sábado, 12 de mayo de 2012

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?




El viernes fuimos con Sebastián a una charla acerca de la historia del vestuario en el cine, que daban en la Universidad de Palermo. Nos habíamos encontrado en San Telmo, en la esquina de mi trabajo, cuando salí. Compramos una cerveza en un supermercado chino, que volcamos en un envase vacío de Coca de litro y medio, y caminamos desde Independencia y Piedras hasta Córdoba y Mario Bravo, mientras nos poníamos un poco al día con nuestras cosas. El recorrido fue Independencia, Nueve de Julio (por el Bernardo de Irigoyen side) y luego Córdoba hasta Mario Bravo. Todo, por puro gusto de charlar caminando. O caminar charlando.

Ironías de la vida, íbamos a una charla acerca de vestuario y Sebastián tenía la campera roja que lo abriga hace siete inviernos, yo un saco negro que ya está blanco de tanta mugre. Y los dos, con las zapatillas rotas. A mí no me gusta que las cosas duren poco, no me gusta comprarme cosas nuevas, salvo que lo necesite de verdad. Así que uso las zapatillas hasta que sangren. Y a Sebastián, la plata no le alcanza para cambiar de campera, cambiar de acolchado, cambiar de paquete de arroz. Pero a los dos nos interesó el tema y, además, la charla era gratis en uno de los palacios académicos de la ostentación. Así que ahí fuimos.

Escuchamos a un tipo que durante casi dos horas habló acerca de los criterios que se tuvieron en cuenta para vestir de Cleopatra a Elizabeth Taylor, de modelos a las modelos de Blow Up, de androides a los androides de Blade Runner y de novia a Uma Thurman en Kill Bill. Todo apoyado en una presentación en una especie de power point muy moderna, que indicaba quiénes habían trabajado en cada película y subrayando la poca importancia que se le suele dar a una de las patas fundamentales en la recreación de una historia.

Mientras tanto, yo me preguntaba por qué en esta ciudad, como cualquier ciudad grande, es tan importante cómo nos vestimos y la imagen que damos, por qué la calle Avellaneda todavía no fue declarada monumento nacional al uniforme urbano. Por qué una etiqueta Levis da tanto prestigio como una manzana mordida en el frente de una notebook, qué sentido tiene gastar el doble en algo que uno puede pagar la mitad. Y cómo las adolescentes llegaron a vestirse todos iguales, según su clase social: las más adineradas con calzas, camisas de jean y borcegos y las más pobres con pantalones elastizados, campera a la cintura, rodete y zapatillas deportivas. No pensaba en el cuerpo, pensaba en la ropa. No hay ningún matiz, todos están seriados y requiere tanto coraje como osadía romper el molde y vestir otra cosa que no sea eso.

A mí nunca me importó la ropa. En mi habitación de chica lo que se renovaba siempre eran los juguetes y no los vestidos. No soporto comprar ropa, me parece una tortura. No hablo del cuerpo, hablo de la ropa. Nunca encuentro nada que me guste y siempre la paso mal. Aunque ahí, viendo las creaciones producidas para otras creaciones, me dieron ganas de salir a reventar la tarjeta y comprarme trajes y trajecitos, zapatos, collares, vestidos de fiesta, chalinas y tapados. Y llevarlo a Sebastián a comprarse una campera nueva.

Todo fue muy bien hasta que al final de la charla, a modo de cierre, el tipo, un tal Matías (nombre de niño que a un hombre grande le queda mal) le pasa la posta a una Constanza (nombre muy UP), que nos contó que la planilla que nos habían dado a la entrada era una encuesta para saber cómo habíamos llegado a la charla, y que podíamos dejar el mail para que nos manden información de otras charlas. Y –y ahí vino la sorpresa- que la charla esta formaba parte de un programa educativo que armaba la UP en sus facultades, y que si nos había interesado, estaban programando un gran encuentro, con charlas y talleres, en un campus en Pilar, que duraría un fin de semana, con traslado, vianda y materiales incluidos, por tan solo 950 pesos.

