martes, 29 de noviembre de 2011
Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.
Pero no, vomito lo que tomo o como mientras estudio. Y con el amargor de mi propia bilis en la boca, salgo al balcón a fumar un cigarrillo. Hace mucho calor. Son las cuatro de la mañana. Pájaros ya cantan y en una hora será de día y yo sin haber terminado de estudiar. Mañana parcial y yo escupiendo por la nariz. Un cigarrillo más y el cáncer en la boca dentro de 20 años me recordará esta noche en que el lenguaje es un invento, una traducción.
En el balcón, mi vecino también fuma, acostado en cueros en su hamaca paraguaya. Las ojotas reposan en el suelo y apenas salgo "¿parcial?". Sí, respondo. ¿Cómo sabés?, pregunto.
-Te oí vomitar desde el baño, me contesta.
-Y vos, ¿qué hacés? pregunto ahora yo.
-Nada. Guadalupe estaba de malhumor, discutimos y me vine a leer acá. Le debe estar por venir.
-Odio ese chiste machista.
-Bueno, mirá a quién se lo hago yo también.
Nos quedamos un instante en silencio, mirando el cielo del sur, hacia Avellaneda, Lanús y Quilmes. Más allá está La Plata y Fede vuelve mañana de España. Tal vez si respiro fuerte, respiraré su mismo aire.
-¿Querés venir? le propongo, después de exhalar un anillo de humo.
-Dale, me responde cerrando su libro.
En menos de un minuto estamos desnudándonos y en poco más de dos, nos estamos haciendo el amor. Yo le tapo la boca, él me la tapa a mí. Del otro lado de la pared duerme su novia y no tiene que enterarse que yo estoy moviéndome a su novio. Digamos que los cuernos le crecen en dirección directa hacia donde se los meten. Ella sospecha, yo sé que ella sabe. Una vez él me dijo "es increíble, ustedes son como animales. Enseguida sienten la presencia de otra de su especie. Enseguida se huelen". A lo que yo respondí algo que aprendí con esta puta materia: lo único que nos diferencia de los animales es haber desarrollado el lenguaje.
Para cuando terminamos el asunto de jugar a la escondida-sexo (porque si existe la mancha-pelota, esto puede llamarse escondida-sexo), el chirrido de-falta-de-WD40 de su puerta y enseguida nomás Guadalupe golpea la mía. "No, chiquita, no está tu novio acá. ¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no tengo nada con él? Y ahora, disculpame, me tengo que ir. Estoy con alguien que no es tu novio", le contesto envuelta en una sábana, con la puerta apenas abierta, mientras ella otea hacia adentro como una osa que perdió a su crío. Podría decir que en mi respuesta hay una mentira blanca, una de esas mentiras relativas, que son mentiras dependiendo de cómo se las interprete. En mi cama me espera mi vecino, que era mi vecino desde antes que fuera su novio, así que.
Vuelvo a la cama con cuatro vasos. Dos vacíos, dos con agua. Con los dos con agua nos calmamos la sed, nos mojamos la piel. Con los vacíos alargamos las orejas sobre la pared. Escuchamos a Guadalupe putear, llamar al celular que suena en la misma casa donde ella está y putear de nuevo. Yo prendo un cigarrillo en la oscuridad y lo apoyo sobre sus labios, sentados los dos, de frente, sobre la cabecera de mi cama. Nos quedamos escuchando a su novia hasta que sentimos el sonido de llaves, el portazo y la llamada al ascensor. Ella salió a buscarlo y él va aprovechar para volver a su casa, como si nada hubiese pasado. "Chau, estudiá mucho", me despide con un beso en la boca, las dos manos sobre mis orejas, una de ellas con el cigarrillo.
Vuelvo al escritorio. La pila de apuntes crece, algunos vuelan con ayuda del ventilador, que también me apaga los cigarrillos más rápido. Voy a la cocina, me como una naranja. Para cuando termino de leer el primer párrafo al que le estoy dando vueltas desde hace cuatro horas, otra vez las náuseas, otra vez la necesidad de doblarme arriba del inodoro. I look like Stan Marsh. La naranja sale de mí. Las gotas de jugo encapsulado, esparcidas sobre la porcelana blanca. Me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos y la nariz mojada. Vuelvo a tomar más agua y vuelvo al balcón a fumar otro cigarrillo. Escucho entrar a Guadalupe. Escucho la discusión y las mentiras, escucho los portazos del armario, las falsas promesas de final. Vuelvo a mis apuntes y sigo sin entender nada sobre la estética de la distracción.
lunes, 28 de noviembre de 2011
Los resortes simbólicos
tanto mecánico. Sacar las cosas de los muebles, acomodarlas en cajas;
rotular y ordenar las cajas. Tirar lo que hacía mucho que no usaba. La
mañana del último sábado del mes fue el momento elegido para guardar
su todo. Acostumbrada a vivir en un constante no- rutina, los trabajos
mecánicos no le gustaban para nada. Pero el fin del contrato y varios
contratos en el mismo departamento fueron suficientes motivos para
agarrar los clasificados y buscarse un cambio y otro lugar para vivir. Se
levantó a media mañana, le dio play a un mp3 con todos los discos de Os
Paralamas y empezó a desarmar la escenografía de su vida hasta entonces.
Días atrás le había pedido al chino del supermercado que le guardara
algunas cajas de cartón. Empezó guardando la ropa de invierno y las cosas
que menos usaba. Después siguió con las cosas de la cocina, dejando afuera
lo indispensable. Sartenes y ollas que estaban llenas de tierra, parecían más
un adorno que un utensilio. Luego fueron las del baño. Tiró más de diez
botellas y frascos de productos de belleza vencidos que seguramente habría
comprado por impulso. Separó lo que usaría hasta el día de la mudanza.
Mientras agarraba cada cosa que guardaba, recordaba cómo habían llegado
a sus manos. La campera gris que se compró antes de viajar a Neuquén. El
rallador de queso que le regaló su hermano cuando se mudó sola. Las copas
verdes que habían sido de su compañera de tango. El perfume que su prima
le había regalado a su mamá en Navidad y que ella cambió por el suyo sin
que nadie se diera cuenta.
