domingo, 27 de septiembre de 2009

Domingo

La vida moderna es una locura. Para llegar más rápido a cualquier lugar, tenés que ir en subte, por abajo de la tierra, sin poder ver el sol. Capáz que te subís en el Microcentro y está soleado y salís en Parque Chas y ya se hizo de noche, o se nubló. Y es sabido que ese desconcierto debe ser muy desconcertante. Y la gente fuma todo el tiempo por la calle y San Telmo tiene calles tan angostas que uno se fuma los cigarrillos de todos los transeúntes, desde Constitución a Retiro. Y las chicas van tan apuradas, con carpetas en sus brazos, sus nuevos niños, y sus tarjetitas blancas colgando del aro del pantalón. Ahí iba un cinturón, nena. Un cinturón. Qué pensarán los diseñadores de indumentaria de principios de siglo cuando crearon ese aro, cuando pensaron en un lugar para poner el reloj, ahora usurpado por una tarjeta blanca, que nada dice, pero que sabe muchísimo. Y no tenés un lugar donde comer sano y bien, que no te cueste un ojo de la cara. En eso te llama una amiga, que si le manda un mail a un pibe o lo llama por teléfono, es una disyuntiva que les puede tomar un buen rato. Y si llegás a estar en un colectivo por el centro y justo dijiste cinco minutos más, cinco minutos más y llegás tarde al trabajo y la buchona de siempre justo te encontró cuando ibas apurada hasta la oficina, con la ridícula idea que ese apuro te iba a ser de alguna utilidad. Y salís y el gimnasio, porque viene el verano y no sea cosa que. Y la vieja que cuándo vas a venir a verme, que me tenés acá olvidada, que yo no sé si es viernes o lunes, pero sabés que los malvones están divinos, lástima que no los puedas venir a ver. Mamá, me estoy quedando sin batería en el celular, porque se me pasó ponerlo a cargar. ¿Ya cambiaste tu cepillo de dientes en esta estación? Y vos estás que te debatís entre una hora extra más o ir a estudiar mientras una docena de mates hace su cuota en esa gastritis crónica con la que pagás la universidad pública. Y los cursos. Y la cuenta de luz, que vence justo cuando no podés pagarla y ahora quién podrá defenderme.

Y entonces, domingo.

Domingo es domingo acá y en cualquier lugar.
Un domingo es un domingo en todo el mundo.
No porque sea nombre de peluquero, si no porque es un día universal.
Uno puede ser un miércoles en París y otro muy distinto en Buenos Aires.
Pero un domingo es un domingo en el Quartier Latin y en Parque Patricios, soberanamente domingo. Y no hay subtes que no le tenga miedo al domingo.
No hay delivery que ose faltarle el respeto al domingo.
No hay plancha que no espere el domingo. No hay cama ni casa ni uñas que no deseen que sea domingo para estar acompañadas.
No hay domingo que pueda pasar desapercibido.
Algunos se deprimen los domingos y yo creo que es porque el domingo tiene tanta fuerza que conecta con lo más débil de cada uno y eso se traduce en lágrimas de pulseada perdida.
Un martes puede ser tan insípido como un jueves.
Pero un domingo es un domingo y levántese la galera para nombrarlo.
Y el domingo este domingo es de lluvia, así se le antojó a último momento.
Y el domingo es amor y el domingo de lluvia es más amor y hacer cucharita y leer el diario, comer cosas ricas, ¡y paseos! y mirar películas y hablar de nada y desenchufar la máquina.
Y si de lunes-a-viernes (y sostengo que eso debería ser una palabra sola) estás con el triciclo de acá para allá, que patatín, patatán, y le regalás un domingo a alguien, ese alguien debería sentirse... Debería sentirse domingo.

Pues bien, hay gente que podría sentirse domingo y elige sentirse, no sé, miércoles.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Lágrimas

Esto es de no creer. Una extraña seguidilla de casualidades me tiene como testigo desde hace algunos días y esto ya se pasó de castaño oscuro.

