lunes, 23 de enero de 2012

Yo ya no sé lo que hacer

De madre trueno y padre relámpago, soy una tormenta mental. Me angustia lo que me angustia y lo que no, me da ansiedad. Las reacciones y yo tenemos una relación un tanto intensa y todavía no sabemos quién domina a quién. Cantar una canción alegre puede hacerme llorar. Son las cuatro de la mañana y dando vueltas en la cama me pregunto cuándo encontraré la paz. Empiezo el día convencida de que será uno de esos difíciles, en que me maltrato, no me quiero, me reto y me desafío a hacerlo todo cada vez peor.
A la tarde me llama mi psiquiatra.
-Hola nena, ¿cómo estás?
-Bien. Bien, todo en orden. ¿Y vos?
-Bien también, con ganas de verte.
-¿Qué querés hacer?
-Quiero hacerte el amor.

viernes, 20 de enero de 2012

Instrucciones para llegar

Tomar la Avenida 9 de Julio hasta la Avenida Rivadavia. De ahí, todo derecho, hasta el conejo blanco. Saltar en un pie 200 metros con un lápiz arriba de los labios y esperar con los cordones desatados de la zapatilla izquierda, hasta la primer luna en cuarto creciente.

miércoles, 11 de enero de 2012

Instrucciones para no pensar

  1. Tome un cuaderno. Tome un fibrón de tinta indeleble y punta mediana. Dibuje garabatos. Si no sabe cómo dibujar un garabato, es que está pensando. Vuelva a empezar.

  2. Siéntese a la sombra de un árbol. Si hormigas le pican la cola, es que está pensando. Vuelva a empezar.

  3. Haga medialunas y/verticales. Si se rompe la cabeza golpeándose contra el suelo, es que está pensando.

  4. Llore. Llore mucho. Sienta las lágrimas pasear por sus mejillas. Sienta cómo desembocan en su boca. Si las lame y las siente saladas es que está pensando. Vuelva a empezar a llorar. Pellízquese si es necesario.

  5. Saque fotos de elementos inconexos. Si empezó a buscarles el denominador común, quiere decir que está pensando.

  6. Nade.

  7. Cante el Himno Nacional Argentino. Si cabecea siguiendo el ritmo del puente, está cerca de no pensar. Siga así.

  8. Procúrese un elemento de algún metal poco noble. El anillo de un llavero, la tirita que envuelve el paquete del pan lactal, o algo similar. Intente convertirlo en oro. ¿No lo logra? Está pensando.

  9. Ubíquese en algún lugar al aire libre y con carbón, madera, papel y un fósforo encienda un fuego. Antes, deberá tomar los recaudos necesarios para evitar un incendio. Una vez encendido, mire el fuego. Sienta el calor, vea bailar las chispitas, escuche la madera cómo se consume. ¿Qué piensa? ¿Pensó? Cayó en la trampa. Vuelva a intentarlo. Es importante, eso sí, que piense en esto: por favor, no olvide apagarlo antes de irse.

  10. Riegue las plantas una calurosa tarde de domingo. Sienta el olor de la tierra mojada. Mire cómo cae el sol. Si putea a las hormigas quiere decir que está pensando. Siempre, todo lo que tiene que ver con hormigas, tiene que ver con pensar. Debe ser por las antenas. Vuelva a intentarlo al día siguiente.

