viernes, 4 de abril de 2008

Hormigas

Casi sin darme cuenta, se ha sumado un conjunto de inquilinos a mi casa. Es una muchedumbre de pequeñas dimensiones, que realizó un arduo trabajo de expedición hasta que se instaló, vaya a saber en qué específico rincón de mi apartamento al sur de la ciudad.
Ante la toma de espacio y el encuentro cada vez más habitual, he decidido llevar adelante una política de enfrentamiento lenta, pero sin duda eficaz: las destruyo, sin piedad, de manera individual.
De esta manera, cuando veo una hormiga (solamente en mi casa, porque a las que están en la plaza les tengo respeto), puedo apagar un sahumerio sobre su lomo, soplarla con el secador de pelo o dejar que caiga, viva, en el inodoro, mientras tiro la cadena. Me regocijo con su pesar.
Al imaginarlas navegar por las cañerías de la ciudad, volar varios metros hasta quedar desorientadas o aumentar su temperatura corporal, creo que van a transmitir -vía antenitas, que sería como nuestro cable coaxil- la información de que la dueña de casa es jodida y así lograré que se vayan.
De frente a esto, me resisto al uso de químicos que me quiten de un plumazo esta cuota diaria de sadismo, y gesto la fe que se irán algún día. Si no, llegaré como el malón de la paz, con calma y en tren y me uniré a su ejército.