Al principio, bueno, era tan solo un hallazgo. Encontré una lágrima en mi almohada cuando me desperté. Estamos, dije, esto es así. Esa vez no fue tan grave, era sólo una lágrima. Pero al rato encontré otra en el baño, mientras me bañaba y nadie me miraba sentado en el inodoro, por no poder bañarse conmigo a causa de las diferencias en la elección de la temperatura de la ducha. Casi la confundo con una gota de agua, pero su resistencia era tan fuerte que enseguida la pude distinguir. Al otro rato, encontré otra. Esta vez yendo a la planta baja por ascensor y no por la escalera. Más luego, otra. Ahí fue cuando me empezó a llamar la atención: estaba en el colectivo, a punto de cruzar la autopista.

El transcurso del trabajo, lo mismo de siempre. Patatín, patatán. Y cuando me estaba olvidando del tema, pumba, apareció otra lágrima. Yo estaba en el 29, pasando por atrás de la Casa Rosada, ahí donde está la frontera arquitectónica entre el pasado y el futuro. Me empecé a preguntar de dónde salían, cómo llegaban hasta mí. Pero sin demasiada profundidad, porque hasta entonces, eran tan sólo unas lágrimas encontradas al azar.

Más luego, conmigo distraída en ocupaciones domésticas, encontré otra mientras lavaba los dos platos, los dos vasos, los dos pares de cubiertos que dejamos la otra vez. Por poco y le paso la esponja con detergente. Ese día me fui a dormir temprano, con la radio prendida toda la noche. No sé si fue por eso, pero mi sueño se vio interrumpido varias veces. Unas cuatro, mínimo. Y en cada corte, una lágrima me atravesaba la sien. Y me provocaba el mismo efecto que una bala. Digo yo una bala, porque creo que una bala también provocaría un desangramiento, el mismísimo freno del tiempo y los ojos en blanco. Unas cuatro en una noche. Ahí ya fue mucho.

Pero lo que siguió, ya me descolocó. Empecé a encontrar montoncitos de lágrimas por todos lados. Había algunas acurrucadas en el borde de mi ventana. Por un momento pensé que sería nieve, pero estaba soleado y, vamos, es septiembre. Ahí vi que estaban justo en el cuadrante que muestra la Torre de la cancha de Huracán. Otras dos, arriba de la jirafa que tengo pegada en el vidrio. Luego, otras más, en el puesto de diarios donde compramos los diarios esos domingos que ensayamos un ritual. Otras, en la calle donde está la feria de los jueves. Otras más, entre arriba del disco de Samalea, o encima del libro de Bukowski. Había un par en las noticias de hoy, en la nota que dice que Jeff Bridges va a volver a trabajar con los hermanos Coen. Otras, un poco menos, entre mi ropa, donde tengo ese enorme pulóver azul. Y donde más hallé fue en ese árbol donde fuimos a reposar mientras desayunábamos, esas mañanas de julio.

Otras más hay entre esos libros regalados y encima de ese arcón que no es mío, pero que está conmigo. Hay otras más entre mi casa, amontonadas en los rincones del baño y de la cocina. Encontré dos en un sueño, donde iba a una librería y vendían libros que eran suyos. Esas eran tres, dos zurdas y una diestra. A esta altura ya las puedo diferenciar. Ahora mismo, en el aire hay una flotando, abrazada por la música de Joni Mitchell. Esta mañana hubo una mientras limpiaba.

