viernes, 4 de octubre de 2013

Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla


Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
Si nada es tan viejo como el diario de ayer y el uso del papel se está extinguiendo, ¿por qué no unir esos titulares, sacarlos de su contexto y convertirlos en poesía? ¿Por qué no eternizar esas ideas y transformarlas en un verso? Ese juego de niños es una tarea que tiene un nombre resignificado: antes de ser ctrl + C y ctrl +V, Cortar y Pegar sólo era cortar revistas o diarios y adherirlas con pegamento.
Pero Cortar y Pegar no propone invitar a la nostalgia sino a visitar el hábito de jugar, a reinventar oraciones, a coser palabras. A apreciar las noticias viejas convertidas en poesía visual.

Nacida en Merlo, provincia de Buenos Aires, Nadia Mansilla tiene 31 años y es periodista. Trabaja en el área de comunicación de la Central de Trabajadores de la Argentina y es redactora en la revista Músicas del Mundo. Estudiante de traducción en lengua francesa, escribe ocasionalmente en su blog Flipareis. Cortar y pegar es su segunda exposición individual. La primera fue Obra en Construcción, en 2011 y se trataba de una serie de fotografías sobre el desarrollo de un edificio frente a su casa.

Cortar y Pegar - Collages
por Nadia Mansilla
Inaugura: Vie 11OCT13 – 20 hs.
En El Emergente, Gallo 333 – Abasto
Horario: Lunes a Domingo de 21 a 24
Cierre: Dom 20OCT13 – 20 hs.
Twitter: @conlaluzdelsol - Tumblr: conlaluzdelsol

