Cada vez que tenemos que celebrar el Día del Amigo, siento que me tengo que partir en las distintas Natalias que soy y que juntaron amigos y amigas a lo largo de todos estos años. Siempre el privilegio lo tienen las chicas de Castelar, pero ocurre que este año no tenía ganas de pasarlo allá y quería que alguna vez sean ellas las que vengan a mis pagos. Así que las invité a un bar muy lindo, muy lindo, que queda al 600 de Bolívar. Y me di el gusto de invitar, porque teníamos que celebrar mi nuevo puesto de jefa.
Sábado a la noche, en la vigilia del Día del Amigo, y las seis a las risas, chocando vasos y celebrando lo que había que celebrar, que no era sólo mi nuevo puesto sino también un nuevo embarazo de Mariana y el divorcio de Flavia. La mesa, que nos quedaba de lo más cómoda, tenía un menú de amores variadísimo: Mariana, en tren de ser madre por tercera vez y un feliz segundo matrimonio; Flavia, divorciada para casarse con un compañero nuestro que reencontró por Facebook; Camila, siempre buscando al amor de su vida; Marina, disfrutando de su soltería (¡y de su soledad!); Belén, aprendiendo lo que es la convivencia de la mano de un escritor neurótico 25 años mayor que ella. Y yo, con Franco y el amor por Whatsapp desde Londres.
En eso, tres chicos que festejaban el cumpleaños de uno de ellos, nos piden compartir la mesa. El cumpleañero estaba como yo, a pleno con el celular. Nos pusimos a hablar primero de su remera de Sonic Youth y después de la manía esa de estar con amigos o donde sea, pero no estar de veras ahí. Él me preguntó en dónde estaba yo, en vez de estar celebrando con mis amigas. “En Londres, con una especie de novio que tengo, que se fue hace dos meses y vuelve en diez”, le dije. “Vos sabés que no va a volver, ¿no?”, me respondió. Yo le hice dientitos, de esos de “tenés un hambre, vos”, y le pregunté dónde estaba él. “En Italia, con una ragazza que conocí en Güerrín”, justamente una noche que tenía mucha hambre”, me contestó.
Cuando nos fuimos, Camila, mi-amiga-profesora-de-Lengua me comentó: “Me gustó el cumpleañero. Pronunció la u de Güerrín y dijo mucha hambre y no mucho hambre”.
A mí también me había gustado eso.
sábado, 5 de julio de 2014
jueves, 5 de junio de 2014
Pasajera en tránsito perpetuo
Franco se fue a Londres y yo volé a recuperar mi vida. No es la primera vez que me diluyo un poco ante la llegada del amor, pero esta vez me agarró más madura, más viva. ¿O más vivida? El asunto es que tuve que volver a mí y a mis cosas. Unos días después, y como si una despedida no fuera suficiente, mi jefa nos comunicó que en dos semanas largaba todo y se iba a vivir a Nueva Zelanda. ¡A Nueva Zelanda! Que sí, que la vida es corta y que la cansó la vida en la ciudad, los números y que desde siempre quiso vivir en una isla.
Por supuesto que entre mis compañeros se quebraron las costillas de tanto darse codazos, haciendo mérito para sucederla, pero mi jefa ya había designado a quién poner en su lugar. Yo estaba en las mejores condiciones para el puesto, pero no me quise adelantar y dejé que suceda lo que sucedió: en el brindis de despedida me anunció que debería llevar los portarretratos con fotos de mis sobrinos a su oficina.
Por supuesto que así no podía seguir viviendo en Castelar, arriesgándome a que un paro ferroviario me haga llegar tarde a alguna reunión, porque las combis venían repletas y era imposible conseguir un asiento. Además, con Franco en Londres, ¿qué sentido tenía andar por esa autopista que había sido nuestra? Así que se alinearon los planetas y tuvo lugar un enroque de casas. Camila, que al tercer mes de vivir sola, se cansó de la humedad, las goteras, las pérdidas y los cortocircuitos que el dueño de su casa se negaba a arreglar, se mudó a mi casa; Facundo, que en las vacaciones en que Franco le cuidó la casa, conoció a una garota brasilera que le robó el corazón, se mudó con ella a una casa chorizo en Chacarita y yo, que necesitaba volver a vivir a Capital, me mudé a su casa en Barracas, con un alquiler a un módico precio, a condición de cuidar a Benito el gato, porque Isabella, la brasilera, es alérgica.
Mi mamá se molestó un poco por volver a tenerme viviendo lejos suyo y cuando me preguntó por qué me mudaba, rápida, mi respuesta fue: “Por su puesto”.
Por supuesto que entre mis compañeros se quebraron las costillas de tanto darse codazos, haciendo mérito para sucederla, pero mi jefa ya había designado a quién poner en su lugar. Yo estaba en las mejores condiciones para el puesto, pero no me quise adelantar y dejé que suceda lo que sucedió: en el brindis de despedida me anunció que debería llevar los portarretratos con fotos de mis sobrinos a su oficina.
Por supuesto que así no podía seguir viviendo en Castelar, arriesgándome a que un paro ferroviario me haga llegar tarde a alguna reunión, porque las combis venían repletas y era imposible conseguir un asiento. Además, con Franco en Londres, ¿qué sentido tenía andar por esa autopista que había sido nuestra? Así que se alinearon los planetas y tuvo lugar un enroque de casas. Camila, que al tercer mes de vivir sola, se cansó de la humedad, las goteras, las pérdidas y los cortocircuitos que el dueño de su casa se negaba a arreglar, se mudó a mi casa; Facundo, que en las vacaciones en que Franco le cuidó la casa, conoció a una garota brasilera que le robó el corazón, se mudó con ella a una casa chorizo en Chacarita y yo, que necesitaba volver a vivir a Capital, me mudé a su casa en Barracas, con un alquiler a un módico precio, a condición de cuidar a Benito el gato, porque Isabella, la brasilera, es alérgica.