Lo mismo dije yo: ¿qué carajo? Cómplices, con Sebastián nos miramos y nos reímos. “Con esa plata filmo Cleopatra II, y con mejor vestuario y todo”, dijo Sebastián en voz alta. Constanza se molestó, porque el comentario se escuchó fuerte y claro en el auditorio. Frunció la nariz y después dijo que estas charlas estaban orientadas para aquellos que no tenían dinero para pagar el encuentro. Y Sebastián, que si de contestar se trata es mandado a hacer, le retrucó “No mientas. Estas charlas son para publicitar ese encuentro”. Acto seguido comenzó el show.

Lo que siguió fue lo de siempre. Con Sebastián tenemos cierta experiencia en levantar revuelo. Primero se despierta el murmullo, después algún desubicado toma parte por el garca y vocifera algún comentario guionado por Clarín y luego aparece el pacificador, que en este caso fue Matías, para calmar los ánimos. Yo, que llevo mi resentimiento social a flor de piel, me dediqué a levantar la voz lo más fuerte posible, tanto como para que Constanza se lleve su diploma de Licenciada en lo que sea a otra parte.

Por supuesto que Constanza nos increpó para saber cómo era que nosotros habíamos llegado a esa charla. O más bien, cómo estos dos roñosos habíamos osado pisar la UP. Y Sebastián y yo, que ya estábamos contentos de haber armado semejante escena, nos sentimos discriminados por pobres y pedimos un libro de quejas en donde dejar asentado que nos estaban marginando y cómo.

Así que Constanza le pidió a una chica que estaba atrás de todo que trajera el libro de quejas. Pero creo que lo hizo para que nos fuéramos rápido, como ya se había ido la mitad del auditorio. Nosotros pusimos play a la cinta por la que se transportaron los que también sentían que los estaban invitando muy cordialmente a asistir a una charla, bajo el viejo y eficaz artilugio de “el primero te lo regalo, el segundo te lo vendo”. La chica volvió rápido con el pesado bibliorato y yo, que en escribir quejas ya tengo un máster, me dediqué a redactar nuestras razones, sentada en una butaca del auditorio, mientras en el frente del auditorio Sebastián discutía con Constanza.  La morocha de ojos verdes que trajo el cuaderno numerado, se reía de lo que decía Sebastián y a mí me daban ganas de cerrarle el cuaderno en la cara. Cuando levanté la cabeza, vi que se estaba agarrando la cintura y me compadecí de su lumbalgia. Pero estaba bastante caliente, así que le pregunté de qué se reía y cómo se llamaba. “Contractura lumbar, me llamo”, me respondió la muy hija de puta. Típica maldad de cotillón, con sonrisa falsa que no muestra los dientes, propia de una Constanza, una Pilar, una Pía y nombres por el estilo.

Así que una vez que firmé, nos acompañaron muy amablemente a retirarnos. Pero no por el pasillo por donde habíamos entrado al auditorio sino por otro lado, por una oficina, para que sellaran la queja en el cuaderno y no sé qué más dijeron. Con Sebastián nos miramos y nos dimos cuenta que estábamos hambrientos de cólera. Queríamos más quilombo, más gritos, más todo. Así que mientras Constanza selló el cuaderno, Sebastián agarró una notebook que había sobre un escritorio y se la metió adentro de la campera, por abajo y sin abrir el cierre.

