Ya de chica era así. Como a los siete años me dedicaba a retar desde la ventana a las señoras que le sacaban un gajito a las plantas de mi mamá. Sin vergüenza les decía que no tenían motivos para lastimar así a la naturaleza. Que entre eso y usar un tapado de visón no había diferencia.
Y en la facultad, no me detenía nada para llamarle la atención a quienes fumaban y tiraban las colillas de cigarrillos en el suelo, o a quienes dejaban caer los envoltorios de sus alfajores. Esto último es algo que sigo haciendo al día de hoy.
Pero no he venido a contarles de mi pasado si no de mi presente.
Mis días son grises, monótonos y hasta aburridos. Trabajo en una caja de un banco. En una caja es casi literal. Las discusiones con algunos clientes hasta le agregan acción a mis jornadas laborales. cobrar, cobrar, pagar, pagar, "firme donde está la cruz"; "firma, aclaración y documento aquí"; "ese trámite se hace en el cajero automático"; "sí, ya le cambio". Nunca pensé que iba a trabajar en un banco. Ni cuando jugaba al Banco cuando era niña. Pero ahí estoy. No es un trabajo que me guste, pero gano un sueldo que me permite vivir muy cómodamente y darme unos cuantos lujos. Atrás quedaron los estudios de literatura española, latín y semántica. Atrás, mis sueños de publicar un libro, dos libros, diez libros con mis novelas. Novelas que hoy acumulan polvo en estantes en mi casa. Pero me escudo en que soy dueña de esa casa, de ese auto y de los viajes que se me antojan hacer a cualquier lugar del mundo. Me refugio en eso. Me da náuseas mi refugio y no sé cuánto durará. Así son mis días.
Eso es lo que he venido a contarles y así lo haré. Acerca de mis noches.
Cumplo con un ritual exquisito. Nadie lo sabe y ahora lo hago público. No en búsqueda de perdón, si no para compartir de los pomos de témpera que colorean mi existencia. O más bien de los aerosoles de pintura.
Armo el bolso con lo indispensable. Unos aerosoles de distintos colores. Rojo, negro, azul, verde. Una vez tuve que comprar alguno amarillo flúor porque así fue necesario. Luego, una botella de agua, y las llaves de mi casa. Nada más era necesario. Al principio me llevaba el reproductor de MP3, pero me distraía bastante y opté por no llevarlo más. Pero eso era todo.