sábado, 5 de abril de 2014
Té para seis
No había mejor día para celebrarlo que el 8 de marzo, no porque fuera el Día de la Mujer sino porque es más bien difícil hacer que nuestras agendas coincidan. Así que Camila nos invitó a su casa en Castelar y pizzas de delivery para brindar.
La reunión me venía más que bien. Desde que Franco me anunció su viaje a Londres, estuve en blanco. Todos los colores que trajo su llegada se hicieron grises en cuanto me contó de su partida. Si fuera un partido de ajedrez creí que estaba conquistándolo y en realidad era un mate que puso en jaque mi corazón. ¿Qué mejor que para contrarrestar el efecto Franco que exorcizar las penas en una reunión de amigas?
Con las chicas siempre hablamos de todo y hablamos de nada y hablamos todas al mismo tiempo y también nos quedamos cómodas si de repente un silencio invade la mesa. No es necesario juntarnos seguido porque no importa cuánto tiempo haya pasado, siempre hablamos como si retomáramos la conversación en el punto en donde la dejamos, como una película en VHS que quedó en pause en ese mientras tanto al que nos someten nuestros horarios, nuestros trabajos; sus hijos, mis sobrinos del corazón; todas las cosas y las casas donde vivimos.
Todas sabían del asunto y todas se pusieron de acuerdo sin decirlo, claro, para no hablar del tema. Pero cuando la noche empezó a aclarar y ya habíamos hablado en contra y a favor de todo, y a la enésima vez que miré sin éxito el celular para ver si tenía novedades de Franco, me largué a llorar de la mano de un “¡¿por qué?!” sin respuesta alguna.
Al final, Franco fue como una ambulancia que pasa por la calle con la sirena encendida, a toda velocidad, que detiene el tránsito de todos los demás autos, que hace mucho ruido, todo se inquieta y después de que pasó, todo vuelve a ser como fue.
miércoles, 2 de abril de 2014
Y son todos iguales
miércoles, 5 de marzo de 2014
Una casa con diez pinos
Enero es un buen mes para empezar un romance. Mis vacaciones fueron primero y luego vinieron las de Franco, así que yo lo pasaba a buscar por su trabajo y después él por el mío. Mi jefa se dio cuenta de que andaba en algo cuando resoplé porque había que quedarse cerrando los balances del primer mes del año. Ya no soy su niña mimada. Ahora soy la niña mimada de Franco.
Franco me convida de su música, de sus historias. Me lleva de visita guiada por sus cicatrices: la de cuando los llamaron para tomar la merienda y él estaba con sus primos, trepado a un árbol de ciruelas en la casa de su abuela; la de la vez que volvió de bailar más tarde de lo prometido y trepó la reja de la casa de sus padres, con una punta filosa que le quiso dejar mella. Me gusta cuando me cuenta esas cosas, como cuando me cuenta de cómo llegó a libros o discos. Así pasamos enero. Febrero nos tuvo jugándonos partidos de local y visitante día por medio en Castelar. Las tormentas de madrugada nos tenían hablando de sus ex y de los míos, de las costumbres extrañas de nuestras familias, de dónde nos encontraría la vejez. Él espera una casa con un patio, una parra y muchos nietos y yo muchos perros y cerca del mar. Tal vez coincidimos en los árboles.
Era jueves cuando me invitó al cine de Puerto Madero. Había una luna hermosa, casi llena. Caminamos por San Juan hacia la 9 de Julio y nos tomamos un helado en una plaza empotrada en la manzana de Piedras. Una murga ensayaba para el carnaval. “Me gané una beca para estudiar un año en Londres. Me voy en abril”, me dijo Franco, frío.
Nunca me cayó tan mal un helado.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Calaveras y diablitos
Después de debatírmelo profundamente opté por seguir con mi planeado viaje a Las Grutas. Ya tenía las reservas y los pasajes y no iba a dejar de ir por pasarme los días en un monoambiente con un pibe con el que recién empezaba algo, ¿no? No, ¿no?
Dos días duré en Las Grutas. Dos días. Antes de conocerlo a Franco, de una semana de frenesí adolescente, de calor, de cervezas descalzos con Benito saltándonos entre las piernas -Benito es el gato del amigo de Franco- antes de todo eso, tenía planeado pasarme diez días en Las Grutas.