Constanza no se dio cuenta ni del faltante ni de nuestras urgentes ganas de irnos rápido. Así que adiós Constanza, adiós morocha y nos fuimos. El riesgo más grande era atravesar el control de seguridad de la entrada. Cuando estábamos bajando las escaleras, Sebastián me mostró que con la notebook había una identificación de la Universidad. Una de esas tarjetas magnéticas con las que te enseñan de chiquito nomás a pertenecer a esta sociedad de control. Pero el tipo de la foto tenía bigote y pelo corto y Sebastián sin barba y con sus rulos sueltos y por el hombro. No nos dijimos nada al respecto y cuando llegamos a la puerta, le preguntamos al tipo de seguridad, si podíamos salir por cualquier parte y nos dijo que sí. Aunque enseguida nos paró uno de la Universidad, con remera con loguito y todo. “Chicos, ¿están apurados?”, nos preguntó. “Y sí, mirá, yo estoy llegando justo a mi trabajo, porque trabajo de noche y él tiene que ir a buscar a sus hijos en un rato, ¿por?”, respondí con cara de póker, que es la misma cara con la que se mira a un comerciante cuando le pagás con un billete falso o cuando te revisan un solo compartimento de la mochila a la salida del supermercado. “Ah, no, por nada. Es que cuando salen tienen que darles un papelito. Pero, ¿ustedes vinieron a una de las charlas?”. “Sí, sí”, dije yo, con seguridad. Sebastián siguió caminando como si de él no se tratara el asunto. “Ah, bueno, bueno. No importa entonces. Pero para la próxima ya saben”, nos dijo y nos dejó ir rápido, para atender el teléfono que había empezado a sonar cuando nos había parado.

Salimos casi corriendo, sin saber para dónde ir. Esa adrenalina de haber robado algo era un efecto que hacía mucho tiempo no sentía. Agarramos para Libertador y creo que fuimos más rápido que un chita, porque en unos veinte minutos llegamos hasta la Avenida. Yo, que le había dicho a Sebastián de guardar la compu en mi mochila, ya me imaginaba todo lo que podía hacer con una notebook nueva. Justo ese viernes a la mañana había pasado 40 minutos tratando de bajar a mi compu unos discos de reggae del mp3. Ya me podía ver, abriendo mil ventanas a la vez y sin que se me colgara nada. Creo que Sebastián se debe haber visto en lo mismo, porque todas esas cuadras no nos dirigimos la palabra.

Cuando éramos novios, disfrutábamos un montón las caminatas en silencio. Una vez Sebastián me preguntó si a mí me molestaba que no hablemos y yo le contesté que me parecía alucinante, que sentía que en esos momentos sincronizábamos nuestras energías. Pero ahora la cosa era distinta: no estábamos siendo novios, estábamos siendo socios en un choreo. Así que huimos todo lo que pudimos hasta que un semáforo nos obligó a parar en una estación de servicio. Compramos una Coca y nos miramos eructar. “Qué onda de mierda que tenía esa gente, ¿no?”, dije, para cortar el silencio. Sebastián no me dijo nada. Se puso a mirar a unos pibitos que jugaban a cruzar la calle con el semáforo en verde, esquivando los autos. “Yo no puedo hacer esto”, dije. “Yo tampoco”, respondió. Y fuimos a buscar la parada del 128 para devolver el botín.

Cuando llegamos a la UP, el tipo que nos había parado se estaba imprimiendo un libro, mientras miraba la tele. Le dijimos que queríamos hablar con una chica que había estado en la charla, que no sabíamos el nombre. El tipo marcó un número y anunció: “Hola, te buscan dos chicos acá abajo. ¿Podés venir?”. Mientras esperábamos, en la tele pasaban la publicidad de una película con Michael Jackson aún negro, caminando por Nueva York, pisando charcos que reflejaban edificios enormes y semillas de humo que brotaban desde alcantarillas. “Una ciudad muy grande”, se llamaba la película. A los dos minutos se nos acercó una colorada de ojos celestes. “Chicos, ¿los puedo ayudar?”, nos preguntó. Nosotros lo miramos al tipo, que estaba tratando de disimular las hojas que no paraban de salir de la impresora láser. Con cara de bronca, le dije “esta no es la chica que te digo. Esta es colorada y nosotros estamos buscando una morocha de ojos verdes. ¿Te parece que si estuviéramos buscando una colorada no te lo hubiésemos mencionado?”. 

¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? es el nombre de una novela de Phillip Dick.

martes, 10 de abril de 2012

Nací en el '82, con Galtieri a la cabeza

Yo no debía estar acá y si escribo esto es porque espero que alguien llegue a
leerlo, y sienta este miedo, esta desolación y este dolor y que pueda percibir el
sabor de la muerte inminente tal como yo lo estoy sufriendo ahora, porque nunca
entendí bien lo del número bajo, pero yo estoy acá, con las botas agujereadas y el
barro entrándome en los pies y las manos lastimadas y la espalda cansada,
cargando un uniforme que me queda enorme, una mochila con elementos de
supervivencia elegidos por un asesino, seguramente, no sé, y pienso que si
alguien llegara a leer esto y pudiera decirle a mi vieja que no llore, que no la pase
mal, que el destino de cada uno está escrito y que por más que yo ahora, a esta
hora, debería estar entrenando en mi bici, o tal vez tomando unos mates en mi
casa y el barro de mis pies debería ser el barro de las calles de mi barrio, por más
que todo eso, estoy acá, en una trinchera, cagado de frío, cagado de miedo,
cagado de hambre y cagado encima, porque el panorama no es ni siquiera
simpático y si tal vez no hubiese sorteado, estaría jugando otra batalla, una que
tenga que ver con mi futuro, no con este escenario y ya me imagino mi foto
congelada en el tiempo, entre un montón de otras fotos de pibes que se murieron
y así me van a recordar, mientras yo en realidad lo que quería era que me
recordaran no sé, en un podio, ganándome el oro en alguna olimpíada, o
recibiendo una bici de alguna fábrica suiza, o firmando un contrato para una
publicidad de una afeitadora, o no sé, entrando en el Guiness por ser el primer
argentino en ganar el tour de france o alguna pelotudez así, y no. Estoy acá y mi
entrenamiento diario es soportar los misiles estallando desde el océano, andar
durante kilómetros peleando una batalla que no elegí pelear, levantando una
bandera que seguramente envolverá mi cadáver y llorar como un puto, a
escondidas, porque mi vieja ni se debe imaginar todo lo que estoy pasando y
todo lo que la extraño a ella y a mis hermanos. No voy a recorrer el mundo con
mi bicicleta y eso es lo que más me duele, porque me ilusioné con eso desde que
el día en que el viejo me empezó a entrenar y ahora todos esos sueños van a
quedar enterrados acá, al menos hasta que encuentren mi cuerpo, con los ojos
abiertos, tirado encima de una mezcla de barro y sangre. Y mis amigos van a
llorar y van a decir que era tan bueno y la puta que lo parió, son todos putos que
no se animan a decir que siempre fui un hijo de puta, que me cagué en todos
ellos, porque lo único que quería era entrenar como un pelotudo, que nunca me
prendí para salir de kurda con ellos, que nunca me copé con fumar porro con
ellos y que mientras se comían un asado un domingo, yo les decía que no podía
porque tenía que entrenar y de mí sólo tienen una vaga idea, que tiene más que
ver con quien era yo cuando era chico que con quien soy ahora, o mejor dicho
quien habré sido, a como están las cosas ahora, que estoy más cerca del pasado
que del futuro y me hubiese gustado darle unos besos a Laura antes de
despedirme, pegarle una cogida, capaz, y si me estuvo esperando, si de veras me
estuvo esperando, como me dijo en la última carta, ojalá Dios quiera que
encuentre a alguien que la ame y la sepa cuidar y le dé todo lo que se merece y si
hay algo del otro lado, capaz yo la pueda cuidar desde ahí también, no sé ahora
que todo es nada, que aquí voy a morir, quiero desprenderme de todo rencor,
pero me da por las pelotas pensar que el zurdo Iturraspe termine teniendo el
sponsor que iba a ser para mí, o que mi bici termine en un galpón, oxidándose.