Mi mamá se molestó un poco por volver a tenerme viviendo lejos suyo y cuando me preguntó por qué me mudaba, rápida, mi respuesta fue: “Por su puesto”.
lunes, 5 de mayo de 2014
Primero hay que saber partir
Nuestros encuentros la última semana antes de que Franco partiera a Londres fueron como la barrita larga que llega y ordena las piezas de una partida de tetris de tiempo. Entre despedida y despedida –la que le hacían los compañeros del Nacional Buenos Aires, la de los compañeros del trabajo, la de los compañeros de la facultad, la de la familia, la de los primos, la de sus amigos, la de los pibes con los que va a ver a Boca- nos veíamos un rato o un ratito o a veces lo acompañaba. Fue como seguirle la gira a alguien en algo que parecía la celebración de un cumpleaños repetidas veces o la despedida de sus seres queridos. Mucho amor, buenos deseos, regalos para el viaje, abrigos para el frío inglés, pero, sobre todo y más que nada, tiempo. Franco le dedicó un montón de tiempo a saludar, a abrazar, a recibir y a visitar a todos aquellos de los que iba a estar alejado un buen tiempo. En eso me enteré que la beca que se ganó era por un año, que no es mucho tiempo, pero que en sus planes desde hace mucho tiempo estaba que si le otorgaban la beca, iba a pasar más tiempo del que le asignaban, para aprovechar el viaje. Así que lo que en principio sería un almanaque entero, ahora tenía forma de puntitos suspensivos. Bien.
No nos quedó muy en claro en calidad de qué lo acompañaba yo y tartamudeábamos un poco los dos a la hora de presentarme. Así y todo, para mí fue divertido vagar con él por Barracas, su barrio de la infancia, y dedicarle tiempo yo también. Como sea, quedamos en mensajes y skype y tomarnos un tiempo: ni la mentira romántica de un amor a la distancia, ni la despiadada verdad de que cada cual haría lo que le venga en gana. Sólo dejar que la cosa fluya y sea como pueda ser, es decir, darle su tiempo.
La noche anterior al día del viaje, la pasamos juntos en la casa de Facundo, el dueño del departamento de Barracas donde habíamos dormido la noche de Navidad, donde empezó nuestra historia y donde vivía Benito el gato. Su vuelo salía de Ezeiza a mediodía y a las diez de la mañana yo entro a trabajar en Puerto Madero, así que nuestra despedida sería en la vereda de Montes de Oca. Cuando bajó a abrirme, miré el reloj y le di un beso rápido, como si fuera un hasta luego. “Se me hace tarde –le dije- son las nueve y media”. Él miró el suyo y me dijo “En el mío son las nueve y cuarto. ¿Tu reloj está adelantado o el mío está atrasado?”.
Qué pregunta más oportuna.
No nos quedó muy en claro en calidad de qué lo acompañaba yo y tartamudeábamos un poco los dos a la hora de presentarme. Así y todo, para mí fue divertido vagar con él por Barracas, su barrio de la infancia, y dedicarle tiempo yo también. Como sea, quedamos en mensajes y skype y tomarnos un tiempo: ni la mentira romántica de un amor a la distancia, ni la despiadada verdad de que cada cual haría lo que le venga en gana. Sólo dejar que la cosa fluya y sea como pueda ser, es decir, darle su tiempo.
La noche anterior al día del viaje, la pasamos juntos en la casa de Facundo, el dueño del departamento de Barracas donde habíamos dormido la noche de Navidad, donde empezó nuestra historia y donde vivía Benito el gato. Su vuelo salía de Ezeiza a mediodía y a las diez de la mañana yo entro a trabajar en Puerto Madero, así que nuestra despedida sería en la vereda de Montes de Oca. Cuando bajó a abrirme, miré el reloj y le di un beso rápido, como si fuera un hasta luego. “Se me hace tarde –le dije- son las nueve y media”. Él miró el suyo y me dijo “En el mío son las nueve y cuarto. ¿Tu reloj está adelantado o el mío está atrasado?”.
Qué pregunta más oportuna.
sábado, 5 de abril de 2014
Té para seis
Camila fue la última de nosotras en irse de la casa de sus padres. Todos la entendimos: sus viejos siempre fueron un amor y la bancaron hasta que terminó la quinta carrera que empezó. A esta altura ni siquiera su papá, un tano total, espera que se case y le traiga nietos los domingos. Con el título ya es suficiente. Así que la noticia de su mudanza nos llenó de alegría a mis amigas y a mí, un sexteto imbatible desde aquel 1º 3ª que fuimos en 1993.
No había mejor día para celebrarlo que el 8 de marzo, no porque fuera el Día de la Mujer sino porque es más bien difícil hacer que nuestras agendas coincidan. Así que Camila nos invitó a su casa en Castelar y pizzas de delivery para brindar.
La reunión me venía más que bien. Desde que Franco me anunció su viaje a Londres, estuve en blanco. Todos los colores que trajo su llegada se hicieron grises en cuanto me contó de su partida. Si fuera un partido de ajedrez creí que estaba conquistándolo y en realidad era un mate que puso en jaque mi corazón. ¿Qué mejor que para contrarrestar el efecto Franco que exorcizar las penas en una reunión de amigas?
Con las chicas siempre hablamos de todo y hablamos de nada y hablamos todas al mismo tiempo y también nos quedamos cómodas si de repente un silencio invade la mesa. No es necesario juntarnos seguido porque no importa cuánto tiempo haya pasado, siempre hablamos como si retomáramos la conversación en el punto en donde la dejamos, como una película en VHS que quedó en pause en ese mientras tanto al que nos someten nuestros horarios, nuestros trabajos; sus hijos, mis sobrinos del corazón; todas las cosas y las casas donde vivimos.
Todas sabían del asunto y todas se pusieron de acuerdo sin decirlo, claro, para no hablar del tema. Pero cuando la noche empezó a aclarar y ya habíamos hablado en contra y a favor de todo, y a la enésima vez que miré sin éxito el celular para ver si tenía novedades de Franco, me largué a llorar de la mano de un “¡¿por qué?!” sin respuesta alguna.
Al final, Franco fue como una ambulancia que pasa por la calle con la sirena encendida, a toda velocidad, que detiene el tránsito de todos los demás autos, que hace mucho ruido, todo se inquieta y después de que pasó, todo vuelve a ser como fue.
No había mejor día para celebrarlo que el 8 de marzo, no porque fuera el Día de la Mujer sino porque es más bien difícil hacer que nuestras agendas coincidan. Así que Camila nos invitó a su casa en Castelar y pizzas de delivery para brindar.