jueves, 29 de diciembre de 2011

sax, sex, six

me despierto, (sigo enojada) con ganas de vestirme e irme. no, no te vayas, me dice él. yo, que sigo enojadísima desde anoche, no tengo ganas de componer ninguna situación, de hacer un diván en la cama, desnudos los dos y a vos qué te pasó y a mí me pasó esto, y bueno cosa que (nos) pasan. sólo quiero hacer lo que mejor me sale hacer después de hacer el amor (en el orden de cosas, no es que después de hacer el amor lo haga. haga esto) que es enojarme e irme. entonces, con el alma enfurruñada lo único que quiero es salir de la escena, abandonar el personaje ese de sostener el enojo, de encauzar toda mi energía al objeto de mi enojo, sea una jarra que se me cayó (traicionándome, la desgraciada) o un mal entendido después de hacer el amor y la falta de ganas de irme de noche, mejor me voy mañana. irme, me voy a ir, pero no ahora. mejor estirar este enojo hasta mañana y entonces, bueno, ya tengo el pelo seco, (pero sigo enojada) y es de día. ah muy bien, muy bien. el sol cumplió su trabajo, salió a la mañana, lo mismo hicieron los pájaros y las sombras y (mi enojo sigue ahí) mejor irme y disfrutar de la ciudad a la mañana, tan llena de gente apurada (y yo tan enojada, tan amarga como savia de aloe vera). no sé si es bueno que te quedes, en realidad. yo tampoco, le digo. es una de esas situaciones y a mí me gustaría tanto aprender a desaparecer. me gustaría tanto irme, que el asunto se resuelva y volver cuando el rompecabezas ya esté armado. ¿hablamos después? me propone, cobarde, con miedo a mi enojo. (yo también le tengo miedo a mis enojos, a veces me llevan ((por autopista)) a lugares indeseables) no sé, respondo y me hago la importante, como asegurando una desaparición (ese término maldito que nos lleva a un único lugar, cuando quisiera yo ir a otro) y me voy. abro la puerta-tijera del ascensor con bronca. ahí hay una nena con un vestido escocés, zapatos brillantes, con el pelo lacio, flequillo, adorable, lleva un rosario colgado del cuello y un globo agarrado de la mano, que, de tan enojada que estoy (y como si pudiera así desquitarme con este y todos mis enojos), le pincho justo antes de salir a la calle. el globo explota, la nena se queda quieta. yo me quedo mirándola. yo quería hacerla llorar, quería verla llorar. cuando subiste al ascensor, sabía que ibas a hacer eso, me dice. y de un tirón se desvisten todas mi estupideces y mis paréntesis.

sábado, 24 de diciembre de 2011

Que solo y triste voy a estar en este cementerio

las monedas que guardé los últimos 12 meses fueron a parar a un rompecabezas con dibujos de Keith Haring. entonces la cena de fin de año me tiene con dos hamburguesas a la mesa, una ensalada de tomate y albahaca (albahaca), una de chauchas y huevo y una de tomate y arvejas. un vaso de agua con jenjibre. de postre, turrón con maní. y sémola crocante en barra. a quién quiero engañar, es un menú de mierda.

hoy estuve todo el día despidiéndome del año. del año en que conocí la muerte, del año que terminé con un gran amor. //Qué calor hará sin vos en verano. //del año en que despedí gente que se iba, y gente que se quedaba, porque la que se iba era yo. del año en que conocí la tristeza más salvaje, la que me llevaba de paseo por insomnios y horas de siesta, siestas de horas. de la tristeza que ni un viaje a Rosario pudo calmar. de esa tristeza que se sentó en el living de mi cabeza como si alguien la hubiera invitado a tal cosa, se sirvió un vaso de whisky y se sacó los zapatos. de una tristeza que ni los pelos de mi gato naranja por toda la casa pudieron distraer. y fue tan fuerte este año que, ¿qué decido? pasar la noche de año nuevo sola, en mi casa. the perfect plan.

si no fuera porque hablé hora y media por teléfono con una de mis amigas de la secundaria (Con Todo Lo Que Eso Implica), creo que podría haberse ganado la cucarda más gorda que haya en la categoría "Momentos depresivos bajo el método Bridget Jones".

Mientras tanto, me corto varios pedazos de la hamburguesa -que ya se enfrió, por supuesto- para así solo dedicarme a tomarlos con el tenedor en la mano izquierda, y con la derecha seguir seleccionando piezas de color y no color. caigo en la cuenta de que aquí y ahora somos mi gato, el rompecabezas y yo. y azul, de Los Piojos, que está rayado justo en Vals Inicial y me quiero cortar las pelotas, qué noche de mierda, tendría que haber ido a comer con la familia de mi mamá, con las tías, el vithel thoné que hizo la tía (seguro) Dora, con mis primos y los hijos de mis primos, que son algo así como mis nietos hermanos y la casa del 3228 era la base de operaciones de las fiestas de fin de año y yo acá, con un rompecabezas de 1000 putas piezas putas, un gato que se para adelante del ventilador y yo creo que me quiere imitar cuando hablo ddeellaannttee ddee llaass aassppaass yy ssee eessccuucchhaa ggrraacciioossoo y Gustavo y Darío habrán gastado montón de plata en pirotecnia. yo me acuerdo re bien de las pirotecnias de los últimos años, de las pirotecnias flacas y las abundantes. de las pirotecnias tristes decretado el duelo nacional, de las nuevas pirotecnias y las tradicionales. y falta poco menos de una hora para la medianoche, para el año nuevo propiamente dicho, pero los vecinos de abajo están haciendo un asado en la vereda (¿no es hermoso eso?) y entre molleja y molleja están tirando unos tiritos de mentira.

el gato se asusta, corre de acá para allá, como si fuera tomy o daly en feliz navidad, y él fuera el gato con un cohete de mecha corta prendiéndose fuego en la punta de su cola. y yo lo agarro, pero basta que ¡pum! otro bombazo y se asuste y el lugar más seguro es ninguno para sus oídos y qué estará pensando este gato, ¿creerá que ganaron los aliados?