Después de los compacts, lo más difícil era embalar los libros. Eran unos
cuantos y ocuparían demasiadas cajas, así que pensó que lo mejor sería
apilarlos y empaquetarlos con cinta y pedazos de cartones para proteger los
bordes. Sabía que esa parte le podía tomar un buen rato, así que preparó
el mate y después del mediodía empezó por el estante de los de fotografía
y arte, los únicos que sí puso en una caja. Luego, el estante de arriba de
todo, el de los escritores angloparlantes. Y otra vez el inventario mental.
Uno con una traducción genial, otro que se compró en las vacaciones en
Córdoba con Julia. Un usado del Parque Rivadavia, otro robado a un ex
novio. Después vinieron los nacionales. Uno robado en la calle Corrientes,
otro que nunca le devolvió a Jerónimo, uno encontrado en la Costanera Sur.
Estornudaba al sacudir el polvo. Abría páginas al azar y tomaba traguitos
de oraciones. A algunos les revisaba las hojas con el pulgar izquierdo.
Ya sonaba un disco en vivo para cuando encontró un boleto de colectivo
entre las hojas de uno de historietas de Max Aguirre. Los hojeaba sin
ninguna expectativa y tal vez por eso le sorprendió tanto tropezar con un
pasaje en 55 de noventa centavos, del 15 de julio de 2008 en las páginas
de Los Resortes Simbólicos, ese que compila sus tiras del blog colectivo
Historietas Reales. No recordó de dónde había sacado ese libro pero más
le preocupaba no saber de dónde hacia dónde había ido a las 19.48 de un
día de hacía unos años atrás. La duda la dejó inquieta. ¿Por qué habría
guardado el boleto de un colectivo que nunca toma? ¿Por qué en un libro
de historietas? ¿Hacía mucho frío esa tarde? ¿Llovía?
Casi como un recreo, decidió buscar las respuestas. Fue hasta la PC. Había
sido un martes. Por ese entonces, los martes estudiaba alemán hasta las
siete y media. Así que el martes no era respuesta suficiente. Buscó entre
las cajas ya cerradas, la que tenía guardados sus diarios. Una vez abierta,
buscó el diario de esos días. El 15 de julio no había escrito nada. Pero sí el
14 y el 16. Se leyó a sí misma antes y después de tomar ese colectivo pero
no encontró nada que aporte a su investigación. Un examen de alemán, un
corte de pelo en luna creciente, la dueña del departamento que tal vez lo
venda. Ser la detective de sus propias huellas la distraía un rato de lo que
hasta ese momento le había resultado tan insoportable y automático. Pensó
si el día que se muriera, alguien repararía en el orden de sus libros, en las
confesiones de sus cuadernos. Si yo me muriera, ¿alguien revisaría todas
las cosas que siento?, pensó. Y siguió buscando en la segunda mitad de
julio.
Sentada en el suelo, se sirvió otro mate. Eduardo, su gato, aprovechó para
robarle unas caricias. En julio de 2008 Eduardo no existía ni en sus planes.
Pero sí existían las clases de alemán en Caballito, la pileta de la Facultad de
Derecho, algunas peleas con los compañeros de aquel trabajo inmundo y un
novio que había sido su amante durante mucho tiempo y que fue su novio
durante muy poco. De eso hablaba en ese diario, que terminó pocos días
después. Muchos cambios de aquel ahí y entonces a este aquí y ahora. Todo
menos la relación con su madre, claro. Pero nada de eso aportaba para
saber el origen de ese boleto que a pesar de los meses mantenía congelados
en tinta una fecha, una hora y un lugar.
Buscó el diario que empezaba a fines de julio. Para entonces, ese novio ya
era un ex novio más, Julia se estaba preparando para irse a vivir a Nueva
Zelanda y ella estaba dejando de fumar los mismos cigarrillos que ahora
dejó sobre la mesa, al lado del mate. Además, estaba buscando un trabajo.
Cuando lo encontró, anunció con letras grandes y coloridas: “¡Tengo un
nuevo trabajo!”. Con la indemnización que le dieron cuando la echaron de
ahí compró el sillón en el que estaba leyendo el cuaderno que hablaba de
agosto. Pero ni indicios de a dónde había ido en 55.
Mejor seguir embalando, se dijo. Devolvió los cuadernos a su caja y la
encintó. Mientras guardaba los otros libros de historietas, seguía pensando
qué la había llevado a tomar un colectivo que nunca. Disfrutaba del
recordar. Miraba un punto fijo y trataba de recordar si esa tarde hacía
mucho frío o llovía. De recordar de qué color estaba su ánimo. De recordar
en qué parada lo habría tomado y en cuál habría bajado. A dónde había ido,
eso no podía recordarlo. Recordó que recordar significa volver a pasar por
el corazón. Para ese entonces Jerónimo ya no vivía cerca del 55, recordó. O
tal vez el boleto tendría mal la fecha. Pero si así hubiese sido, no lo hubiese
guardado, pensaba.
Cambió la yerba y llenó otro termo. Un cover de Charly García en
portugués reverberaba en un monoambiente que se comía a sí mismo y ella
tomaba un mate espumante. Siguió guardando cosas. Desde la heladera
desenchufada, el ruido del hielo descongelándose asustaba al gato. Entre
las facturas viejas encontró la foto con su papá que hacía meses que
buscaba sin éxito. Recordar es volver a pasar por el corazón, se repitió.
Entonces, puso Siempre es Hoy, de Gustavo Cerati. Uno de los discos
que había dejado apartados hasta que venga el flete. Volvió a los libros de
historietas. Había dejado el boleto sobre el estante de la biblioteca. Abrió el
libro para guardarlo de vuelta con misterio y todo. “Vivo yéndome y nunca
sé hacia dónde”, leyó en la página donde lo había encontrado.
lunes, 7 de noviembre de 2011
La cordura de sentir
-¿Qué tal? ¿Todo bien?, me preguntó.