martes, 24 de septiembre de 2013

No siento los pies


Atravieso la ciudad en colectivo, desde el Parque Los Andes al Parque Ameghino, desde un actual cementerio a un antiguo cementerio, desde Chacarita a Parque Patricios. Apesto a transpiración y cigarrillo y tengo aliento a cerveza y frío. Y gracias a la providencia divina, después de haber saltado por más de una hora, en el show de Fermín Muguruza, pegué un asiento en el 65. El colectivo va lento y lleno, así que más lento. Tengo hambre y ganas de apagar la lámpara que está enchufada al lado de mi cama, ya. Pero me faltarán al menos cuarenta minutos hasta que pase eso. Un período de tiempo tibio, ni una hora ni media, ni siquiera cuarenta y cinco. De tan tibio es peligroso. Me puede dormir. Y no quisiera seguir en el 65 hasta Constitución, despertarme con el ruido del motor de la unidad, ese buznido que hace cuando llegan al corral. Es medianoche y Constitución es la selva con zombies que salen a patotear orgullos y pisotear corajes. Tengo que mantenerme despierta lo que me queda hasta llegar y no rendirme frente a este asiento calentito, dentro de un colectivo que me mece y que me recuerda que es otoño cuando alguno se baja y las puertas se abren para que suba un poco de frío. Ser chofer de colectivo en el turno noche merece un premio de vida. Yo no soy la única que va cabeceando y el chofer ahí, firme frente al volante. Los pasajeros pasan y el chofer queda. Ya son menos los que subimos en el mismo punto y ya nadie comenta lo que pasó en el recital. Cuando llega a la Avenida Rivadavia, recambio de visitantes, parada obligada siempre. Yo me debato entre mirar por la ventana y mirar la gente que viaja. Pero entre las dos, gana cabecear. Tengo mucho sueño y estoy cansada pero mayor es el miedo a quedarme dormida. Ya me pasó otras veces, despertarme borracha en Avellaneda, con el sol ya salido y que me hicieran propuestas indecentes, a las que contesté "¡ni en pedo!". "Boluda, si ya estás borracha", fue lo que obtuve de respuesta. En eso cruzamos Avenida San Juan, cuando La Plata se empieza a oscurecer, acercándose a Cobo y sube una mina por la puerta del medio, aprovechando que se abrió con la de atrás para que bajaran dos. Sube y nos reparte papelitos de diario, cortados prolijamente con los dedos. Y le agradece al chofer, con un gesto de bendición. Sacerdotisa de la calle, su pan es la basura y su agua bendita los charcos que se dibujan al borde del cordón. Sus zapatillas están desatadas y agujereadas y carga unas cuantas bolsas y bolsitas. El chofer la debe conocer, porque no le dice nada. Mi instinto de desconfianza se despierta y me despabila y veo cómo otros que estaban cabeceando como yo, también se paran derechos y la siguen con la mirada. Ella nos reparte papelitos y murmura cosas que nadie le entiende y todos tenemos miedo porque los locos nos dan miedo, porque no nos gustan los locos, sobre todo si no se bañan desde hace varios días y tienen las uñas largas y el pelo hecho una sóla mata de pelo. Y más aún si nos dan papelitos y nos piden plata. Ella pasa de vuelta a buscar sus papelitos, como si fuesen billetes los cuida y los junta con amor y con amor una vieja le da cinco pesos. Ella agarra los cinco pesos como si fuera un papelito más y los papelitos van a parar todos a una de sus bolsitas. Va hasta atrás de todo y junta sus papelitos, billetes y papel de diario, y vuelve al medio a dejar en un rincón, ahí donde van las sillas de ruedas, todas sus bolsas y camina de adelante para atrás del colectivo, bendiciéndonos a todos. A todos nos incomoda su presencia y nos inquietan sus movimientos. A todos nos despertó del letargo, nos sacó de la mecedora. En eso toca el timbre con sus manos negras de mugre y de piel negra y cuando creemos que está a punto de bajar, se queda y grita, ahora en un castellano perfecto y entendible, que no siente los pies. "No siento los pies". Dice fuerte. "¡No siento los pies!", de nuevo, pero ahora grita. "¡¡¡No siento los pies!!!" y los mira y los miramos todos, en esas zapatillas hechas ojotas que se mueven pero ella no lo siente. Se pasea por todo el pasillo, gritando que no siente los pies. Nadie le responde, nadie le dice que si no los tuviera, no podría estar caminando. Nadie se anima a tranquilizarla. Ella sólo grita que no siente los pies y todos con cara de cámara oculta. Será por el frío o por algún delirio, o tal vez es un hábito y no lo sabemos, pero ella no siente los pies. No puedo imaginarme cuándo será la última vez que se cortó las uñas, que se bañó entera, que usó ropa limpia, que durmió en una cama con sábanas nuevas. No se puede saber cuándo fue la última vez que no tuvo este olor rancio, a toda su humanidad encima. ¿No siente los pies de tan sucios que están o de tanto que caminó hoy? ¿No siente los pies porque se está moviendo sin moverse o porque le aprietan las medias que no tiene? ¿O no los siente en su cabeza? ¿Qué cosas le habrán arruinado el raciocinio? ¿Qué tanto se puede sobrevivir viviendo en la calle? Ella gritando que no siente los pies y el colectivo sigue andando. Como cuando un chico llora y todos se molestan, pero este bebé está desprotegido y nadie se acerca a tocarla por miedo a contagiarse la locura. Yo llego a mi parada, despierta como necesitaba, y me quedo insomne en mi cama hasta la madrugada. ¿Habrá vuelto a sentir los pies?

martes, 30 de julio de 2013

TOS (Trastorno Obsesivo Soñador)


Si el inicio de esta historia trascurriera en una película, ustedes supondrían que yo voy a morir en la última escena, como señala Spregelbud en una Ted Talk. Tengo mucha tos y la tos, como el amor, no puede disimularse. La tos es el peor invento que se inventó desde que se regularizaron las enfermedades. A la tos la debió haber inventariado un burócrata desgraciado que ese día discutió con su mujer, quien, enojada porque una gota de agua arruinó el lisado perfecto de su cabello, lo mandó a hacer las compras y él, como buen burócrata y sobre todo desgraciado, llevó cualquier cosa menos lo que le habían ordenado comprar. Cuando volvió a la casa, le tiraron por la cabeza el jabón en pan que llevó en lugar de la manteca y entonces el tipo, ¿qué hizo? Inventó la tos.

Debería haber leído los términos y condiciones (o, según las siglas en inglés TOS) de este estado inmundo y tener en cuenta algunas actividades que me son vedadas. Ir al cine, por ejemplo. Ni siquiera una película de argumento hambriento y trama vomitiva podría tapar el sonido de mi tos. Pero eso no es nada. Lo peor es no poder dormir. Para personas narcolépticas como yo, de los que apenas apoyamos la cabeza en la almohada, bajamos la persiana del día, la tos puede ser una enemiga impiadosa. Esa espasmódica manifestación exacerbada de los pulmones, puede representar un piquete insufrible en la autopista hacia el descanso.