Y yo ya no sé qué hacer con tantas lágrimas. Si ignorarlas; ponerme un negocio y empezar a venderlas, o coleccionarlas. Si las colecciono, sería ordenándolas por fecha del hallazgo, lugar y origen. Creo que voy a hacer eso. No sé.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Balloon heart shaped

Cruzar un puente. La voz que quiebra un vidrio. Agua encerrada. Ruido afuera. Mis manos mojadas. Una tijera abierta de piernas. Un domingo nublado. Música para volar. Un tren que se escapa. Agua fría. Recortes de diarios. La perla que escupe el silencio. Ese teléfono que no para de sonar. Sangre. La pared de madera ya está vacía. Una gotera laboriosa. Historietas en común. Azúcar. Luz artificial. Un rey depuesto. Una foto con mi sombra fuera de foto. Un baño caliente. Una bocina. Instrucciones de uso. Un paseo por el zoológico. Un panadero y un cactus, paseando por Parque Lezama. Un imán. Mi bufanda violeta y amarilla. Confianza. Existe algo que seguramente debe ser maravilloso, que se llama confianza. Tus caramelos de menta. Viajar a Rosario. Un libro nuevo. Té. Mis revistas desordenadas y masacradas. Un cubo Ribik. El piso está limpio. Lo mismo mis cuadernos de colores. Un perro maldice la madrugada. Una fruta atacada por labios asesinos. La lluvia ya no abraza al pasto. Un árbol que fue sillón. Tu cama y mi casa. Una letra borrada. Pertenencia. Un xilofón. Esos vasos de burbujas eran para vos y yo. Treinta y cinco años. Un pájaro asustado. Tu mensaje en el contestador. El pasillo oscuro. Tirarse de espaldas. Sueños confusos. Un par de tacos desperdigados por ahí. Fotos sin revelar. Lapiceras guachas de tinta. No existe frazada que cubra este dolor.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

ya

ya no vuelvo
ya no creo
ya no rezo
ya no sueño
ya no abrazo
ya no río
ya no corro
ya no guardo
ya no duermo
ya no muerdo
ya no rompo
ya no quiebro
ya no pego
ya no siento
ya no duelo
ya no araño
ya no pienso
ya no suspiro
ya no adoro
ya no espero
ya no lloro
ya no aprieto
ya no te quiero

miércoles, 22 de julio de 2009

God bless twitter

anoche soñé con vos
estábamos de viaje y mi mochila pesaba mucho
y yo te dije que era mejor pelar manzanas verdes que rojas, porque si te cortabas, era más fácil distinguir la sangre
y vos me decías que la sangre era la mejor tinta para escribir en la arena
y yo te decía que no teníamos nada para escribir
y vos sacabas un papel de tus zapatillas y me decías que podíamos escribir una lista de supermercado con las cosas que jamás compraríamos
y después aparecíamos en la facultad y vos no eras vos, eras tu hermana y tenías el pelo largo, largo, con rulos
y te peinabas los rulos y tenías un vestido, y me hablabas de marx y del anarquismo y de Rusia y del capitalismo
y yo te preguntaba dónde paraba el 65
y vos sacabas una banana de tu morral y mientras te la comías, atendías tu celular diciendo "susana, te estoy llamando desde bariloche!!!!"
y al final yo me iba caminando y terminaba en constitución, y un travesti desmaquillado, con olor a amanecer dominical, me preguntó la hora

martes, 14 de julio de 2009

vos y yo

deberíamos hablar de acuerdos
de firmas
de pactos
de paz

vos y yo nos debemos una charla
donde no nos recriminemos nada
ni nos reprochemos lo que no hicimos
lo que quedó por hacer
lo que hicimos mal

vos y yo tendríamos que vernos las caras
que las volutas de humo nos salpiquen los ojos
revolver un café
recién azucarado
y apoyar la cucharita sobre el plato
y los brazos sobre un mantel a cuadros

y llorarnos todo lo que no nos lloramos
y acariciarnos las manos
como pidiéndonos perdón
como otorgándonos misericordia
como aceptando el derecho del error

vos y yo nunca más nos hablamos
y yo sé que te amaron
y vos sabés que a mí me amaron
y yo sé que vos amaste
mejor de lo que me amaste a mí
que escribiste poesía
y vos sabés que yo amé
mejor de lo que te amé a vos
y que escribí poesía

entonces
deberíamos hablar de acuerdos
yo existo en tu pasado
vos en el mío
pero yo ya no soy esa
y vos ya no sos quien eras
y espero que seamos felices