Igual, más oxidada quedará mi foto.

viernes, 9 de marzo de 2012

De aquel amor, de música ligera

Te dormís.
Siempre es así
te veo dormirte.
Te dormís conmigo
pero no de mí

Te veo dormirte
y lo único que quiero
es cuidar de vos.
Tal vez está escrito
que esa sea mi misión

Sacarte las zapatillas y apagarte la tele si te dormís
cocinarte si te enfermás
abrazarte si me dejás
invitarte al cine a ver una de risa,
si tenés el tiempo

En cambio vos, hombre ocupado,
tenés que encargarte de mis lágrimas
si alguien me pega una cachetada en el corazón

Tenés que invitarme a comer comida china
Tenés que llevarme a la escuela en bicicleta
Tenés que guardarme secretos por la tarde
que a la noche se los vas a contar a mamá

Y en la letra chica del contrato
dice
que yo celo de tus novias
te robo cuadros
y te hago pasar vergüenza frente a tus amigos

y que vos me cancelás los planes del cine
me criticás en público
y me felicitás en privado
y que despreciás muy sutilmente
a cada uno de mis pretendientes

Entonces esto es siempre así.
Y esto va a ser así, prometeme, hasta que seamos viejitos
y entonces yo, la tía abuela de tus nietos.
Y entonces vos, el padrino de mis gatos.

miércoles, 8 de febrero de 2012

Té para tres

Y cada vez que vuelvo
tus ecos están
y querría despertarme
y al fin con vos, volver a jugar

A tu casa le da el sol de noviembre, de primavera casi vencida y tu ventana me da de ese sol en la cara y de ese sol en mi cara te doy yo, sentada arriba tuyo.

Cae el sol y aun sigo soñando.
Sale el sol y no te puedo encontrar.


A la noche nos encontramos de vuelta. Ahora tengo que irme rápido. Me esperan. No saben que vine a verte. No saben que me esperabas. Escondo el secreto de tu piel de los ojos de mi familia y mis amigos, escondo un elefante en un living.

Y cada vez que vuelvo aqui
siento que vos
me arrojaste a la inercia
sin novedad, sin decepción

Miro la casa, no me olvido de nada. Miro la casa y veo las cosas nuevas, las que antes no estaban. Miro la casa y veo las cosas que estuvieron siempre. Miro la casa y veo los muebles que cambiaste de lugar. Los parlantes antes estaban allá y esta mesa guardaba aquellos libros y no estos. Pero las fotos que no me tienen en la imagen pero que son mías, están ahí y suspiro tranquila. No me olvidaste.

Y cada vez que vuelvo
un mismo final
afuera el mundo sigue
soy uno mas buscando en el mar

Huele a tu cuello y a esos sahumerios caros que venden por Corrientes y Uruguay tu casa. Huele a tus remeras en el cesto de la ropa sucia y a la miel blanca que untás en tu pan tostado. Huele a pan tostado y a frutillas con azúcar tu casa. Huele a las meriendas con el sol entrando en rayos por la persiana.

Cae el sol y aun sigo soñando.
Sale el sol y no te puedo encontrar.

Antes olía a las discusiones que teníamos y terminaban con portazos y puteadas por el pasillo y la escalera. Antes olía a mis lágrimas y mis gritos. Antes olía a tus mentiras.

Un extrano destino, una oscura verdad
tan solo tropiezos, amar o callar.

Ahora huele a vos y tu nueva novia, que te hizo mejor que yo, en todas las maneras que pueda leerse eso.

Anduve caminando por calles al azar
por calles vacias
Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.

Me voy rápido, me desprendo de vos. Me llevo tu olor. No sé cuándo vuelvo a verte. Te beso los labios y nos juramos una chacra en Córdoba, un fin de semana en Gessell. Un futuro que no existe donde somos felices. Vos, tu novia y yo.