-Sí, sí. Todo muy bien. Vos, ¿qué tal? ¿Todo bien?, contesté, ya con los labios adheridos a los dientes,
-Sí, sí. Por suerte.
Agradecí a Dios que no me preguntara nada más, porque con tal extensión de dunas reposando sobre mi lengua se me complicaba el asunto de pronunciar palabra. Por un momento pensé que eso de pensar, de sentir lo que pienso, de pensar lo que siento, de decir que tengo la boca seca a causa de esto que siento, nada de eso sin saliva. El pensar y el sentir no pueden verse, pero con saliva uno puede pegar sobres y estampillas y escribir una carta. Y no habíamos salido aún de la planta baja.
-Apretaste el tercero, ¿no?
-Mmmhmm, asentí a labios cerrados y afirmando con la cabeza.
Sentí sus enormes ojos marrones encima mío, hamacándose en mi pelo. Me dispuse a buscar un paquete de caramelos de miel que tenía en la mochila, aunque no sabía si lo llevaba conmigo o no. (En realidad, el asunto era perderme en algo, salir de la escena. Buscar algo es una de las mejores distracciones del mundo. Se la recomiendo mucho a los neuróticos del orden: de tanto en tanto dejar algo fuera de lugar y olvidarse dónde, para después buscarlo por todos lados. La búsqueda y el encuentro qué bellas sensaciones son).
El asunto de la boca seca no fue nada a comparación con lo que sobrevino después. Todavía faltaba piso y medio para que sonara el timbre de llegada cuando el corazón se me empezó a agitar. Ni seis pisos por escalera me hubiesen dado tal taquicardia. (Antes de apagarme, tengo que explotar). A punto de perder el control, sin haber encontrado los caramelos, me apoyé en la pared del ascensor, a ver si así me calmaba un poco. Miré para arriba y respiré profundo, pero mi corazón desoyó mis órdenes y cada vez latía más fuerte.
-¿Escuchás eso? ¿Será del ascensor?, me preguntó, la voz un poco elevada.
-Nosé, respondí rápido, como pude. Y levantando los hombros, como si el asunto no fuera mío.
Las primeras veces que fumé porro, la boca seca me causaba gracia. Eso y creer que me había meado encima. Pero esta boca que no me dejaba hablar, estos segundos que parecían días eran el peor efecto que soporté. Esta droga que hace que mis diálogos internos sean con él, que me hace suspirar y querer encontrarlo por todos lados. Esto de andar dopada y confiar en que todo será bueno. Y mantener la boca cerrada no es suficiente para no hablar del tema. Y el silencio del ruido de la máquina del ascensor se ve golpeado por las huellas que dejan mis latidos.
-Es raro, ¿cómo no escuchás? Cada vez suena más fuerte y más rápido.
Y sin hablar hice ese gesto con la comisura de los labios hacia abajo, como-queriendo-decir que no sabía de qué me estaba hablando, de qué ruido habla, si no se sentía nada.
El ascensor empezó a vibrar al ritmo de mi corazón. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte.
-¿AHORA SÍ LO ESCUCHÁS? me gritó.
-NO, NO ESCUCHO NADA, le contesté.
-ES COMO DE UNA MÁQUINA ENORME, O COMO EL GALOPE DE UN CABALLO QUE TODAVÍA NO FUE DOMADO, CONTRA UNA PARED. ¿ESTARÁN HACIENDO REFACCIONES EN ALGÚN PISO?, me preguntó.
-NI IDEA, dije a los gritos.
-QUÉ RARO, PORQUE SE ESCUCHA MUY FUERTE, subrayó.
Para cuando llegamos al tercero, mi corazón no nos dejó escuchar el claxon. Él atinó a abrir la puerta tijera, pero yo lo hice antes. Quería salir rápido e ir al baño, antes que el café con leche y el alfajor que había merendado antes de llegar, saliera de mí a humedecerme la boca.
martes, 25 de octubre de 2011
Sin ir más lejos
Todas las mañanas son iguales,
lindas, novedosas y especiales(*).
Desde hace algunos meses a esta parte del tiempo, que por las mañanas salgo a caminar por el Parque Ameghino. A veces con música, a veces con el silencio de mi propio pensamiento (¡ojalá!). Con la radio, jamás. No puedo permitir que el estado del mundo me amargue las primeras horas del día. Para mí, la mañana es la adolescencia de la jornada: todo por hacer, tantas posibilidades, tantas horas por delante.
Antes de que fuera mío, conocí el Parque Ameghino hará unos diez años atrás. Esperaba un colectivo que no recuerdo cuál era, pero que me llevaba a la casa de una novia que tuvo mi hermano. A esa novia le debo varias cosas, pero la que más le voy a agradecer fue una noche que me dijo que tenía que lavarme los dientes antes de irme a dormir, siempre. Hasta entonces creía que si me salía una caries, pues, me sacaban el diente y me crecía otro. Tenía 11 años y los mismos dientes que tengo ahora. Y desde ahí, no hay cansancio que venza el ritual de apretar el tubo desde el fondo.