La reunión me venía más que bien. Desde que Franco me anunció su viaje a Londres, estuve en blanco. Todos los colores que trajo su llegada se hicieron grises en cuanto me contó de su partida. Si fuera un partido de ajedrez creí que estaba conquistándolo y en realidad era un mate que puso en jaque mi corazón. ¿Qué mejor que para contrarrestar el efecto Franco que exorcizar las penas en una reunión de amigas?
Con las chicas siempre hablamos de todo y hablamos de nada y hablamos todas al mismo tiempo y también nos quedamos cómodas si de repente un silencio invade la mesa. No es necesario juntarnos seguido porque no importa cuánto tiempo haya pasado, siempre hablamos como si retomáramos la conversación en el punto en donde la dejamos, como una película en VHS que quedó en pause en ese mientras tanto al que nos someten nuestros horarios, nuestros trabajos; sus hijos, mis sobrinos del corazón; todas las cosas y las casas donde vivimos.
Todas sabían del asunto y todas se pusieron de acuerdo sin decirlo, claro, para no hablar del tema. Pero cuando la noche empezó a aclarar y ya habíamos hablado en contra y a favor de todo, y a la enésima vez que miré sin éxito el celular para ver si tenía novedades de Franco, me largué a llorar de la mano de un “¡¿por qué?!” sin respuesta alguna.
Al final, Franco fue como una ambulancia que pasa por la calle con la sirena encendida, a toda velocidad, que detiene el tránsito de todos los demás autos, que hace mucho ruido, todo se inquieta y después de que pasó, todo vuelve a ser como fue.
miércoles, 2 de abril de 2014
Y son todos iguales
Se rechazan, se detestan, se
golpean
se burlan, se embaucan, se abusan
se desaprueban, se critican, se
repelen,
se ahuyentan, se empujan, se codean,
se gruñen, se gritan, se putean
se prometen, se estafan, se
mienten,
se desconfían, se engañan, se descreen,
se acusan, se prejuzgan, se condenan
se acosan, se fustigan, se desprecian
se censuran, se obligan, se
encarcelan
se disparan, se ejecutan, se
reprimen
se odian, se matan y se mueren.
miércoles, 5 de marzo de 2014
Una casa con diez pinos
Ya no estábamos en el barrio cuando la muerte pasó a visitarlo. A principio de febrero, el amigo de Franco volvió de sus vacaciones y nosotros dejamos la casa de Barracas, nos despedimos de Benito y volvimos a nuestra vida antes de la Navidad. Sólo que ahora en vez de tomarnos la combi en Independencia y 9 de Julio para ir al oeste, íbamos a la Costanera, a tomar una cerveza y comer una bondiola.
Enero es un buen mes para empezar un romance. Mis vacaciones fueron primero y luego vinieron las de Franco, así que yo lo pasaba a buscar por su trabajo y después él por el mío. Mi jefa se dio cuenta de que andaba en algo cuando resoplé porque había que quedarse cerrando los balances del primer mes del año. Ya no soy su niña mimada. Ahora soy la niña mimada de Franco.
Franco me convida de su música, de sus historias. Me lleva de visita guiada por sus cicatrices: la de cuando los llamaron para tomar la merienda y él estaba con sus primos, trepado a un árbol de ciruelas en la casa de su abuela; la de la vez que volvió de bailar más tarde de lo prometido y trepó la reja de la casa de sus padres, con una punta filosa que le quiso dejar mella. Me gusta cuando me cuenta esas cosas, como cuando me cuenta de cómo llegó a libros o discos. Así pasamos enero. Febrero nos tuvo jugándonos partidos de local y visitante día por medio en Castelar. Las tormentas de madrugada nos tenían hablando de sus ex y de los míos, de las costumbres extrañas de nuestras familias, de dónde nos encontraría la vejez. Él espera una casa con un patio, una parra y muchos nietos y yo muchos perros y cerca del mar. Tal vez coincidimos en los árboles.
Era jueves cuando me invitó al cine de Puerto Madero. Había una luna hermosa, casi llena. Caminamos por San Juan hacia la 9 de Julio y nos tomamos un helado en una plaza empotrada en la manzana de Piedras. Una murga ensayaba para el carnaval. “Me gané una beca para estudiar un año en Londres. Me voy en abril”, me dijo Franco, frío.
Nunca me cayó tan mal un helado.
Enero es un buen mes para empezar un romance. Mis vacaciones fueron primero y luego vinieron las de Franco, así que yo lo pasaba a buscar por su trabajo y después él por el mío. Mi jefa se dio cuenta de que andaba en algo cuando resoplé porque había que quedarse cerrando los balances del primer mes del año. Ya no soy su niña mimada. Ahora soy la niña mimada de Franco.
Franco me convida de su música, de sus historias. Me lleva de visita guiada por sus cicatrices: la de cuando los llamaron para tomar la merienda y él estaba con sus primos, trepado a un árbol de ciruelas en la casa de su abuela; la de la vez que volvió de bailar más tarde de lo prometido y trepó la reja de la casa de sus padres, con una punta filosa que le quiso dejar mella. Me gusta cuando me cuenta esas cosas, como cuando me cuenta de cómo llegó a libros o discos. Así pasamos enero. Febrero nos tuvo jugándonos partidos de local y visitante día por medio en Castelar. Las tormentas de madrugada nos tenían hablando de sus ex y de los míos, de las costumbres extrañas de nuestras familias, de dónde nos encontraría la vejez. Él espera una casa con un patio, una parra y muchos nietos y yo muchos perros y cerca del mar. Tal vez coincidimos en los árboles.
Era jueves cuando me invitó al cine de Puerto Madero. Había una luna hermosa, casi llena. Caminamos por San Juan hacia la 9 de Julio y nos tomamos un helado en una plaza empotrada en la manzana de Piedras. Una murga ensayaba para el carnaval. “Me gané una beca para estudiar un año en Londres. Me voy en abril”, me dijo Franco, frío.