martes, 7 de febrero de 2012

no conocía otra razón que una razón por cada día

y una batalla por las noches. supo que iba a morir cuando, al amanecer, la idea de la muerte dejó de molestarlo. Si Farah Faucet no lo llamaba, se iba de copas con Steve McQueen. Me confundí una tapa de Almendra, la del payaso, con la del pescado. Suena un blues de una banda que se plantó en el medio de la Plaza y yo miro a los artesanos, esa patria vendedora, siempre firme junto a la plaza. pasa el camión de basura y se detiene frente de la clínica. No sería de lo peor que te internen en una clínica que dá a una plaza donde siempre es viernes? Me enamoro cada tres, tres minutos y medio. veo un melenudo, un morocho de gorra un barbudo colorado. todos me gustan, con todos me caso. uno de rastas y un pelado. Hay un ruludo de remera roja, con una estampa del Chapulín Colorado. Raphael. Escándalo. Entonces mi corazón se derrumba en cascotes cuando veo al morocho de gorra chamuyarse una flaca, alta, divina, de pelo largo, que aceptaba con elegancia todos sus regalos, esas artesanías que durmieron más de una siesta sobre el plush bordó. Voy al baño. Cruzo la calle angosta y empedrada. La luz naranja me permitió ver una carta tirada en el piso. Es de póker y está dada vuelta. Me agacho, la agarro, la miro. Está bien. Hoy la suerte está de mi lado. I'm not a social girl. Para llevar vasos llenos, la bandejera trae vacios vacíos. Hay un negro, un senegalés, un camerunés, un costamarfilés como el que hoy me vendió el anillo más lindo y más trucho que podés imaginarte. Veo la belleza del gesto de brindar. de mirarse a los ojos,de tomarse un chinchin para desear fuerte algo, un amor, un año felíz, un nuevo trabajo, un kilo de cerezas. Nuestra mesera tiene un tatuaje de un micrófono y yo me pregunto ¿querrá ser locutora? ¿querrá ser cantante? ¿querrá ser micrófono? se aleja quitándose pelusas blancas de su remera negra. se las quita con nervios, sabiendo que luego encontrará veinte pelusas más. y rezongando inonomatopeyablemente. Hay una convocatoria de fumadores peronistas. Una mujer se rie fuerte por calle Corrientes. ¿Cómo será su desayuno mañana? Mucha gente esperando el colectivo. Suena Libertango. no. escuchar Libertango en Plaza Dorrego es demasiado. entonces me decreto que esta sesión de turismo porteño llegó a su fin.

canciones gnósticas para niños

Buda toma calmantes/noquieredespertar/ y hoy es mi cumpleaños/ yamicasaloquieroinvitar (Pez)

Una guitarra flipa en eso que yo veo una idea mala que sube una escalera, se baja los pantalones y se caga en lo que yo siento, para venir a presentarse. Hola, soy una idea mala. Vengo a instalarme en tu cabeza hasta que se me de la regalada gana
debiéramos conectar entre nosotros con nosotros mismos antes de nosotros