sábado, 17 de diciembre de 2011

hasta que un día te amalgames con la tierra (*)

les deseo la muerte a todos. de veras les deseo la muerte. deseo que vean pasar a la parca y comprendan que vos, yo, todos nosotros no somos más que hormigas, que caminamos por el cordón de la vereda de una calle de un barrio de una provincia de un país de algún continente, llevando pedacitos de flores blancas durante el verano para pasar el invierno. que las miraditas en el trabajo, los sobres con celofán, las palabras de tu nuera, a los gritos por teléfono y por más fuerte que sean los gritos en los que vienen, nunca tendrán más volumen que la forma de las nubes, que las definiciones de un niño sobre una palabra que no conoce, que encontrar una valija toda llena de sombreros, que la música de la luna llena con un velo de agua.

yo quiero desear la muerte porque no estoy de acuerdo con la vida eterna, con la juventud estirada, con las operaciones para borrar las arrugas. yo no estoy de acuerdo con los "no cambies nunca", con los "para siempre", con los tatuajes de la banda que me gusta. yo deseo la muerte porque la muerte da vida, porque con la muerte, lo real, las lágrimas, la certeza. nos hace falta tanta solemnidad, despojarnos del ruido, y es la muerte la más pura fuente, una mina de solemnidad descubierta por teléfono a las seis de la mañana. la muerte mata las idioteces, las filosofías baratas, los datos duros que envuelven a cualquier persona y que tenés que dar en la ventanilla de admisión de la guardia del hospital. tu número de documento, tu teléfono, el nombre que eligieron para que lleves toda la vida, de nada sirve cuando funde a negro y vienen los títulos.

deseo que esa muerte que les venga, sea la muerte de la persona que más amen. porque es a esa misma persona a la que más critican, con la que más crueles son, a la que más de una vez le tirarían aceite hirviendo en la cara, mientras la vida les da piola, les da piola y el barrilete vuela, vuela y las tiras de papel flamean, desperdician el tiempo esperando algo de alguien que nunca se los va a dar, sorprendiéndose por lo que ya conocen y después se muere, un velatorio indiscreto, era tan bueno, era tan joven, era tan linda (cosas que todos sabíamos, pero que no le dijimos jamás) y una silla al lado del cajón, un vecino escandaloso, un hijo salido del placard y entonces ese mamá, ¿por qué siempre llegás tarde? fue un rayo, hizo ruido, mucho ruido, quemó la heladera, pero después, comprar otra un sábado a la tarde, esperar el flete el lunes de 14 a 18 y entonces, todo hubiese sido más lindo si mamá, qué bueno que viniste.

les deseo la muerte porque es lo más bello que nos puede pasar. nos une en una emoción universal: yo voy a morir. vos vas a morir. tu madre, tu padre, tus hermanos, tus amigos de la escuela, los del trabajo, los vecinos, los hijos de los vecinos. es sólo una cuestión de tiempo. todos vamos a morir y eso es lo único que sabemos y hasta entonces, ¿qué hacemos?

nos deseo la muerte para que entendamos que las características extrañas de nuestras familias, los amigos con los que no tenemos nada que ver, pero que son necesarios para drenar la cabeza, los gatos que siempre se afilan las uñas sobre la misma cortina con bordado de pecesitos, el perro al que le pagan con alimento su trabajo de ladrar en el frente de una casa con jardín enrejado, las terrazas con ropa tendida, el tiempo, las mañanas camino a la escuela, los colores de la pared, las meriendas con la abuela, el viento en la cara, las cosas por hacer, el anillo que llevás hace más de diez años, la voz de tu amor, el olor de la almohada en la cama de tus padres, eso es la vida. y mientras chistás porque un pibe escucha cumbia en el celular, mientas puteás al que dobló a la izquierda, mientras puteás a tu hermano, la piola corre por tus dedos y no te das cuenta de que lo divertido del barrilete es remontarlo. y no dejarlo escaparse.