Nunca me cayó tan mal un helado.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Calaveras y diablitos
Franco se estaba quedando en el departamento de su amigo, cuidándole un gato y unas plantas. Y también le estaba cuidando los discos, que regamos con cervezas compartidas en el monoambiente de Barracas, siempre y cuando hubiera luz. El monoambiente es luminoso, debía decir el anuncio de venta, que escondía que con la luz entra el calor y no nos quedaba más remedio que sacarnos la ropa apenas cruzábamos la puerta. Y besarnos. Besarnos mucho, como si fuera verano y estuviéramos en una playa. Por cierto, ¿yo no me tenía que ir de vacaciones?
Después de debatírmelo profundamente opté por seguir con mi planeado viaje a Las Grutas. Ya tenía las reservas y los pasajes y no iba a dejar de ir por pasarme los días en un monoambiente con un pibe con el que recién empezaba algo, ¿no? No, ¿no?
Dos días duré en Las Grutas. Dos días. Antes de conocerlo a Franco, de una semana de frenesí adolescente, de calor, de cervezas descalzos con Benito saltándonos entre las piernas -Benito es el gato del amigo de Franco- antes de todo eso, tenía planeado pasarme diez días en Las Grutas.
Las Grutas es hermoso. Es una playa rionegrina a la que íbamos con mi familia cuando yo era chica. No sé cómo la descubrió mi papá, contador como yo, pero la amamos todos y ahí íbamos, a ser felices, a jugar, a comer y a reírnos. Después de un 2013 agitado, creí que lo mejor era volver a mí, volver ahí, conectar con esa nena que quería ser bailarina y bailaba en la arena mientras su mamá le sacaba fotos. Quería el agua caliente del mar, la playa desierta, el viento sureño, la arena en los pies. Quería todo eso de vuelta, antes de que Franco aterrizara en mi vida manchada de gris.
Pero cuando llegué a Las Grutas, Dios, qué horror. La ciudad que yo recordaba quedó enterrada entre los puestos de lo-que-se-te-ocurra y gente, mucha gente, por todos lados gente. Yo quería silencio. O mejor dicho, la yo antes de Franco quería la ciudad que era Las Grutas antes del turismo. Y soporté el ruido dos días. Tres, si contamos dos medios días. Chats de por medio, hablábamos todo el tiempo con Franco, nos mandábamos videos, fotos y besos por celular. Dos días. Y me volví a Barracas.
Benito me hizo fiesta cuando llegué y a una de las plantas se notaba que le faltaba un poco de riego.
Después de debatírmelo profundamente opté por seguir con mi planeado viaje a Las Grutas. Ya tenía las reservas y los pasajes y no iba a dejar de ir por pasarme los días en un monoambiente con un pibe con el que recién empezaba algo, ¿no? No, ¿no?
Dos días duré en Las Grutas. Dos días. Antes de conocerlo a Franco, de una semana de frenesí adolescente, de calor, de cervezas descalzos con Benito saltándonos entre las piernas -Benito es el gato del amigo de Franco- antes de todo eso, tenía planeado pasarme diez días en Las Grutas.
Las Grutas es hermoso. Es una playa rionegrina a la que íbamos con mi familia cuando yo era chica. No sé cómo la descubrió mi papá, contador como yo, pero la amamos todos y ahí íbamos, a ser felices, a jugar, a comer y a reírnos. Después de un 2013 agitado, creí que lo mejor era volver a mí, volver ahí, conectar con esa nena que quería ser bailarina y bailaba en la arena mientras su mamá le sacaba fotos. Quería el agua caliente del mar, la playa desierta, el viento sureño, la arena en los pies. Quería todo eso de vuelta, antes de que Franco aterrizara en mi vida manchada de gris.
Pero cuando llegué a Las Grutas, Dios, qué horror. La ciudad que yo recordaba quedó enterrada entre los puestos de lo-que-se-te-ocurra y gente, mucha gente, por todos lados gente. Yo quería silencio. O mejor dicho, la yo antes de Franco quería la ciudad que era Las Grutas antes del turismo. Y soporté el ruido dos días. Tres, si contamos dos medios días. Chats de por medio, hablábamos todo el tiempo con Franco, nos mandábamos videos, fotos y besos por celular. Dos días. Y me volví a Barracas.
Benito me hizo fiesta cuando llegué y a una de las plantas se notaba que le faltaba un poco de riego.
jueves, 30 de enero de 2014
Esto es eterno
Ahora piedra
ahora lluvia
ahora fino hilo de algodón
ahora trenza
ahora tanza
ahora telaraña
ahora manta
ahora parche
ahora pañuelo
mañana velo
ahora cinta
ahora cordón
ahora árbol
ahora jugo
ahora pulpa
ahora fruto
ahora semilla
ahora campo seco
ahora pasto mojado
ahora tinta
ahora dibujo
ahora cueva
ahora eclipse
ahora cuerda
ahora lágrima
ahora abrazo
ahora olor
ahora ayer
ahora fin
todo cambia
esto es eterno
ahora lluvia
ahora fino hilo de algodón
ahora trenza
ahora tanza
ahora telaraña
ahora manta
ahora parche
ahora pañuelo
mañana velo
ahora cinta
ahora cordón
ahora árbol
ahora jugo
ahora pulpa
ahora fruto
ahora semilla
ahora campo seco
ahora pasto mojado
ahora tinta
ahora dibujo
ahora cueva
ahora eclipse
ahora cuerda
ahora lágrima
ahora abrazo
ahora olor
ahora ayer
ahora fin
todo cambia
esto es eterno
viernes, 24 de enero de 2014
Flipareis ahora es un libro artesanal!
Flipareis saltó al papel!
Y es un libro artesanal!
Hace algunos meses, con motivo de la FLIA, decidí volcar algunas de las historias que forman parte de este blog, más algunas otras, al papel. Y lo hice de manera artesanal, autoeditándome y armando libros hechos con tapas de discos. Los bauticé "All you need is", porque muchos de ellos hablan del amor y, básicamente, porque todos tienen música, como tiene música el papararará de esa canción beatle.

Los libros están numerados y pueden elegir las tapas que hay. Son todas distintas y entre ellas pueden encontrar discos de Festilindo, el Trío Los Panchos, Pimpinela o María Marta Serra Lima.

Interesados, pueden contactarme a mi correo: sentadaenlasombra@gmail.com.
Besiiii!
Y es un libro artesanal!