lunes, 24 de marzo de 2008

"¡Policía! ¡Desocupen el departamento, en nombre de la ley! Estamos armados, salgan con las manos en alto." Escuché en el pasillo de mi entonces casa. La noche anterior había sido difícil y estaba durmiendo una siesta. Rápidamente atiné a esconder mis escritos y quemar mi agenda. Telefoneé a Graciela, como habíamos quedado, con un solo timbre. Ella se encargaría de todo lo referente a Emiliano, su pasaporte y cómo hacer para llevarlo a México.
En un segundo se derrumbó todo de un suspiro. En un segundo, rememoré ese presente tan frágil, donde todo se me vino encima. Añoré las tardes en lo de Andrés y Rubén, donde hablábamos tanto de muchachas como de nuestra bandera. Recordé aquellos bailes en el club Independiente, donde María Elena me daba unas miradas que ni te cuento, y después me la termino encontrando en la Base. Pensé en el Gordo Rafael y sus crónicas rusas, que llegaban a nombre de "Alejandro Bonifaz", mezclando los personajes de un cuento de Cortázar. Me acordé de las galletitas que me cocinaba la vieja, de los ojos de María Elena cuando nos enteramos de la que venía, del lunar de Emiliano que unía mi lunar en el cuello con el de ella en el pecho. Mi viejo y su laburo en el partido y aquella vez que, orgulloso, me llevó a que empezara en la Juventud.
Si hubiese podido quemar más cosas, hubiese incendiado los ojos cómplices de aquellos que miraban de reojo y con la vista gorda. Prendido la falta de insistencia que tuve con los compañeros de la fábrica que no entendían que ganar la lucha era posible. Encendido al botón del patrón que no se bancaba un obrero pidiéndole haga cumplir nuestros derechos. Eso hubiese quemado, con tal de que nada de esto pase.
Miré por última vez mi transitorio departamento, donde un rato antes había acomodado algunas de las cosas con las que vagaba siempre. Seguían golpeando la puerta. "Capataz", decía el anuncio por el que empecé a trabajar ahí, después que el viejo se haya ido con el Tata Velázquez a escuchar el boxeo. No sabían que estaban contratando a la fiera más temida: la de un laburante con conciencia de clase. Y menos sabía yo que era verdad que esto iba a terminar así, cuando algunos de los cumpas de la facultad hacía semanas que no venían a clase.
En la recorrida ocular, me detuve en las fotos. Creo que quería retenerlas en mi retina. El casorio por la Iglesia había estado tan bueno. Me acuerdo que en la fiesta, el Leo, el hermano mayor de María Elena había comprado un vino re berreta y los muchachos se encargaron de ir a buscar uno bueno, por todos lados, en el Fiat 600 del Gordo. Ese Fiat 600 tenía más historias que la Biblia. Pero estaba tan linda María Elena. Mi mujer, mi mujercita. La primera vez que dormimos juntos, me hizo escuchar Los Beatles en el Winco que le habían regalado hacía una semana los viejos. ¡Y yo no entendía qué decían! Y la vez que la llevé a la kermesse, y le dije que quería casarme con ella, me dijo "Mirá que le tengo que preguntar a mi hermano mayor primero". El Leo era jodido cuando yo empecé a ir a la casa. Y después que nació Emiliano, terminó siendo el cuñado más macanudo que me podía tocar. El Leo. El Leo la amaba a María Elena y según él, ahora tenía que protegerla. Mi María Elena. Yo sé que nos vamos a volver a ver. No sé dónde estás, pero yo sé que nos vamos a volver a ver.
Y nuestro Emiliano. "¿Emiliano?", nos dijo la empleada del Registro Civil, cuando lo fuimos a anotar con Ramírez. "Sí, Emiliano. ¿Por qué?", le dije, desafiante. "No, por nada. Por nada. Chicha, Emiliano se puede, ¿no?", de preguntó a una compañera suya, mirándome de arriba a abajo. Y yo que especialmente me había puesto el único traje que tengo desde los 16. Emiliano, mi pequeño Emiliano. Cuando te amacaba y me gritabas "¡Más fuerte, papi, más fuerte! ¡Hasta la luna!" y en el medio de la noche teníamos toda la plaza para nosotros dos solos. Emiliano, yo me encargué de que guardes lo mejor de mí. Te dejé un montón de escritos que Graciela o alguien de su familia te tienen que dar cuando cumplas los 18. Emiliano. Mi Emiliano. Lo mejor que puedo dejar en este mundo, lleva tu nombre.
Y los viejos. Los viejos se iban a sentir tan mal. Yo nunca pensé que militando les iba a hacer daño. Si ellos estaban orgullosos de todo lo que había aprendido. La vez que la vieja vió que yo estaba leyendo El Manifiesto, me trajo un matecocido con leche y un platito verde con sus galletitas y me dijo "Si te llama Felipe, le digo que no estás, ¿si?". Y el Viejo. El viejo que, cuando yo le contaba que los lápices de mis compañeros tenían etiquetas con su nombre pegado y que yo lo quería hacer también, me decía "Para todos, todo", y no me dejaba etiquetar mis útiles.
Tomé las fotos y me senté a esperar lo peor. Que derriben la puerta, entren y rompan todo, me lleven de las mechas hasta un falcon verde y vaya a saber qué vendría después. Escribí la pared y lo oculté con un escritorio. Respiré profundo. Y me dí cuenta que eran unos niños jugando a hacer aquello que escuchaban cada tanto en sus propios pasillos.

32 años. Nunca más.

domingo, 9 de marzo de 2008

Agoniza lentamente y luego muere en el olvido

Miles de papelitos, de distinto origen, color y sabor, yacen enredados entre otros miles de papelitos , de distinto origen, color y sabor.Una idea que se cuela dentro de la información monocorde que abunda arriba del colectivo, que genera el aroma de aquello que pasó y no volverá, que moviliza una frase oída al pasar. Todos son elementos para escribir, para volcar, para frasear.Algunas de ellas, ideas tenaces, surgen a la expresión y se tranforman en un texto. Otras nacen, crecen, se alimentan, pero no se reproducen en otras letritas.Pocas logran subsistir, pues la mayoría agoniza lentamente y luego muere en el olvido.Tal vez esta sea una de esas.Todas, forman parte de una sensibilidad distinta para observar este mundo que a veces pareciera olvidarse del círculo cromático.