(*)

jueves, 15 de diciembre de 2011

por su propio peso (*)

cae un jabón en pan sobre el dedo chiquito del pie que sostiene una humanidad en el medio de la lluvia.
cae un vaso con jugo de limón recién exprimido
cae un noticia como un baldazo de agua fría, un baño de brea
cae el desconsuelo a través de una sonrisa desconocida
cae un ovillo de lana en las garras de un gato solitario que durante todo el día espera el momento en que la puerta se abra y le abran una lata de atún
caen las uñas, los pelos, los dientes, los gritos, los papeles, las hojas, las medias, las carpas y los horneros
caen las guitarras españolas y los bombos legüeros
cae la basura sobre el río,
caen las plumas, las máscaras y los membrillos.
cae una flecha, una ficha y una moneda en una fuente
caen las fotos, las canciones con malos recuerdos y los recuerdos también.
cae el sol, la sombra, las semillas negras con forma de corazón y las flores violetas del jacarandá
cae una pelota descosida, un árbol, un perro atropellado
uno también cae, recae, cae y se vuelve a levantar sólo para volver a rezar, a arder, a caer

sábado, 10 de diciembre de 2011

Y sonaba un cello.



Con las manos ásperas de tanto dormir, salgo a la caza de algunas de las cosas que encuentro siempre por ahí.
Botones, semillas, piezas de rompecabezas.
Pero un sobre bajo la puerta, con un cartón rojo y un cordón naranja.
"Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano".

Hay sol en el living, lluvia en la cocina; todavía es de noche en el dormitorio.
Atravieso la entrada.
Por la calle pasa una maratón.
Y desde un avión lanzan páginas sueltas de libros viejos.
Agarro una. Es la última de un diario.
El pronóstico del tiempo indica:
Etapa alentadora, reuniones importantes.
Propuestas de trabajo.
Sorpresa en el plano afectivo.
Sugerencia: no encerrarse en casa.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Luciano et moi

Luciano me dice que no puede dibujar. que siempre le dijeron que sus dibujos eran feos. que no sabía dibujar. entonces qué hace Luciano? no dibuja. yo le digo, le enseño -c'est mon boulot, mais aussi c'est un spece de violon d'Ingres- que dibujar es algo que sale de adentro de uno, que nunca puede estar mal. que sale como sale y que si uno piensa que sale mal, no va a dibujar más y es al revés: uno tiene que dibujar más para dibujar mejor, le digo. y pienso que eso es extensible a cualquier cosa: tocar la guitarra, escribir poesía, hacer un huevo frito. Luciano me repite que no, que él dibuja mal. que él no sabe dibujar. que nunca va a saber dibujar. yo pienso en todos los Lucianos del mundo, con hermanos y padres que prohíben que salga esa fuerza creadora que brota desde adentro, que cercenan el poder increíble de la creación artística, que anulan capacidades, que ponen llave al mar de posibilidades que se abren si tan solo supieran. los maldigo y pienso que si por mí fuera los mataría, pero tengo que hacer que Luciano los mate con su pensamiento, que no les dé la razón, que no les entregue sus pensamientos. Luciano dibuja una mano y me dice ves? mirá qué fea que me sale. y es una línea con curvas que hacen cinco dedos y vienen de una curva más redonda todavía, un brazo, y de un tipito que sonríe mostrando unos dientes enormes y le muestro dibujos de picasso y le digo vos creés que esto está mal hecho? y él los mira y mira su dibujo y mira el de picasso y vuelve a mirar su dibujo y me levanta los hombros sin respuesta de sus labios
bueno, basta de recreo, volvamos a francés. acá te dibujé una cabeza. tenés que escribirle los nombres a la boca, las orejas, la nariz y los ojos. los ojos me salieron feos, pero bueno.
ah, ves que vos también decís que te salieron feos? me responde.

viernes, 2 de diciembre de 2011

es que hoy ya no soy yo

no entiendo cómo es que me gustás tanto y me despertás estas ganas de arrancarme la piel, de vomitar hasta que la bilis se transforme en sangre. de cortarme el pelo a tijeretazos violentos, de cortarme la piel suavemente con una gillete. cómo es que la fascinación que siento por vos me da ganas de golpearme, de pegarme, de romper todas mis cosas. de agarrar la impresora y tirarla por la ventana, de arrancar de a mechones las páginas de todos mis libros, de partir en cuatro todas mis fotos en papel. cómo es que la pasión que me despertás me da ganas de quemarme con fuego y con agua caliente, de masturbarme hasta sangrar, de tatuarme las palabras que lleven letras más gruesas, las más dolorosas, en la piel que descansa sobre huesos. cómo es que de tan bellos que los veo, tus ojos son mi infierno individual; cómo es que quisiera grabar tu dulce voz y después escucharlo en mi mp3 a todo volumen hasta que sobrevenga la sordera. cómo es que escuchar tu nombre me despierta las ganas de querer darle a todos mis elementos un triste y repentino final a mazazos. no entiendo cómo tu belleza es tan pura, tan sublime que me dan ganas de pegarte, de golpearte en el estómago, de pasarte un fino vidrio roto por la cara, de clavarte un clavo ancho en alguna costilla, de enterrarte en arena caliente y convertirte en vidrio.
no entiendo cómo me gustaría encontrarte por la calle solamente para que me den convulsiones y un golpe en la cabeza al desmayarme me deje inconciente durante varios meses. no puedo comprender cómo es que no sentí todavía tu olor más profundo y sin embargo me dan tantas ganas de comerte. tantas ganas de cortarte en pedacitos finos, deliciosos de piel magra, quitarles los vellos y meterlos en una olla grande con caldo de gallina y después unas papas y unos tomates y almorzarte sola, un domingo a media tarde. no entiendo por qué tus manos me traen tantas ganas de cortarte los dedos, embalsamarlos, hacerme un collar con ellos y llevarlos conmigo, apoyados en mi pecho, a todas partes. no sé por qué me gustás tanto y sin embargo, te odio y te escupiría la próxima vez que te vea, porque en mis diálogos con vos, me contesto respuestas que nunca vas a darme y en todas ellas me decís que no a todo el amor que me hacés sentir en cada latido en el que te siento mío, aunque mis dientes no se hayan rozado con los tuyos, todavía.