Entonces estaba la cárcel, era de noche y el panorama era casi opuesto al que siento en las mañanas que salgo a caminar. Hace unos años leí Sed, de Guillermo de Posfay, que tan bien supo pintar esta postal. Transcribo:
…También andábamos mucho por los alrededores de la cárcel de Caseros. Era un lugar desgarrador. Nos recostábamos en los jardines del Hospital de Niños y pasábamos horas saturninas oyendo los gritos de los presos. Gemidos en su más baja y prolongada expresión. Durante todo ese tiempo no decíamos nada. Algunas frases reflexivas y sólo eso. Más bien tratábamos de comprenderlos, de situarnos al límite de la libertad para examinarla completa. La cárcel tiene la forma de un ladrillo hueco parado sobre su lado angosto. Los agujeros de los motines están por todos lados, como si hubieran resistido un bombardeo. Las ventanas están cubiertas de bolsas de basuras, lonas, parches. Contemplás un rato el edificio y te ensuciás los ojos. Los hombres se asoman por los agujeros como gusanos. Extienden los brazos hacia fuera, tratando de mojarse con libertad. Debajo hay una calle de empedrados grises donde sin embargo el pasto y los yuyos crecieron con fertilidad. Parece una calle de campo. La naturaleza pelea desde lo cimientos, una buena imagen de esperanza. Los familiares de los presos les gritaban sus cosas, prometiéndose cartas y esperas. Sin embargo, mientras existía el diálogo, la voz de los presos era más imperativa, más enérgica, más valiosa. Los que esperaban por entrar eran gente humilde que cargaban niños y bolsas. A juzgar por aquello los únicos delincuentes parecen ser los pobres. Los carceleros los trataban mal, porque para ellos los familiares de delincuentes de alguna manera también son delincuentes.
Este Parque que hoy camino no tiene ya esa cárcel enfrente. Tampoco es el jardín del Hospital de Niños. Es del otro lado, sobre la Avenida Caseros. Pero andar por este aquí y ahora es andar también un poco por ese ahí y entonces y pienso que esa cárcel que ya no está, yo la vi comerse a sí misma a medida que la iban demoliendo hacia adentro. Y que una cárcel es a la arquitectura urbana lo que la soja al suelo fértil: luego de su paso, nada bello puede germinar ahí. Que no está más, pero que alguna vez fue un punto más en la línea manicomializadora, formada por hospitales y psiquiátricos. Y que, irónicamente, este parque alguna vez fue un cementerio.
En esas mañanas, en un parque que fue un cementerio, que queda frente a una cárcel que ya no está, mis mañanas son menos mañana y son más día vivo, día puro, lleno de sangre joven. En esas mañanas camino y el sol me pega en la cara, perros pasean dueños y paseadores, oigo a los chicos para la escuela, veo chicas de pelo mojado, vestidas de oficina y miro travestis vestidas de travestis, que van al Muñiz.
Los hábitos traen el encantador secreto de los actores secundarios. El vendedor de café que llega a las ocho puntual a la puerta del Hospital y que ya debe tener –imagino yo- una sociedad con el vendedor de chipás. Las dos canas que se la pasan paseando por el Parque. El dibujante. El acomodador de autos que me controla las vueltas que le doy al Parque. Un poco me hacen sentir en un Truman Show, cada uno con su número. Mi buen día y su buen día me dan la pauta que todo está donde debe estar. Suspiro. Ellos en su puesto, en su rol y yo en el mío. Caminar.
Salí con el mp3. Los Beatles. Cecilia siempre me dice que yo agarro las bandas cuando ya fueron. Y que un día le voy a decir: “no sabés, estoy escuchando una banda genial. Son de La Plata. Se llaman Los Redonditos de Ricota. No sabés lo bien que suenan. Me parece que la van a pegar”. Magical Mystery Tour. En realidad tengo todos los discos juntos, no vayas a creer que tiro ese disco para hacerme la pulenta.
Estoy en medio del mambo hasta que noto que tengo un cordón suelto. A riesgo de que un auricular se escape de mi oreja y se interrumpa así este momento MTV, me agacho a atarlo y, en el suelo, a centímetros de mi zapatilla veo una vaquita de San Antonio. Me ato el cordón, la miro un poco, le pongo el dedo a ver si pica y la hija de puta despega. Me quedo pensando en la noche que me regalaron una estampita de San Antonio. Sigo caminando.
En eso me para un señor. Me quito el auricular y le pido que me repita. “Que qué estás escuchando”, me reitera.
Hace algunos días publiqué en mi Facebook un video de una gente que pasea por el mundo grabando videos de gente que camina por la calle y a la que le preguntan qué está escuchando. Por un momento creí haber caído en esa especie de cámara no escondida, pero no había cámara y no creo un señor como este –pelado-con-pelo-largo y menos dientes que un niño de seis años- ande por el mundo preguntando a la gente qué está escuchando. Sobre todo porque ante mi silencio, repreguntó “en el walkman, ¿qué estás escuchando?”.
Saco el mp3 del bolsillo del canguro y busco el título. Qué bueno eso. Con el walkman uno no podía saberse el título de los temas, a menos que anduviera con la tapa del cassete encima, cosa que nunca. “Baby you’re a rich man’, de Los Beatles, don”, le contesto sin más, mientras pienso que seguramente me dirá “ah, los Beatles. Esos sí eran buenos”. “Buen tema para cagarse a trompadas en la calle”, me retruca. “Tal vez en otro momento. Ahora no tengo el tiempo”, le respondo.
Sigo la marcha, y pienso en las escenas ultraviolentas de La Naranja Mecánica y Beethoven y Singin’ in the rain” y esas podrían ser buenas cinco del viernes: cinco canciones para cagarse a trompadas, hasta que veo que el tipo me sigue y me dice que no era su intención cagarme a trompadas, me jura, y que le salió salirme con eso porque –señalando la cárcel que ya no existe- el la conoció bien y estar por el barrio lo pone nostálgico. Yo diría violento. O nostálgicamente violento y violéntamente nostálgico.
“Yo tuve una vida larga, hice todo lo que hice. Y así me fue. Bien. Así como me ves, yo tuve mucha plata. Heredé como decirte 500 mil dólares de ahora cuando tenía 25 años. Recorrí Europa, vi a Frank Zappa a King Crimson. Volví, me casé, tuve una hija. Mi mujer me dejó y se llevó a mi hija a vivir a Holanda, cuando la nena tenía 3 años. No la volví a ver nunca más. Caí en una depresión que casi me mata. Veinte días sin comer. Salí en los diarios. Después me mandé una cagada y me comí seis años ahí adentro. Ya no me queda mucha piola y a veces ando por acá, de visita por el barrio. Ahora estoy viendo si puedo vender esto. Es veneno para ratas cortado con cocaína. ¿Te interesa? Me parece que no, pero por ahí sabés de alguien. Decime, no serás católica vos, ¿no? Porque viste que la Iglesia condena el uso de condón y el consumo de drogas. Dentro de poco se van a manifestar en contra de la metamorfosis de las orugas. Bueno, ¿sabés de alguien? No, ¿no?”, me ametralla a palabras la mañana el viejo, sin dejar los ojos quietos ni un instante.