Los libros están numerados y pueden elegir las tapas que hay. Son todas distintas y entre ellas pueden encontrar discos de Festilindo, el Trío Los Panchos, Pimpinela o María Marta Serra Lima.
Interesados, pueden contactarme a mi correo: sentadaenlasombra@gmail.com.
Besiiii!
domingo, 5 de enero de 2014
¿De dónde sale la gente solitaria?
Cuando la noche del 24 dejó de ser una Fiesta para ser una fiesta, y después de habernos contado de todo, Franco me invita a una fiesta, en la casa de los amigos de unos amigos suyos. Y allá vamos, sin nada para brindar, pero con una pandereta que nos regaló un jipi con el que brindamos a medianoche en la Plaza Defensa.
La fiesta es en el sexto piso de un edificio antiguo que queda frente al Parque Lezama, sobre la Avenida Colón. No sé si por deshabitada o qué, pero la casa está pelada, como si estuvieran esperando el flete para hacer una mudanza, y sólo hay una mesa con un equipo de música así de grande y una mesa con vasos de plástico y botellas vacías. Ni sillas, ni sillones, ni cuadros en las paredes. Sólo un montón de gente que no conozco y baila. En el vacío de las habitaciones, las cumbias suenan más fuerte. Franco y yo, con la pandereta somos el centro de atención y como buena pareja protagónica, no la compartimos con nadie. Bailamos cumbia colombiana, cumbia peruana y cumbia argentina, en un combinado de pasos quebrados y palabras a los gritos que mantuvimos durante un buen rato. Hasta que yo invito un cigarrillo en el balcón y arriba del cielo de nubes verdes que forman los árboles ahí abajo, en el Parque, Franco me dice que podríamos ir a tocar la pandereta a la casa de un amigo suyo, que se fue de vacaciones y le dejó la llave de su casa, ahí a un par de cuadras.
Y allá vamos.
El sol empieza a llegar y yo, todavía vestida de oficina, con un vaso de cerveza medio lleno en una mano y una pandereta en la otra, me dispongo a subir la escalera del Parque Lezama con él al lado y pienso que ayer cuando salí a trabajar no podía haberme imaginado que terminaría así el día. Cuando llegamos a la casa del amigo de Franco, con el sol entrando por la ventana, Franco me dice que es un buen momento para escuchar Los Beatles. “Revolver sería lo mejor”. Y yo le pregunto qué hay que revolver.
-No, hablo de Revolver, el disco, dice, mientras revuelve entre los cds de su amigo. -¿Revolver un disco? ¿Cómo se hace eso?, le contesto.
Franco se ríe conmigo y cuando enciende el equipo de música, el equipo no enciende. No hay luz.
-No hay luz, dice Franco. Y los dos miramos con un poco de tristeza el ventilador de techo del monoambiente con una única ventana.
-Ah, me parece que yo lo tengo en mi celular.
Franco pone play y suena Taxman. Yo acompaño con la pandereta. Nos reímos hasta que termina y empieza Eleanor Rigby. Franco me tirotea un montón de preguntas: ¿De dónde sale la gente solitaria? ¿Me querés decir cómo terminamos pasando por la misma coordenada, en el mismo momento, anoche en la Plaza Defensa? ¿Y cómo sigue esto?
Y allá vamos.
La fiesta es en el sexto piso de un edificio antiguo que queda frente al Parque Lezama, sobre la Avenida Colón. No sé si por deshabitada o qué, pero la casa está pelada, como si estuvieran esperando el flete para hacer una mudanza, y sólo hay una mesa con un equipo de música así de grande y una mesa con vasos de plástico y botellas vacías. Ni sillas, ni sillones, ni cuadros en las paredes. Sólo un montón de gente que no conozco y baila. En el vacío de las habitaciones, las cumbias suenan más fuerte. Franco y yo, con la pandereta somos el centro de atención y como buena pareja protagónica, no la compartimos con nadie. Bailamos cumbia colombiana, cumbia peruana y cumbia argentina, en un combinado de pasos quebrados y palabras a los gritos que mantuvimos durante un buen rato. Hasta que yo invito un cigarrillo en el balcón y arriba del cielo de nubes verdes que forman los árboles ahí abajo, en el Parque, Franco me dice que podríamos ir a tocar la pandereta a la casa de un amigo suyo, que se fue de vacaciones y le dejó la llave de su casa, ahí a un par de cuadras.
Y allá vamos.
El sol empieza a llegar y yo, todavía vestida de oficina, con un vaso de cerveza medio lleno en una mano y una pandereta en la otra, me dispongo a subir la escalera del Parque Lezama con él al lado y pienso que ayer cuando salí a trabajar no podía haberme imaginado que terminaría así el día. Cuando llegamos a la casa del amigo de Franco, con el sol entrando por la ventana, Franco me dice que es un buen momento para escuchar Los Beatles. “Revolver sería lo mejor”. Y yo le pregunto qué hay que revolver.
-No, hablo de Revolver, el disco, dice, mientras revuelve entre los cds de su amigo. -¿Revolver un disco? ¿Cómo se hace eso?, le contesto.
Franco se ríe conmigo y cuando enciende el equipo de música, el equipo no enciende. No hay luz.
-No hay luz, dice Franco. Y los dos miramos con un poco de tristeza el ventilador de techo del monoambiente con una única ventana.
-Ah, me parece que yo lo tengo en mi celular.
Franco pone play y suena Taxman. Yo acompaño con la pandereta. Nos reímos hasta que termina y empieza Eleanor Rigby. Franco me tirotea un montón de preguntas: ¿De dónde sale la gente solitaria? ¿Me querés decir cómo terminamos pasando por la misma coordenada, en el mismo momento, anoche en la Plaza Defensa? ¿Y cómo sigue esto?
Y allá vamos.
lunes, 9 de diciembre de 2013
FLIA!
Sí, hace mucho que no publico nada. Sí.
Pero ahora vengo a anunciar algo muy imporrrrrrtanteeeeeeee.
Este fin de semana, 14 y 15 de diciembre, estaré participando de la FLIA, que se realizará en el Parque Lezama. Junto a mi novio Ignacio, estaremos desde después del mediodía ofreciendo nuestras obras: él sus libros de poesía y yo mis compilados de textos de este blog. Además, llevaré las láminas de la muestra de collages que hice en octubre y algunas otras cositas más.
