Si el inicio de esta historia
trascurriera en una película, ustedes supondrían que yo voy a morir
en la última escena, como señala Spregelbud en una Ted Talk. Tengo
mucha tos y la tos, como el amor, no puede disimularse. La tos es el
peor invento que se inventó desde que se regularizaron las
enfermedades. A la tos la debió haber inventariado un burócrata
desgraciado que ese día discutió con su mujer, quien, enojada
porque una gota de agua arruinó el lisado perfecto de su cabello, lo
mandó a hacer las compras y él, como buen burócrata y sobre todo
desgraciado, llevó cualquier cosa menos lo que le habían ordenado
comprar. Cuando volvió a la casa, le tiraron por la cabeza el jabón
en pan que llevó en lugar de la manteca y entonces el tipo, ¿qué
hizo? Inventó la tos.
Debería haber leído los términos y
condiciones (o, según las siglas en inglés TOS) de este estado
inmundo y tener en cuenta algunas actividades que me son vedadas. Ir
al cine, por ejemplo. Ni siquiera una película de argumento
hambriento y trama vomitiva podría tapar el sonido de mi tos. Pero
eso no es nada. Lo peor es no poder dormir. Para personas
narcolépticas como yo, de los que apenas apoyamos la cabeza en la
almohada, bajamos la persiana del día, la tos puede ser una enemiga
impiadosa. Esa espasmódica manifestación exacerbada de los
pulmones, puede representar un piquete insufrible en la autopista
hacia el descanso.
La tos, tos, tos. ¿Hay algo más
incómodo? Un estornudo o un bostezo pueden encubrirse, pero la tos
es como la risa y por más que trato de esconderla mi mamá, siempre
preocupándose por mi salud, la encuentra -como encontró mi diario
íntimo cuando tenía 11 años- y, dale, insiste en hacerme tomar un
jarabe. Y yo me mantengo firme en no comprarlo. No quiero gastar
plata en un brebaje de dudosa procedencia y efectos secundarios
indeseables. Para eso me tomo una Coca-Cola.
A la tos yo le presento batalla como la
Argentina le presentó batalla a Inglaterra en la guerra de Malvinas
de 1982: con artillería vetusta y un ejército de remedios caseros.
Algunos vahos con menta, jugo de naranja y limón, un par de medias
de más y listo. No me gusta la tos, pero mucho menos me gusta
aportar en el engranaje comercial farmacéutico que tiene al invierno
como principal factoría. Si la tos quiere venir, que venga. Le
presentaré batalla.
Debatiéndome sobre si más vahos o no,
atiendo un llamado de mi madre, sabiendo de su insistencia sobre el
jarabe para la tos. Aprovecho la desgracia de un ataque espasmódico
y le digo que no puedo hablar, que me llame después. Mágicamente,
la tos desaparece cuando corto la conversación y sigo mi ritmo
habitual. Pero en ese ritmo habitual está incluida la insistencia de
mi madre, que subraya que es necesario medicar. Ya hablé de que mi
mamá es enfermera y ¡ay! las profesiones de los padres, cuánto que
nos afectan a los hijos. Entonces, si de salud se trata, ahí está
mi madre, firme junto al pueblo, sea jarabe, inyección o
comprimidos, a mi mamá le gusta eso de estar.
Al rato, mi mamá viene de sorpresa a
mi casa, con algunas bolsas de supermercado. Un paquete de galletitas
de agua, calditos, jabón para la cara y, como menú principal,
jarabe para la tos. Y yo la recibo en pantuflas y con bufanda. En mi
casa hace frío y mi mamá llega con todo su amor de madre y una
cajita de cartón, con un envase de vidrio y una tapita medidora de
plástico. Me marca hasta dónde me tengo que servir y me anota las
horas en que deberé tomarlo. 23. 07. 15. Y yo, bueno.
Hablamos algunas boludeces y se va,
dándome algunas recomendaciones para la vida. Yo bajo a abrirle y en
eso me acuerdo que me quedé sin naranjas y que me gustaría seguir
probando con mis recetas caseras, de juguito natural. Así que vuelvo
a subir y a media máquina como estoy vuelvo a bajar para ir a la
verdulería.
En la verdulería a la que voy siempre,
siempre me divierto. La atiende una familia compuesta por los padres
y los hijos, que son dos hermanos grandes, uno muy serio y el otro
muy distraído, y una nena de dos años, que juega a desordenar todas
las verduras todo el tiempo. ¿Qué voy a llevar? Pomelo, naranja,
limón. Me atiende el serio. Mientras el distraído, que suele
tomarse mucho tiempo para despachar a los clientes, le pregunta a una
señora de changuito si va a llevar manzanas blancas o negras.
Yo ya lo he visto hablarle a las
lechugas mientras las riega y partirle pedacitos a las remolachas
hacer dibujos violetas en la pared y lo escuché describir el sabor
de las ananás y narrar sus aventuras en el Mercado Central. A veces
le pregunta al perro del local cuál papa es mejor y si una vieja no
le cae bien, enseguida le da la orden de ataque, que el perro por
supuesto no acata. Cuando me atiende él, vuelvo a mi casa con cosas
que no estaban en la lista y de la lista, casi nada. Su torpeza es
hermosa y soportable y sólo a alguien como él podría perdonársele
el pedirle un kilo de pomelo y dos de naranja, para después poner en
la heladera un kilo de mandarina y uno de limón. Al fin y al cabo el
pomelo no me gustaba tanto.
El padre y el hermano lo retan a cada
rato. Mientras el serio me prepara un paquete de acelga, el
distraído, mi preferido, le regala unas bananas a un cartonero que
pasa con un carro enorme. En voz baja, el serio me cuenta que hace un
rato en vez de medio repollo, le metió un kilo de kiwis a una señora
y que yo me cago de la risa, pero la señora estaba que se la llevaba
el diablo. “Pasa que de chico no tomaba las medicinas. Ni el jarabe
para la tos cuando estaba enfermo, tomaba. Nada. Así quedó”.
El serio me hace la cuenta y el
distraído ni se da cuenta que yo estuve y que me estoy yendo. Pero
cuando salgo, la bolsa con los dos kilos de naranjas se vence y las
pelotas salen rodando por toda la vereda. El serio sigue atendiendo y
el distraído me ayuda a agarrarlas antes de que lleguen al cordón.
Me trae una bolsa nueva y me reemplaza una naranja que se partió. Se
la queda, la termina de abrir, le saca las semillas con los dedos y
las guarda en el bolsillo de su delantal. “Hay que guardar semillas
por si viene el fin del mundo”, me dice.
Entro a mi casa, me
recibe mi gato. Dejo las bolsas encima de la mesa y agarro la
cajita con el jarabe para la tos. La abro, saco el frasco de la caja,
saco la tapita medidora del frasco, lo abro y tiro el jarabe por la
pileta. Como un borracho en recuperación, miro el jarabe correr
hacia la rejilla. Yo quiero inmunizarme de la insensibilidad
inoculada.