sin

Las guardias de los hospitales tienen un touch de gloria para mí. Me gusta ver correr a las enfermeras cuando llega una ambulancia a toda sirena. Me gusta el olor a desinfectante con el que limpian el piso. Me gusta ver el código de miradas que tienen los trabajadores de la salud. Me gustan muchas cosas. Con una madre soltera y enfermera, durante un tiempo de mi infancia pasé las tardes en una sala de enfermos de un hospital público. En ese entonces, ella me prohibía acercarme a los pacientes y alejarme de su sector de trabajo, pero yo siempre me las ingeniaba para ligar con los enfermos y ligar algunos caramelos que les traían sus familiares y deambular por todo el hospital, saltando en una soga. Estar en la sala de espera de la guardia, aguardando porque me llamaran no es tarea difícil. Lo difícil es hacia adentro. Lo difícil es sentir este dolor y no saber qué es. Lo difícil fue asumir el desafío de dejar la cama, vestirme, salir a la calle, tomar un colectivo y venir a hacerme ver. Ya estoy acá y sólo tengo que esperar. Esperar que me llamen. Terminé de leer un libro hermoso y ahora no tengo nada para distraerme más que la radio. Un domingo a la tarde de radio no es para nada muy entretenido. Menos en la sala de espera de una guardia. Estoy a punto de ponerme a contar las baldosas del piso estilo ajedrez cuando se abre la puerta tres y me llaman por mi apellido. Es una chica joven la que me invita a pasar. Tiene una chaqueta verde agua con sus iniciales bordadas en rojo. La letra parece de una abuela orgullosa. No tiene maquillaje, hace algunos meses que no tiñe sus canas y usa unos anteojos con marco dorado. Me hace el cuestionario de rigor y yo le doy respuestas graciosas. ¿Cuántos años tenés? Por ahora veintiocho. Nunca tuve tantos. No se ríe ni expresa el más mínimo interés en que yo trate de hacerle un chiste para sacudirme de la situación. Contame un poco qué te pasa, me dice. Bueno, me duele un poco la panza, desde hace algunos días. ¿Comiste bien? Sí, como siempre, alfajores, gaseosa, lo usual, bromeo. No respuesta. Sí, comí bien. ¿Estás yendo bien al baño? Ah sí, también, respondo con la intención de saltear cualquier observación al respecto. Vamos a la camilla, me dice. Sentate. Me siento. Sacate la remera. Epa. Y me apoya estetoscopio en la espalda. Frío clavado en mi piel. Respirá. Respiro. Otra vez. Otra vez. Acostate. Sus dedos me apretan distintos puntos en la panza. Mira un punto fijo con esa mirada de quien busca algo sin saber dónde está. Bueno, madre, ahora lo que vamos a hacer es sacarte unas plaquitas. Me quedo un poco tildada con que me dijo "madre". No sé si porque todavía siento que soy muy chica para ser madre de alguien, y menos de una doctora recién recibida. Demasiadas emociones en poco tiempo. Andá y cuando las tengas, vení directamente. Golpeá y yo te atiendo. Voy a la sala de Rayos X. Me saco todo metal que llevo clavado en el cuerpo y me dispongo a que me saquen una fotografía de mis adentros. Acostada, me piden que no respire. A ver si se ponen de acuerdo, viejo. Espero y me traen un sobre con las placas. Agarro el sobre y sigo las instrucciones. Vuelvo al consultorio tres. El tres es un buen número para mí. No, sé que no soy original, pero es un número que me gusta. Golpeo y espero ser atendida. Vuelvo a entrar. La doctora mira las placas contra la luz del consultorio. Bueno, mami, parece que es urgente. Vamos a tener que entrar al quirófano. Es una cosa sencilla, rapidito, anestesia general y en cuestión de horas estás en tu casa. ¿Tenemos alguien a quien llamar?

I don't believe that anybody feels the way I do about you now

Ella quería tener una vida en la que no le pasara nada. Cualquier movimiento extraño la perturbaba. Sus deseos a la hora del brindis de año nuevo eran que no le pasara nada, nada a su vida. Que nada se mueva, que todo permaneciera quieto.
Entonces llegó a su casa, y escribió dos correos electrónicos. El primero decía: "Hola Pablo. Soy Nadia, la del subte. Me dijiste que te escribiera cuando tuviera ganas de verte. Tengo ganas de verte. ¿Tenés algún teléfono a donde pueda llamarte?". El segundo decía: "Hola lindo. Me encantó verte. Espero que se repita pronto. Que nuestras intensidades vuelvan a vibrar así en breve. Es necesario. Y urgente."

Puso play


Today is gonna be the day that they're gonna throw it back to you
By now, you should've somehow realized what you gotta do
I don't believe that anybody feels the way I do about you now

Backbeat, the word is on the street that the fire in your heart is out
I'm sure you've heard it all before, but you never really had a doubt
I don't believe that anybody feels the way I do about you now

And all the roads we have to walk are winding
And all the lights that lead us there are blinding
There are many things that I would like to say to you, but I don't know how

Because maybe you're gonna be the one that saves me
And after all, you're my wonderwall

Today was gonna be the day, but they'll never throw it back to you
By now, you should've somehow realized what you're not to do
I don't believe that anybody feels the way I do about you now

And all the roads that lead you there were winding
And all the lights that light the way are blinding
There are many things that I would like to say to you, but I don't know how

I said maybe you're gonna be the one that saves me
And after all, you're my wonderwall
I said maybe (I said maybe) you're gonna be the one that saves me
And after all, you're my wonderwall