Creatividad para el mundo! Regale arte y haga feliz a un artista!
Los espero!
Pero ahora vengo a anunciar algo muy imporrrrrrtanteeeeeeee.
Este fin de semana, 14 y 15 de diciembre, estaré participando de la FLIA, que se realizará en el Parque Lezama. Junto a mi novio Ignacio, estaremos desde después del mediodía ofreciendo nuestras obras: él sus libros de poesía y yo mis compilados de textos de este blog. Además, llevaré las láminas de la muestra de collages que hice en octubre y algunas otras cositas más.
Creatividad para el mundo! Regale arte y haga feliz a un artista!
Los espero!
jueves, 5 de diciembre de 2013
Franca Navidad
Me puedo imaginar lo que estarán diciendo mi cuñada y mi mamá de mí, con un vittel thoné de por medio. Para cuándo los confites, un novio, casamiento, un hijo y que ese tercer ambiente de la casa que me estoy pagando expulse el escritorio y la máquina de caminar y reciba una cuna funcional. Pero son las 22.40 del 24 de diciembre y yo recién salgo de la oficina. Me quedé cerrando los números del mes, porque mañana me voy de vacaciones y mi jefa me pidió que antes de irme haga el balance. Como mi familia, ella cree que yo me quedo horas de más porque soy una adicta al trabajo. Y en realidad yo me quedo horas de más porque así puedo enganchar con un pibe con el que comparto la combi desde Independencia y 9 de Julio hasta Castelar. Ese chico es lo más parecido a una relación que tengo desde que corté con Justo, que se quedó en la casa que alquilábamos en Independencia y Defensa. De Justo sólo tenía el nombre. Entonces opté por comprarme una casa y comprometerme a 30 años con el banco. Abandoné San Telmo y volví al barrio donde crecí, cerca de mi familia. Fue mejor así. Todos los días vuelvo en combi. Encontrármelo a él, hablar del clima, del tránsito y después, ya en viaje, de la música que estamos escuchando o de libro que vamos leyendo es el cierre del día. No sé cómo se llama, pero ya me imagino que su apellido rima con el mío y eso es todo un avance, considerando que hasta hace un par de meses pensaba que si con Justo no iba más, se me acababa la vida. La vida se te va a acabar si seguís trabajando tanto, Natalia, me dijo el psicólogo, que me recomendó respirar más. Yo le hice caso y entonces vino la casa con ventanas grandes por donde llega el sol y un árbol de paltas en el fondo. Pero para pagarla, mucho trabajo. No me quejo, pero a esta hora yo quería comer vittel thoné. Pero salgo del trabajo, ningún taxi me lleva hasta Castelar y ahora mi plan será ir a Pirillo, comprarme unas porciones de pizza y comerlas en Plaza Defensa, brindar con algún otro solitario que se haya quedado varado en Buenos Aires y después ver si algún taxista me lleva. No me hago mucho problema por no pasar la Navidad en familia. Es una cena más y como siempre comemos juntos, estamos bien porque ya habrá otra oportunidad. Lo que sí me hubiese gustado, y como voy a no venir a trabajar por algunas semanas, es tomar la combi, preguntarle el nombre al pibe este y decirle que vacaciones hasta febrero, nos vemos en un mes. Pero no y entonces al localcito de Defensa e Independencia y Silvita, dos muzzas de parada y una Stella, por favor. Comparto la barra con un grupo de colombianos que cantan canciones muy alegres y yo brindo con una porción de esa fugazzeta insuperable, que era la pizza que comíamos con Justo cuando estábamos contentos o teníamos algo que festejar. Ahora estoy festejando sola la Navidad y el cierre de un año que fue bueno y fuerte y que lo hice yo sola y nadie podría quitarme esta alegría de haber hecho todo lo que yo quería. Me voy a brindar conmigo misma a Plaza Defensa y la plaza es una fiesta. Somos muchos solos y ahí parecemos todos juntos. En eso, en el medio de la multitud de ruidos y olores, de charlas y tambores, mis ojos se chocan con los ojos del pibe de la combi. Me quedé haciendo horas extras y ya no había más combis para volver a Castelar, me dice. A lo que yo le contesto ¿Cómo te llamás? Franco, me responde.
viernes, 4 de octubre de 2013
Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
Cortar y Pegar - Exposición de Collages por Nadia Mansilla
Si nada es tan viejo como el diario de
ayer y el uso del papel se está extinguiendo, ¿por qué no unir
esos titulares, sacarlos de su contexto y convertirlos en poesía?
¿Por qué no eternizar esas ideas y transformarlas en un verso? Ese
juego de niños es una tarea que tiene un nombre resignificado: antes
de ser ctrl + C y ctrl +V, Cortar y Pegar sólo era cortar
revistas o diarios y adherirlas con pegamento.
Pero Cortar y Pegar no propone
invitar a la nostalgia sino a visitar el hábito de jugar, a
reinventar oraciones, a coser palabras. A apreciar las noticias viejas convertidas en poesía visual.
Nacida en Merlo, provincia de Buenos Aires, Nadia Mansilla tiene
31 años y es periodista. Trabaja en el área de comunicación de la
Central de Trabajadores de la Argentina y es redactora en la revista Músicas del Mundo. Estudiante de traducción en lengua francesa, escribe ocasionalmente en su blog Flipareis. Cortar y pegar es
su segunda exposición individual. La primera fue Obra en Construcción,
en 2011 y se trataba de una serie de fotografías sobre el desarrollo de
un edificio frente a su casa.
Cortar y Pegar - Collages
por Nadia Mansilla
Inaugura: Vie 11OCT13 – 20 hs.
En El Emergente, Gallo 333 –
Abasto
Horario: Lunes a Domingo de 21 a 24
Cierre: Dom 20OCT13 – 20 hs.