Las Grutas es hermoso. Es una playa rionegrina a la que íbamos con mi familia cuando yo era chica. No sé cómo la descubrió mi papá, contador como yo, pero la amamos todos y ahí íbamos, a ser felices, a jugar, a comer y a reírnos. Después de un 2013 agitado, creí que lo mejor era volver a mí, volver ahí, conectar con esa nena que quería ser bailarina y bailaba en la arena mientras su mamá le sacaba fotos. Quería el agua caliente del mar, la playa desierta, el viento sureño, la arena en los pies. Quería todo eso de vuelta, antes de que Franco aterrizara en mi vida manchada de gris.
Pero cuando llegué a Las Grutas, Dios, qué horror. La ciudad que yo recordaba quedó enterrada entre los puestos de lo-que-se-te-ocurra y gente, mucha gente, por todos lados gente. Yo quería silencio. O mejor dicho, la yo antes de Franco quería la ciudad que era Las Grutas antes del turismo. Y soporté el ruido dos días. Tres, si contamos dos medios días. Chats de por medio, hablábamos todo el tiempo con Franco, nos mandábamos videos, fotos y besos por celular. Dos días. Y me volví a Barracas.
Benito me hizo fiesta cuando llegué y a una de las plantas se notaba que le faltaba un poco de riego.
jueves, 30 de enero de 2014
Esto es eterno
ahora lluvia
ahora fino hilo de algodón
ahora trenza
ahora tanza
ahora telaraña
ahora manta
ahora parche
ahora pañuelo
mañana velo
ahora cinta
ahora cordón
ahora árbol
ahora jugo
ahora pulpa
ahora fruto
ahora semilla
ahora campo seco
ahora pasto mojado
ahora tinta
ahora dibujo
ahora cueva
ahora eclipse
ahora cuerda
ahora lágrima
ahora abrazo
ahora olor
ahora ayer
ahora fin
todo cambia
esto es eterno
viernes, 24 de enero de 2014
Flipareis ahora es un libro artesanal!
Y es un libro artesanal!
Los libros están numerados y pueden elegir las tapas que hay. Son todas distintas y entre ellas pueden encontrar discos de Festilindo, el Trío Los Panchos, Pimpinela o María Marta Serra Lima.
Interesados, pueden contactarme a mi correo: sentadaenlasombra@gmail.com.
Besiiii!
domingo, 5 de enero de 2014
¿De dónde sale la gente solitaria?
La fiesta es en el sexto piso de un edificio antiguo que queda frente al Parque Lezama, sobre la Avenida Colón. No sé si por deshabitada o qué, pero la casa está pelada, como si estuvieran esperando el flete para hacer una mudanza, y sólo hay una mesa con un equipo de música así de grande y una mesa con vasos de plástico y botellas vacías. Ni sillas, ni sillones, ni cuadros en las paredes. Sólo un montón de gente que no conozco y baila. En el vacío de las habitaciones, las cumbias suenan más fuerte. Franco y yo, con la pandereta somos el centro de atención y como buena pareja protagónica, no la compartimos con nadie. Bailamos cumbia colombiana, cumbia peruana y cumbia argentina, en un combinado de pasos quebrados y palabras a los gritos que mantuvimos durante un buen rato. Hasta que yo invito un cigarrillo en el balcón y arriba del cielo de nubes verdes que forman los árboles ahí abajo, en el Parque, Franco me dice que podríamos ir a tocar la pandereta a la casa de un amigo suyo, que se fue de vacaciones y le dejó la llave de su casa, ahí a un par de cuadras.
Y allá vamos.
El sol empieza a llegar y yo, todavía vestida de oficina, con un vaso de cerveza medio lleno en una mano y una pandereta en la otra, me dispongo a subir la escalera del Parque Lezama con él al lado y pienso que ayer cuando salí a trabajar no podía haberme imaginado que terminaría así el día. Cuando llegamos a la casa del amigo de Franco, con el sol entrando por la ventana, Franco me dice que es un buen momento para escuchar Los Beatles. “Revolver sería lo mejor”. Y yo le pregunto qué hay que revolver.
-No, hablo de Revolver, el disco, dice, mientras revuelve entre los cds de su amigo. -¿Revolver un disco? ¿Cómo se hace eso?, le contesto.