martes, 29 de noviembre de 2011

Buenos Aires, Buenos Aires, humedad.

Los exámenes me ponen un poco sensible. Me duele la cabeza, la panza. Tengo náuseas y palpitaciones. El paso de las horas se hace más liviano cuando me encuentro de frente al inodoro y vomito todo esto que no puedo digerir. Kant, Benjamin, Bergson, Wittgenstein. No puedo entender que estén empecinados en darme la receta de una cosa horrible que me gusta tanto comer. No puedo digerir esa información. El desmembramiento del lenguaje me duele en la piel. Asesinos. Me gustaría estar vomitándoles conejitos, así entienden cuánto me duele lo que hacen.

Pero no, vomito lo que tomo o como mientras estudio. Y con el amargor de mi propia bilis en la boca, salgo al balcón a fumar un cigarrillo. Hace mucho calor. Son las cuatro de la mañana. Pájaros ya cantan y en una hora será de día y yo sin haber terminado de estudiar. Mañana parcial y yo escupiendo por la nariz. Un cigarrillo más y el cáncer en la boca dentro de 20 años me recordará esta noche en que el lenguaje es un invento, una traducción.

En el balcón, mi vecino también fuma, acostado en cueros en su hamaca paraguaya. Las ojotas reposan en el suelo y apenas salgo "¿parcial?". Sí, respondo. ¿Cómo sabés?, pregunto.

-Te oí vomitar desde el baño, me contesta.
-Y vos, ¿qué hacés? pregunto ahora yo.
-Nada. Guadalupe estaba de malhumor, discutimos y me vine a leer acá. Le debe estar por venir.
-Odio ese chiste machista.
-Bueno, mirá a quién se lo hago yo también.

Nos quedamos un instante en silencio, mirando el cielo del sur, hacia Avellaneda, Lanús y Quilmes. Más allá está La Plata y Fede vuelve mañana de España. Tal vez si respiro fuerte, respiraré su mismo aire.

-¿Querés venir? le propongo, después de exhalar un anillo de humo.
-Dale, me responde cerrando su libro.

En menos de un minuto estamos desnudándonos y en poco más de dos, nos estamos haciendo el amor. Yo le tapo la boca, él me la tapa a mí. Del otro lado de la pared duerme su novia y no tiene que enterarse que yo estoy moviéndome a su novio. Digamos que los cuernos le crecen en dirección directa hacia donde se los meten. Ella sospecha, yo sé que ella sabe. Una vez él me dijo "es increíble, ustedes son como animales. Enseguida sienten la presencia de otra de su especie. Enseguida se huelen". A lo que yo respondí algo que aprendí con esta puta materia: lo único que nos diferencia de los animales es haber desarrollado el lenguaje.

Para cuando terminamos el asunto de jugar a la escondida-sexo (porque si existe la mancha-pelota, esto puede llamarse escondida-sexo), el chirrido de-falta-de-WD40 de su puerta y enseguida nomás Guadalupe golpea la mía. "No, chiquita, no está tu novio acá. ¿Cuántas veces te tengo que decir que yo no tengo nada con él? Y ahora, disculpame, me tengo que ir. Estoy con alguien que no es tu novio", le contesto envuelta en una sábana, con la puerta apenas abierta, mientras ella otea hacia adentro como una osa que perdió a su crío. Podría decir que en mi respuesta hay una mentira blanca, una de esas mentiras relativas, que son mentiras dependiendo de cómo se las interprete. En mi cama me espera mi vecino, que era mi vecino desde antes que fuera su novio, así que.