“¿Qué vas a saber vos? Si mirá, hacés vida sana. Haga vida sana, haga vida fina. Yo prefiero la vida fina. Es más cara, pero qué buena vida. Vos pensaste que cuando te pregunté qué estabas escuchando, dijiste ‘uh este tipo, ¿qué me va a decir?’. Pero yo te voy a decir, este tipo puede cambiarte la vida. Porque, mirá, este mundo y yo... es como querer calentar agua poniéndola al fuego en un vaso de plástico. Pero mirá, yo te digo una cosa, hoy te van a dar una buena noticia. Tiene que ver con un trabajo que te van a ofrecer. Un trabajo con alguien a quien vos querés mucho. Prestá atención, oíme bien. Vos atate un lazo de color naranja en el revés de la campera. Vas a ver. Te vas a acordar de mí y no lo vas a poder creer. Y no arrugues, nena, eh. No arrugues. Yo arrugué un montón de veces y mirá, acá estoy, queriendo vender esta mierda en este parque de mierda. Mi vieja me decía siempre ‘no seas pajero, no seas pajero’. Pero yo no le daba bola. No podía parar. Y así se me fueron los laburos y las minas. Para los hombres los laburos y las minas son los dos ordenadores de la vida, ¿entendés? Las minas te ordenan la cabeza y los trabajos te ordenan el tiempo. Pero ¿qué pasa? si tenés una, no tenés el otro. Es como la plata y el tiempo. O la manteca y el pan. Y siempre queda la masturbación. Pero la paja es una anestesia para los que nos sacamos un NDI en el amor. Fah, te maté con el NDI, ¿no? Yo tenía un pibe que me vino con que se sacó un NDI y yo pensaba que se había hecho un documento trucho, pero no, era otra cosa. Era otra cosa, ¿me entendés? Era otra cosa”. Y escupe algo que no existe y sus palabras son pases mágicos y yo veo volar los corazones y las picas de sus dichos y trato de descubrir el truco, cuando me doy cuenta que no hay manera de escapar de él, y que, creyendo que era yo la que estaba apurada, caí en la conejera y no hay retorno.
“No te interrumpo más, porque parece que estás apurada. Te regalaría esto, porque si te sale lo que pude ver que te está esperando, lo vas a necesitar”, me asegura luego de guardar el agnolotti en el bolsillo de su jean gastado, con una de sus manos sucias y callosas y con la otra sacado de su cinto algo parecido a una armónica. “¿Una armónica? ¿Para qué voy a necesitar una armónica?”. “Nena, ¿qué armónica? Es una navaja. La gente puede ser muy salvaje en la calle y hay que estar preparado para cuando alguno quiera venir a hacerse el rey.”
Las fiestas de egresados de la escuela de la calle son los velorios, recuerdo para mis adentros a Mafalda enojada con Susanita y le digo al viejo sin dientes que, si me disculpa, quisiera seguir caminando. “Pero por supuesto, nena. Hoy se vive de prepo y se duerme apurado. Hoy se llega a empeñar al amigo más fiel, nadie invita a morfar, todo el mundo en el riel (**). Igual, me voy a tomar ese 6. Jugale al seis, que a la tarde seguro sale. Y tomá, esto. Te portaste bien conmigo, te lo merecés”.
El viejo se aleja corriendo, rengo, y me tira un papelito. Por el tamaño y el vuelo, podría ser un naipe. Me acerco al suelo y lo agarro. Es una tarjeta de subte, usada. Tiene una publicidad de la película en la que actúa Alan Pauls, La Vida Nueva y es de 1 viaje.
...no cambia nada estar un poco sucio,
si mi cabeza es eficaz(*).
(*) Sucio y Desprolijo, Pappo's Blues. Autor: Norberto Napolitano
(**) Al mundo le falta un tornillo, Julio Sosa/Carlos Gardel. Autor: Enrique Cadícamo.
sábado, 22 de octubre de 2011
domingo, 16 de octubre de 2011
Obra en Construcción:: muestra de fotos

Fotos x Nadia Mansilla
Estas son las fotos de una obra en construcción.
Durante el invierno de 2010, todas las mañanas a las ocho, los albañiles empezaban a trabajar enfrente de mi casa. Puntuales, a cielo descubierto prendían la radio, silbaban canciones, se gritaban indicaciones, martillaban, cortaban fierros y maderas, cargaban ladrillos, mezclaban cemento, arena y agua.
Mientras tanto, yo trataba de dormir. El duelo ocasionado por la muerte de mi padre, me provocaba -entre otras cosas- insomnio. Cuando los obreros empezaban el día, yo estaba logrando terminarlo, después de haber pasado la noche sin poder parar de pensar, escuchando música, escribiendo o mirando fotos viejas.
Los miré desde mi ventana hasta que una de esas mañanas empecé a fotografiarlos. Así pude ver el avance de la edificación, el trabajo sostenido, los cambios de planes y cómo los árboles de alrededor cambiaban el follaje.
Esos albañiles me dieron el indicio más certero de que la vida seguía adelante.
Esa obra en construcción era también mi obra en construcción.
Nadia Mansilla nació en 1982 en Merlo, al oeste del conurbano bonaerense. Periodista de oficio, trabaja en el área de Comunicación y Difusión de la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA) desde 2004. Paralelamente, fue redactora en organizaciones sociales, contacto de prensa para bandas y periodista de rock. Amante de las expresiones artísticas, curiosa, observadora e inquieta, aprendió en 2007 a sacar fotos. Desde entonces practica ese hobbie con una máquina analógica. Luego de intentos fallidos en Derecho, Periodismo, Filosofía, Comunicación Social, y Artes, actualmente estudia Traducción Literaria en Francés. Escribe en la revista Músicas del Mundo y en sus blogs Flipareis y De Oficio Periodista. Vive en Buenos Aires.