miércoles, 10 de junio de 2009

Juan

Juan se despertó a la mañana temprano. Ya había dormido lo suficiente. Fue al baño, porque tenía ganas de hacer pis. También se lavó la cara, semidormido. Desayunó un café con leche con pan con manteca. Eso es lo que le gustaba desayunar.
Luego fue a trabajar. Era su obligación de todos los días para a fin de mes obtener el dinero con el que mantenerse.
Tomó el subte, sin duda la vía más rápida y sencilla para llegar a su trabajo.
Allí realizó lo de siempre: algunos menesteres que le ordenó su jefe, llamados, formularios. Ese era su trabajo.
Finalizada la jornada, retornó a su casa, como casi todos los días.
Volvió a tomar el subte. Mientras lo esperaba, compró una revista porque le gustó, en un kiosko de revistas en la estación. Llegó a su casa. Le dolían los pies, así que se sacó los zapatos. Leyó la revista. Se hizo de noche y se preparó la cena. Tenía hambre, así que comió rápido.
Miró un poco de tele, porque estaba aburrido.
Se acostó en la cama. Estaba cansado.
Y todo perdió sentido cuando empezó a soñar.

Mis noches

Ya de chica era así. Como a los siete años me dedicaba a retar desde la ventana a las señoras que le sacaban un gajito a las plantas de mi mamá. Sin vergüenza les decía que no tenían motivos para lastimar así a la naturaleza. Que entre eso y usar un tapado de visón no había diferencia.

Durante la secundaria, recuerdo que le daba lecciones de fonética a los profesores para que aprendera a pronunciar correctamente los apellidos raros de algunos de mis compañeros.

Y en la facultad, no me detenía nada para llamarle la atención a quienes fumaban y tiraban las colillas de cigarrillos en el suelo, o a quienes dejaban caer los envoltorios de sus alfajores. Esto último es algo que sigo haciendo al día de hoy.

Pero no he venido a contarles de mi pasado si no de mi presente.
Mis días son grises, monótonos y hasta aburridos. Trabajo en una caja de un banco. En una caja es casi literal. Las discusiones con algunos clientes hasta le agregan acción a mis jornadas laborales. cobrar, cobrar, pagar, pagar, "firme donde está la cruz"; "firma, aclaración y documento aquí"; "ese trámite se hace en el cajero automático"; "sí, ya le cambio". Nunca pensé que iba a trabajar en un banco. Ni cuando jugaba al Banco cuando era niña. Pero ahí estoy. No es un trabajo que me guste, pero gano un sueldo que me permite vivir muy cómodamente y darme unos cuantos lujos. Atrás quedaron los estudios de literatura española, latín y semántica. Atrás, mis sueños de publicar un libro, dos libros, diez libros con mis novelas. Novelas que hoy acumulan polvo en estantes en mi casa. Pero me escudo en que soy dueña de esa casa, de ese auto y de los viajes que se me antojan hacer a cualquier lugar del mundo. Me refugio en eso. Me da náuseas mi refugio y no sé cuánto durará. Así son mis días.

Mis noches, sin embargo... Ah, mis noches. Mis noches son mi escape. Mis noches son mi salvación. Mis noches son mi delicia. Mis noches son mis secretos más deliciosamente aventureros.

Eso es lo que he venido a contarles y así lo haré. Acerca de mis noches.

Cumplo con un ritual exquisito. Nadie lo sabe y ahora lo hago público. No en búsqueda de perdón, si no para compartir de los pomos de témpera que colorean mi existencia. O más bien de los aerosoles de pintura.

El ritual es el siguiente y lo hago con la prolijidad que un ritual se merece. Es una misa y como tal, debo cumplir ciertos pasos. Para ello me visto de negro. Un pantalón jogging, unas zapatillas cómodas y en el invierno un canguro negro, sin inscripciones ni ningún detalle que pueda identificarme. En el verano, una remera. Y si está fresco, una camiseta. Siempre de negro.