La tos, tos, tos. ¿Hay algo más incómodo? Un estornudo o un bostezo pueden encubrirse, pero la tos es como la risa y por más que trato de esconderla mi mamá, siempre preocupándose por mi salud, la encuentra -como encontró mi diario íntimo cuando tenía 11 años- y, dale, insiste en hacerme tomar un jarabe. Y yo me mantengo firme en no comprarlo. No quiero gastar plata en un brebaje de dudosa procedencia y efectos secundarios indeseables. Para eso me tomo una Coca-Cola.

A la tos yo le presento batalla como la Argentina le presentó batalla a Inglaterra en la guerra de Malvinas de 1982: con artillería vetusta y un ejército de remedios caseros. Algunos vahos con menta, jugo de naranja y limón, un par de medias de más y listo. No me gusta la tos, pero mucho menos me gusta aportar en el engranaje comercial farmacéutico que tiene al invierno como principal factoría. Si la tos quiere venir, que venga. Le presentaré batalla.

Debatiéndome sobre si más vahos o no, atiendo un llamado de mi madre, sabiendo de su insistencia sobre el jarabe para la tos. Aprovecho la desgracia de un ataque espasmódico y le digo que no puedo hablar, que me llame después. Mágicamente, la tos desaparece cuando corto la conversación y sigo mi ritmo habitual. Pero en ese ritmo habitual está incluida la insistencia de mi madre, que subraya que es necesario medicar. Ya hablé de que mi mamá es enfermera y ¡ay! las profesiones de los padres, cuánto que nos afectan a los hijos. Entonces, si de salud se trata, ahí está mi madre, firme junto al pueblo, sea jarabe, inyección o comprimidos, a mi mamá le gusta eso de estar.

Al rato, mi mamá viene de sorpresa a mi casa, con algunas bolsas de supermercado. Un paquete de galletitas de agua, calditos, jabón para la cara y, como menú principal, jarabe para la tos. Y yo la recibo en pantuflas y con bufanda. En mi casa hace frío y mi mamá llega con todo su amor de madre y una cajita de cartón, con un envase de vidrio y una tapita medidora de plástico. Me marca hasta dónde me tengo que servir y me anota las horas en que deberé tomarlo. 23. 07. 15. Y yo, bueno.

Hablamos algunas boludeces y se va, dándome algunas recomendaciones para la vida. Yo bajo a abrirle y en eso me acuerdo que me quedé sin naranjas y que me gustaría seguir probando con mis recetas caseras, de juguito natural. Así que vuelvo a subir y a media máquina como estoy vuelvo a bajar para ir a la verdulería.

En la verdulería a la que voy siempre, siempre me divierto. La atiende una familia compuesta por los padres y los hijos, que son dos hermanos grandes, uno muy serio y el otro muy distraído, y una nena de dos años, que juega a desordenar todas las verduras todo el tiempo. ¿Qué voy a llevar? Pomelo, naranja, limón. Me atiende el serio. Mientras el distraído, que suele tomarse mucho tiempo para despachar a los clientes, le pregunta a una señora de changuito si va a llevar manzanas blancas o negras.

Yo ya lo he visto hablarle a las lechugas mientras las riega y partirle pedacitos a las remolachas hacer dibujos violetas en la pared y lo escuché describir el sabor de las ananás y narrar sus aventuras en el Mercado Central. A veces le pregunta al perro del local cuál papa es mejor y si una vieja no le cae bien, enseguida le da la orden de ataque, que el perro por supuesto no acata. Cuando me atiende él, vuelvo a mi casa con cosas que no estaban en la lista y de la lista, casi nada. Su torpeza es hermosa y soportable y sólo a alguien como él podría perdonársele el pedirle un kilo de pomelo y dos de naranja, para después poner en la heladera un kilo de mandarina y uno de limón. Al fin y al cabo el pomelo no me gustaba tanto.

El padre y el hermano lo retan a cada rato. Mientras el serio me prepara un paquete de acelga, el distraído, mi preferido, le regala unas bananas a un cartonero que pasa con un carro enorme. En voz baja, el serio me cuenta que hace un rato en vez de medio repollo, le metió un kilo de kiwis a una señora y que yo me cago de la risa, pero la señora estaba que se la llevaba el diablo. “Pasa que de chico no tomaba las medicinas. Ni el jarabe para la tos cuando estaba enfermo, tomaba. Nada. Así quedó”.