Esta es su primer exposición.
(( Fotos ))
Nadia Mansilla
Inaugura: 20OCT11 19hs
Cabrera 3653, Palermo.
Cierra: 30OCT11 (de 18 a 22hs)
jueves, 13 de octubre de 2011
La otra vez fui a la Bond Street y me sentí un viejo choto
Yo sabía que él iba a ir a la fiesta. Casi que fui por eso. Fui por eso. Con mis mejores cartas, mi mejor corpiño y un San Telmo Syrah al que sólo le saqué los ojos de encima para mirarlo a Mauro. Estaba dispuesta a investigar a fondo hasta encontrar un indicio de onda. Hace varios meses que venimos jugando al ni si ni no, ni blanco ni negro y ya tenía ganas de saber si era yo el objeto de su deseo o si las veces que me pidió la abrochadora era porque de veras la suya no tenía más ganchitos.
El jueguito de las miradas -observaba cuando me distraía del asunto Mauro- funciona de manera similar en todos los seres humanos. Sigo sosteniendo que por más blackberry y facebook, a los seres humanos nos cuesta cada vez más comunicarnos. Mientras yo lo miraba cuando él no me miraba y él me miraba cuando yo hacía que no lo estaba mirando, pude notar el mismo juego entre otras duplas en la fiesta. Te doy mi teléfono, te toco la mano, me muerdo el labio, me junto el pelo despacio, casi sin querer, pero te me acercás a robarme un beso y te pego un carterazo en la sien por desubicado, sería más o menos el temita con el asunto ese de ensayar la reproducción.
Justamente, le comenté a Érica qué jodidos estamos. A lo que ella me respondió “nos venden comunicación para descomunicarnos. Yo lo dije un montón de veces en clase y quedé como Caruso, con todos mirándome como si estuviera loca”. Caruso es uno de sus alumnos de Lengua, en un 5º año que la estrena como profesora, un par de horas a la semana. De tan inteligente, Caruso es un imbécil. Y con ese apellido, ella no sabe si retarlo o darle un abrazo fraterno.
Érica no me ayuda con Mauro en absoluto. Puede decirme que es gay y al rato decirme que tal vez le gusta hinchar las pelotas y que me pide la abrochadora para bajar hasta nuestra oficina solo para perder tres minutos entre subir y bajar. Tres minutos que tranquilamente se ahorraría llamando a Insumos y pidiendo que le traigan ganchitos. Así que no cuento con más complicidad de su parte que su compañía en la fiesta de cumpleaños de un compañero que a ninguna de los dos nos cae demasiado bien. Pero ahí está Mauro, con una remera de El Grito de Munch.
Siempre va con esas remeras a la oficina. Supongo (o quiero suponer) que sabe que me calienta verlo con esas remeras locas. A saber, tiene una de la Naranja Mecánica; una de la Persistencia de la Memoria, pero simpsonizada; una de + bien; una con la cartoncita y el cartoncito de leche de Blur; una con las siluetas del falso HELP, del disco beatle, y un montón más que ahora no recuerdo. Pero la que tiene esta noche es una de las que más me gusta, porque es violeta, tipo borravino, y entre el humo y el syrah hoy dejo todas las dudas en esta noche, en esta fiesta en un dos ambientes de Belgrano o me voy de acá con una certeza y nunca, pero nunca más le convido broches.
Justamente, mientras pienso esto, estoy mirando la ropa colgada en el lavadero que está al lado de la cocina. Es un tender plegable, amurado a la pared, arriba del lavarropas. Puedo ver que el lavarropas tiene ropa adentro y puedo oler que la tiene hace varios días. Me gusta meterme a ver cocinas ajenas, sí. Más me gusta mirar botiquines, pero alacenas son aceptables también. Esta es bastante aburrida, típica de ambiente monohabitado. No tiene nada de particular: un frasco con Criollitas, una sal con más arroz que sal, un aceite con mucho polvo grasoso pegado en la botella. En la mesada hay montoncitos de vasos descartables con restos de vino, fernet y cerveza, paquetes vacíos de papas y palitos y algunos sánguches de miga de choclo y aceitunas, huérfanos de paladares que los sepan comprender. Una cucaracha bebé pasea por el borde de los azulejos amarillos con dibujos de florcitas y yo la sigo con la mirada una, dos, tres bocanadas de cigarrillo, apoyada en la mesa para descansar con glamour del taco de mis botas.
Me gustaría tener un novio que viva solo, como me parece que vive Mauro, pienso, un poco para juntar coraje y volver en breve al duelo de miradas. Con el cigarrillo entre el dedo índice y el mayor, dibujo círculos con el cigarrillo como lápiz. De repente, la cucaracha se va rápidamente y yo miro hacia la puerta. Es Mauro.
-Nena, ¿qué hacés acá?, me pregunta.
-Nena, ¿qué vas a hacer tan sola hoy?, le contesto.
-Aceptame como soy, soy muy diferente a vos, me responde y me roba el cigarrillo y una pitada.
-Nena, yo no quiero joderte, solo quiero estar un rato más con vos... le digo y recupero mi cigarrillo.
Toma un trago de su vaso de cerveza y el gas le hace hacer una mueca de satisfacción.
-Mauro, qué buenas tus remeras, le digo. Y bajando los párpados, dirijo mi mirada al gris de su calzoncillo que asoma por abajo del pantalón.
-Mirá vos. A mí me gustan las tuyas. Y--
Lo interrumpo para preguntarle una pelotudez. Así como no soporto ser parte de la fiesta, no soporto el juego de seducción. Nunca sorteé las trampas del amor, y me lanzo desde un trampolín como un suicida se lanza desde una torre gemela, preparada para una muerte elegante. Pronta entrega, por favor.