Armo el bolso con lo indispensable. Unos aerosoles de distintos colores. Rojo, negro, azul, verde. Una vez tuve que comprar alguno amarillo flúor porque así fue necesario. Luego, una botella de agua, y las llaves de mi casa. Nada más era necesario. Al principio me llevaba el reproductor de MP3, pero me distraía bastante y opté por no llevarlo más. Pero eso era todo.

Después de la una de la mañana, y durante varias noches por semana, generalmente lunes, miércoles y viernes, agarraba la bicicleta y me iba a pasear por la ciudad. Mi búsqueda había rendido sus frutos de manera accidental en colectivo. Yo quería algo que me llenara de vida. Pensé en hacer yoga, pero esta ocurrencia me trae más paz que una disciplina que me demanda pararme de manos. Bueno, al grano: me dedico a corregir los errores de ortografía de las pintadas callejeras.

lunes, 1 de junio de 2009

un panadero y un cactus


un panadero y un cactus son muy amigos y van a aprender a bailar catala juntos/ ahí comprenden que tienen muchas cosas en común y se ponen de novios y son felices para siempre/ panadero y cactus/ y escriben sus nombres en un corazón en un árbol del parque lezama/ después se compran una torta y la comen caminando y mas luego juegan al elástico/ hasta que cae el sol y cada uno se tiene que ir a su casa/ no van a dormir juntos/ no sea cosa que/ quién sabe

martes, 26 de mayo de 2009

Querido Diario

Domingo 20 de noviembre de 1990

Hoy escribo con mucha dificultad. Mi casa es un desastre sin turistas. Y tal desorden me aturde hasta ensordecerme. Esta mañana, cuando desperté, encontré mi casa llena de animales. De hecho fue un conejo blanco lo primero que ví al abrir los párpados. Pensé que sería un pedazo de sueño que se me había incrustado en los ojos, pero no. Porque no muy lejos estaba una jirafa, que se entretuvo con la lámpara de papel rojo que tengo hace poco tiempo. También un puma estaba sentado en mi cama. No muy hambriento. O un puma muy educado. Un puma hace de un conejo un pickle y de un humano, un pancho. Pero este no fue el caso. Del mismo modo, unas ovejas que revisaron mis discos, que es lo que tenían a la altura de sus ojos. Y unos toros se fumaron unos puros mientras hablaban de historia con unos pingüinos. Los pingüinos, comentaron que se sentían afortunados por portar diéresis. Y los flamencos volcaron café y no se dignaron a limpiarlo.
Esto es un terrible.
Nada peor que tener un gran número de invitados inquietos, revisando y preguntando por el origen de los objetos. Y ni hablar si los invitados son animales. Y si esos animales preguntan todo y no responden nada, ni le cuento.
Hace un rato llegó un hipopótamo y me pidió que pusiera música de Los Beatles. Yo no sé si para ellos es un himno o solo les gusta mucho, pero se quedaron todos callados cuando sonó Come Togheter. El reloj del puma marcó las doce y en la heladera había montañas de botones. Los hicimos sopa y ya nada fue igual.

Se retiraron al atardecer. Dejaron mi casa llena de envases vacíos y vasos de plástico.
De todas maneras les agradecí la visita.

lunes, 4 de mayo de 2009

algunas cosas para hacer si el cielo tiene nubes rosadas

-Salir con una red a cazar helicópteros. Guardarlos en un frasco y darles de comer para después usarlos para pasear.
-Entrar desnudo a un banco.
-Ir a la Reserva Ecológica, en horario de verano, y armar una casa con los escombros de la orilla del río.
-Enseñarle a hablar a un pato.
-Coleccionar frascos con agua de diferentes lugares.
-Llorar en la tumba de un desconocido.
-Responderle "Salud!" a alguno que estornude por la calle.
-Caminar por el cordón de la vereda, un domingo por la mañana.
-Comprar el diario y regalárselo a un perro.
-Pintarse las uñas de un color distinto en cada dedo.
-Dejarse restos de pasta dental al borde de la boca, a modo de tatuaje rudimentario.
-Escribir "lalala" con tiza por las calles de San Telmo.
-Olvidar un libro en un banco de plaza.
-Llevar a pasear artículos de un supermercado para que puedan conocer otras góndolas.
-Regalarle un disco de Los Beatles a un niño o niña de 7 años.
-Pintar remeras.
-Dibujar una planta.
-Cantar en el ascensor.
-Andar en bicicleta sin manos.
-Darle los buenos días a una araña.