"Trato de aplicar colores como palabras que forman poemas, como notas que forman música".

martes, 19 de febrero de 2008

Apellidos

Las personas con nombres lindos, me caen bien.
Como los rosarinos y los zurdos, me caen bien.
No podría involucrarme profundamente con nadie cuyo nombre no me agrade.
Mínimo, 70%.

Pero en esta inútil aversión, los apellidos se llevan un capítulo aparte.
A mí me gustan cierta clase de apellidos.

A la hora de abrir estos gajos de inspiración, en primer lugar he pensado en la historia de mi amiga homónima cuyo apellido llevaba letras inapellidables como la K, la W, la Z, y la Y, por nombrar algunas de sus 13 letras. Abecedario, le decían en la escuela. Una vez nos apostamos una carrera de una cuadra, y como ella me estaba ganando, simulé una puntada para distraer el resultado.

Aquella otra que cada vez que tenía que dictarlo, aclaraba religiosamente "doble ce, doble zeta". Una vez me llamó por teléfono y yo estaba durmiendo, me dijo "dale, despertate que ya yo estoy despierta" y su egoísmo antionírico me enojó hasta el día de hoy. Otra vuelta le hice el coro de "doble ce, doble zeta" y no le gustó una mierda.

Un compañero de la escuela, cuyo apellido me recordaba a un animal inexistente.
Los de apellidos con forma de nombre.
Los que se escriben de una forma y se pronuncian de otra, como el de un conocido laboral, al que a partir de su aclaración, no sé si escribirselo como se escribe, o escribirselo como se pronuncia, para que lo lea como se pronuncia.

La de apellido con rima lasciva y sus tetas gigantes.
Los apellidos patricios que habitan barrios bajos.
Los que engañan con la ñ y la gn.
Los que llevan s y c juntas.
Los partidos en pedacitos.
Los que delatan una llegada en barco.
Los que en vez de zeta llevan s.
Los que se sublevan a los designios de un empleado del mostrador del Registro Civil.
Los que se pierden con la llegada de las mujeres.
Los que cuando se pronuncian, provocan una brisa en los cabellos.
Los que están manchados de tierra.
Los que significan algo en otro idioma.
Los que encajan como encastres con los nombres.
Los que encandilan con poesía.
Los que arrullan sílabas como pedacitos de algodón egipcio.
Los que coleccionan muchas letras.
Los que engalanan firmas firuleteadas.
Los que huelen a burdel parisino, con humo y acordeones sonando.
Los que llevan recuerdos.

Esos son algunos de los apellidos que me gustan.
En la próxima entrega, tal vez hablemos de las edades.

sábado, 19 de enero de 2008

Sincronización

Cansado ya de cumplir deseos ajenos, el hombre se lanzó a caminar por su pequeño principado. Había pasado, tal como sus antepasados, todos sus días recibiendo suspiros de extraños en todas las lenguas conocidas y por conocer. Desde un auto hasta la sanación de una enfermedad sin cura, desde la visita de un pariente en la lejanía hasta un viaje propio, desde la atención de un amor platónico hasta la concepción de un primer hijo. Todos los deseos habían pasado por sus archivos. De a uno fue cumpliéndolos, en la medida que el tiempo se lo permitía. En sus breves ratos libres, conversaba con las tormentas y los amaneceres rosados sobre las estelas y la fugaz velocidad. Pero entonces había decidido tomarse unas vacaciones por tiempo indeterminado.

Recorrió la nieve en la oscuridad, con el sonido de sus pasos como única compañía. Cuando tuvo ganas de que saliera el sol, sólo chasqueó sus dedos y a la llegada de su máximo jefe natural, tomó agua fresca de un río que no visitaba desde niño. Pensó, entonces, qué querría de aquí en adelante. Algo bastante recurrente para las vacaciones. No pudo escapar de esa idiota tendencia humana de hacer balances sólo para sentirse derrotado. La soledad le había enseñado a llevarse bien consigo mismo, de manera tal que no se decepcionó ante su presente incierto. Luego, se divirtió haciendo formas sobre el blanco prado. Hasta dibujó figuras obscenas, algo que hasta a él lo sorprendió. Silbó la melodía de Yellow Submarine, que había compuesto para alguno de sus fieles, y desandó el camino recorrido.