El serio me hace la cuenta y el distraído ni se da cuenta que yo estuve y que me estoy yendo. Pero cuando salgo, la bolsa con los dos kilos de naranjas se vence y las pelotas salen rodando por toda la vereda. El serio sigue atendiendo y el distraído me ayuda a agarrarlas antes de que lleguen al cordón. Me trae una bolsa nueva y me reemplaza una naranja que se partió. Se la queda, la termina de abrir, le saca las semillas con los dedos y las guarda en el bolsillo de su delantal. “Hay que guardar semillas por si viene el fin del mundo”, me dice.

Entro a mi casa, me recibe mi gato. Dejo las bolsas encima de la mesa y agarro la cajita con el jarabe para la tos. La abro, saco el frasco de la caja, saco la tapita medidora del frasco, lo abro y tiro el jarabe por la pileta. Como un borracho en recuperación, miro el jarabe correr hacia la rejilla. Yo quiero inmunizarme de la insensibilidad inoculada.

martes, 12 de febrero de 2013

Oda a mi lancha

Con algo que me acompañará
-un largo rato en lo sucesivo-
enredado en mis pensamientos
subo al ascensor para bajar en ese recorrido vertical
que hasta ayer hice sentada en la bicicleta y ahora hago apoyada en mis dos pies.

El ascensor es grande, entran once personas pero soy yo y mi tormento
hasta el piso de abajo, que sube la mujer del encargado.
Nos saludamos con un beso, porque es una mujer atenta, una vecina buena
y a mí me agrada compartir el ascensor con ella.

Me pregunta qué tal ando y sin vueltas le cuento
que anoche me robaron la bicicleta, así que ahora a andar a pura pata.
Lourdes se golpea las piernas a la altura de sus brazos colgados
¿cómo puede ser? se pregunta y se re pregunta ¿cómo puede ser?
esto es cualquier cosa, ya no sé a dónde vamos a ir a parar,
pronuncia sin esfuerzo esa melodía de indignación.
Sus comentarios de titular son como males de muchos, pero saben consuelar.

Me pregunta cómo fue y le cuento. Que fui al cine en Congreso, que la dejé atada en la puerta
que cuando salí, ya no estaba. Que encontré medio eslabón de la cadena tirado en el suelo.
Que la tenía desde que cumplí 22 años, que me la habían regalado amigos, mi hermano y un exnovio
al que quiero como un amigo y un hermano.
Que la quería mucho, que le había tejido un pulover, que la usaba todos los días.
Que le había cambiado el cono y el asiento hacía poco, que estaba andando re linda.

Mientras pensaba en todas estas noches en que volví agitada
y todas esas mañanas en que fui a trabajar apurada
cantando los discos de Pez a los que les daba play
en el altavoz del celular
y en los videos de Loco Pro y el de Una Vela,
llegamos a la planta baja.
Lourdes intenta animarme
Madrecita, te compadezco. Aunque yo no sé andar en bicicleta, te compadezco.
Me dice justo antes que separemos nuestros rumbos
en la vereda del edificio.

Con mucho pesar
y después de tanto tiempo
voy hacia la parada de colectivo.
No, yo me compadezco de ella.


martes, 11 de diciembre de 2012

Todo volverá a ser como fue

Lo que hiciste en mí no tiene perdón
y yo sé que me siento mucho más fuerte sin tu amor
.

Naufragábamos los dos. Vos con tu tesoro encontrado a buen precio, de albahaca, frutillas y cerezas y yo buscando un lugar donde tatuarme un ancla. Casi cambiando de ruta te vi, y te pregunté por qué, justo antes que me recordaras el agua bendita de tus besos malvados. Marea de amor, ola de recuerdos, mar de besos, litros de piel. Como a un mástil, me trepé a vos para abrazarte. Oliendo tu cuello me pregunté si alguna vez voy a dejar de quererte así, tan tanto. Caminamos juntos mientras me contabas historias sacadas de la bitácora que narra aquel tiempo que pasamos juntos (¿o debería decir aquellas tempestades que navegamos a la par?) Te extrañé en cuanto te vi. Si no sé nada de vos, no te recuerdo y ni te evoco. Más bien siento un poco de rencor. Qué pena que una palabra tan linda describa un sentimiento tan feo. Cuando pienso en vos, siento que éramos fuego y pólvora. A veces explosiones, disparos de daño; a veces fuegos artificiales. O viento y barrilete, uno y otro nos alternábamos para hacernos volar o a para dárnosla contra el pasto. ¿Te conté que no encuentro gente con vuelo? ¿Que siento que estoy hablando una lengua muerta? ¿Que ya no quedan más amigos de lo eterno? Sí, te conté. Y me hablaste del miedo que tienen todos de salirse un poco de la cuadrícula en la que está milimetrada su realidad miserable, del pánico al desborde, del terror a cruzar el semáforo en rojo.