miércoles, 28 de enero de 2009

La tarde del 31

Si no vendo todo ahora, hoy los pibes no comen. Es corta. Es así. Le compré un paquete entero de petardos al Cordobés y me parece que me los voy a meter en el culo. Este Cordobés hijo de puta ya me engrampó varias veces. No sé cómo hace, pero siempre le compro lo que él no vende. Y yo tampoco. Lo mismo pasó el verano pasado con las pistolitas de agua y ahora estoy con las putas pistolitas en la casilla desde febrero, esperando que venga el calor. Igual, Natalia también salió a vender y creo que a ella le va a ir mejor. Siempre vende más que yo. Así los gasta también. El otro día, aparecerse con ese celular de 200 pesos. Decí que era afanado y lo pagó a un cuarto de lo que sale. Pero que lo vea la vieja, que hacía un rato le había dicho que no tenía un mango para pasarle. Me dio una verguenza. Acá, si sigo sin vender, afano un celular así y lo hago guita. No me importa nada. Estoy podrido de las navidades y los años nuevos de mierda. Lo único que cambia es que cada año tenemos un pibe más en la mesa. Yo qué se . Pero este fin de año yo quiero comer un asado. EN la Navidad no se pudo, pero yo quiero comer un asado. Pero un asado como los que hacía el marido de mi vieja. Un asado de verdad. Y estos petardos, que no los quiere nadie. ¿Serán muy caros? Pero, si los pongo más baratos y tampoco los vendo, a las seis de la tarde los voy a estar regalando. Y a las nueve, voy a estar pagando para que se los lleven. No puedo ponerlos más baratos todavía. Capáz que los otros trenes vienen más llenos y algo sale. Todavía no es tan tarde. También salió a pedir el Rulo con Pablito. No me gusta que el Rulo salga a pedir con el bebé, porque después se va con los pibes y la bolsita y ya se lo olvidó al Mauro una vez en Once. Pero a veces el Rulo viene con buena guita y ni Natalia ni yo le preguntamos cómo la hizo. El Rulo con sus llantas es felíz y yo no se las puedo pagar. Ahora, si viene con la novia embarazada, lo mato. Aunque seguro va a pasar como con Pancho y se la trae a vivir con nosotros a la casilla. Este Rulo... Uh, si pudiera me voy iría a la casilla tomar unos mates para aclarar la garganta. No me da más la garganta. Tampoco las gambas. Encima está por llover. Le voy a enviar un mensaje a la Laura para que levante la ropa de la soga.
Y encima, entre los pibes, los veterando de guerra, los que venden turrones y los pungas, no sé cómo voy a hgacer para vender estos putos petardos. Cinco pesos lo que valen. Cordobés y la concha de tu puta madre. No le vuelvo a comprar más nada. Virgencita, dame una mano, dale? Ayudame a vender estos petardos y yo te prometo que no me mamo más. Lo único que quiero es comerme un asado de veras con la Naty y los chicos. Con morcilla y chorizo.

lunes, 24 de noviembre de 2008

tarjeta de memoria

Tomamos traguitos de sombra.
Sobre los renglones imaginarios de las paredes callejeras, escribimos con tiza un deseo, como arrojándolo a una fuente de visibilidad.
Del agua de los cielos, creamos el recuerdo.
Del sonido de los pájaros amanecer, un color de ojos.
Del perfume de las flores blancas de una enredadera, una estación.

