquilamente se ahorraría llamando a Insumos y pidiendo que le traigan ganchitos. Así que no cuento con más complicidad de su parte que su compañía en la fiesta de cumpleaños de un compañero que a ninguna de los dos nos cae demasiado bien. Pero ahí está Mauro, con una remera de El Grito de Munch.
Siempre va con esas remeras a la oficina. Supongo (o quiero suponer) que sabe que me calienta verlo con esas remeras locas. A saber, tiene una de la Naranja Mecánica; una de la Persistencia de la Memoria, pero simpsonizada; una de + bien; una con la cartoncita y el cartoncito de leche de Blur; una con las siluetas del falso HELP, del disco beatle, y un montón más que ahora no recuerdo. Pero la que tiene esta noche es una de las que más me gusta, porque es violeta, tipo borravino, y entre el humo y el syrah hoy dejo todas las dudas en esta noche, en esta fiesta en un dos ambientes de Belgrano o me voy de acá con una certeza y nunca, pero nunca más le convido broches.
Justamente, mientras pienso esto, estoy mirando la ropa colgada en el lavadero que está al lado de la cocina. Es un tender plegable, amurado a la pared, arriba del lavarropas. Puedo ver que el lavarropas tiene ropa adentro y puedo oler que la tiene hace varios días. Me gusta meterme a ver cocinas ajenas, sí. Más me gusta mirar botiquines, pero alacenas son aceptables también. Esta es bastante aburrida, típica de ambiente monohabitado. No tiene nada de particular: un frasco con Criollitas, una sal con más arroz que sal, un aceite con mucho polvo grasoso pegado en la botella. En la mesada hay montoncitos de vasos descartables con restos de vino, fernet y cerveza, paquetes vacíos de papas y palitos y algunos sánguches de miga de choclo y aceitunas, huérfanos de paladares que los sepan comprender. Una cucaracha bebé pasea por el borde de los azulejos amarillos con dibujos de florcitas y yo la sigo con la mirada una, dos, tres bocanadas de cigarrillo, apoyada en la mesa para descansar con glamour del taco de mis botas.
Me gustaría tener un novio que viva solo, como me parece que vive Mauro, pienso, un poco para juntar coraje y volver en breve al duelo de miradas. Con el cigarrillo entre el dedo índice y el mayor, dibujo círculos con el cigarrillo como lápiz. De repente, la cucaracha se va rápidamente y yo miro hacia la puerta. Es Mauro.
-Nena, ¿qué hacés acá?, me pregunta.
-Nena, ¿qué vas a hacer tan sola hoy?, le contesto.
-Aceptame como soy, soy muy diferente a vos, me responde y me roba el cigarrillo y una pitada.
-Nena, yo no quiero joderte, solo quiero estar un rato más con vos... le digo y recupero mi cigarrillo.
Toma un trago de su vaso de cerveza y el gas le hace hacer una mueca de satisfacción.
-Mauro, qué buenas tus remeras, le digo. Y bajando los párpados, dirijo mi mirada al gris de su calzoncillo que asoma por abajo del pantalón.
-Mirá vos. A mí me gustan las tuyas. Y--
Lo interrumpo para preguntarle una pelotudez. Así como no soporto ser parte de la fiesta, no soporto el juego de seducción. Nunca sorteé las trampas del amor, y me lanzo desde un trampolín como un suicida se lanza desde una torre gemela, preparada para una muerte elegante. Pronta entrega, por favor.
-¿Qué te pasa a vos conmigo, Mauro?
Silencio. Abrió la heladera y me contó que a la mañana bautizaron a su sobrino.
-Si vuelvo a comer un sánguche de miga más, voy a vomitar hasta los cordones de las zapatillas acá mismo.
Más silencio.
-En mi casa tengo unas milanesas hechas que me dejó mi vieja el jueves. ¿Querés venir a comer milanesas a mi casa? Y de paso te muestro qué otras remeras tengo. Te iba a decir, a mí me gustan las tuyas.
-Y me ibas a decir otra cosa más.
-Ah, sí. Te la digo en el taxi.
Saludo a Érica, que no me da mucha pelota ni toma registro de lo que está pasando; le doy un último beso al San Telmo y me voy. Nos vamos.
Yo tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, si el syrah ahora me pintaba para las alucinaciones o si Mauro se habría quedado sin broches en su casa.
Lo último que recuerdo es la sorprendente habilidad con la que, con una sola mano, me desabrochó el corpiño.