Caminamos hasta un árbol (¿hasta dónde si no?) y antes de irte me recomendaste que usara más vestidos y que viajara en transatlántico. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Gotas del mar de amor que supimos concebir.

Al final, me tatué un faro como ese que me regalaste la última vez que crucé el océano. Y ahora veo lo que fuimos menos como un mar, más bien como una inundación en el subsuelo. Tus libros están mojados, también mis fotos tuyas. Tus monerías frente a la cámara ahora parecen una cinta pasada en un walkman con poca pila. O el cuadro ese de Dalí, La persistencia de la memoria.

La indómita luz se hizo carne en mí
y lo dejé todo por esta soledad

martes, 4 de diciembre de 2012

Un huracán arrasó mi ciudad

Es mi día libre, porque por más que sea mi decisión trabajar, los días libres son la libertad de la libertad. Entonces lo celebro durmiendo una siesta en mi cama que da a la ventana, por más de que a través de los vidrios no deje de tentarme el sol y la idea de tener un perro de la calle para pasear por el Parque de los Patricios. Pero no. Siesta. En el primer día del último mes del año. Unidades de tiempo, las unidades más únicas de todo el mundo. Mi día libre y luego de pequeños mandados que me encargué y de los que me ocupé temprano, siesta.

 

Me despierta una multitud, con su costumbre de gritar a coro, de cantar a los gritos, de saltar gritando, acompasados. No están muy lejos, su canto se oye sólido y nítido. No están en mi casa, pero están en mi barrio y las multitudes, gente en estado líquido, ocupan todo el espacio posible. Esta multitud está en su punto de ebullición y los siento en mi cama, en su estado en forma de fluido altamente incomprensible. Le cantan a un globo. Alientan un globo. ¿Cómo se puede alentar un globo?

 

Un globo es un juguete tibio. No dura más de una tarde. No dura más que una tarde. Aunque no sé de otros chiches a los que se les haya dedicado una película, salvo excepciones, nadie puede decir que un globo fue su juguete preferido en la infancia. Con un globo, ni futbol ni volley, por más de que aparente ser una pelota. Hay que tenerlo bien agarrado para que no se vaya. Y si está inflado con helio y no tiene hilo, se va al cielo de los globos sin escalas. Tenerle amor a un globo es un acto de amor inflado. Un globo que sale de la boca de una persona, dice lo que ella piensa cuando es un personaje. Un pez globo puede ser venenoso hasta la muerte. Un globo terráqueo, un globo aerostático. El globo de un chicle, el globo con forma de corazón que le regalé a mi amor, mi gran amor. La primera vez que vi un globo salchicha. La piñata con forma de globo de mi fiesta de disfraces y los globos de la fiesta con la que inauguré mi casa. Todos los globos que conocí, englobados en ese canto de aliento, gritado por una aglomeración de gente: "¡Y dale, y dale, y dale globo dale!".

 

Me encantaría despertarme siempre así, por muchedumbres alentando causas que causen gracia. Las flores lilas del jacarandá, las lunas crecientes, un perro cagando en el Parque podrían ser algunas de ellas. 

jueves, 22 de noviembre de 2012

¡Eso no se hace!

Salgo de rendir un examen. Todo un año de clases, en dos horas, en dos hojas. La noche sin dormir, una bonita foto del amanecer y la radio bajita para que haga ruido, pero no más ruido que el mate acabado, entre apunte y apunte, mientras hago como que estudio. Un chocolate para festejar el cierre y un colectivo para volver a casa. Asiento a la ventanilla, miro las calles por las que anduve todo el año, pero ahora todavía tienen luz del sol. Cuando salgo de la facultad, ya es de noche y no hay nadie en esas veredas, en las que por primera vez veo gente, de todo color y edad, y perros. Me tomo la ventana para pensar en todo lo que pueda ser pensado a través de la película del movimiento, hasta que me hundo en mis propios pensamientos y me sumerjo en una siesta, mecida por el andar lento de un 150 lleno de gente. Dormida un poco, despierta otro tanto, siento que pasamos Corrientes, doblamos en Rivadavia, saludamos al Congreso, doblamos de vuelta. Y en eso, un grito me sobresalta.