Viajar en el tiempo a través de los sentidos. El sistema no ha logrado meterse ahí.
Mis uñas están cortas, mi piel transpirada y mi pelo mojado.
Voy descalza por la vida y no me pincho con nada. Mi sendero es espiritual. Vuelo.

Quiero volver.

viernes, 1 de agosto de 2008

La gotera.

La gotera arribó a la puerta de mi casa impiadosa, la muy déspota. Habíamos acordado algo, que ella no me dispararía sus gotas de descuido cuando yo estuviera abriendo la puerta, porque eso de estar buscando las llaves y que un balazo me distraiga era un chiste de muy mal gusto.
Yo sabía de su ensañamiento, pero tampoco tenía que ser tan cruel.
Hablé con el dueño de la casa, pero él, hombre ocupado y desmemoriado (una mezcla picante, una conjunción molesta) tenía varios inconvenientes en ponerle punto final a la gotera. Cuando se lo hacía, la tinta se corría.
Así que, en cuestión de semanas, aprendí a convivir con la gotera.
Cuando volvía del trabajo, cansado por mis tareas y agobiado por la situación cotidianamente estresante, la gotera me saludaba efusivamente. Cuando volvía de mis habituales caravanas de fin de semana, ella me demostraba frialdad.
Por supuesto que yo expresaba mi desagrado frente a su presencia. No disfracé mi disgusto en ningún momento. Por más que ella me acariciara con la fuerza de la gravedad, cada vez que pasaba por ahí.
Hubo momentos, claro, en los que desarrollé cierta fobia por cruzar esa puerta. A veces no tenía ganas de que mi cabeza interceptara su afecto por el piso de mi entrada. Pasé varios días sin salir al mundo exterior, con tal de no ser tocado por su violenta tensión superficial.
Mientras tanto, llamaba al dueño del departamento, el dueño me llamaba a mí, yo lo volvía a llamar, y él volvía a llamarme, al mismo tiempo que la gotera crecía.

Ya no sólo había tomado la entrada de mi casa. Ahora, esparcía por el pasillo su zona de influencia. La vecina de al lado me trató de idiota, y me dijo que era un tarado por tomarle afecto a una simple gotera, y porque a través suyo, se había mojado entera su colección de revistas.

Yo le respondí que no era una simple gotera. Que yo sentía los gritos de su voz, que susurraraban "dejame expresarme/soy una gotera que necesita vivir, necesita manifestarse/ ser libre, salir del monótono camino que tenemos las gotas de agua en las cañerías./ Yo sólo quiero ser una gota felíz".

A pesar de que la vecina de al lado, y el de al lado de al lado, y los del otro lado me increpaban todos los días al ir del departamento al ascensor, yo ya no llamaba al dueño para que arreglara la gotera. Él tampoco me llamaba a mí, claro. Era un hombre demasiado ocupado como para acordarse de mi pequeña gran compañera. Mientras los vecinos usaban cuanto método cohercitivo había para finalizar con la pérdida, como si yo fuese el dueño del destino de familia de moléculas de agua, yo me sumergía en mi departamento, atormentado por lo que sucedía afuera. En algún momento la gotera me dijo que se reunían a evaluar el plan de acción a seguir para dejarla sin vida. Yo no le creí, hasta que ví salir de uno de los departamentos de la punta norte a todos los vecinos del piso. Cuando los crucé, se pusieron colorados/nerviosos/patitiesos/obsecuentes y otras reacciones más, propias de alguien que es sorprendido con las manos en la masa.
De hecho, un día llegué y habían aplicado un pastiche inútil donde la gotera tenía su espacio de expresión. Por supuesto que ella y su belleza lo vencieron y al cabo de un par de horas, la gotera y yo volvimos a estar felices, contra el mundo.

Para ese entonces, entrar a mi casa requería el uso de botas. Un paraguas, jamás. Ese es el insulto más procaz que puede recibir una gota. Y yo, que más que afecto ya le tenía un amor inconmensurable, no quería despreciarla de manera tan atroz. Así que recibía su vertiente con alegría y la desparramaba por mis brazos.