Contacto:
sentadaenlasombra@gmail.com
Twitter: @conlaluzdelsol - Tumblr: conlaluzdelsol
DG: Heidi Jalkh
martes, 24 de septiembre de 2013
No siento los pies
Atravieso la ciudad en colectivo, desde el Parque Los Andes al Parque Ameghino, desde un actual cementerio a un antiguo cementerio, desde Chacarita a Parque Patricios. Apesto a transpiración y cigarrillo y tengo aliento a cerveza y frío. Y gracias a la providencia divina, después de haber saltado por más de una hora, en el show de Fermín Muguruza, pegué un asiento en el 65. El colectivo va lento y lleno, así que más lento. Tengo hambre y ganas de apagar la lámpara que está enchufada al lado de mi cama, ya. Pero me faltarán al menos cuarenta minutos hasta que pase eso. Un período de tiempo tibio, ni una hora ni media, ni siquiera cuarenta y cinco. De tan tibio es peligroso. Me puede dormir. Y no quisiera seguir en el 65 hasta Constitución, despertarme con el ruido del motor de la unidad, ese buznido que hace cuando llegan al corral. Es medianoche y Constitución es la selva con zombies que salen a patotear orgullos y pisotear corajes. Tengo que mantenerme despierta lo que me queda hasta llegar y no rendirme frente a este asiento calentito, dentro de un colectivo que me mece y que me recuerda que es otoño cuando alguno se baja y las puertas se abren para que suba un poco de frío. Ser chofer de colectivo en el turno noche merece un premio de vida. Yo no soy la única que va cabeceando y el chofer ahí, firme frente al volante. Los pasajeros pasan y el chofer queda. Ya son menos los que subimos en el mismo punto y ya nadie comenta lo que pasó en el recital. Cuando llega a la Avenida Rivadavia, recambio de visitantes, parada obligada siempre. Yo me debato entre mirar por la ventana y mirar la gente que viaja. Pero entre las dos, gana cabecear. Tengo mucho sueño y estoy cansada pero mayor es el miedo a quedarme dormida. Ya me pasó otras veces, despertarme borracha en Avellaneda, con el sol ya salido y que me hicieran propuestas indecentes, a las que contesté "¡ni en pedo!". "Boluda, si ya estás borracha", fue lo que obtuve de respuesta. En eso cruzamos Avenida San Juan, cuando La Plata se empieza a oscurecer, acercándose a Cobo y sube una mina por la puerta del medio, aprovechando que se abrió con la de atrás para que bajaran dos. Sube y nos reparte papelitos de diario, cortados prolijamente con los dedos. Y le agradece al chofer, con un gesto de bendición. Sacerdotisa de la calle, su pan es la basura y su agua bendita los charcos que se dibujan al borde del cordón. Sus zapatillas están desatadas y agujereadas y carga unas cuantas bolsas y bolsitas. El chofer la debe conocer, porque no le dice nada. Mi instinto de desconfianza se despierta y me despabila y veo cómo otros que estaban cabeceando como yo, también se paran derechos y la siguen con la mirada. Ella nos reparte papelitos y murmura cosas que nadie le entiende y todos tenemos miedo porque los locos nos dan miedo, porque no nos gustan los locos, sobre todo si no se bañan desde hace varios días y tienen las uñas largas y el pelo hecho una sóla mata de pelo. Y más aún si nos dan papelitos y nos piden plata. Ella pasa de vuelta a buscar sus papelitos, como si fuesen billetes los cuida y los junta con amor y con amor una vieja le da cinco pesos. Ella agarra los cinco pesos como si fuera un papelito más y los papelitos van a parar todos a una de sus bolsitas. Va hasta atrás de todo y junta sus papelitos, billetes y papel de diario, y vuelve al medio a dejar en un rincón, ahí donde van las sillas de ruedas, todas sus bolsas y camina de adelante para atrás del colectivo, bendiciéndonos a todos. A todos nos incomoda su presencia y nos inquietan sus movimientos. A todos nos despertó del letargo, nos sacó de la mecedora. En eso toca el timbre con sus manos negras de mugre y de piel negra y cuando creemos que está a punto de bajar, se queda y grita, ahora en un castellano perfecto y entendible, que no siente los pies. "No siento los pies". Dice fuerte. "¡No siento los pies!", de nuevo, pero ahora grita. "¡¡¡No siento los pies!!!" y los mira y los miramos todos, en esas zapatillas hechas ojotas que se mueven pero ella no lo siente. Se pasea por todo el pasillo, gritando que no siente los pies. Nadie le responde, nadie le dice que si no los tuviera, no podría estar caminando. Nadie se anima a tranquilizarla. Ella sólo grita que no siente los pies y todos con cara de cámara oculta. Será por el frío o por algún delirio, o tal vez es un hábito y no lo sabemos, pero ella no siente los pies. No puedo imaginarme cuándo será la última vez que se cortó las uñas, que se bañó entera, que usó ropa limpia, que durmió en una cama con sábanas nuevas. No se puede saber cuándo fue la última vez que no tuvo este olor rancio, a toda su humanidad encima. ¿No siente los pies de tan sucios que están o de tanto que caminó hoy? ¿No siente los pies porque se está moviendo sin moverse o porque le aprietan las medias que no tiene? ¿O no los siente en su cabeza? ¿Qué cosas le habrán arruinado el raciocinio? ¿Qué tanto se puede sobrevivir viviendo en la calle? Ella gritando que no siente los pies y el colectivo sigue andando. Como cuando un chico llora y todos se molestan, pero este bebé está desprotegido y nadie se acerca a tocarla por miedo a contagiarse la locura. Yo llego a mi parada, despierta como necesitaba, y me quedo insomne en mi cama hasta la madrugada. ¿Habrá vuelto a sentir los pies?
martes, 30 de julio de 2013
TOS (Trastorno Obsesivo Soñador)
Si el inicio de esta historia
trascurriera en una película, ustedes supondrían que yo voy a morir
en la última escena, como señala Spregelbud en una Ted Talk. Tengo
mucha tos y la tos, como el amor, no puede disimularse. La tos es el
peor invento que se inventó desde que se regularizaron las
enfermedades. A la tos la debió haber inventariado un burócrata
desgraciado que ese día discutió con su mujer, quien, enojada
porque una gota de agua arruinó el lisado perfecto de su cabello, lo
mandó a hacer las compras y él, como buen burócrata y sobre todo
desgraciado, llevó cualquier cosa menos lo que le habían ordenado
comprar. Cuando volvió a la casa, le tiraron por la cabeza el jabón
en pan que llevó en lugar de la manteca y entonces el tipo, ¿qué
hizo? Inventó la tos.