Vuelvo a la cama con cuatro vasos. Dos vacíos, dos con agua. Con los dos con agua nos calmamos la sed, nos mojamos la piel. Con los vacíos alargamos las orejas sobre la pared. Escuchamos a Guadalupe putear, llamar al celular que suena en la misma casa donde ella está y putear de nuevo. Yo prendo un cigarrillo en la oscuridad y lo apoyo sobre sus labios, sentados los dos, de frente, sobre la cabecera de mi cama. Nos quedamos escuchando a su novia hasta que sentimos el sonido de llaves, el portazo y la llamada al ascensor. Ella salió a buscarlo y él va aprovechar para volver a su casa, como si nada hubiese pasado. "Chau, estudiá mucho", me despide con un beso en la boca, las dos manos sobre mis orejas, una de ellas con el cigarrillo.

Vuelvo al escritorio. La pila de apuntes crece, algunos vuelan con ayuda del ventilador, que también me apaga los cigarrillos más rápido. Voy a la cocina, me como una naranja. Para cuando termino de leer el primer párrafo al que le estoy dando vueltas desde hace cuatro horas, otra vez las náuseas, otra vez la necesidad de doblarme arriba del inodoro. I look like Stan Marsh. La naranja sale de mí. Las gotas de jugo encapsulado, esparcidas sobre la porcelana blanca. Me miro en el espejo. Tengo los ojos rojos y la nariz mojada. Vuelvo a tomar más agua y vuelvo al balcón a fumar otro cigarrillo. Escucho entrar a Guadalupe. Escucho la discusión y las mentiras, escucho los portazos del armario, las falsas promesas de final. Vuelvo a mis apuntes y sigo sin entender nada sobre la estética de la distracción.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Los resortes simbólicos

Ya se había mudado varias veces, así que todo el asunto le resultaba un
tanto mecánico. Sacar las cosas de los muebles, acomodarlas en cajas;
rotular y ordenar las cajas. Tirar lo que hacía mucho que no usaba. La
mañana del último sábado del mes fue el momento elegido para guardar
su todo. Acostumbrada a vivir en un constante no- rutina, los trabajos
mecánicos no le gustaban para nada. Pero el fin del contrato y varios
contratos en el mismo departamento fueron suficientes motivos para
agarrar los clasificados y buscarse un cambio y otro lugar para vivir. Se
levantó a media mañana, le dio play a un mp3 con todos los discos de Os
Paralamas y empezó a desarmar la escenografía de su vida hasta entonces.

Días atrás le había pedido al chino del supermercado que le guardara
algunas cajas de cartón. Empezó guardando la ropa de invierno y las cosas
que menos usaba. Después siguió con las cosas de la cocina, dejando afuera
lo indispensable. Sartenes y ollas que estaban llenas de tierra, parecían más
un adorno que un utensilio. Luego fueron las del baño. Tiró más de diez
botellas y frascos de productos de belleza vencidos que seguramente habría
comprado por impulso. Separó lo que usaría hasta el día de la mudanza.
Mientras agarraba cada cosa que guardaba, recordaba cómo habían llegado
a sus manos. La campera gris que se compró antes de viajar a Neuquén. El
rallador de queso que le regaló su hermano cuando se mudó sola. Las copas
verdes que habían sido de su compañera de tango. El perfume que su prima
le había regalado a su mamá en Navidad y que ella cambió por el suyo sin
que nadie se diera cuenta.

Después de los compacts, lo más difícil era embalar los libros. Eran unos
cuantos y ocuparían demasiadas cajas, así que pensó que lo mejor sería
apilarlos y empaquetarlos con cinta y pedazos de cartones para proteger los
bordes. Sabía que esa parte le podía tomar un buen rato, así que preparó
el mate y después del mediodía empezó por el estante de los de fotografía
y arte, los únicos que sí puso en una caja. Luego, el estante de arriba de
todo, el de los escritores angloparlantes. Y otra vez el inventario mental.
Uno con una traducción genial, otro que se compró en las vacaciones en
Córdoba con Julia. Un usado del Parque Rivadavia, otro robado a un ex
novio. Después vinieron los nacionales. Uno robado en la calle Corrientes,
otro que nunca le devolvió a Jerónimo, uno encontrado en la Costanera Sur.
Estornudaba al sacudir el polvo. Abría páginas al azar y tomaba traguitos
de oraciones. A algunos les revisaba las hojas con el pulgar izquierdo.