Habiendo retornado a su base de operaciones, bebió jugo de ananá y se sentó a la gran ventana de su oficina antes de ponerse a trabajar otra vez. Se sintió dichoso: su rol en este universo no era menor y, si bien esa dependencia ajena lo absorbía, supo que formaba parte de una conspiración celestial que, sin lugar a dudas, era más grande que él, por más que su propio papel fuera tan inmenso como imprescindible.

Dudó, y lo reconoció, por un momento de volver a sus tareas habituales. En el lapso entre que se admitió cansado, salió a caminar y volvió habían llegado unos 3.506.034.509 de nuevos pedidos. Con lo cual, no sólo se incrementó su trabajo si no que además debió aceptar que no podía abdicar su trono sin dejar a nadie a cargo. Hasta llegó a pensar en buscar reemplazantes, pero recordó aquella vez que su abuelo se lanzó a la búsqueda de un relevo y el egoísmo hizo desastres de su imperio, causando daños que tardaron años en repararse.

De manera tal, y ya se acababa la compota que tanto le gustaba, que un poco por resignación y otro poco por deber moral, se vio forzado a seguir con su trabajo. Una casa para una argentina; un trabajo para un inmigrante ilegal en Francia, el regreso de un novio furtivo para una neozelandesa y un gato para una niña senegalesa. Todos los pedidos le llegaban religiosamente en botellas herméticas, musicalizados por suspiros. Él mismo se encargaba de traducirlos para entenderlos y llevarlos a cabo bajo una especie de efecto dominó. A veces jugaba con los deseos que le llegaban y los unía en una misma ocasión. Así, se las arreglaba para que todos los que habían llegado de la mano de una misma estrella tuvieran una relación casi inconexa. “Huele una flor en Tokio y bajará la bolsa en Nueva York", había escuchado una vez y algo así era lo que hacía para evadir la monotonía de sus responsabilidades.

Del mismo modo, a veces guardaba todas las estrellas fugaces. Veía desde su vidriado límite con el universo, cómo las gentes se agolpaban a la noche, aguardando por ese pasaporte hacia un sueño que les regalaba el cielo oscuro. Una vez que un puñado de insistentes permanecía encaprichado a la espera de una de sus estrellas fugaces, largaba algunas, casi siempre seguidas, como premio a la perseverancia. Eso lo hacía en algunas ocasiones. Un poco por diversión maliciosa y otro poco para librarse de algo de trabajo.

Era demasiada presión y eso lo cansaba un poco. Como así también lo mecánica que era su tarea: levantarse al atardecer en el Meridiano de Greenwich, recibir los deseos de todos los países del mundo, de derecha a izquierda, de norte a sur, archivarlos, catalogarlos, descartar los estúpida y meramente materiales, cumplir los más urgentes, no olvidar los secundarios. Dormir un rato y tomar jugo de ananá eran sus únicas distracciones durante su horario de trabajo. Pero su función había sido la misma que su padre, y la del padre de su padre y la del padre del padre de su padre, y así desde que a un vivillo se le ocurrió que las estrellas fugaces cumplían deseos y a algún padre de algún padre de algún padre suyo -tan lejano que ya había perdido la cuenta- se le ocurrió que alguien debía ocuparse del asunto.

Retomó sus tareas en el comando de operaciones. Se trataba de un aparato que se asimilaba bastante a una cabina de sonido, sólo que los botones servían para derramar estelas vertiginosas, acaudalar miradas de sorpresa, conservar suspiros y subrayar pedidos con lágrimas de por medio, entre otras cosas. A su izquierda tenía un perfecto mecanismo que sistematizaba las solicitudes por orden de prioridad. A su derecha, sólo unos pocos elementos que colaboraban con su labor, ya que era zurdo.