-¿Qué te pasa a vos conmigo, Mauro?
Silencio. Abrió la heladera y me contó que a la mañana bautizaron a su sobrino.
-Si vuelvo a comer un sánguche de miga más, voy a vomitar hasta los cordones de las zapatillas acá mismo.
Más silencio.
-En mi casa tengo unas milanesas hechas que me dejó mi vieja el jueves. ¿Querés venir a comer milanesas a mi casa? Y de paso te muestro qué otras remeras tengo. Te iba a decir, a mí me gustan las tuyas.
-Y me ibas a decir otra cosa más.
-Ah, sí. Te la digo en el taxi.
Saludo a Érica, que no me da mucha pelota ni toma registro de lo que está pasando; le doy un último beso al San Telmo y me voy. Nos vamos.
Yo tampoco entendía muy bien lo que estaba pasando, si el syrah ahora me pintaba para las alucinaciones o si Mauro se habría quedado sin broches en su casa.
Lo último que recuerdo es la sorprendente habilidad con la que, con una sola mano, me desabrochó el corpiño.
domingo, 9 de octubre de 2011
How does it feel?
jueves, 6 de octubre de 2011
I am he as you are he as you are me and we are all together
Lo encontré y está todo rayado, imposible de recuperar.
Me dolió tanto ver esos surcos imborrables, tatuados sobre Blonde on Blonde.
Podrías grabármelo de nuevo, pero ya no sería el mismo disco.
Tu me manques, climbing up the Eiffel Tower.
martes, 27 de septiembre de 2011
nunca me imaginé regresar a mi tiempo de niño
¿y si miraras las fotos de tu hoy mañana, con la misma nostalgia con la que mirás las fotos de tu pasado?
¿si aquello que se fue y que fuiste fuera nada comparado con lo que fuiste hoy, cuando sea ayer?
¿y, sobre todo, si el fin del mundo lo vivieras muerto y no como una película?
representatividad constante. Ahora y Aquí, siempre.
martes, 13 de septiembre de 2011
refugiándome en vos, mi última droga (*)
quiero saber todo de vos y al mismo tiempo, no necesito saber nada más tuyo.
no necesito saber nada.
más.
(*) Pez
domingo, 11 de septiembre de 2011
sábado, 10 de septiembre de 2011
miércoles, 31 de agosto de 2011
Please Mr Postman
Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No. Una vez escuché una entrevista que le hicieron a Claudia Piñeiro diciendo que casi todas las novelas empezaban así, porque los escritores tenían la manía de cronometrar el tiempo, entonces si era una novela, empezaba a la mañana. Bueno, pero a qué otra hora se puede recibir una carta. ¿Una carta? ¿Quién se manda cartas hoy en día? Se acerca el fin del mundo, ya nadie se manda cartas. "Se acerca el fin del mundo, ya nadie se ama", dijo Ariel Minimal en un show con Flopa.
Eran las diez de la mañana y golpearon la puerta en la casa de Nadia Mansilla. A ver. Primero, que ya no se golpean las puertas. A menos que seas una cavernícola, tu departamento tiene que tener un timbre. Segundo, es necesaria la distinción entre casa y departamento. Y en esto me sale la traductora que llevo adentro: en la Ciudad de Buenos Aires, tener casa implica un buen status económico, una vida porteña nacida y criada nacida al ritmo de un 2x4. Implica ser dueña de esa casa, porque no hay quien viva en una casa y la alquile, a menos que se trate de un malabarista mendocino que vive con otros doce amigos amuchados y llenos de piojos en un PH en Balvanera, en el que la heladera nunca tiene más que botellas de agua, en el que comen arroz yamaní y brotes de soja y en el que tocan un djembé hasta que el vecino llama a la policía. Tener una casa, entonces, no es vivir en un departamento. Vivir en una casa no es lo mismo que tener un departamento. Un departamento implica una niñez en un balcón todo enredado (lleno de una red que puede ser de metal o de plástico), algo que sirve tanto para que no se te escape la pelota como para que a los tres años no te autosuicides, como dice Martín Rossi en Viudas, que tan genial le sale el papel de mucamo travesti. Y además, un departamento seguramente es alquilado, porque con lo que salen y la inflación, precio del dólar, del euro, del oro y todas esas cosas que se conversan los sábados a la noche en Niceto, por ejemplo.
Mientras que en le banlieue, vivir en casa es vivir en una casa que seguramente es tuya, que seguramente compartís con tu hermana, tu hermano, la novia o novio de alguno de ellos, sus hijos, tu mamá, tu papá y un perro enorme que de un coletazo te rompió la nenita de vestidito blanco y cabellos dorados de yeso que fue tu souvenir de comunión. No es lo mismo vivir en casa que en departamento. No es lo mismo una casa en Buenos Aires que una casa en el gran Buenos Aires. Así que no pudieron haber golpeado la puerta en la casa de Nadia Mansilla porque o bien tiene para tener una casa pero no para tener un timbre, cosa llamativa; o bien vive en un departamento y no tiene timbre, porque a decir verdad, quién vende productos casa por casa hoy en día, con esta inseguridad, si ya nadie te abre la puerta por temor a que seas un extraterrestre que venga a llevarse todo todo todo todo lo que le pertenece, que a fin de cuentas, mucho esfuerzo le costó, porque el plasma que estúpidamente compró para el Mundial lo va a seguir pagando durante inmensa cantidad de meses, así que si le entrás a robar, llevate también las cuotas. Entonces, no golpearon nada, porque tampoco es que el cartero va a subir hasta el departamento a entregar la bendita carta. Esto no es una PNT y por más joven que parezca, Andrea del Boca ya está muy grande para hacer de Nadia Mansilla, por más que ayer en el baño del trabajo la trataron de usted. Jodido, el asunto.