-¡Eso no se hace!

Lo grita una chica de rodete en el pelo largo, aros en la cara, mochila chiquita en la espalda. Es gordita y tiene calza y zapatillas deportivas. Toda una contradicción que subió en Independencia.

-¡Eso no se hace!, vuelve a exclamar.

Y yo, medio despertada, medio dormidada, pienso en qué podría ser eso que no se hace.
Si no se hace solo o es que necesita de alguien que lo haga.
Qué necesita para ser hecho.
Qué es un hecho si todavía no se hizo.
Es una decisión antes de ser elegida.
Es pedir permiso para huir.
Es llegar tarde para no ir.
Es marcar un número para no hablar.
Es escuchar la radio aunque sea sólo ruido.
Es viento invisible, es amanecer nublado.
Cuántas cosas son las no hechas.
Cuántas cosas no son hechas y, sin embargo, son.
Gabo Ferro dice que el amor no se hace, que hacer es un verbo de segunda.
Y yo pienso en mi lista de verbos, el ayudamemoria para saber conjugar: ser, amar, tener, terminar, ir.
Hacer, me falta hacer.
También me falta amar,
me falta terminar, me falta ir.
Me sobra ser.
Pero sigo sin saber
qué es lo que no se hace.


Llego a mi casa y pongo Youtube, la televisión à la carte para los que no tenemos televisión.
Catupecu Machu dice que nadie cree en mi opinión.

miércoles, 14 de noviembre de 2012

Carta para Marco


Cruzo un parque vestido de verde y violeta por la Tía Primavera
tengo un sobre de papel madera en la mano
que va a cruzar el océano volando.

Lo agarro fuerte, como si así pudiera llevarme a mí
o llevarse algo de mí.
Lleva adentro un mapa
que no es para que no te pierdas
si no para que puedas encontrarnos pronto
en este mundo infame.

De este lado del océano
siempre somos nosotros
no soy yo, por más que sea yo
para vos, somos siempre un nosotros.

En el parque hay unos chicos grandes
amontonaron sus mochilas
escuchan cumbia en sus celulares
y juegan en las hamacas.
Mientras tanto, yo pienso que nunca te hamaqué
y no creo que alguna vez lo haga
y trato de imaginarme
qué harás con tus amigos a la salida de la escuela
y cómo serán las palabras que uses con los pibes. 

Llego a la oficina de correo
y siento que te escribo desde el pasado
Para mí es primavera, para vos otoño.
Vos me enviás mailes con fotos adjuntas
yo te mando cartas con mapas.
Pero en diez días hábiles
tu mamá, me imagino, '¡Lettre pour Marco!'.

Cuando lo abras, desplegarás el mapa que encontré para vos
(que para vos es una y es 'carte')
Y un 'on t'attend quand tu veux'.

Entonces, otra estrella se encenderá en el caos universal.
Porque en este mundo no somos pocos
los que enviamos afecto por correo
los que esperamos a distancia
los que armamos familias a pesar de los océanos
los que arrojamos amor al espacio y al tiempo.

Pero vení pronto, que no parás de crecer
y tenemos tanto amor para darte
y te esperamos siempre
y pronto vas a tener una prima
que tal vez se llame Vera.

martes, 6 de noviembre de 2012

Movimiento sostenido

mi mamá me ama. mi mamá me muerde. mi mamá me miente. mi mamá me abraza. mi mamá me grita. mi mamá me mima. mi mamá me juega. mi mamá me alienta. mi mamá me felicita. mi mamá me cocina. mi mamá me come. mi mamá me engorda. mi mamá me mina. mi mamá me echa. mi mamá me reta. mi mamá me banca. mi mamá me divierte. mi mamá me consuela. mi mamá me compensa. mi mamá me duerme. mi mamá me espera. mi mamá me empuja. mi mamá me pare. mi mamá me llama. mi mamá me contesta. mi mamá me escribe. mi mamá me promete. mi mamá me cumple. mi mamá me dignifica. mi mamá me molesta. mi mamá me apura. mi mamá me atrasa. mi mamá me visita. mi mamá me invita. mi mamá me traga. mi mamá me inventa. mi mamá me muestra. mi mamá me fascina. mi mamá me define. mi mamá me cela. mi mamá me alucina. mi mamá me poesía.