Debería haber leído los términos y
condiciones (o, según las siglas en inglés TOS) de este estado
inmundo y tener en cuenta algunas actividades que me son vedadas. Ir
al cine, por ejemplo. Ni siquiera una película de argumento
hambriento y trama vomitiva podría tapar el sonido de mi tos. Pero
eso no es nada. Lo peor es no poder dormir. Para personas
narcolépticas como yo, de los que apenas apoyamos la cabeza en la
almohada, bajamos la persiana del día, la tos puede ser una enemiga
impiadosa. Esa espasmódica manifestación exacerbada de los
pulmones, puede representar un piquete insufrible en la autopista
hacia el descanso.
La tos, tos, tos. ¿Hay algo más
incómodo? Un estornudo o un bostezo pueden encubrirse, pero la tos
es como la risa y por más que trato de esconderla mi mamá, siempre
preocupándose por mi salud, la encuentra -como encontró mi diario
íntimo cuando tenía 11 años- y, dale, insiste en hacerme tomar un
jarabe. Y yo me mantengo firme en no comprarlo. No quiero gastar
plata en un brebaje de dudosa procedencia y efectos secundarios
indeseables. Para eso me tomo una Coca-Cola.
A la tos yo le presento batalla como la
Argentina le presentó batalla a Inglaterra en la guerra de Malvinas
de 1982: con artillería vetusta y un ejército de remedios caseros.
Algunos vahos con menta, jugo de naranja y limón, un par de medias
de más y listo. No me gusta la tos, pero mucho menos me gusta
aportar en el engranaje comercial farmacéutico que tiene al invierno
como principal factoría. Si la tos quiere venir, que venga. Le
presentaré batalla.
Debatiéndome sobre si más vahos o no,
atiendo un llamado de mi madre, sabiendo de su insistencia sobre el
jarabe para la tos. Aprovecho la desgracia de un ataque espasmódico
y le digo que no puedo hablar, que me llame después. Mágicamente,
la tos desaparece cuando corto la conversación y sigo mi ritmo
habitual. Pero en ese ritmo habitual está incluida la insistencia de
mi madre, que subraya que es necesario medicar. Ya hablé de que mi
mamá es enfermera y ¡ay! las profesiones de los padres, cuánto que
nos afectan a los hijos. Entonces, si de salud se trata, ahí está
mi madre, firme junto al pueblo, sea jarabe, inyección o
comprimidos, a mi mamá le gusta eso de estar.
Al rato, mi mamá viene de sorpresa a
mi casa, con algunas bolsas de supermercado. Un paquete de galletitas
de agua, calditos, jabón para la cara y, como menú principal,
jarabe para la tos. Y yo la recibo en pantuflas y con bufanda. En mi
casa hace frío y mi mamá llega con todo su amor de madre y una
cajita de cartón, con un envase de vidrio y una tapita medidora de
plástico. Me marca hasta dónde me tengo que servir y me anota las
horas en que deberé tomarlo. 23. 07. 15. Y yo, bueno.
Hablamos algunas boludeces y se va,
dándome algunas recomendaciones para la vida. Yo bajo a abrirle y en
eso me acuerdo que me quedé sin naranjas y que me gustaría seguir
probando con mis recetas caseras, de juguito natural. Así que vuelvo
a subir y a media máquina como estoy vuelvo a bajar para ir a la
verdulería.
En la verdulería a la que voy siempre,
siempre me divierto. La atiende una familia compuesta por los padres
y los hijos, que son dos hermanos grandes, uno muy serio y el otro
muy distraído, y una nena de dos años, que juega a desordenar todas
las verduras todo el tiempo. ¿Qué voy a llevar? Pomelo, naranja,
limón. Me atiende el serio. Mientras el distraído, que suele
tomarse mucho tiempo para despachar a los clientes, le pregunta a una
señora de changuito si va a llevar manzanas blancas o negras.
Yo ya lo he visto hablarle a las
lechugas mientras las riega y partirle pedacitos a las remolachas
hacer dibujos violetas en la pared y lo escuché describir el sabor
de las ananás y narrar sus aventuras en el Mercado Central. A veces
le pregunta al perro del local cuál papa es mejor y si una vieja no
le cae bien, enseguida le da la orden de ataque, que el perro por
supuesto no acata. Cuando me atiende él, vuelvo a mi casa con cosas
que no estaban en la lista y de la lista, casi nada. Su torpeza es
hermosa y soportable y sólo a alguien como él podría perdonársele
el pedirle un kilo de pomelo y dos de naranja, para después poner en
la heladera un kilo de mandarina y uno de limón. Al fin y al cabo el
pomelo no me gustaba tanto.
El padre y el hermano lo retan a cada
rato. Mientras el serio me prepara un paquete de acelga, el
distraído, mi preferido, le regala unas bananas a un cartonero que
pasa con un carro enorme. En voz baja, el serio me cuenta que hace un
rato en vez de medio repollo, le metió un kilo de kiwis a una señora
y que yo me cago de la risa, pero la señora estaba que se la llevaba
el diablo. “Pasa que de chico no tomaba las medicinas. Ni el jarabe
para la tos cuando estaba enfermo, tomaba. Nada. Así quedó”.
El serio me hace la cuenta y el
distraído ni se da cuenta que yo estuve y que me estoy yendo. Pero
cuando salgo, la bolsa con los dos kilos de naranjas se vence y las
pelotas salen rodando por toda la vereda. El serio sigue atendiendo y
el distraído me ayuda a agarrarlas antes de que lleguen al cordón.
Me trae una bolsa nueva y me reemplaza una naranja que se partió. Se
la queda, la termina de abrir, le saca las semillas con los dedos y
las guarda en el bolsillo de su delantal. “Hay que guardar semillas
por si viene el fin del mundo”, me dice.
Entro a mi casa, me
recibe mi gato. Dejo las bolsas encima de la mesa y agarro la
cajita con el jarabe para la tos. La abro, saco el frasco de la caja,
saco la tapita medidora del frasco, lo abro y tiro el jarabe por la
pileta. Como un borracho en recuperación, miro el jarabe correr
hacia la rejilla. Yo quiero inmunizarme de la insensibilidad
inoculada.
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