Al comienzo de ese día, Nadia Mansilla recibió una carta. ¿De ese día o de aquel día? Ese día suena a día demasiado específico. Y aquel día parece un día zarpado en memorable. ¿Zarpado en memorable? ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó? El otro día venía en el colectivo. Mi amado nueve, que me trae de Retiro hasta Parque Patricios. Salgo del Lenguas Vivas, camino por esas calles todas llenas de galerías de arte con cuadros en exposición, con rubias platinadas que Blackberry en mano, pasean a sus perros de moda, vestidas con ropa deportiva de moda (más de moda que deportiva), con sus buzos GAP y sus gorritas Nike. Un día voy a tomar coraje y a decirle a alguna “¿sabías que esa gorrita la cosió un niño huérfano en Malasia?” Seguro que la muy desgraciada me va a contestar: “¿Y? La ropa que usé esta tarde la cosió un boliviano hacinado en Flores”. Y al rato me subo al 9 y vienen de Retiro escuchando Wachiturros hoy, y en tres meses estaré escuchando otra banda de moda, con el celular al taco y yo me quedo con la genuina alegría de molestar a otro, que con la indiferencia del porteño de clase alta que hace patinar la y griega de la elle en Calle y de la y de Arroyo.
Una vez leí en una entrevista que le hicieron a Santoro (Esto no es una alpargata) donde decía sobre el 17 de Octubre y las patas en la fuente, algo así como que el peronismo no propicia la lucha de clases sino más bien todo lo contrario: lo que hace es crear una burguesía habilitada para el goce capitalista convirtiéndolo en democrático, algo que es un hecho revolucionario, porque no es lo mismo ver a un negro gozar que a un muchacho bien. Ver gozar a un negro es de mal gusto. Entonces el peronismo irrumpe y habilita ese goce masivo, siendo el símbolo de eso las patas en la fuente, que algunos llamaron aluvión zoológico en pos de no homolgar el goce del otro, asumiendo que no es tan humano como “nosotros”. Entonces, a menos que esté durmiendo, ni me inmuto si están con el “tirate un paso, tirate un paso” a todo culo. Como mucho les pediré que lo bajen un poco, qué se yo. ¿A qué venía todo esto? Ah, a que zarpado en memorable. Que el otro día iba en el colectivo, leyendo un libro que presté y me devolvieron y tuve que interrumpir mi lectura porque había dos chicos hablando de sus historietas amorosas. Una chica y un chico. Y por dios te juro, no les entendía nada de lo que estaban hablando. Salvo que ella lo bloqueó al pibe de Facebook, después el resto, ni jota. Y pensaba yo, claro, no son ellos los ágrafos de mierda que no saben hablar, como dice el Ministro de Educación Juan Strassnoy, para quien un médico podría decir “Uh, pintó la parca”, ante un paciente agonizante. Es el idioma el que está mutando, está cambiando, se está moviendo. Porque,fíjeseusté, dentro de todas esas terminologías que usaban estos chicos, que no tendrían más de 20 años, había un campo muy amplio. No eran pocas las palabras que usaban, no era un léxico reducido: era un léxico nuevo, grande, luminoso, con neologismos de palabras que pasearon por el latín, el griego, el romano, el español, el quechua, el criollo, el lunfardo, el… ¿cómo no tenemos un nombre que designe a las palabras salidas del rocanrol? y la cárcel. Zarpado en zarpado el idioma que se está mezclando. Es como lo que hace El Chávez, que dijo una vez en una entrevista que su música era el producto de ir escuchando Massive Attack en su mp3 y llegar en el tren a Morón y que esa música se trenzara con la cumbia que sonaba en la estación. Zarpado. Pero zarpado en el sentido de algo increíble, osado, fuera de lo común. Porque zarpado también puede ser algo desubicado, fuera de lugar. Bueno. Evitemos que en la Argentina nuestros jóvenes pierdan el habla.
¿Y qué pasó con la carta? ¿Golpean la puerta o tocan el timbre? ¿Es en una casa o en un departamento? ¿Y si la hubiese traído el portero? Ah, eso sería fantástico. Ahí está. Eran las diez de la mañana cuando el portero golpeó la puerta. Traía una carta para Nadia Mansilla. Y pero… c’mon. En primer lugar, la podría haber deslizado por debajo de la puerta. Sobre todo porque es portero y los porteros suelen ser bastante… expeditivos, so to speak. En segundo lugar, a las diez de la mañana tendría que estar en el trabajo, así que no es una buena hora para recibir una carta. Sobre todo si el conflicto de esta historia está en el contenido de esa carta.
Ah, eso. ¿Qué dice la carta? ¿Un hermano que escribe para decir que vuelve de Francia a vivir a Buenos Aires? ¿Los resultados de un examen médico? ¿Una vieja amiga de la secundaria que consiguió la dirección postal, intentando contactarla, después de tantos años? ¿Una propuesta de trabajo en Canadá? Pero si ninguna de esas cosas se comunica por carta. El correo electrónico nos robó la maravilla del suspenso, de la espera, de la sorpresa. ¿Quién va a enviar una carta? Y, sobre todo, ¿para qué? ¿con qué sentido?
Eran las diez de la mañana cuando Nadia Mansilla abrió un sobre. De niña, las postales que enviaba mi hermano y el cartero tocando el timbre al irse en su bici, anunciando en un grito "¡Carta de Leo!". De adolescente, Hernán, Nadia, el santafesino, un londinense y una flaca de General Madariaga que no me acuerdo como se llamaban. Belén, mi profesora de historia y Francisca, de este lado del siglo. Todos mis amigos postales en ese momento. Era una postal de París, enviada por Nathalie. Una foto del Sena y la Torre Eiffel al fondo. "¡Hola Nadia! ¿Qué tal? Sé que hace mucho que no te he escrito...", en su estudiado español. Tal vez estuvo ahí desde anoche y no la vi cuando entré. Tal vez llegó hoy. Pero eran las diez de la mañana cuando abrí el sobre. Eso ya lo dije al principio. Bueno. Eran las diez menos cuarto cuando Nadia Mansilla recibió una carta. No, con mi nombre real no. Esto se está volviendo demasiado autobiográfico. Bueno. Eran las diez de la mañana cuando