I said maybe (I said maybe) you're gonna be the one that saves me
You're gonna be the one that saves me
You're gonna be the one that saves me

es como dormir y estar despierto

-¿no viste mis medias? tendrían que estar por acá
-te dejé algo de flan en la heladera
-¿estás enamorado?
-dale. si vos me conocés mejor que nadie.
-por favor, no llores. no me gusta cuando llorás.
-llueve y no me gustaría dormir solo. me gustaría dormir con vos
-y ni siquiera pedís perdón
-tenemos que terminar esta relación enferma y sucia que tenemos.
-un maremoto de amor
-sos pura luz salvaje y hermosa.
-sos mi persona favorita del universo.
-me tengo que ir. tengo tu teléfono. en la semana te llamo y arreglamos algo, ¿dale?
-pero yo te amaba con una intensidad absoluta.
-ya agendé el número, pero ¿cómo te llamabas?
-tu perro y mi gato, ¿qué te parece?
-un orgasmo que nunca se acabe

lunes, 23 de enero de 2012

Yo ya no sé lo que hacer

De madre trueno y padre relámpago, soy una tormenta mental. Me angustia lo que me angustia y lo que no, me da ansiedad. Las reacciones y yo tenemos una relación un tanto intensa y todavía no sabemos quién domina a quién. Cantar una canción alegre puede hacerme llorar. Son las cuatro de la mañana y dando vueltas en la cama me pregunto cuándo encontraré la paz. Empiezo el día convencida de que será uno de esos difíciles, en que me maltrato, no me quiero, me reto y me desafío a hacerlo todo cada vez peor.
A la tarde me llama mi psiquiatra.
-Hola nena, ¿cómo estás?
-Bien. Bien, todo en orden. ¿Y vos?
-Bien también, con ganas de verte.
-¿Qué querés hacer?
-Quiero hacerte el amor.

viernes, 20 de enero de 2012

Instrucciones para llegar

Tomar la Avenida 9 de Julio hasta la Avenida Rivadavia. De ahí, todo derecho, hasta el conejo blanco. Saltar en un pie 200 metros con un lápiz arriba de los labios y esperar con los cordones desatados de la zapatilla izquierda, hasta la primer luna en cuarto creciente.

miércoles, 11 de enero de 2012

Instrucciones para no pensar

  1. Tome un cuaderno. Tome un fibrón de tinta indeleble y punta mediana. Dibuje garabatos. Si no sabe cómo dibujar un garabato, es que está pensando. Vuelva a empezar.

  2. Siéntese a la sombra de un árbol. Si hormigas le pican la cola, es que está pensando. Vuelva a empezar.

  3. Haga medialunas y/verticales. Si se rompe la cabeza golpeándose contra el suelo, es que está pensando.

  4. Llore. Llore mucho. Sienta las lágrimas pasear por sus mejillas. Sienta cómo desembocan en su boca. Si las lame y las siente saladas es que está pensando. Vuelva a empezar a llorar. Pellízquese si es necesario.

  5. Saque fotos de elementos inconexos. Si empezó a buscarles el denominador común, quiere decir que está pensando.

  6. Nade.

  7. Cante el Himno Nacional Argentino. Si cabecea siguiendo el ritmo del puente, está cerca de no pensar. Siga así.

  8. Procúrese un elemento de algún metal poco noble. El anillo de un llavero, la tirita que envuelve el paquete del pan lactal, o algo similar. Intente convertirlo en oro. ¿No lo logra? Está pensando.

  9. Ubíquese en algún lugar al aire libre y con carbón, madera, papel y un fósforo encienda un fuego. Antes, deberá tomar los recaudos necesarios para evitar un incendio. Una vez encendido, mire el fuego. Sienta el calor, vea bailar las chispitas, escuche la madera cómo se consume. ¿Qué piensa? ¿Pensó? Cayó en la trampa. Vuelva a intentarlo. Es importante, eso sí, que piense en esto: por favor, no olvide apagarlo antes de irse.

  10. Riegue las plantas una calurosa tarde de domingo. Sienta el olor de la tierra mojada. Mire cómo cae el sol. Si putea a las hormigas quiere decir que está pensando. Siempre, todo lo que tiene que ver con hormigas, tiene que ver con pensar. Debe ser por las antenas. Vuelva a intentarlo al día siguiente.