viernes, 12 de octubre de 2012

Se entregaron los premios del Salón Nacional de Pintura 2012

y el premio mayor lo ganó un oleo sobre tela de Marcia Schvartz, que se llama Fanzinerozo. foto de la artista con el jurado, una copa en la mano, todos; todos anquilosados en un sillón que se prende fuego como la mente del tipo del cuadro, que está sentado en un sillón. lugubridad como la del grito de Munch, pero con más definición y si me pedís definiciones, mi definición más reciente de cosquillas es eso que sentí en la cintura la última vez que te despediste. "dale, hablamos", mientras bajabas la escalera y te levantabas la solapa del saco negro de lana, con un Gitanes encendido colgando de los labios secos, pero violetas de vino, y dejabas volutas de humo como quien deja un perfume que queda sonando varias horas después de haberse ido el cuello que pintaba y como si hubieses sabido que después me ibas a hablar desde un cuadro ganador de un premio nacional.
como en El Grito de Munch, ahí también amanecía aunque estuviera nublado.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Tengo que conseguir una manguera

                                                                 
                                                                     
                                             

Dos cosas me inquietaron hoy
el síntoma de saber lo que tengo que hacer
  y no hacerlo
 y
el vicio de meterme a bucear en mis estados de mente
droga psicoactiva que me seduce a cada momento
y con el más mínimo estímulo
y que, estoy segura, debe ser carísima
porque es gratis







Dicen que a donde se fue feliz no hay que volver
y hace algunos días volví a esa pileta en la que aprendí a nadar
en la que pasé casi todos los veranos de mi infancia y mi adolescencia
y fui feliz
[ahí y entonces, sí
pero aquí y ahora]
no cuando me zambullía en el agua
no cuando me movía de una punta a la otra
   de una punta a la otra
sino cuando me sumergía en la parte más profunda
para nadar al ras del suelo
cuando hacía algo parecido a bucear
en una pileta del conurbano bonaerense

mi cabeza. la pileta. bucear

también fui felíz moviéndome, dando vueltas
volando en el agua fresca
   frases y fresas
bailando en el agua sucia
   danza de piernas y brazos
   saltar y rezar
abrir los ojos para no ver nada
   claridad oscura
respirar 
adelante y atrás
pensar en no pensar
 
recordar todos esos veranos ahí, cuando el cielo ocupaba el espacio de ese techo de lona blanca
evocar las gotas de lluvia que vi quebrar el agua
y a las veces que fui la primera en llegar y la última en salir 
pidiendo un ratito más
 un ratito más

todas las piletas, las playas y los ríos que viví siempre me llevaron a esta pileta.
¿el agua es un elemento vivo? 
agua viva en mi memoria

entonces
como el chasquido de un fósforo
que raspa el borde de la caja
siento el olor a gas que viene de la cocina
dejé la llave de paso abierta
y cuando voy a cerrarla, como se cierra una canilla que gotea
caigo en la cuenta que estoy buceando en mi mente otra vez
que es medianoche
y que tendría que estar haciendo la tarea
que era para mañana
pero un ratito más
un ratito más
abajo del agua
un ratito más

jueves, 20 de septiembre de 2012

-¿Dormís? -Un montón.

El cuarto está lleno de hongos
la televisión encendida en mute
la ventana recién cerrada
todavía se escucha el ruido de la calle
un colectivo que frena
una planta que florece
la lluvia
y olor a cebolla fríta. 

Vos dormís y yo te hablo
aunque estés con los ojos cerrados
te hablo igual
porque después de todo
me escuchás con los oídos
y porque me gusta hablar
con la televisión prendida 
y la ventana cerrada.

Y no esperar hasta mañana
cuando el sol atraviese el vidrio
ahora es nunca 
charlas agotadoras
hasta que los ojos se cierran
y la mirada se ensordece

[estrella de mar
luna con nubes
volar a tus pies
tender la cama
echarme a correr
milagro y socorro]

tapados hasta las narices
no hay luna llena, hay luna sonriente
que descansa en el cielo
como mi papá

mientras ella se estira y se extiende
muestra los dientes
cuarto creciente 
nosotros en el cuarto menguante
porque la habitación nos hace
cada vez más chicos, más apretados
más uno 
menos dos. 