Franco se ríe conmigo y cuando enciende el equipo de música, el equipo no enciende. No hay luz.
-No hay luz, dice Franco. Y los dos miramos con un poco de tristeza el ventilador de techo del monoambiente con una única ventana.
-Ah, me parece que yo lo tengo en mi celular.
Franco pone play y suena Taxman. Yo acompaño con la pandereta. Nos reímos hasta que termina y empieza Eleanor Rigby. Franco me tirotea un montón de preguntas: ¿De dónde sale la gente solitaria? ¿Me querés decir cómo terminamos pasando por la misma coordenada, en el mismo momento, anoche en la Plaza Defensa? ¿Y cómo sigue esto?
Y allá vamos.
lunes, 9 de diciembre de 2013
FLIA!
Pero ahora vengo a anunciar algo muy imporrrrrrtanteeeeeeee.
Este fin de semana, 14 y 15 de diciembre, estaré participando de la FLIA, que se realizará en el Parque Lezama. Junto a mi novio Ignacio, estaremos desde después del mediodía ofreciendo nuestras obras: él sus libros de poesía y yo mis compilados de textos de este blog. Además, llevaré las láminas de la muestra de collages que hice en octubre y algunas otras cositas más.
Creatividad para el mundo! Regale arte y haga feliz a un artista!
Los espero!
jueves, 5 de diciembre de 2013
Franca Navidad
viernes, 4 de octubre de 2013
Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
martes, 24 de septiembre de 2013
No siento los pies
martes, 30 de julio de 2013
TOS (Trastorno Obsesivo Soñador)
martes, 12 de febrero de 2013
Oda a mi lancha
-un largo rato en lo sucesivo-
enredado en mis pensamientos
subo al ascensor para bajar en ese recorrido vertical
que hasta ayer hice sentada en la bicicleta y ahora hago apoyada en mis dos pies.
El ascensor es grande, entran once personas pero soy yo y mi tormento
hasta el piso de abajo, que sube la mujer del encargado.
Nos saludamos con un beso, porque es una mujer atenta, una vecina buena
y a mí me agrada compartir el ascensor con ella.
Me pregunta qué tal ando y sin vueltas le cuento
que anoche me robaron la bicicleta, así que ahora a andar a pura pata.
Lourdes se golpea las piernas a la altura de sus brazos colgados
¿cómo puede ser? se pregunta y se re pregunta ¿cómo puede ser?
esto es cualquier cosa, ya no sé a dónde vamos a ir a parar,
pronuncia sin esfuerzo esa melodía de indignación.
Sus comentarios de titular son como males de muchos, pero saben consuelar.
Me pregunta cómo fue y le cuento. Que fui al cine en Congreso, que la dejé atada en la puerta
que cuando salí, ya no estaba. Que encontré medio eslabón de la cadena tirado en el suelo.
Que la tenía desde que cumplí 22 años, que me la habían regalado amigos, mi hermano y un exnovio
al que quiero como un amigo y un hermano.
Que la quería mucho, que le había tejido un pulover, que la usaba todos los días.
Que le había cambiado el cono y el asiento hacía poco, que estaba andando re linda.
Mientras pensaba en todas estas noches en que volví agitada
y todas esas mañanas en que fui a trabajar apurada
cantando los discos de Pez a los que les daba play
en el altavoz del celular
y en los videos de Loco Pro y el de Una Vela,
llegamos a la planta baja.
Lourdes intenta animarme
Madrecita, te compadezco. Aunque yo no sé andar en bicicleta, te compadezco.
Me dice justo antes que separemos nuestros rumbos
en la vereda del edificio.
Con mucho pesar
y después de tanto tiempo
voy hacia la parada de colectivo.
No, yo me compadezco de ella.
martes, 11 de diciembre de 2012
Todo volverá a ser como fue
y yo sé que me siento mucho más fuerte sin tu amor.