Ya sonaba un disco en vivo para cuando encontró un boleto de colectivo
entre las hojas de uno de historietas de Max Aguirre. Los hojeaba sin
ninguna expectativa y tal vez por eso le sorprendió tanto tropezar con un
pasaje en 55 de noventa centavos, del 15 de julio de 2008 en las páginas
de Los Resortes Simbólicos, ese que compila sus tiras del blog colectivo
Historietas Reales. No recordó de dónde había sacado ese libro pero más
le preocupaba no saber de dónde hacia dónde había ido a las 19.48 de un
día de hacía unos años atrás. La duda la dejó inquieta. ¿Por qué habría
guardado el boleto de un colectivo que nunca toma? ¿Por qué en un libro
de historietas? ¿Hacía mucho frío esa tarde? ¿Llovía?

Casi como un recreo, decidió buscar las respuestas. Fue hasta la PC. Había
sido un martes. Por ese entonces, los martes estudiaba alemán hasta las
siete y media. Así que el martes no era respuesta suficiente. Buscó entre
las cajas ya cerradas, la que tenía guardados sus diarios. Una vez abierta,
buscó el diario de esos días. El 15 de julio no había escrito nada. Pero sí el
14 y el 16. Se leyó a sí misma antes y después de tomar ese colectivo pero
no encontró nada que aporte a su investigación. Un examen de alemán, un
corte de pelo en luna creciente, la dueña del departamento que tal vez lo
venda. Ser la detective de sus propias huellas la distraía un rato de lo que
hasta ese momento le había resultado tan insoportable y automático. Pensó
si el día que se muriera, alguien repararía en el orden de sus libros, en las
confesiones de sus cuadernos. Si yo me muriera, ¿alguien revisaría todas
las cosas que siento?, pensó. Y siguió buscando en la segunda mitad de
julio.

Sentada en el suelo, se sirvió otro mate. Eduardo, su gato, aprovechó para
robarle unas caricias. En julio de 2008 Eduardo no existía ni en sus planes.
Pero sí existían las clases de alemán en Caballito, la pileta de la Facultad de
Derecho, algunas peleas con los compañeros de aquel trabajo inmundo y un
novio que había sido su amante durante mucho tiempo y que fue su novio
durante muy poco. De eso hablaba en ese diario, que terminó pocos días
después. Muchos cambios de aquel ahí y entonces a este aquí y ahora. Todo
menos la relación con su madre, claro. Pero nada de eso aportaba para
saber el origen de ese boleto que a pesar de los meses mantenía congelados
en tinta una fecha, una hora y un lugar.

Buscó el diario que empezaba a fines de julio. Para entonces, ese novio ya
era un ex novio más, Julia se estaba preparando para irse a vivir a Nueva
Zelanda y ella estaba dejando de fumar los mismos cigarrillos que ahora
dejó sobre la mesa, al lado del mate. Además, estaba buscando un trabajo.
Cuando lo encontró, anunció con letras grandes y coloridas: “¡Tengo un
nuevo trabajo!”. Con la indemnización que le dieron cuando la echaron de
ahí compró el sillón en el que estaba leyendo el cuaderno que hablaba de
agosto. Pero ni indicios de a dónde había ido en 55.

Mejor seguir embalando, se dijo. Devolvió los cuadernos a su caja y la
encintó. Mientras guardaba los otros libros de historietas, seguía pensando
qué la había llevado a tomar un colectivo que nunca. Disfrutaba del
recordar. Miraba un punto fijo y trataba de recordar si esa tarde hacía
mucho frío o llovía. De recordar de qué color estaba su ánimo. De recordar
en qué parada lo habría tomado y en cuál habría bajado. A dónde había ido,
eso no podía recordarlo. Recordó que recordar significa volver a pasar por
el corazón. Para ese entonces Jerónimo ya no vivía cerca del 55, recordó. O
tal vez el boleto tendría mal la fecha. Pero si así hubiese sido, no lo hubiese
guardado, pensaba.

Cambió la yerba y llenó otro termo. Un cover de Charly García en
portugués reverberaba en un monoambiente que se comía a sí mismo y ella
tomaba un mate espumante. Siguió guardando cosas. Desde la heladera
desenchufada, el ruido del hielo descongelándose asustaba al gato. Entre
las facturas viejas encontró la foto con su papá que hacía meses que
buscaba sin éxito. Recordar es volver a pasar por el corazón, se repitió.
Entonces, puso Siempre es Hoy, de Gustavo Cerati. Uno de los discos
que había dejado apartados hasta que venga el flete. Volvió a los libros de
historietas. Había dejado el boleto sobre el estante de la biblioteca. Abrió el
libro para guardarlo de vuelta con misterio y todo. “Vivo yéndome y nunca
sé hacia dónde”, leyó en la página donde lo había encontrado.

lunes, 7 de noviembre de 2011

La cordura de sentir

Adelante, me dijo con su caballerosidad solemne, y subí. Solo son tres pisos, pensé. Sólo son tres pisos, no pasa nada, me mentí. Sólo son tres pisos, quise convencerme. Y sabiendo que el asunto este me desatornilla la sien, la boca empezó a secárseme. A quince segundos por piso, son másmenos tres cuartos de minuto, tal vez un poco menos (nunca fui buena para calcular el tiempo) y estamos, me decía a mí misma. Tragué algo de la escasa saliva, froté los dientes y apreté el botón 3.