Última página
anillo en el dedo anular de una libreta de bolsillo
promesas de eternidad
nunca nada dura para siempre
pero igual
ámense
a muerte
a merced
a dormirse.

viernes, 7 de septiembre de 2012

Suicidio en Parque Patricios

Anoche, mientras llovía, un cactus se arrojó al vacío. Su cuerpo fue hallado sin vida esta mañana. Sus raíces desnudas de toda tierra yacían sobre la calle empedrada. También llovía. De sus bracitos llenos de espinas no quedaban ni los huesos. Oriundo de las sierras cordobesas, se desconocen las causas de su suicidio. Sin embargo, todas las pruebas señalan que se deben a la melancolía provocada por la humedad porteña.

lunes, 20 de agosto de 2012

Una atracción particularmente dulce

Me gustan las cosas dulces
siento algo particular
una atracción particularmente fuerte
por las cosas dulces
por las partículas dulces de las cosas
por el amor de madre, de pareja, fraternal
por las galletitas con pasas de uva
por la música para hacer el amor
por la música para tener sexo
por el chocolate con maní
por las pasas de uva
por el cappuchino con canela
por tus caricias en mi cuello
por las conversaciones serenas y sin interrupciones de ningún tipo
por la infancia
las fotos viejas, los recuerdos
el helado de menta granizada
los alfajores vauquita
las cosas dulces me atraen
son las que más me gustan
las canciones de Kevin Johansen
las noches de tormenta, desnuda, amada y amante
un abrazo de bienvenida
un desayuno con miel y banana

me gustan las cosas dulces
la dulzura ortodoxa
levanto las banderas de la dulzura
la diabetes es un gran verso
azúcar para todos
caramelos cristal en los bebederos públicos
boletos de tren garrapiñados

me gustan las cosas dulces,
y nunca las tomo de a una
algodón de azúcar rosado
la mano agarrada a otra mano
(no una derecha y una izquierda de un mismo cuerpo
una derecha mía
una zurda ajena)
caminar de la mano es dulzura
canciones de cuna
bombones de fruta
tardes de verano
seguir viviendo sin tu amor es dulce
la transpiración, aunque salada, si es ajena es dulce
el semen y la saliva pueden ser dulces
una poesía puede ser dulce
una nota sobre la mesa
te dejé flan en la heladera, cielo
un mensaje de texto la mañana siguiente
una foto de un viaje, lo más dulce
una mandarina desnuda es dulce
un pomelo rosado
mi manía con la sandía se justifica por esa dulzura que brota en jugo fucsia

me gustan las cosas dulces
los apellidos que son nombres, dulzura pura
los nombres que tienen poesía, pura dulcería
Piedad, Amparo, Paz
Victoria, Salvador, Franco
son dulzura
agua fresca es dulzura
el cuerpo recién bañado es una dulce invitación
saber esperar es noble y dulce
70 flores en un balcón, la supervivencia de la dulzura
los chocolates que me regalaste por mi cumpleaños
podías ser dulce, dulce
viajar por las nubes con vos, dulce
cogerte en mi casa
borrachos de madrugada
un día de semana
siempre es dulce
dulce como el color naranja
que es dulce como el olor a jazmín es dulce
el olor de tu ser siempre será dulce
y el dulce de leche es dulce al fin.

martes, 14 de agosto de 2012

Estaba en llamas cuando me levanté

Me despierto. Llueve. Me levanto. Preparo el café. Preparo la cafetera. La enciendo. La miro. Minutos después empieza a toser, en pleno proceso de preparar el café. Ella prepara el café sin usar fuego y yo la adoro, le rezo cada mañana, le encendería una vela. Tose más y más. Escupe negro. Llena la jarra de café. La jarra rebalsa. El café sale para todos lados. Recorre el mueble en donde está la cafetera y toma una ruta directa hacia el borde. Tensión superficial. Duda. Decide caer. El café cae. Llega al suelo. El suelo se hace de café. Dulce y caliente, llena la cocina, se va al comedor. Sube los bordes de la pared. Llega a los tomacorrientes. La casa se electrifica. El sillón se prende fuego. Evacúan el edificio, vienen los bomberos. Rescatan a mi gato y luego me rescatan a mí. La policía me pregunta qué pasó. Yo les contesto que no puedo contestar nada si todavía no tomé mi café de la mañana.