Un día, amanecí con el agua hasta la naríz. Y eso que yo dormía en posición vertical. La gotera se había tomado revancha con los vecinos, que durante la madrugada habían querido asfixiarla con su artillería más pesada. Para salir, usé un bote de papel, que tenía de recuerdo en mi casa, de un día lluvioso que habíamos salido con Cecilia a andar por los cordones de la ciudad. La gotera me miró, me pidió perdón y yo entendí. Subí al resto de los vecinos al bote y nos fuimos por la escalera. Bajamos los cuatro pisos y una vez en la calle, comimos chocolate y nunca más volvimos. La gotera nos siguió unas cuadras. Yo la veía mirándonos hasta que ya no nos vió ella a nosotros ni yo a ella. La amé tanto, que tuve que dejarla ser.

miércoles, 16 de julio de 2008

Sobre el nuevo departamento

Antes de que mi mamá se vaya a hacer las compras (y me lleve con ella) me gustaría contarte del nuevo departamento.
Mamá me trajo la noche del día que firmó el contrato. Pero en la inmobiliaria le dieron la llave del departamento de enfrente al que vivimos, así que primero conocí al del vecino antes que al nuestro. Ahí, comimos una pizza con Mercedes, la mejor amiga de mi mamá, que en este último tiempo frecuentamos bastante. La pasé bien esa noche. Los tres comiendo pizza, y esa estúpida constante de mi mamá hablando de mi papá casi en secreto con su amiga, como si yo no fuera a darme cuenta o fuera sordo, no sé. Pero en general, estuvo buena esa primer noche en este edificio.
Ella me habla mucho. Mucho y de todo. Esa vez, me habló durante todo el viaje en colectivo desde la casa a la inmobiliaria. Después, mientras embalábamos las cosas. Luego, durante la mudanza. Y después, desde que nos mudamos acá, habla todo el tiempo. Yo no sé si eso está bien.
Esa noche, esa primer noche, conocimos a los vecinos de al lado. Son una chica y un chico. Parecen jóvenes. Él no vive acá y ella sí. Pero siempre están juntos. Van y vienen siempre juntos. A veces los cruzamos en el pasillo y están siempre de la mano. A veces escucho que discuten y ella grita. Y el otro día la ví salir del ascensor enojada mientras él se reía. Cuando está sola, a veces la veo colorida y a veces apagada como un bichito de luz agotado. El otro día, con mamá nos quedamos afuera y ella nos ofreció pasar a su casa hasta que venga el cerrajero. Mamá no quiso y no sé por qué, pero la otra vez me dijo que no quería hacerse amigos en el edificio.
Esa primer noche vimos que algunos de los departamentos tenían sus números en las puertas. Las puertas de los departamentos son todas distintas. No es como el edificio de Palermo, que tenía todo igual. Acá hay departamentos grandes, chicos. Es muy raro este lugar. Y la nuestra no tenía número. Así que a los pocos días de mudarnos, le propuse a Mamá hacer un cartel para la puerta. Y dibujé en una hoja del colegio unos autos de carreras y el número bien grande en el centro. Quedó bien. Después ella lo pegó con cinta adhesiva.
Por la misma razón, creo yo, no me deja juntarme con los chicos del departamento de la vuelta. Tampoco me deja ir a la escuela hasta el año que viene. Dice que este grado lo volveré a hacer el año que viene, que todo ha sido muy difícil y que no es problema parar un año. Yo sé que todo fue complicado, pero lo que más extraño son mis compañeros de la escuela. Sobretodo a Agustín, que me fui sin saludarlo y mi mamá no me deja llamarlo por teléfono.
Creo que hizo eso para que pare con las escenas de celos con Daniel. Pero no soporto verla de la mano, darse besos. Mucho menos cuando se va con él y yo me quedo con Mercedes. Mercedes es bastante aburrida. Y me pregunta muchas cosas siempre.
Bueno, mi amigo de papel, voy a hacer las compras y mañana te sigo contando un poco más de esto.