-¿Qué tal? ¿Todo bien?, me preguntó.
-Sí, sí. Todo muy bien. Vos, ¿qué tal? ¿Todo bien?, contesté, ya con los labios adheridos a los dientes,
-Sí, sí. Por suerte.

Agradecí a Dios que no me preguntara nada más, porque con tal extensión de dunas reposando sobre mi lengua se me complicaba el asunto de pronunciar palabra. Por un momento pensé que eso de pensar, de sentir lo que pienso, de pensar lo que siento, de decir que tengo la boca seca a causa de esto que siento, nada de eso sin saliva. El pensar y el sentir no pueden verse, pero con saliva uno puede pegar sobres y estampillas y escribir una carta. Y no habíamos salido aún de la planta baja.

-Apretaste el tercero, ¿no?
-Mmmhmm, asentí a labios cerrados y afirmando con la cabeza.

Sentí sus enormes ojos marrones encima mío, hamacándose en mi pelo. Me dispuse a buscar un paquete de caramelos de miel que tenía en la mochila, aunque no sabía si lo llevaba conmigo o no. (En realidad, el asunto era perderme en algo, salir de la escena. Buscar algo es una de las mejores distracciones del mundo. Se la recomiendo mucho a los neuróticos del orden: de tanto en tanto dejar algo fuera de lugar y olvidarse dónde, para después buscarlo por todos lados. La búsqueda y el encuentro qué bellas sensaciones son).

El asunto de la boca seca no fue nada a comparación con lo que sobrevino después. Todavía faltaba piso y medio para que sonara el timbre de llegada cuando el corazón se me empezó a agitar. Ni seis pisos por escalera me hubiesen dado tal taquicardia. (Antes de apagarme, tengo que explotar). A punto de perder el control, sin haber encontrado los caramelos, me apoyé en la pared del ascensor, a ver si así me calmaba un poco. Miré para arriba y respiré profundo, pero mi corazón desoyó mis órdenes y cada vez latía más fuerte.

-¿Escuchás eso? ¿Será del ascensor?, me preguntó, la voz un poco elevada.
-Nosé, respondí rápido, como pude. Y levantando los hombros, como si el asunto no fuera mío.

Las primeras veces que fumé porro, la boca seca me causaba gracia. Eso y creer que me había meado encima. Pero esta boca que no me dejaba hablar, estos segundos que parecían días eran el peor efecto que soporté. Esta droga que hace que mis diálogos internos sean con él, que me hace suspirar y querer encontrarlo por todos lados. Esto de andar dopada y confiar en que todo será bueno. Y mantener la boca cerrada no es suficiente para no hablar del tema. Y el silencio del ruido de la máquina del ascensor se ve golpeado por las huellas que dejan mis latidos.

-Es raro, ¿cómo no escuchás? Cada vez suena más fuerte y más rápido.

Y sin hablar hice ese gesto con la comisura de los labios hacia abajo, como-queriendo-decir que no sabía de qué me estaba hablando, de qué ruido habla, si no se sentía nada.

El ascensor empezó a vibrar al ritmo de mi corazón. Cada vez más rápido, cada vez más fuerte.

-¿AHORA SÍ LO ESCUCHÁS? me gritó.
-NO, NO ESCUCHO NADA, le contesté.
-ES COMO DE UNA MÁQUINA ENORME, O COMO EL GALOPE DE UN CABALLO QUE TODAVÍA NO FUE DOMADO, CONTRA UNA PARED. ¿ESTARÁN HACIENDO REFACCIONES EN ALGÚN PISO?, me preguntó.
-NI IDEA, dije a los gritos.
-QUÉ RARO, PORQUE SE ESCUCHA MUY FUERTE, subrayó.

Para cuando llegamos al tercero, mi corazón no nos dejó escuchar el claxon. Él atinó a abrir la puerta tijera, pero yo lo hice antes. Quería salir rápido e ir al baño, antes que el café con leche y el alfajor que había merendado antes de llegar, saliera de mí a humedecerme la boca.