Naufragábamos los dos. Vos con tu tesoro encontrado a buen precio, de albahaca, frutillas y cerezas y yo buscando un lugar donde tatuarme un ancla. Casi cambiando de ruta te vi, y te pregunté por qué, justo antes que me recordaras el agua bendita de tus besos malvados. Marea de amor, ola de recuerdos, mar de besos, litros de piel. Como a un mástil, me trepé a vos para abrazarte. Oliendo tu cuello me pregunté si alguna vez voy a dejar de quererte así, tan tanto. Caminamos juntos mientras me contabas historias sacadas de la bitácora que narra aquel tiempo que pasamos juntos (¿o debería decir aquellas tempestades que navegamos a la par?) Te extrañé en cuanto te vi. Si no sé nada de vos, no te recuerdo y ni te evoco. Más bien siento un poco de rencor. Qué pena que una palabra tan linda describa un sentimiento tan feo. Cuando pienso en vos, siento que éramos fuego y pólvora. A veces explosiones, disparos de daño; a veces fuegos artificiales. O viento y barrilete, uno y otro nos alternábamos para hacernos volar o a para dárnosla contra el pasto. ¿Te conté que no encuentro gente con vuelo? ¿Que siento que estoy hablando una lengua muerta? ¿Que ya no quedan más amigos de lo eterno? Sí, te conté. Y me hablaste del miedo que tienen todos de salirse un poco de la cuadrícula en la que está milimetrada su realidad miserable, del pánico al desborde, del terror a cruzar el semáforo en rojo.
Caminamos hasta un árbol (¿hasta dónde si no?) y antes de irte me recomendaste que usara más vestidos y que viajara en transatlántico. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Gotas del mar de amor que supimos concebir.
Al final, me tatué un faro como ese que me regalaste la última vez que crucé el océano. Y ahora veo lo que fuimos menos como un mar, más bien como una inundación en el subsuelo. Tus libros están mojados, también mis fotos tuyas. Tus monerías frente a la cámara ahora parecen una cinta pasada en un walkman con poca pila. O el cuadro ese de Dalí, La persistencia de la memoria.
y lo dejé todo por esta soledad
martes, 4 de diciembre de 2012
Un huracán arrasó mi ciudad
Es mi día libre, porque por más que sea mi decisión trabajar, los días libres son la libertad de la libertad. Entonces lo celebro durmiendo una siesta en mi cama que da a la ventana, por más de que a través de los vidrios no deje de tentarme el sol y la idea de tener un perro de la calle para pasear por el Parque de los Patricios. Pero no. Siesta. En el primer día del último mes del año. Unidades de tiempo, las unidades más únicas de todo el mundo. Mi día libre y luego de pequeños mandados que me encargué y de los que me ocupé temprano, siesta.
Me despierta una multitud, con su costumbre de gritar a coro, de cantar a los gritos, de saltar gritando, acompasados. No están muy lejos, su canto se oye sólido y nítido. No están en mi casa, pero están en mi barrio y las multitudes, gente en estado líquido, ocupan todo el espacio posible. Esta multitud está en su punto de ebullición y los siento en mi cama, en su estado en forma de fluido altamente incomprensible. Le cantan a un globo. Alientan un globo. ¿Cómo se puede alentar un globo?
Un globo es un juguete tibio. No dura más de una tarde. No dura más que una tarde. Aunque no sé de otros chiches a los que se les haya dedicado una película, salvo excepciones, nadie puede decir que un globo fue su juguete preferido en la infancia. Con un globo, ni futbol ni volley, por más de que aparente ser una pelota. Hay que tenerlo bien agarrado para que no se vaya. Y si está inflado con helio y no tiene hilo, se va al cielo de los globos sin escalas. Tenerle amor a un globo es un acto de amor inflado. Un globo que sale de la boca de una persona, dice lo que ella piensa cuando es un personaje. Un pez globo puede ser venenoso hasta la muerte. Un globo terráqueo, un globo aerostático. El globo de un chicle, el globo con forma de corazón que le regalé a mi amor, mi gran amor. La primera vez que vi un globo salchicha. La piñata con forma de globo de mi fiesta de disfraces y los globos de la fiesta con la que inauguré mi casa. Todos los globos que conocí, englobados en ese canto de aliento, gritado por una aglomeración de gente: "¡Y dale, y dale, y dale globo dale!".
Me encantaría despertarme siempre así, por muchedumbres alentando causas que causen gracia. Las flores lilas del jacarandá, las lunas crecientes, un perro cagando en el Parque podrían ser algunas de ellas.