Los pedidos, que entre su dispersión habían casi colapsado el sistema, se seguían acumulando con su divague. Fue cuando soltó la primer estrella que, casi sin querer, largó un suspiro. Sin siquiera mirarla, añoró que alguien quisiera hacer su trabajo. Como un perfecto conjuro de sincronización, se encontró con el recién llegado reclamo de un frustrado médico norteamericano quien, cansado cómo él de los avatares de su tarea, deseó -mientras se fumaba un cigarrillo en la vereda del hospital donde le tocó hacer guardia esa noche- poder cumplir deseos ajenos. Y fue entonces cuando disfrutó más que nunca de su jugo de ananá.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Rondan tantos mitos sobre la sandía, que cada bocado es una transgresión. Debería darnos verguenza: las bicicletas fueron monopolizadas por los niños. Quién soportaría la luz, viviendo en la oscuridad mental. Fingir debe ser el verbo favorito de la posmodernidad. El mundo está divivido en vulgar o no vulgar. Yo me pongo una máscara y los engaño a todos. Nos hicieron creer que los sabores artificiales son mejores que los naturales. El eco no es sólo reverberancia, también puede ser una idea, latiendo, a la espera de ser concretada. Feliza me muero. ¿Por qué en este sistema, nadie, salvo un puñado de afortunados, puede ser artista? Lo malo que tiene la locura es que todo se lleva una extensa explicación. "Vámonos", me dijo. Tomé mis cosas y partí a su lado. Las calificaciones desvirtuaron su origen. Traidoras. No recuerdo la última vez que alimenté un pato. No usaré paraguas hasta que consiga uno transparente. Pasaré el año nuevo en París. Ayer me acordé de los dibujitos que vimos alguna vez y de lo felices que éramos. Sentimiento jodido la nostalgia. Las hormigas del mundo van a convenir tomar un tramontina cada una y vengarse por cada una de ellas que fue pisada, a propósito o accidentalmente. Aquella vez que cavé un pozo para enterrar las evidencias, sentí que me apoderaba del mundo. Nadie debería eximirse de la dicha de las pieles rozarse al calor de la mismísima nada. "Dar y recibir", o la hipocrecía más grande de la historia. Ahora (que en realidad quiere decir después) te mando el resto. Es jodido meter a un elefante en un sueño. ¿Por qué es tan inquietante el momento de elegir un gusto de helado? Fotos por todos lados, me miran y me recuerdan las mentiras que cometí al momento de mirar la cámara y sonreir. Entonces, no soporté más la ansiedad y dije "Felíz año nuevo", el 20 de diciembre. ¿Cuál fue tu último acto genuino? Diversión es excitación o nada. De vez en cuando prendo las luces de aquella habitación, sabiendo muy bien dónde está la llave, y me siento en el cuarto vacío donde puedo pintar las paredes con mi imaginación. Mantengo siempre la calma porque en mis pies está la salida para todo problema que pueda venir. Los vidrios guardan santas escrituras porque no hay tinta que tape al sol. La monotonía del ruido mecánico debe increpar violentamente la tolerancia hasta que uno se levante y apague el ventilador o cambie el cuerito de la canilla. El tiempo promedio es bastante personal. Siempre amé tus colores oscuros. No esperaré a más nadie hasta 15 minutos después del horario pactado. De lunes a viernes debería ser una palabra. "No me va a pasar, no me va a pasar" y me pasó. Desafío, lo que se dice desafío es desafiar el tiempo y hacer de una buena vez esas cosas que se atrasaron años. El calor no es malo. Lo malo es que te digan que es malo y lo creas.

martes, 30 de octubre de 2007

Vivir sola. Desde ojos inocentes.

Vivir sola es:
-Llenar la cubetera.
-Bailar sola.
-Comer pan con manteca en el mismo lugar donde se cometen acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofenden al orden y a la moral pública ni perjudican a un tercero.
-Sorprenderte con tus capacidades (culinarias, técnicas, artísiticas)
-No tener que esconder nada.
-Encontrarte hablando del clima con una vieja, mientras pagás la factura de luz.
-Comprar en el súper todo lo que quieras, porque ya no hay nada que negociar.
-Hacer relaciones con los vecinos a niveles a gusto.
-Tomar tantas tazas de leche con cacao como quieras.
-No pedir permiso para ir a jugar con nadie ni para traer a nadie a jugar.
-Que un día bajo el anuncio de un posible aumento de alquiler, te recuerden que ninguno de esos ladrillos es tuyo.
-Buscar exhaustivamente por bazares, todo x$2 y demases hasta encontrarte un cenicero cómodo.-Enfrentar sola el miedo a los murciélagos.
-Descubrir que la cinta adhesiva no funciona como cera.
-Elegir la mesa ratona del modelo que te guste.
-Enterarte que el vecino de al lado es percusionista y alegrarte por semejante suerte que te toca en vivo todas las tardes.
-Leer sin interrupciones más que las de fumar, tomar mate o mirar pasar las nubes.
-Descular el tiraje de la hornalla.
-Tomar mate con la yerba que quieras.
-Rentar cepillos dentales ajenos para no sentirte tan sola.
Ella bajó, luego de un largo exilio de los cielos de mi departamento al sur de la ciudad. Había visto desde ahí todos mis movimientos de las últimas jornadas. Y contemplado los caprichos de la luna que la iuluminaba cuando se le antojaba.Lo mismo le daban todas las mañanas, en cambio, cuando el sol la enceguecía en el mismo empecinado ángulo y sólo respioraba del resplandor cuando las lluvias asomaban.
Tal vez alguna vez se preguntó por qué de todos los ángulos, de todos los departamentos al sur de la ciudad; de todos los departamentos de la ciudad, ded todos los del país o de todos los de este continente, justo a ella le había tocado caer en uno con un ventanal eorme, casi oceánico para su pequeñez.
Sin embargo, nada parecía atravesarse entre su casa tejida c on paciencia y sus cacerías de mediatarde. Ni las alas veloces y espásticas de sus víctimas podrían interponerse a su hambre. Y la torpeza de su mejor manjar, que se chocaba una y mil veces contra un vidrio hasta estallar en la punta de su lengua, sumaba elementos a su felicidad.
Llegado el momento, formaría una familia, enseñaría a sus retoños a vivir su vida misma y ellos, como ella, aceptarían proija y sumisamente.
Pero este jueves de octubre quiso que de algún lado le llegara el perfume de la curiosidad. Como si un gato le hubiese enviado con el viento una maldición hecha fragancia. No supo, no sospechó que esa osadía sería su últiumo acto y bajó.
Bajó, trapada de esa lana fágilmente irrompible, sostenida sólo por su coraje y las ganas de buscar otro ángulo, otro rincón donde hechar su estático camino.
Y cuando bajó se encontró conmigo. Conmigo, la muerte. Su muerte.
Pero bajó, y eso es lo que importa.

miércoles, 17 de octubre de 2007

Ni la leve desilusión que esa voz en el teléfono pertenezca a otra persona, distinta a la que voló por la línea hasta mis pensamientos. Ni que en mi infancia no me hayan dejado tomar de pico de la botella. Ni que nunca encontré un trébol de cuatro hojas o un as de espadas; pero sí 5 centavos cuando me faltaban 10 para el colectivo. Ni que he comprado anillos hermosos que jamás he usado. Ni que los secretos hasta y el desafío de contarlos y pedir que tampoco sean guardados siempre me pareció estúpido. Ni que soy sensible a los videos de música, los perros rengos y el sonido de un tenedor arar un plato. Ni que me enceguezco hasta recordar esa palabra que no me acuerdo. (¡Coincidir! ¡Ésa era!). Ni que nunca leí a Nietzsche. Ni que detesto tener sólo el recuerdo de la siesta. Ni la resignación idiota -que como todas las resignaciones, reflejan el costado más miserable y haragán de un ser humano- a que mis suspiros sean monopólicos.
Nada de eso me impedirá escribir en este blog.